El Duende

La tecla del duende

Dolor y vida

Cuando estos versos de perenne juventud amanezcan en tus manos, un grupo de tecleros estaremos escalando la cima de Cuba… Allí está el Ayer. Y nace el Mañana…

Despedida y ruego

Hoy te vas./ te alejas de mí, presurosa / en busca (...) de la caricia asfixiante/ de alguna ola enamorada (…)

Y antes quiero hacerte, UN RUEGO./ Te pido a ti, / (...) que en lo adentro de tu cuerpo/ me sabes roca/ me sabes macho,/ que pide y exige/ la sumisión eterna de tu carne pura./ a mis locas ideas de perfección humana.

A ti, que me has probado,/ en días que olvido que te vas,/ que te alejas sigilosa de mis brazos (...),/ olvidando mis caricias en rojo./ te pido/ te acuerdes de este eterno enamorado,/ y me liberes.(…). (Sergio Saíz)

Partida

Y llegó triste con su rifle al hombro;/ era casi un niño… ¡iba a morir!/ Le dio un beso largo con sabor a fin,/ y la novia que entre besos y llanto,/ ¡lo dejó partir!

Tocó a su puerta con dolor de vida,/ en su hombro el rifle, en su mente: un sol/ la frente en alto…/ la fe escondida;/ escapaba alegre para no volver!/ Y la anciana de arrugada faz,/ entre rezo y llanto…/ entre beso y sol,/ tocó su rifle y/ mojó la frente/ ¡pensó en la Patria!/ …¡y lo dejó partir! (Luis Saíz)

No lo van a impedir

No lo van a impedir las golondrinas,/ ni ventanales rotos, ni lunas llenas,/ ni todos los andamios, ni las hormigas,/ ni flores, ni herejías, ni colmeneras.

No lo van a impedir los corremundos,/ ni los soldados, ni las primaveras,/ ni aun negándolo el viento de muro en muro,/ ni aun negándolo, al fin, donde se crea.

No lo van a impedir ni andén, ni esquina,/ ni el temor de la virgen si oscurece,/ ni el humo de las calles y llovizna,/ ni el canto del verano que anochece.

No lo van ha impedir ni el falso amigo,/ ni el que alimenta el cepo y la tortura,/ ni el pequeño ladrón de mano fría,/ ni el terrible don Juan de cara dura.

No lo van a impedir ni moralistas,/ ni el indiscreto encanto del embrujo,/ ni ausentes funcionarios, ni arribistas,/ ni aspirantes al hacha del verdugo.

No lo van a impedir las bandoleras,/ ni el letrado galán de poco vuelo,/ ni inquisidores, ni aguafiestas,/ ni eternos sembradores de veneno.

No lo van a impedir los enemigos,/ ni atentos intimistas alabados,/ ni burócratas tiernos, ni podridos,/ ni herederos, ni apóstoles errados.

(…) No lo van a impedir los generales,/ ni adorables doncellas pervertidas,/ ni apelables procesos judiciales,/ ni perros, ni cometas, ni suicidas.

No lo van a impedir ni prohibidos,/ ni novios convencidos y hechiceros,/ no lo van a impedir las soledades/ a pesar del otoño creceremos. (Amaury Pérez)

 

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