La tecla del duende

Zoe y Ruth cuentan

Buena, en el más alto sentido de la palabra buena. Así fue la estirpe de los Torriente Brau en Cuba. El puntal: Pablo, periodista inigualable que fue a morir a España para acabar con todas las guerras. Pero de quién sacó bríos si no de su sangre toda: el abuelo puertorriqueño, los padres, sus hermanas. Por estos días se cumple un año de que partiera definitivamente Ruth, la última semilla de aquel abolengo. Hoy queremos recordarlos en las anécdotas que ella y Zoe, la tenaz bibliotecaria, compartieran con Miriam Rodríguez para el libro Pablo: la infancia, los recuerdos.

El único lector. Cuando la familia regresó a La Habana, para establecerse aquí definitivamente, Pablo le dijo a papá que él quería trabajar. Tenía 19 años.

Acompañando al ingeniero José María Carbonell, se fue a Sabanazo (Holguín), donde ocuparía una plaza de delineante en un central que se iba a crear allí. Pero el asunto no resultó y a los pocos meses tuvo que regresar a La Habana. Estuvo un tiempo sin trabajar, hasta que el veterano Zenén Rendueles, que había sido profesor del colegio Cuba, lo recomendó para trabajar en el periódico Nuevo Mundo y en la revista El Veterano. Ganaba un peso diario. De su primer cobro, le entregó a mamá los 30 pesos y le dijo:

—Yo no tengo vicios y no necesito dinero. Gástalo tú en lo que quieras.

Aunque esas publicaciones tenían muy poca circulación, Pablo trabajaba en ellas día y noche. Una tarde llegó a casa y le dio a Zoe un ejemplar del periódico Nuevo Mundo, al tiempo que, medio en broma, medio en serio, le decía:

—Y léelo completo, porque no es justo que yo sea el escritor, el repartidor, el cobrador y el único lector de mis artículos.

Prohibido interrumpir. Pablo y Raúl Roa, perseguidos por la policía de Machado, estaban escondidos en la casa de Tallet (José Zacarías). Tocan a la puerta cuando Pablo se encontraba escribiendo un artículo en la máquina. Entra la policía con el teniente Calvo al frente —un conocido esbirro— y que llevaba la orden expresa de detenerlos. Pablo, sin levantarse de la silla, se dirige al oficial:

—Mira, estoy terminando un cuento por el que me van a pagar diez pesos.

Y sin esperar respuesta, sigue tecleando a toda velocidad, como él lo hacía. Los policías se miran y no dicen nada. Al poco rato, Pablo termina y, saliendo ya escoltado por los agentes, le entrega la hoja a Tallet, al que le dice:

—Pepe, cuando te den los diez pesos, me los mandas a la cárcel. ¡No se te olvide!

Tertulia espirituana

Los tecleros del Yayabo recuerdan que el domingo 2 de octubre, a las diez de la mañana, se obsequiarán ocurrencias y afectos en la galería de arte del bulevar de Sancti Spíritus.

Grafiti

Mi Cienfueguero: Al ver tus lindos ojos, descubrí que la Perla del Sur tiene pestañas. Tu Tesoro

Yanet: Este tiempo ha pasado como dos eternidades. Te espero en la infinita. Tico

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