La tecla del duende

Yunque

De tanto «mandarriar» sobre el yunque de la herrería, el Viejo casi perdió el yunque de su oído. Pero la sordera nunca le ha provocado hablar alto, más bien se ríe por lo bajo, pícaramente, entendiendo lo que puede y contestando siempre lo más amable.

Herrero, carbonero, chofer de guaguas, agricultor, ambulanciero, reparador de botas, mecánico... Su tesón, única lumbre desde que con siete años, huérfano, comenzó a ganarse la comida en un molino, ha alcanzado no sé cuántos títulos. Puede que no tocara más letras que el abecedario del monte, pero con ellas ha escrito la honradez diaria sin faltas de ortografía.

Peso sobre peso juntó para su casa: escogió los ladrillos más firmes, la placa más gruesa, y albañileó él mismo, que para aprender jamás tuvo miedo. Faltó el agua y cavó un pozo. Vinieron ladrones y levantó una cerca. Tuvo tres hijos, y les enseñó el ancho de la guataca y la largura del surco, para que sacaran clarita la matemática del decoro.

En su vista de tramontar imposibles, todas las cosas se resuelven, «con el tiempo y un ganchito». Y cuando algo sale mal, no importa, esos son «gases del oficio».

Por ahí andan sus fotos, de lustre y simpatía, con la piel india, la sonrisa fácil y el pelo lacio negrísimo. Algunos le recuerdan saltarines romances, mas el amor por su Vieja, con la que lleva 56 años, ha rozado los límites de la devoción. Cierto día reciente, se la encontró en el suelo, tras un buen rato, pues no oía los gritos. La levantó, salió desesperado a conseguir ayuda y aprendió a llorar del tiro.

«Ya voy en 83 noviembres», me dice, en la sala del hospital donde busca alivio para varios achaques. Puede que sea de operación y largo tratamiento, pero él duerme tranquilo. Y ante la duda, aprieta mi mano con su puño de mandarria. Ya ves, sonríe, «estoy duro… como un trapo».

La atenas y los parques

Siguiendo la dulce voz de Isabel Hernández Campos y los demás trabajadores del Castillo de San Severino, los tecleros de Matanzas tuvieron una excursión fascinante por La ruta del esclavo. Charla, proyecciones, arte folclórico: ocurrencia. // En Holguín, el homenaje a los abuelos distinguió a cinco muchachos octogenarios: Raciel, Carmen, Vilma, Inés y Ada. Ellos, que pusieron las piedras de nuestro edificio, festejaron gozosos el abrazo de abril.

Graffiti

Africana: Te quiero un mun2 y mucho más. Tu Cone

Trucu Trucu: Tengo el corazón hecho una pasita. Tu BB

Bebé: Cuando digo que te quiero es una de las pocas veces que sé lo que estoy diciendo. Tere

Semilla

La única fortuna que vale la pena hallar es una meta en la vida. Robert L. Stevenson

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