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Con el sol de Baraguá

El 15 de marzo de 1878, el general Arsenio Martínez Campos y otros altos jefes militares españoles participaron en un encuentro con Antonio Maceo bajo la sospecha de que en cualquier momento serían muertos por los mambises

 

Autor:

Luis Raúl Vázquez Muñoz

¿Que si era grande, pregunta usté? Hombre, así, mire: hasta más parriba de donde me da la mano. La cabeza le sobresalía por encima de los demás. Vaya, que, aunque usté no quisiera, tenía que verlo. ¡Pero Joaquín, hombre!: mueve a tu gente en este cafetín y acaba de traé dos platos de calamare: uno pá mí y otro pá el señó. ¡Ah!, y una botellita de vino, ¿oíste bien? De vino, no de vinagre. No es malo el Joaquín, solo que tiene sus pulguillas. Allá en Cuba lo bromeábamos, pero es un tío leal y valiente. ¿Que si estábamos en la misma tropa? En el mismo regimiento: dragones de la Reina. Pero, bueno, ¿qué usté quiere sabé? Lo de la conversación de mi generá Martínez Campos con el mulato Maceo. ¿Y de qué periódico dice usté que es? ¿De El Imparcial?

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Bueno, el asunto comenzó, máj meno, cuando en febrero de 1878 se firmó un pacto con los insurrectos en la finca El Zanjón por el Camagüey. Aquello nos puso de verbenas, hombre, porque la guerra se iba a acabá y yo me veía por acá, en Madrid, cuando llegó el otro notición. Que el mulato Maceo decía que con él no había pacto y que el macheteo seguía. 

 Joder, que nos tiró un cubo de agua fría. Yo estaba destacao de sargento entre Santiago de Cuba y Palma Soriano, y que no me vengan con cuentos. Ese mulato andaba como Pedro por su casa. Lo mismo le daban candela a los cañaverales que te llenaban de tiros por el camino. Que no te daban vida, hombre y tenías que andá como el gato: a cuatro ojos y erizao. Por eso cuando yo iba al baño, antes de bajarme los pantalones, miraba bien, no fuera a ser cosa que saliera un mambí riéndose por el hueco de la letrina y dijera: «Gallego, te cogí».

***

Y en eso estaba uno, resignao, cuando empezaron los correítos y el rumó de que algo pasaba, y cuando menos uno lo imaginaba llegó un tren cargao de oficiales. Oiga, que los vi cuando se bajaron en San Luis y seguí con ellos con mi escuadrón de escolta. De brigadié pa’rriba, casi tós los generales de España en Cuba: Bonanza, Dabán, Prendergast, Menduiña y Morales de los Ríos. Ni se diga de los coroneles.

¿Que por qué era aquello? Hombre, porque había conversación con Maceo y querían verlo en persona. Tós hablaban de él, pero nadie lo había visto. Y mire que habían tenido dolores de cabeza por su culpa. Hacía unos días, a una ofensiva en Oriente, el mulato se la pasó por la piedra. Columna que salía de Palma Soriano, columna que pelaban al moñito. Que hasta casi se almuerza a una del Batallón de San Quintín, los de la élite, cuche usté.

 Y encima de tó, la leyenda. A mediados del 77, al mulato lo habían cocío a tiros por un sitio nombrao Mangos de Mejías. Andaba mal herido, casi muerto. Pero un soplón dio la nota y Martínez Campos mandó 3 000 de los mejores veteranos. Y qué me dice usté, que cuando ya lo iban a coger, el tío, molío y tó como estaba, pegó un brinco de la camilla, se montó en un caballo y se las dejó en las narices. ¿Se imagina usté esa barbaridá?

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 En el campamento de Miranda, al anochecé, apartaron a unos escogíos y nos dieron la nota. Campos saldría con una comitiva más pequeña. Resulta que había llegao un documento, no se sabe de quién, donde avisaba que, a los españoles, los mambises les iban a dar matarile en la conferencia, pero que, aun así, el generá Campos iba a ir. Por lo tanto, nosotros teníamo que viajar bien ensillaos y listos pá no regresá.

 Al día siguiente, 15 de marzo, antes de salir el sol, ya estábamos sobre las bestias. Del tren de generales, solo iban los brigadié Camilo Polavieja y Narciso Fuentes, los coroneles Alejandro Moraleda, Emilio March y José Arderius, familia de Martínez Campos, el comandante Ponfil, el teniente Fuentes y el doctor Ledesma, del Estado Mayó. De tós ellos, el único casado era Arderius y al que más había que protegé por orden de Campos. Pero, a punto de picar espuela, viene el teniente Fuentes. «Manolete —dice bajito—, usté que es mano rápida con el revólver, cuide al generá».

 Un mambí nos esperaba fuera del campamento. Atrás de él nos fuimos hasta que, al atravesar una colina, con la niebla disipándose, a lo lejos vimos unas matas de mangos inmensas con un bulto de gente. Era Maceo. Nos recibieron con tropa formada y presentando arma, que yo me dije: «Ahora nos enfrían». Pero no, un hombre saludó y el generá Campos preguntó: «¿Cuál de ustedes es el señó Antonio Maceo?». El señó del saludo dijo: «Sígame usté». Y lo llevó ante un grupo. De ahí salió un pardo y muy tranquilo, muy corté, con voz muy seria, anunció: «Yo soy el mayor generá Antonio Maceo Grajales». 

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 Vestía con ropa limpia y sin adorno. Solo unas estrellas en el cuello de la camisa. Se hicieron las presentaciones, muy a lo caballero, y se sentaron en unas hamacas.

 Martínez Campos muy serviciá, de que no había llegado antes porque estaba en conversaciones con Vicente García en Las Tunas y que no podía venir porque debía tener tó arreglado primero... hasta que Maceo lo paró diciéndole que él estaba en trato con Vicente García. Martínez Campos dijo que estaba bien y ahí volvió con su discurso... Que bastaba ya de tanta sangre, y cuando estiró el brazo para que Polavieja le pasara el papelito del Zanjón, el mulato lo paró con otro gesto.

 Que ninguno de ellos aceptaba el Zanjón porque no daba la independencia a los cubanos ni libertá a los esclavos.

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 Campos se emperró: «¿Qué quieren ustedes?». Y el que nos recibió, le decían Figueredo, soltó la bomba: «Nosotros, lo que queremos es la independencia». Campos se puso rooojo. «Se armó la Pepa», pensé. Y como quien no quiere ná, empecé a acariciar la empuñadora del vizcaíno. Campos y el señó Figueredo comenzaron a discutí. Campos decía que lo de los negros era cosa de las Cortes y que él no tenía que ver con eso. Y ahí se vira otro, le decían generá Calvar, y ese sopló: «Si no hay independencia ni libertad para los esclavos, pues no aceptamos el Zanjón, porque nos deshonra». Campos se puso gallito: «Donde yo intervengo, nada puede resultar deshonroso para nadie», pero Calvar explicó mejor sus palabras. Campos se revolvió: «Acaben de darme los papeles, por Dio». Y ahí el mulato lo puso tieso: «Guarde usté ese documento». «¿Pero es que ustedes no lo conocen?», dijo Campos. «Precisamente —respondió Maceo, con la voz apretá—, porque lo conocemos bien es que no queremos saber nada de él».

 Martínez Campos se dio cuenta de que el bote se le había ido. «Entonces, no nos entendemos», dijo con roña. Y el mulato, firme pero cortés, soltó: «No, no nos entendemos». Campos preguntó cuándo empezaban los tiros y Maceo habló más tranquilito todavía: «Por mi parte, no tengo inconveniente en que se rompan hoy mismo». Yo me dije: «Ahora nos van a fregá». Pero siguieron palabreando, como caballeros en un salón, hasta que acordaron volver al despelote en un plazo de ocho días. Entonces Maceo anunció: «El 23 se rompen las hostilidades», y oigá se armó una gritería. Uno ahí gritó: «Muchachos, el 23 se rompe el corojo» y la bulla fue más grande.

 De la roña, Martínez tiró el quepis y en medio del ruido nos subimos a las bestias. Y cuando yo recogía las riendas, ya sobre el caballo, lo vi por última vez. A Maceo, sí señó. Ahí estaba parao, grande, inmenso como un roble, olvidao de la bulla y los sombreros al aire, con el pecho erguío, y mirándonos tranquilo y desafiante, bañao de luz con ese sol de Baraguá.

 

* El presente texto es un reportaje ficcionado que toma en consideración la variante del español de la época. El personaje central, el periodista y el salón donde transcurre la entrevista son obra de la imaginación. Todo lo demás es verídico y se puede confirmar en los estudios de los investigadores José Luciano Franco, Rolando Rodríguez, Jorge Ibarra, Raúl Aparicio, Alicia Céspedes y Ana A. Lemes.

 

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