Tormenta a bordo

Las agresiones contra los ómnibus urbanos son un signo preocupante de indisciplina social. Choferes, pasajeros y vehículos sufren sus consecuencias. A pocos días del inicio de la temporada veraniega, JR se acerca a este fenómeno que requiere un mayor enfrentamiento de toda la sociedad

Autor:

Juventud Rebelde

Así están algunos sistemas de alumbrado Las historias de los choferes del paradero de Guanabo y las de los pasajeros que usan esos ómnibus encajarían muy bien en un filme de violencia.

Lo pudo constatar este diario en una visita a esa base de transporte. «Hace unos días por poco pierdo la vida mientras conducía. Cuando iba pasando por la cafetería del Trébol, en el municipio de La Habana del Este, un muchacho le tiró una piedra a la guagua y rompió el parabrisas. Muchos vidrios me dieron en la cabeza. Me salvé porque ninguno se me encajó, de lo contrario no estuviera aquí.

«Tuve mejor suerte que otros que han sufrido heridas en los brazos, debido al impacto de los cristales», explica el chofer Juan Miguel Bárzaga, quien en solo ocho meses como conductor de la ruta 400, perteneciente a la terminal de Guanabo, ha sido víctima de varias acciones vandálicas.

Así deberían estar Lamentablemente, los incidentes narrados por este trabajador no constituyen una excepción. Son varios los choferes de aquella base de transporte urbano que han sido blanco de las indisciplinas sociales.

Gerardo Leonard, quien lleva 31 años como conductor, asegura que ha sufrido estas en múltiples ocasiones.

«Este trabajo se ha convertido en uno de los más riesgosos. Mi mujer no quiere que venga más, lo hago porque tengo una familia que mantener, pero no es fácil soportar las indisciplinas. A veces he tenido que hacer el viaje atormentado porque muchos van tocando rumba desde que salen del paradero hasta la última parada y ¡ay del que les llame la atención!», se lamenta.

Las irregularidades en los ómnibus de Guanabo no solo causan lesionados, también han provocado muertes. El 24 de marzo del pasado año dos jóvenes saltaron desde la acera hacia una de las ventanillas para entrar, y como el vehículo iba en movimiento, cayeron debajo de la goma. Uno murió y el otro perdió una pierna.

También el 24 de agosto de 2005, una gran riña en el Trébol y Vía Blanca, dentro de la ruta 400, con matrícula 3658, dejó el triste saldo de varios heridos. «Nací ese día, porque se fajaron como 40 personas encima de la guagua y aquello era una locura. Nadie conocía a nadie y todos eran enemigos en ese momento», explica Orlando Fidel Rodríguez Rodríguez, chofer de aquel ómnibus.

Jesús Hidalgo Barroso, quien maneja en la ruta 464 narró con tristeza cómo recientemente le rompieron 15 cristales a su guagua, cuando se desató una reyerta que comenzó dentro de la guagua, y terminó con varias personas saltando fuera y lanzando piedras al vehículo.

A la guagua de Félix Pedroso, conductor de un rutero 462, también le rompieron varias ventanillas en una noche reciente, en Boca Ciega. Además, dos personas resultaron lastimadas.

«Constantemente estoy en la unidad de Policía denunciando hechos de este tipo, y aunque me gusta mi trabajo no dejo de reconocer que se ha tornado peligroso en los últimos años. Gracias que mi esposa también es conductora, y por eso me comprende», manifiesta.

Todo esto ocurre cuando aún no han transcurrido los meses de la etapa veraniega, en que esta zona es visitada por miles de bañistas diariamente, coinciden los entrevistados.

RAíCES

Los choferes entrevistados consideran que la ingestión descontrolada de bebidas alcohólicas por parte de algunos bañistas, es la causa fundamental de los conflictos que terminan en reyertas y agresiones contra los ómnibus.

«El problema de la violencia en el transporte urbano se agrava más porque alguna gente quiere que sea solamente la autoridad policial quien resuelva todo. Si no hay policía para organizar las colas lo que se forma principalmente en las primeras paradas es realmente penoso», manifiesta Orlando Marcos Reyes, jefe de grupo de ómnibus en el paradero de Guanabo.

Encima de las guaguas es igual, agrega Marcos. Algunos indisciplinados aprovechan cuando no hay autoridad y comienzan a golpear las guaguas por donde quiera, según ellos para ir «contentos». Por esa causa varios ómnibus han perdido completamente su sistema de alumbrado, pues les arrancan las lámparas y las lanzan por las ventanillas.

«El pasado año había casi siempre un policía en cada guagua, y los desobedientes estaban controlados, pero la población también debe enfrentar esta peligrosa tendencia, de lo contrario la dificultad persistirá», acotó el funcionario.

«Los fines de semana son los peores días. Sobre todo en la madrugada, cuando salen las personas que vienen al Círculo Social ubicado aquí en Peñas Altas», refiere Yuri Domínguez García, jefe de línea en el citado paradero.

«A veces parecen fieras: tiran piedras, suben por las ventanillas, no quieren pagar, la mayoría están bastante borrachos, y por lo general se fajan entre ellos mismos», explicó Yuri.

LA CUENTA NO DA

Algunos conductores y pasajeros coincidieron en que es necesario ser más rigurosos para impedir que unos pocos alteren la tranquilidad de la mayoría. Los datos lo confirman.

«Desde 2005 hasta la fecha hemos tenido 86 hechos vandálicos, y solo en 36 se ha encausado a los involucrados», reveló Yuri Domínguez.

La sanciones a que se enfrentan quienes alteran el orden y maltratan nuestros ómnibus tampoco parecen quitarle el sueño a los indisciplinados. A veces por fajarse dentro de las guaguas son multados con 25 pesos solamente.

«En ocasiones el tribunal les impone multas a algunos para que nos indemnicen parte de los daños que les causaron a los ómnibus. Después casi ninguno paga nada», dijo Marcos.

Aunque paguen esas ridículas multas, opinan los directivos de ómnibus, esa no es la solución.

Recientemente este diario asistió a un juicio en el tribunal de Guanabo, donde se juzgó a una joven por romper varios tubos de lámpara de una ruta perteneciente al mencionado paradero.

La muchacha fue considerada culpable y sancionada con una multa de 250 pesos y la obligación de trabajar durante tres meses sin internamiento. Según la presidenta del tribunal, del salario que devengará durante ese tiempo se le descontará el dinero que tiene que entregarle a la terminal.

Es una buena iniciativa en el orden moral para que nadie burle las sanciones de nuestros tribunales, pero en nada resarce económicamente las pérdidas del país por sus fechorías. Cada lámpara de las que usan las guaguas metropolitanas cuesta 154 pesos convertibles y cada tubo vale cinco pesos.

Algo similar sucede cuando alguien rompe un parabrisas delantero de estos ómnibus, el cual le cuesta al bolsillo nacional 495 dólares, sin embargo, quienes los rompen pagan, por lo general, una multa en moneda nacional que no rebasa los 500 pesos.

Según explicó Orlando Marcos Reyes, desde 2005 hasta la fecha los hechos vandálicos han costado 35 810 pesos convertibles, principalmente por la rotura de parabrisas, lámparas y cristales de ventanillas.

Mas el daño económico que provocan estas indisciplinas pasa a ser secundario cuando conversamos con algunos de los pasajeros habituales de las rutas pertenecientes a la mencionada base de transporte.

La mayoría concuerda en que viajan en esas guaguas porque no tienen otra opción, pero añoran la tranquilidad de otros años. Algo muy similar expresaron muchos choferes del paradero de Guanabo, porque no hay valor mayor que el de la decencia y la disciplina social.

Las agresiones a que se exponen los conductores y pasajeros de los ómnibus de Guanabo, también suceden en otros territorios del país. Habría que ver cuánto daño moral y económico le causan estas a la nación y cuánto más podemos hacer por enfrentarlas y erradicarlas.

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