Abrazar las nubes un 13 de agosto

Lectores de Juventud Rebelde escalan el Turquino, el pico más alto de nuestro país

Autor:

Juventud Rebelde

ALTO DEL NARANJO, Granma.— Las ojeras les delataban el cansancio; sin embargo, en la profundidad de las miradas podía leérseles el orgullo anchuroso por estar subiendo, justamente el 13 de agosto, al punto más alto de Cuba.

Y allá, respirando nubes flotantes en el Turquino, a 1974 metros sobre el nivel del mar, los 80 lectores de Juventud Rebelde abrazaron a Martí, y entendieron mejor la proeza de Fidel y de aquellos barbudos que en esas lomas apretadas de verdor derrotaron en solo 25 meses a un ejército muchas veces superior en armas, pero no en lo otro.

Oriundos de todas las provincias del país, muy pocos habían escalado tanta cúspide. Por eso era entendible verles las caras de susto en el ascenso por la impresionante y empinada carretera de serpentinas asfálticas hasta el Alto de Naranjo.

«¡Oiga, qué frío por dentro!», era expresión casi colectiva.

Mas otros, como Hipólito Torres, mientras trepaban, contaron peripecias pasadas de otras expediciones: «Yo he subido en 46 años más de cien veces y siempre lo he hecho sin zapatos», decía a cada rato ese guajiro casi setentón, ayudante del Che en la Pata de la Mesa, y quien no por gusto se ganó el mote de Capitán Descalzo.

«Préstame las plantas de tus pies para llegar», le insinuaba en broma aunque también en serio una de las mujeres de esa guerrilla de todas las edades y disímiles profesiones.

Los que no podían llegar por condiciones físicas también subieron alegóricamente porque caminaron hasta la Comandancia de la Plata y allí se admiraron porque aun los objetos inanimados hablan y relatan epopeyas.

La noche de la víspera, en la Aguada de Joaquín, los lectores pellizcaron las estrellas, leyeron ocurrencias, poemas, cartas, oraciones de capullos dedicadas al Gigante en el concurso Turquino, convocado por Tecla Ocurrente, esa ingeniosidad publicada los jueves en JR por el profesor y periodista Guillermo Cabrera.

Hubo canciones en el trayecto kilométrico, una montaña de caricaturas de Adán y Laz; también chistes, miedos por ranas, inspiraciones poco comunes en la oscuridad, chapuzones nocturnos y unas cuantas —interminables— confesiones de amor por un hombre y una nación que sueñan siempre más allá de los agostos y los calendarios.

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