Che: boina, estrella, presencia

Desde que descubrimos al Guerrillero Heroico en nuestros primeros días de estudiantes su imagen y ejemplo nos acompañan por siempre

Autor:

Juventud Rebelde

Una amiga del Che confesó una vez que él era demasiado cálido para tallarlo en piedra. Un buen poeta dijo que cada vez que lo recordaba, veía la imagen entusiasta de un muchacho. Tantos han empleado la vida en buscar la eterna juventud y no se han dado cuenta de que el Che descubrió hace mucho, y sin proponérselo, el infinito manantial del nacimiento.

Desde que empezamos a crecer, lo recordamos. Desde que empezamos a mirar, lo vimos. Boina, estrella, poema. Sonrisa y respeto en aquella foto de la Primaria. Conocido de la maestra por lo bien que nos hacía sus cuentos. De bicicleta ¿o moto? poderosa recorriendo el continente. Asmático desde chiquito, y aun así no perdía ni una aventura.

Dice aquella amiga indiscreta, que «como estudiante no trabajaba mucho, pero sí bien», que «sabía estudiar» y «podía detenerse y profundizar mucho cuando el problema lo apasionaba». Eso sí, la mayor parte de su tiempo lo dedicaba a «la lectura y al culto de la amistad.

Para él la amistad imponía deberes sagrados y otorgaba iguales derechos. (...) pedía con la misma naturalidad con que daba, y esto en todos los órdenes». Aun en los peores momentos, su amor a la vida era tan grande que sacaba optimismo de su lógica personal: «cuando las cosas andan mal me consuela pensar que podrían andar peor, y además, que también pueden mejorar».

Imaginación y locura. Planes, proyectos, castillos. ¿Qué quería aprender? «Física nuclear, genética o una materia así que reúna lo más interesante de las materias conocidas». De título era médico, entre viajes y apuros, pero con ganas. Más preciso: de título, y de virtud, ya era revolucionario.

Y eso ¿dónde lo aprendió? ¿Quién le enseñó a despreciar «la forma en que los gringos tratan a América?». El ver a la «gente cuyo horizonte más lejano fue siempre el día de mañana». Como aquella viejita «de ojos moribundos» que pedía desesperadamente consuelo.

Después sabemos que con otro muchacho, no menos inquieto, se montó en un barco hacia una isla desconocida. Sin muchas cosas en la mano, pero apasionado; pues «para toda obra grande se necesita pasión». ¿Qué seguridad era aquella de que su futuro estaba «ligado a la Revolución Cubana? «O triunfo con esta o muero allá».

A fuerza de escuelas, de lápiz y combate fueron creciendo desde sus manos los nuevos empeños. Aprendía letras y oficios, cantos y esfuerzos. Hasta la profesión inconclusa de la rebeldía. Con él, la Sierra fue Maestra en toda su extensión.

Triunfó aquel impulso como ola de miles. Y su imagen sin camisa, volcando una carretilla de arena, habla del trabajo que emprendió después. Horas y horas de planes y sueños, cosas ya logradas, otras mal hechas. Pero siempre el tiempo de dejar la palabra. Escribir para los que vendrían. Contar para los que se iniciaban. Libros. Charlas. A los médicos: la certeza de que «lo primero que hay que tener es Revolución», y la necesidad de ir entre el pueblo, con humildad y el oído atento.

A los más pequeños, y a todos, aconsejaba que estudiaran a Martí. «Se puede honrar a Martí citando sus frases, frases bonitas, (...) y sobre todo, frases justas. Pero se puede y se debe honrar a Martí en la forma en que él querría que se le hiciera, cuando decía a pleno pulmón: “La mejor manera de decir, es hacer”.

«Esa es mi recomendación..., que se acerquen a Martí sin pena, sin pensar que se acercan a un dios, sino a un hombre más grande que los demás hombres, más sabio y más sacrificado que los demás hombres, y pensar que lo reviven un poco cada vez que piensan en él, y lo reviven mucho cada vez que actúan como él quería que actuaran».

A sus hijos les dedicaba el gesto juguetón y la sonrisa cómplice. En cada viaje, en cada apunte de ministro, jefe, amigo de otras naciones, el recuerdo de sus niños. A Aleidita que «no te olvides de ir al colegio y darle un besito a tu nuevo hermano». A Camilo, la postal con un caimán ¡así! de grande y una historia de que se llamaba «Pepe». También el secreto compartido: irían de «vacaciones a la luna; pero eso si no hay imperialismo cuando crezcan, porque si existe todavía salimos a pelearlo».

Eso hacía la mayor parte del tiempo. Por ello las partidas y las guerrillas, es decir, la lucha por las alegrías que faltaban a los demás.

De esta tierra salió un día sin regreso, donde entre otras cosas dejó la imagen de su amigo flaco de sombrero alón. ¿Loco? ¿Quijote? ¿Aventurero? «Lo soy, solo que de un tipo diferente y de los que ponen el pellejo para demostrar sus verdades».

De nuevo la lanza firme, «todo fantasía». En Bolivia, como podía ser en cualquier lugar del mundo. Pero a última hora, por azar o mandato, en una escuelita. Para seguir diciendo, a toda la muchachada, la palabra intranquila de levantar estrellas.

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