Crónica desde un volcán que siembra sueños e ideas

Autor:

Juana Carrasco Martín

Hebe de Bonafini reconoce que el momento es único. Ha sido un miércoles especial en este Palacio de las Convenciones, para los participantes provenientes de 81 países que se han encontrado en el Coloquio Internacional Memoria y Futuro: Cuba y Fidel. Especial para los pueblos de América Latina y quienes aquí los representan, para los que han venido con igual propósito desde todas las regiones del mundo, y para Cuba y los cubanos.

Los tres lemas, dictados por el pensamiento preclaro de José Martí, albergan toda la verdad y abrigan los análisis y el homenaje a Fidel: «Patria es humanidad», «Conquistar toda la justicia» y «Sin cultura no hay libertad posible».

Es el viaje preciso y detallado al corazón del amor, a la solidaridad, al pensamiento y la obra de la Revolución Cubana, que es decir Fidel y sus 80 años de vida.

Es asomarse y entrar hondo en la educación, la ciencia, la salud y el deporte que se reparten, no porque sobre, sino porque se comparten en el sueño y la esperanza de lograr la equidad.

Es sembrar sus sueños y sus ideas, que son los nuestros.

El momento es único, coinciden muchos en las salas de trabajo y en los pasillos: América Latina se levanta. Lo afirma Hebe de Bonafini, la madre de la Plaza de Mayo, en el plenario; lo ratifica Lucrecia, la amiga guatemalteca, cuando nos comenta cuán importante es; o el periodista ecuatoriano que viene a convertir en realidad un sueño muy personal y de muchos años de visitar Cuba y el sueño mayor de lucha que siente despejarse ahora en su país...

Hay una coincidencia, además, en señalar a un responsable mayor. Dicen que es «el hombre más grande que ha dado la humanidad», le llaman «padre», «hermano», «mi Comandante», «compañero». Afirman que es «el más sabio, el más íntegro, el más entero». Y como una orden le dicen: «Te necesitamos... que nos hables, que nos digas, que nos escribas, que nos sigas mandando mensajes».

Y todo porque se le reconoce como el ejemplo para emprender y ganar muchas batallas. Y entre quienes siguen sus sueños y ejemplos se cita «a los cinco compañeros prisioneros del imperio».

Desde Nueva Zelanda hasta Honduras, desde Rusia hasta Vietnam, desde Mozambique hasta Bolivia, desde España hasta Costa Rica, se va desgranando el amor correspondido.

La que se apellida Alba y viene de la India y afirma que ha inspirado a toda una generación en todo el mundo sin importar razas, religiones, ni creencias políticas, y nos saca la sonrisa con su ocurrencia-sueño-idea: dicen que los españoles llegaron a Cuba cuando buscaban a la India, ¿se imagina usted lo que podría ser la humanidad si Fidel Castro hubiera sido indio...?

El garifono Luther Castillo, médico hondureño graduado en la Escuela Latinoamericana de Medicina, habla de lo que bien sabe. Que no hubo galeno negro en su país hasta 115 años después de haberse fundado allí la primera escuela médica, y más de siglo y medio después, ya en Cuba se han graduado diez jóvenes garifonas, pronto concluirán sus estudios otros 18, y hay ahora más negros hondureños estudiando en Cuba que todos los graduados desde que en esa nación centroamericana hubiese esa Facultad. «Y somos fruto de la idea del Comandante».

¿Ustedes se imaginan lo que ha hecho Cuba por nosotros?, pregunta una maestra paraguaya, «este generoso pueblo que dio todo, no porque le sobra, sino por compartir».

El joven deportista venezolano habla de su escuela en Cuba y en nombre de sus más de mil estudiantes recalca: «Hace falta fuerza, humanidad, esperanza y mucho amor para cumplir un sueño, y eso es para nosotros Fidel».

Con una especie de tartamudeo nervioso comenzó Ricardo Rudas, también de Venezuela: «Yo era prácticamente analfabeto y digo mis palabras aquí, mi experiencia...». Escuchamos de cómo conoció el poder de las letras, una a una, cuando se dijo e hizo «Yo sí puedo seguir», de la Misión Robinson, y su conocimiento de Geografía, Historia, Matemática, lenguaje en estudios más duros, de la Misión Ribas que ya le hace crecer todavía más. Ya tiene la certeza y la seguridad se refleja en su tono y voz: «Tengo 43 años, y a los 40 años fue como nacer de nuevo, porque descubrí la luz».

Unas y otros nos dejan en la memoria y el corazón palabras sabias. Como dijera Pablo Guayasamín en la apertura del Coloquio: Esta gran concentración es para decirle al Comandante que siga dándonos la pauta para que un mundo mejor sea posible.

Todos y cada uno le dijo eso, tuteándolo, agradeciéndole, respetándolo, abrazándolo... con el consejo multiplicado de ¡Cuídate, mi amigo!

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