El camuflaje: ¿De la moda a los fantasmas?

Enmascaramiento para los militares. Estampado para los diseñadores. Mirado con ojerizas por algunos y defendido por otros, este tipo de vestuario se ha convertido para muchos cubanos en una moda

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Fotos: Franklin Reyes

«Siempre que me pongo este pantalón me dicen algo», comenta Sandra Norma con una sonrisa pícara. Al otro lado de la calle, esperando un «almendrón», Elisa luce un vestuario similar, y además incorpora pulóver y gorra del mismo tejido. Un poco más lejos, José lleva gustoso su chaqueta, «porque el color es muy refrescante, es la esperanza, la tranquilidad».

Ellos, como otros caminantes que a diario pueblan nuestras calles, evidencian que el camuflaje ha adquirido entre muchos cubanos carácter de moda. Los hay en distintas tonalidades, colores y texturas. Un joven puede combinarlo con ropa de las Brigadas Universitarias de Trabajo Social y una «pepilla cuarentona» con su blusa provocativa. Existen hasta los padres que «pintan» a su pequeño hijo de los zapatos a la gorra con los arabescos de color verde olivo.

Vestirse así es un acto comunicativo singular, aunque muy pocos se detengan a pensar en el porqué. Y es que el camuflaje, que algunos creen nació de las guerras, hace ya tiempo «asaltó» las pasarelas de todo el mundo, a pesar de que todavía haya quienes se resistan a verlo como prenda cotidiana.

¿Es el camuflaje un fenómeno nuevo? ¿Cuáles son las causas de que en los últimos tiempos haya proliferado este vestuario? ¿Por qué persisten algunos prejuicios con respecto a su uso? ¿Acaso quienes lo visten pretenden propagar símbolos militaristas o solo prima el deseo de estar «a la moda»?

MILITARES ARTÍSTICOS

Algunos estudios indican que, contrario a lo que generalmente se piensa, el camuflaje no nació en las guerras, sino que los militares encontraron en el arte otra forma de enmascararse para fines bélicos.

Desde finales del siglo XIX, con el inicio del movimiento vanguardista en las artes plásticas, el uso del estampado, primero reproducido de la naturaleza y después de la indagación en el «yo interior» por los artistas, asaltó los lienzos para distorsionar formas y colores.

No por gusto la investigadora española María Teresa Méndez Baiges afirma que ya en la Primera Guerra Mundial (1914-1918) había «un modelo pictórico que enseñaba a fragmentar la figura para lograr que se fundiera con, y se aplanara sobre su entorno». Así lo venían haciendo desde 1909 los pintores cubistas, que en sus cuadros cultivaban intencionalmente la ambigüedad de líneas, colores y planos.

Esta posibilidad de que cada uno de los elementos formales de una pintura pudiera leerse en más de un sentido, le vino como anillo al dedo a los militares recién comenzada la primera conflagración mundial.

Fueron precisamente los franceses quienes primero «llamaron a filas» a pintores como Léger, Braque, Dunoyer de Segonzac, Camión, Edward A. Wadsworth o André Mare, este último quien con sus dibujos titulados Carnets de guerre puso en evidencia esta alianza entre arte y militarismo.

Los Dazzle Painting, o barcos pintados con diseños abstractos que confundían a los submarinos, y tanques de guerra, transportes militares, edificaciones e incluso aviones «decorados» volvieron a lucirse en la Segunda Guerra Mundial, con la diferencia que esta vez el camuflaje también llegó profusamente a los uniformes de los soldados.

Así el caqui amarillo o el verde olivo de las zonas tropicales, cedieron espacio a los uniformados con líneas de camuflaje mimético para selva (predominan colores verdes y marrones), para nieve y zonas polares (blancos y grises), o para ambientes marinos (blancos y azules). Todos ellos, con múltiples variantes, fueron y son usados en escenarios diversos de guerra e indistintamente por bandos contrincantes.

MODA «FAPLA»

La propaganda a favor de la guerra o contra esta también ha hecho de las suyas para popularizar el uso de estas prendas. En Estados Unidos, por ejemplo, se pusieron de moda a finales de la década de 1960 y principios de los 70 las ropas de camuflaje o verde olivo raídas o intencionalmente rotas, curiosamente utilizadas para protestar contra la guerra en Vietnam.

No obstante, las Fuerzas Armadas de este país no han escatimado esfuerzos en fabricar camisetas, pantalones, cintas para el pelo, pañuelos y todo tipo de prendas de camuflaje, donde incluyen sus símbolos o nombres, para propagandizar sus acciones.

Paradójicamente, su uso no siempre ha determinado que quienes las porten estén de acuerdo con estas ideas, sino que muchas veces esta constituye una forma de criticarlas o de protestar ante la marginación social.

Así ha sucedido con integrantes del movimiento hippie en los 60 y 70 del siglo pasado, con los artistas de la música electrónica, el rap y el reguetón. Incluso muchos jóvenes del mundo que simpatizaban con los movimientos revolucionarios en América, Asia y África, utilizaron en los 70 y 80 esta vestimenta con el propósito de solidarizarse con los ideales guerrilleros.

A Cuba el camuflaje llegó primero en algunos uniformes de los rebeldes al triunfo de la Revolución en enero de 1959, pero su uso se extendió con las misiones internacionalistas en África y Nicaragua, por lo cual el uniforme de las Fuerzas Armadas para la Liberación de Angola, que también usaban los combatientes cubanos, llegó a instaurar en la década de 1980 la moda de los «pantalones FAPLA».

A CABALLO REGALADO...

«Le veo swing», fue la ágil respuesta de Maily, una bailarina a quien preguntamos por su vestuario completo de camuflaje. «Es una moda más —agregó—, como lo fueron en su tiempo las sayas can can. Si te quedaban bien, te las ponías y ya. Además, no tiene que ser solamente verde. Yo tengo también azul y rosadito. Y no pienso que tenga nada que ver con los militares».

Para Jairo, vestirse así «es una forma de decir que seguimos siendo guerrilleros». Él, dirigente estudiantil en la capital, usa únicamente pantalones similares a los FAPLA, «por lo que significan para Cuba». Cuando lo entrevistamos, combinaba su pantalón de camuflaje con un pulóver del Che y una gorra del VII Congreso de la FEU.

  «Cada cual usa la ropa que le place. Pero el camuflaje donde se ve es en la guerra y vestirlo es una forma de reproducir en las calles ese espíritu militarista», comentó Sandro, médico que llevaba puesto un pulóver «Tommy». Sin embargo, cuando le preguntamos por qué usaba esta marca nos contestó: «A caballo regalado...».

Este joven, como otras personas, identifica el uso del polémico estampado en prendas de vestir con los letreros alusivos a las Fuerzas Armadas norteamericanas, que muchas veces lo acompañan. De distintos tamaños, combinados con águilas, calaveras u otros símbolos, conforman toda una imaginería que recuerda a un ejército bastante conocido por sus atropellos.

No está lejos de lo cierto. El gobierno norteamericano, apurado por sus campañas militares en Afganistán e Iraq, y necesitado de reclutar tropas frescas, emplea todo tipo de estrategias para «levantar su imagen», entre las que no falta «exportar» su superioridad guerrerista a través de la ropa.

Y aunque no faltan quienes puedan estar «encandilados» por esta propaganda, otros, como Pavel Samuel, que lucía en su pulóver la inscripción RANGER U.S. ARMY, afirman: «No he pensado nunca en que puedan asociarme con ideas militaristas. En realidad me hubiera gustado que no tuviera el cartelito, pero me lo regalaron así...».

Sandra Merino, productora de televisión a quien abordamos mientras llevaba sobre su camiseta un rótulo similar, también piensa que «nuestro pueblo es bastante sensible a sucesos como el de Iraq, así que usar este tipo de ropa tal vez sea una forma de burla a los soldados yanquis».

De lo que estaban convencidos muchos de los que opinaron es que se trata de ponerse lo que está a tono con amigos, grupos y época; y como todas las modas tiene un carácter transitorio.

¿INGENUOS CARTELITOS?

Aunque los carteles alusivos a fuerzas militares extranjeras e incluso consignas guerreristas no siempre son vistos con agrado, existen artesanos que reproducen este «gusto» en sus creaciones, según uno de ellos que prefirió no ser identificado, «porque es lo que nos piden los muchachos».

Algo similar nos dijo un dependiente de la Tienda de la Oficina Nacional de Diseño Industrial, que está en P y 23, en el capitalino Vedado, uno de los establecimientos que vende telas. «Cuando sacamos camuflaje, vuela. Mayoritariamente la compran costureros artesanales por grandes cantidades. ¡La última vez uno se llevó 300 metros!».

«A mí me gusta el camuflaje, lo veo a la moda, y no me agradan esos cartelitos, pero a veces es lo único que encuentras en el mercado, porque en las tiendas no he visto ese tipo de ropa», afirma Luisito, estudiante de preuniversitario.

Quizá eso explica las opiniones contradictorias que recogimos, incluso en provincias como Guantánamo, donde por tener la ilegal Base Naval norteamericana cerca, es común ver uniformados cubanos con este tipo de atuendo militar.

Pedro Armando Belón Castañeda, un guantanamero que estudia primer año de Medicina, asegura que él no usa el camuflaje porque se parezca al uniforme militar yanqui u otro, sino por ser «lo que más onda tiene». Igual piensa René Riverón, quien cree que es un símbolo de rebeldía y una forma de andar a la moda.

Mientras, Yoana Pichardo, estudiante de Medicina, afirma que «no soporta la ropa de camuflaje, pues es para los militares. Las personas la usan para resaltar y sobresalir en la calle».

Igualmente, Esperanza Castellanos, alumna de tercer año de Bibliotecología, reconoce que «hay quienes la usan con cierta extravagancia y como forma de “especulación”».

SIN VER FANTASMAS

En busca de opiniones más especializadas encaminamos nuestros pasos al Centro Creativo Boga, encargado de los diseños para la industria textil cubana. Allí, Arianet Valdivia, una de las diseñadoras de ropa, nos explicó que el camuflaje es un tipo de estampado, y ha estado de moda en diversas ocasiones.

Observadora acuciosa de la cotidianidad del vestir, como corresponde a su especialidad, Arianet indica que el uso de este diseño en el vestuario ha sido frecuente en los últimos tiempos en el mundo, y prendas de estampado similar al camuflaje se han vendido en las tiendas cubanas.

«Particularmente, como prenda para mi uso personal no me gusta, pero yo diseño de acuerdo con lo que el público demanda. Así que no me disgustaría usar el camuflaje, si viene a tono, en alguna de mis creaciones».

La profesora de Sociología de la Universidad de La Habana, Elienne Ferrer, autora de la tesis de licenciatura Moda y cambios sociales en la Cuba de los 90: un desafío a la creatividad, cree que la función comunicativa de la ropa es un fenómeno más amplio.

Según ella, «la cultura del vestir sufrió el impacto de la crisis de los 90, el cual puede ser analizado en varios sentidos: el primero, la transformación de algunos elementos con un importante contenido axiológico o relacionado con la teoría de los valores».

Así, argumentó la especialista, nociones como la elegancia y el buen vestir, tradicionalmente muy arraigadas en la conciencia colectiva de los cubanos, fueron erosionadas en este período, fundamentalmente en los primeros años, en los que las excesivas carencias ejercieron su influencia en el imaginario social.

Elienne explica que si bien no encontró en su investigación un consenso entre los diseñadores acerca de la pertinencia o no de hablar de «moda cubana», el país sí posee un potencial inestimable en este sentido (diseñadores, costureras, sastres, modelos), que aún no se aprovecha al máximo, pues generalmente no existen las estructuras necesarias para que estos desarrollen sin limitaciones sus prácticas creadoras.

Quizá las carencias de vestuarios más cubanos y de buen gusto, el alto precio de los pocos que se venden y las dificultades derivadas de la crisis económica, junto a la influencia de la globalización a la hora de vestir, sean algunas explicaciones de por qué el camuflaje se ha colado entre nuestras prendas cotidianas.

No obstante, «cada generación tiene sus gustos», como afirmó, al ser abordado en la calle y vestido con su chaqueta de camuflaje, el doctor en Ciencias Psicológicas José Marcané Sierra, investigador del Centro de Estudios de Técnicas de Dirección, de la Universidad de La Habana.

«El verde olivo significa también mucho para Cuba. Recordemos al Ejército Rebelde. Creo que todo lo que tienda a buscar nuestras raíces hay que aplaudirlo. Y los diseñadores cubanos, con creatividad, deberían hacer más productos que reflejaran nuestros símbolos.

«Esos mismos muchachos que vemos vestidos de camuflaje hoy, quizá son hijos de aquellos que pelearon y ganaron con uniformes de camuflaje en Angola. Ver algo más que la moda en el uso de esta ropa, es ver fantasmas».

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