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Jóvenes y adolescentes se reeducan con el trabajo

En una finca de la Televisión Cubana, Miguel Ginarte enseña a enfrentarse a la vida a jóvenes con problemas de conducta

Autor:

Juventud Rebelde

Miguel Ginarte con el ejemplo recalca que allí hay una sola plaza: Cuidador de animales. Fotos: Roberto Suárez

«A los jefes que no quieren trabajar con muchachos, les digo: “Primero están ellos, después los caballos, el trabajo, estoy yo y, por último, están ustedes. ¡Y el que no los quiera, se puede estar yendo ahora mismo!”».

Miguel Ginarte es el jefe de los Servicios Especializados de la Televisión Cubana y director de la finca del ICRT donde se filman las escenas campestres y con caballos de telenovelas, aventuras, teleplays...

Solamente recorriendo ese sitio rodeado de tierra virgen, bosque y lomas; hablando con los jóvenes que allí laboran; oyéndolo y viendo los gestos con que acompaña lo que dice, uno se da cuenta de que Miguel Ginarte, es un hombre hecho de algo especial.

Hay quien lo califica como una suerte de maestro sin academia, pero sabio. Y los jóvenes que llegan ahora o llegaron a él un día con problemas de conducta, lo ven o lo han visto como a un padre.

Uno de los trabajadores de esa finca, de los emplantillados como cuidador de animales, la plaza fundamental allí, dice que para Miguel no existen trabas sin remedio. Y el propio Ginarte, que se subordina a la Dirección General de los Servicios de Escenografía del ICRT, comenta: «Nada se ha logrado en la vida por iniciativa de la gente satisfecha. No voy a hacerme el modesto, y está muy feo que lo diga, pero yo solo necesito un rato para pensar cómo resolver un problema y... se resuelve».

LA FINCA DE GINARTE

La llamada Finca de Ginarte, del ICRT, no es una escuela en el campo, sino un campo convertido en escuela. Muchos conocen este paraje de la Televisión Cubana, ubicado en el municipio de Playa, como La Finca de Ginarte, en el reparto Siboney, cerca del centro médico La Pradera.

Allí, además de preparar a los jinetes que participarán en las filmaciones, Miguel Ginarte reeduca a adolescentes y jóvenes que han tenido problemas de conducta en sus casas, zonas de residencia o escuelas.

«Muchos le hacen rechazo a estas personitas que empiezan ahora la vida, y al parecer quieren crecer silvestres, como el marabú, sin freno y sin ley. Pero no todo el mundo sabe comprenderlos. En realidad son, almanaque en mano, unos niños casi. O tienen mucho genio, o no se acostumbran ni se adaptan a la disciplina impuesta “de a porque sí”. Yo les digo a los que los miran con desprecio, furia o subestimación, que si ellos fueran tan buenos, acumularan tantos méritos y tuvieran un expediente tan limpio, fueran personas relevantes en la sociedad.

«Pero solo han sido muchachitos intranquilos, fastidiadores, que ponen nombretes, tiran piedras, hacen maldades, con los que hay que tener cierto cuidado y mano no tan dura como firme y convincente. Claro, una gota de petróleo echa a perder un barril de miel. Sin embargo, para eso estamos los mayores, para enseñarlos, educarlos y encaminarlos».

Recorrimos la finca, conversamos con algunos de esos muchachos, les hicimos preguntas, los vimos trabajando a pleno sol o en lugares de sombra, pero ninguno perdiendo el tiempo, ni gastando horas con ocio inútil. Y después fuimos testigos del entrenamiento de esos mismos muchachos sobre caballos casi sin domar, recién adquiridos, una clase práctica en el picadero de la finca.

Luego, también a caballo todos, siguieron al «maestro mayor», Ginarte, loma abajo y loma arriba, montados «en pelo», y llegamos a la conclusión de que con ejemplos como este, cualquier desviación tiene arreglo.

PRIMERO EL RESPETO

Estos jóvenes que hacen de jinetes en películas, y en telenovelas y aventuras de la pequeña pantalla. «¿Nuestra política? Primero, respetarlos como seres humanos, y quererlos como si fueran nuestros familiares. Y ya yo tengo reeducándose aquí a hijos de adolescentes que se hicieron hombres con todos nosotros, cuidando y montando caballos en esta finca. Ya son cerca de 40 años enseñando a muchachos de toda la Isla».

Ginarte se siente orgulloso del trabajo que ha hecho en este campo, que ha sido una escuela. A los que prefieren combinar el estudio con el trabajo, él los libera, los autoriza y estudian veterinaria, mecánica, tornería, carpintería, albañilería, y se les paga su salario mensual igual que si estuvieran a tiempo completo.

«Eso sí, tienen que trabajar fijos aquí en la finca los sábados y los domingos, y también durante las vacaciones, porque no se trata de un regalo, hay que ganarse las cosas. Tenemos a un buen número de ellos en ese caso».

Ocurre algo muy lamentable. Como la mayoría dejó en su momento la escuela, tienen una edad más avanzada que el nivel escolar que lograron alcanzar, y mucha gente se burla de ellos. Por eso nosotros tuvimos durante mucho tiempo un maestro que aquí mismo los iba nivelando y los preparaba para incorporarse a las aulas fuera de la finca.

«Si tenemos algún mérito en lo que hacemos, es que estos jóvenes aprenden a trabajar, se van haciendo hombres, pero sobre todo los inclinamos a reunirse en paz con sus familiares, con sus vecinos en sus barrios, con sus antiguos maestros y hasta que ayuden económicamente a sus hogares, con parte del salario que reciben aquí».

Explica que él puede contar con algunas muchachas a las que les enseñó a montar bien a caballo, que trabajan en distintos lugares, y cuando las necesita para hacer de «dobles» en algunas películas, las contrata, pero cada una reside en su casa, y no tienen que pernoctar en la finca como lo hacen los jóvenes que se están reeducando.

«Mire, no crea que esto ha sido fácil durante tanto tiempo. Se han presentado a veces serios problemas de disciplina, pero ha primado la firmeza nuestra y la comprensión de los demás jefes y de los propios muchachos.

«Un día me reuní para abordar este tema de la disciplina y a los que pensaban que esos muchachos traían rezagos del pasado, les dije que en verdad eran rezagos de nosotros mismos. ¡Esos muchachos al final, en su fuero interno, no son malos! Al contrario, son nobles. La cuestión está en que empiezan a hacer sus travesuras y no son pocos los que no saben cómo tratarlos para meterlos en cintura, como se dice vulgarmente. Y ahí justamente comienzan los problemas. Si nosotros tuviéramos algunos otros centros de trabajo donde tenerlos, veríamos en ellos a una juventud formidable».

Ellos reciben un salario de acuerdo con su comportamiento y la calidad del trabajo. Ginarte considera que lo que el ICRT les paga es en correspondencia con el aporte productivo y conforme a la disciplina, el respeto, la solidaridad y también por su iniciativa propia y la relación con sus compañeros.

«Eso de la remuneración salarial depende de la evaluación que les hacemos aquí. No se les estimula con dinero, y ellos lo saben bien. Yo tengo en cuenta lo que hacen, el amor con que lo hacen, el compañerismo que demuestran y la responsabilidad que ponen en marcha a diario en su trabajo concreto. En eso va cómo tratan a las personas y a los animales que cuidan y montan a diario. Ya a los 24 ó 25 años es que les toca irse. Nos quedamos con algunos, pero para servir de reeducadores de otros que vienen, o de los más jóvenes que siguen trabajando con nosotros».

Hombre que uno tiene que seguir 

«Ginarte es un hombre que uno tiene que seguir a donde sea», dijo José Enrique Sánchez Martínez, de Baracoa. «Nosotros lo obedecemos, porque sin decir malas palabras, nos trata como a personas», refiere Ricardo Feria Martínez, de Villa Clara.

«Él no tiene que hablarnos para saber uno lo que quiere», afirma José Carlos Montano, de Ciudad de La Habana. «Jefes como él, por su ejemplo, arrastran a uno a cualquier tarea», dice José Luis León Domínguez, también habanero, jefe de patio, y agrega: «Él es como El Padre las Casas, el famoso protector de los indios». «El que no aprenda a trabajar y a montar a caballo con él, no aprende con nadie. Él nos manda y va junto con nosotros», es una opinión generalizada. «Él, sin alardear, es uno de los mejores jinetes que hay en Cuba», asegura Alejandro Sánchez Rodríguez, igualmente de Ciudad de La Habana.

«No es capitán araña y empieza a trabajar a la misma hora que nosotros. Lo admiramos por su modo de respetarnos y atendernos», apunta Lázaro Hernández Sardiñas, de Camagüey. «Por él somos ya gente de bien. Resuelve todas las dificultades, para él no hay imposibles», es otro criterio unánime.

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