Daymara Daymara Orasma es fiel a sus raíces campesinas y así lo evidencia en su obra artística. Autor: Cortesía de la entrevistada Publicado: 22/04/2026 | 12:51 am
¿Se imagina conformar una pieza con diminutos pedacitos de papel? Paciencia mediante, se trata de tomar una fotografía, llevarla al lienzo o la cartulina, dibujarla y, tras elegir los colores que utilizará, buscarlos en revistas y pegarlos.
Por supuesto que puede demorar días, semanas o meses en una obra. No se trata de rasgar cualquier pedazo de papel: hay que analizar matices y gamas. No es utilizar imágenes concebidas previamente para juntarlas y lograr una pieza, sino «pintar», sin pinceles y sí con papel.
Eso hace Daymara Orasma, artista cubana que ha hecho de esta técnica de collage poco usual su método de trabajo artístico, digno de asombro y admiración.
Usted puede constatarlo hasta el 17 de mayo en la Casa Museo Oswaldo Guayasamín, donde exhibe su muestra personal Entre y perdone usted, integrada por 15 obras de diversos formatos en soportes de tela, papel y madera.
Conversar con ella me reveló una extraordinaria sencillez y sensibilidad. Escuchar sus motivos de creación, aún más. «Yo vengo del campo; soy nacida y criada en Güira de Melena, Artemisa. Mi papá es de Pilón, y toda la vida he estado asociada al entorno campestre. Él quiso estudiar Agronomía en la tierra de mi mamá, quien no vivía siquiera en el pueblo, sino en un caserío.

«He visto cuidar cultivos, criar animales, trabajar la tierra… En el campo la vida es dura, y lo fue más en los años 90, cuando fui a vivir a casa de una tía en Isla de la Juventud. Allí estudié en la Academia de Artes Plásticas Wifredo Lam.
«El paisaje campestre cambió de color, pero siguió siendo mi entorno cercano. Esas vivencias las reflejo en mis piezas, porque mi interés es retratar a la gente humilde del campo con sus costumbres, sus rituales, sus tradiciones y hospitalidad», detalla.
Después, en La Habana, Daymara estudió en la Academia Nacional de Bellas Artes San Alejandro en la especialidad de Pintura, pero ya había quedado atrapada por la técnica de collage y no pudo desligarse de ella.
Persiste en su empeño y visibiliza a su familia, a sus amigos, su casa, sus espacios más queridos. Toma fotos, cual reportera minuciosa, pero al final transgrede esos límites y se une a los trabajadores, a su padre, a las mujeres, para ser parte de lo que la conmueve.
«Adoro la naturaleza… Tenemos que aprender de ella: allí está todo lo que necesitamos saber», reza una frase en su perfil digital, y es lo que resume su interés por crear desde la cotidianidad de un caserío, un sembrado, un bohío, una guardarraya o un potrero.

Luego rebusca en su arsenal de revistas, «de las que conocemos como de modas: las glamourosas, las que muestran una vida de lujos y banalidades, y chismes personales cual si fueran noticias de interés mundial…» y rasgándolas en diminutos pedazos va dándole vida a las imágenes que descubren aquella vida natural, campechana, alejada de paparazis y fama. Es una manera atrevida y novedosa de contraponer realidades, confrontar matices en escenarios diversos.
«He hecho otras exposiciones con esta temática, que es la que prefiero abordar. El título de esta muestra en exhibición, Entre, y perdone usted, es el título de un poemario de El Indio Naborí. Me encantó tomarlo prestado porque es común escuchar a alguien que vive en el campo decir justamente eso cuando te invita a pasar a su morada, no sin antes ofrecer disculpas porque carece de lujos.
«El día de la inauguración quise trasladar a los asistentes al campo, y nada mejor para ello que ofrecerles café, colado ahí mismo con la tetera tradicional, para beberlo en una güira, aludiendo a mi tierra natal. Eso es parte del diario acontecer de personas que despiertan cada día dispuestos a labrar su vida: no solo en el surco, sino también sus sueños y aspiraciones».
Le auguro éxitos, sobre todo porque es fiel a sus raíces, a su esencia, a su genuino sentir, y confío en que el proceso creativo en el que se sumerja cada vez le propicie la paz que necesita en el entramado urbano en que ahora vive, añorando —con certeza— el olor del amanecer «a lo guajiro».







