Recuerdan aniversario 50 del asesinato de Josué País, Floro Vistel y Salvador Pascual

El 30 de junio de 1957, hace 50 años, mueren en acción heroica contra la dictadura batistiana en Santiago de Cuba

Autor:

Leonardo Padura Fuentes

Josué País.  Santiago de Cuba.— Hoy, al retroceder medio siglo en el tiempo, recordaremos un capítulo de historicidad santiaguera, registrado justamente el domingo 30 de junio de 1957, cuando se estaba librando una permanente lucha de pueblo contra la sangrienta tiranía batistiana que asolaba al país.

Por esos días se había producido un notable incremento de la acción revolucionaria y el 28 de mayo de ese año, se produce la victoria de las fuerzas del naciente Ejército Rebelde comandadas por Fidel en El Uvero. Los órganos represivos multiplican entonces sus criminales métodos intentando contener el espíritu de combatividad que crece.

El déspota Fulgencio Batista junto a uno de sus acólitos más cercanos, Rolando Masferrer Rojas —un gángster con título de senador y jefe del cuerpo paramilitar apodado «Los Tigres», que él mismo formara— traza una estrategia para el oriente cubano, que comenzará a ponerse en práctica a la par del agudo sistema represivo imperante en toda la nación. Se trata de la instauración de los mítines políticos —léase politiqueros—, cuyo principal organizador y propulsor era el citado Masferrer.

A partir de la primera quincena de junio comienza a circular profusamente en los medios de información nacional y como parte de una campaña oficial de la tiranía, la noticia de la próxima realización en Santiago de Cuba, el día 30, de un gran mitin político al que indistintamente llamaron de la Coalición Progresista Nacional o de la Paz.

La tiranía pretendía crear una imagen desfigurada de la realidad cubana, con la finalidad de ofrecer la impresión de un clima de paz y normalidad en el país, restándole crédito a la existencia de un foco insurreccional armado en la Sierra, y con ello dar por sentado que aquel régimen de facto que presidía Batista, gozaba de estabilidad.

El Parque Céspedes, ubicado en el corazón urbano de la ciudad, es el sitio escogido para el show de marras.

Salvador Pascual.  Fragmentos de un trabajo periodístico de la corresponsal en La Habana de The New York Times, Ruby Hart Phillips, nos muestran imágenes de este día: «El senador Rolando Masferrer siempre había sido un gángster. Durante años había estado rodeado de guardaespaldas armados hasta los dientes. Ahora estaba organizando su propio ejército privado, al que se le atribuían mil quinientos hombres que eran el azote de la provincia de Oriente, robando, matando, torturando y extorsionando dinero. Masferrer consideraba la provincia de Oriente como su plato fuerte.

«(...) Santiago era un campo armado. Policías y soldados estaban apostados en todas las esquinas. Los carros patrulleros rugían por la ciudad. Las calles se encontraban desiertas. Parecía como si Santiago estuviera bajo un bombardeo (...) Se me hizo evidente el verdadero horror de lo que estaba sucediendo en Cuba (...)».

Masferrer prometió a Batista la asistencia de 30 000 personas al mitin. La reportera se asombra que para las tres de la tarde el parque estaba prácticamente vacío. La cofradía batistiana ocupó su lugar en la tribuna casi una hora después. En síntesis, el espectáculo de la ciudad ofrece la traumática impresión de una gran población sitiada.

EL 26 DE JULIO CONTRA LA FARSA

Para intentar revertir este proyecto de la tiranía, el líder nacional del MR-26-7, Frank País García, conforma planes dirigidos a boicotear el mitin y poner en ridículo a sus organizadores, designando a Agustín Navarrete, jefe de Acción y Sabotaje en Oriente, para coordinar las acciones planificadas. Una bomba con 16 cartuchos de dinamita, activada con dos relojes para explotar a las cuatro de la tarde cerca de la tribuna, es colocada en la mañana del día 30 en un tragante próximo, por Agustín País García, quien finge ser un trabajador de ese sector laboral de Acueducto y Alcantarillado.

Floro Emilio Vistel.   Se prevé que dos comandos armados salgan hacia los sectores norte y suroeste de la ciudad, en vehículos ocupados en su momento donde durante diez minutos deben realizar disparos, luego de la explosión de la bomba colocada por Agustín. Otros combatientes clandestinos dirigidos por Armando García Aspuru deben hacer detonar pequeños artefactos explosivos en el área del parque.

Josué País García y Floro Emilio Vistel Somodevilla se hallan ocultos en el domicilio de Gloria de los Ángeles Montes de Oca, la Tía, a corta distancia del parque Céspedes. Es precisamente Josué el jefe de uno de los comandos organizados, que además integrarán Floro y Salvador Pascual Salcedo, Salvita.

El otro comando —bajo las órdenes de Ernesto Matos Ruiz— lo conforman además Joaquín Quintas Solá, Fernando Tarradel Rodríguez (ya fallecido) y un combatiente conocido como El Mexicano. Desde una casa donde permanece oculto el comando de Matos, en Carretera del Morro, debe aguardar como el de Josué, la orden de Navarrete para su salida al cumplimiento de la misión asignada.

Aproximadamente a las cuatro de la tarde comienza el mitin. La burla toma cuerpo cuando estos elementos sueltan numerosas palomas blancas al aire, en pretendido signo de paz.

Es anunciado el primer orador. Por medio de un pequeño radio Josué y Floro siguen con suma atención el desarrollo del acto, con el objetivo de escuchar la detonación de la bomba. «Estamos en esta tarde librando en Santiago de Cuba la batalla por el futuro, por la tranquilidad, por la paz y por el progreso de la nación...», dice con toda demagogia Laureano Ibarra. Luego se escucha la intervención de Díaz-Balart, quien termina citando a Martí, luego a Cristo y haciendo grandes elogios a Batista. Pasados varios minutos sin que se escuche la explosión esperada, la impaciencia se apodera de Josué. Este realiza varios intentos telefónicos para comunicarse con Navarrete, pero su aparato se mantiene ocupado constantemente. Lo que Josué desconoce es que en esos instantes Carlos Amat Forés está realizando la conexión de la línea del mitin al teléfono de Navarrete y, a través de ella, cuando las incoherencias de Masferrer están saliendo al éter, en toda la nación se dejan escuchar los gritos de: «¡Viva Fidel!» «¡Viva la Revolución!» «¡Abajo Batista!», opacando las blasfemias de este pistolero a sueldo.

La falta de información entre ambos comandos crea por momentos una desorientación que hace difícil su cometido. Ello determina que Matos ordene a Quintas y a Tarradel salir a localizar y ocupar el auto acordado en una piquera de alquiler de Carretera del Morro. Al avanzar prestos ambos combatientes a cumplir la decisión de su jefe y llegar a la esquina de General Camacho y Tercer de Veguita de Galo, hay un yipi del ejército allí parqueado con tres esbirros que los llaman y tratan de identificarlos. Ambos combatientes van armados; pero al percatarse los uniformados que se trata de dos revolucionarios intentan sacar sus armas. Quintas y Tarradel toman la iniciativa, extraen la pistola y el revólver que portan, abren fuego, dejando allí tendidos a dos esbirros y al otro en grave estado, y desaparecen con rapidez del lugar hacia la zona de Aguadores.

Mientras, Josué recibe a la luchadora clandestina Anita Céspedes, Iliana, quien le ha traído un parque para su pistola Lugger. Llama de nuevo, infructuosamente, sin poder comunicarse con Navarrete. Marca entonces otro número y logra hablar fugazmente con la compañera Gloria Cuadras de la Cruz. A continuación habla con Floro y toma la decisión de que este y Salvador salgan a ocupar el auto previsto.

En Corona y San Jerónimo detienen y ocupan en nombre del movimiento el automóvil Chevrolet chapa 275-386, modelo 1952, para el uso de alquiler, que conduce su dueño Ramón Santiago Fernández, a quien le piden no efectúe la denuncia a la policía, y alrededor de una hora después vaya a recogerlo cerca del matadero municipal, al final del Paseo Martí. Este señor no esperó mucho para formular la denuncia, proporcionando los datos de su carro. Comienza entonces su circulación mediante el sistema de microondas que tiene establecido el servicio de patrullas.

En pocos minutos el auto ocupado, conducido por Salvador, se detiene frente a la casa de la Tía Angelita, al que ascienden, con las armas envueltas en una sobrecama, Josué y Floro, que son acompañados como cobertura una corto tramo por las tres hijas de la Tía —Belkis, Elsa y Gloria—, bajando velozmente el auto la calle Carnicería (Pío Rosado). Al llegar a San Antonio, Josué ordena detenerlo. Entonces pide a las compañeras que se bajen, que ahí termina su misión. Aunque ellas insisten en continuar compartiendo su suerte, el benjamín de los País se bajó con energía del auto y les abrió la portezuela trasera. El comando continúa. Un patrullero que viene detrás detecta el automóvil como el que ha sido circulado poco antes y comienza a perseguirlo. Josué, Floro y Salvador se percatan de ello y aceleran la marcha. Sus perseguidores comienzan a dispararles. Josué con su pistola y Floro con una escopeta recortada responden al fuego.

Un proyectil del enemigo hace blanco en uno de los neumáticos del Chevrolet, que llega dando bandazos a la altura de la calle Vargas y del propio Paseo Martí, donde otro patrullero permanece emboscado, lo que hace que el comando caiga entre dos fuegos, lo que obliga a que Salvador con un giro brusco a la derecha proyecte la máquina contra un pequeño almacén de madera allí situado.

A la cacería se suman otros esbirros uniformados que realizan el patrullaje a pie en esa zona. Un aluvión de impactos tronchan en segundos la vida de Floro y Salvador, que no logran salir del interior del vehículo. Josué, con algunas heridas, no de gravedad, logra salir pistola en mano, pero nuevos disparos hacen blanco en su cuerpo casi a quemarropa, y cae al pavimento. Pero solo está herido.

Un marinero que lo comprueba con la punta de su bota, se lo expresa señalando su cuerpo, al teniente coronel José María Salas Cañizares (Masacre), que acaba de llegar al escenario de los hechos en un yipi, rodeado de su gavilla de asesinos, con la que envía el cuerpo de Josué al hospital de Emergencias tras rápidas «instrucciones» para que allí sea atendido...

En el tramo comprendido entre Estrada Palma (hoy Félix Pena) y Moncada, en subida por el mismo paseo, los vecinos y transeúntes pudieron escuchar un disparo al paso del mencionado yipi. Era el instante en que, con ese disparo a sedal en la sien, uno de esos criminales ponía fin a la vida de este bravo combatiente revolucionario. La médico de guardia de Emergencias, doctora Nastia Elia Noa Cardosa, así como la enfermera Ibia Miranda Saborit, así lo pudieron precisar y luego testimoniar.

La única herida que pudo ocasionarle la muerte fue el disparo en la cabeza. En el orificio de entrada del proyectil había signos de pólvora...

Cuando la espartana madre, Doña Rosario, conoció de la caída de su pequeño Josué, se encaminó serenamente hasta el hospital. Una vez frente al cuerpo de su entrañable hijo, abatido por los sicarios de Batista, se produjo una fuerte escena de dolor reprimido. Con una mirada triste y profunda amargura, pero sin lágrimas, dijo ella entonces: «¡Qué lástima...! Han tronchado una vida que empezaba, llena de ilusiones...»

Avanzaba la noche hacia la madrugada cuando Frank —quien se hallaba en vigilia, destrozado por la irreparable pérdida, oculto e impotente— escribía su doliente poema dedicado «A mi hermano Josué, a mi niño querido». Exactamente un mes después, el 30 de julio en horas de la tarde, Frank caía víctima de las mismas balas asesinas en el Callejón del Muro. El valor humano y revolucionario de Josué, Floro y Salvador es imponderable. Por eso vivirán eternamente en el recuerdo y el corazón de su pueblo. (Tomado de Sierra Maestra)

*Historiador y biógrafo de Josué País

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