Parte de la sociedad cubana se decide por la incineración de sus muertos

Esa nueva forma, paulatina e incipiente, rompe con la tradición del enterramiento. Una indagación de este diario así lo evidencia

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«Es duro. Comoquiera, el proceso de duelo es desgarrador, pero es menos traumático si incineras a tus seres queridos cuando fallecen».

Hace tan solo unos meses, María Lucía González perdió a su esposo, un colega nuestro que, respetando la tradición familiar, solicitó en vida el destino para sus huesos.

«Ahora sus cenizas están depositadas en la bóveda de mi familia, en Cienfuegos. Las hubiera dejado en la casa, muy cerca de la computadora, el lugar donde más tiempo permanecía, pero no tengo la seguridad de que después de mi muerte cuiden de ellas como yo».

Para esta colega es «espeluznante dejar a tus familiares en un hueco, a expensa de tantos agentes naturales que sabemos son imprescindibles para la descomposición, pero resultan repulsivos. Tan difícil o más es el proceso de exhumación», explica.

Este testimonio coincide con el criterio de muchas personas que apuestan por la cremación, cuando a causa de la muerte tienen que separarse de sus familiares o amigos.

«Gracias al personal que trabaja en el incinerador las horas de espera en ese recinto no fueron agónicas. El servicio es muy pulcro y las personas que lo ofrecen están dotadas de sensibilidad y profesionalismo.

«De esta manera la ceremonia fúnebre es más íntima, algo muy necesario para enfrentar los momentos dolorosos».

Lo que en otros tiempos era algo muy esporádico es cada vez más una demanda en la sociedad cubana, comentó Víctor Valdés Morales, director de Servicios Necrológicos de Ciudad de La Habana.

Según este funcionario, desde el pasado mes de mayo la Dirección Provincial de Servicios Necrológicos de la urbe comenzó a brindar el servicio de cremación. En este período 113 fallecidos han sido sometidos a ese proceso.

Valdés Morales plantea que con esta modalidad se ayuda a preservar el medio ambiente y a disminuir el número de enterramientos en los 21 cementerios de la capital, de los cuales algunos presentan problemas con la disponibilidad de nichos y bóvedas.

«La tendencia actual demuestra que debe aumentar la solicitud en la medida en que gane terreno esa cultura funeraria. Para ese entonces contaremos con la cámara de frío que ahora no poseemos, y que limita a seis el número de servicios diarios», explicó el funcionario.

De la tradición a la voluntad

Aunque parezca increíble, un sondeo de este diario entre habitantes de la capital evidenció que la incineración es la opción preferida, por encima de nuestra añeja tradición de enterramiento.

«Esa modalidad se practica desde hace miles de años. Los pueblos que habitaban la Península Ibérica hace 3 000 a 2 000 años quemaban a sus muertos en una pira funeraria hecha de leña», explicó el abogado Félix Cooppinger, quien señala que esta costumbre provino del Oriente, recorrió Europa Central y se hizo fuerte entre los etruscos.

«A mí me da igual una opción u otra. En muchos lugares del mundo la gente escoge la incineración porque es más económica que el funeral. Por eso en países como Estados Unidos o España, aproximadamente el 25 por ciento de los fallecidos son cremados», añade este especialista, quien ha investigado sobre el tema.

Isabel Garriga, estudiante universitaria, manifestó que si viviera en la Amazonia brasileña la quemarían, y las cenizas serían mezcladas con las bebidas fermentadas que tomarían los miembros de su tribu en la primera fiesta después del deceso.

«De esta manera, según las creencias de esa zona, me incorporarían a sus propios cuerpos, que consideran mejor que ser devorada por los gusanos. Yo apuesto, como los amazónicos, por la cremación, aunque no quisiera que me bebieran», manifestó.

«En la India, la cremación es una práctica común. Pero allí no se guardan las cenizas del muerto, sino que se depositan en el río sagrado más cercano, el Ganges por ejemplo», aseguró Yudel Santiesteban, estudiante de Derecho.

«A mí me gustaría esa opción, pero no quisiera que me lanzaran al Quibú ni al Almendares, que son los ríos más próximos, pero están contaminados. Pedir que me lleven a otro, en una provincia lejana, sería tener deseos de mortificar hasta después de muerto», sentenció en tono jaranero.

«Yo acabo de sufrir la cremación de mi mamá. Es un proceso muy doloroso, hubiera preferido que la enterraran, pero mi criterio no contó. Mi mamá lo solicitó», narró la jubilada de 54 años Mercedes Guichard.

«Lo que no tiene sentido para mí es la noche en la funeraria. Ahí aparecen personas que nunca estuvieron en escena y hasta lloran y todo», dijo exaltada.

A Nelson Mariña, de 58 años, taxista de profesión, lo único que le preocupa es no poder donar sus órganos si opta por la cremación. Dijo con seguridad que le gustaría terminar en una cajita en la casa de sus hijos. Así sus restos estarían en buenas manos y se ahorrarían muchos rituales como la exhumación, limpieza de bóveda y caminatas hasta el camposanto.

Incinerador en La Habana

El crematorio cuenta con salas de espera y jardines adonde pueden acudir familiares y allegados. La obra civil del nuevo crematorio, ubicado en el interior del Cementerio Nuevo de Guanabacoa, culminó en enero de 2006. A partir de entonces comenzó el montaje y puesta en marcha del incinerador, equipo de procedencia española, con tecnología de avanzada.

El proceso estuvo a cargo de técnicos y auxiliares del establecimiento, de especialistas del Centro de Automatización e Ingeniería del Ministerio de la Informática y las Comunicaciones, y de ingenieros de la Empresa Eléctrica de la capital y de la de la Asociación Nacional de Innovadores y Racionalizadores.

Eyder González Caobí, uno de los operarios del equipo, mencionó como iniciativa de los técnicos cubanos la confección de una pizarra de mando electrónico y el diseño de una bandeja para depositar el cadáver, lo cual permite una mejor manipulación ósea y agilizar el proceso de incineración, considerado aproximadamente de dos horas y media.

Explicó que hay técnicas y normativas para ofrecer esta prestación, a fin de evitar que se mezclen las cenizas de personas distintas y se cometan violaciones que atenten contra la seguridad y calidad del proceso.

«Contamos con un código de ética que regula una serie de requisitos para ejercer la actividad. Existe un libro para recoger el criterio de los dolientes, a fin de ofrecer un servicio con garantía», especificó.

Jesús Baldó Trimiño, director de la Unidad Básica de Funerarias y Cementerios de Ciudad de La Habana, refirió que el servicio es gratuito y se ofrece solo en la capital.

Desde el pasado mes de mayo en el moderno crematorio inaugurado en la capital se han incinerado 113 fallecidos. Señaló que los trámites se realizan solamente a través de las funerarias existentes en la provincia, a partir de la solicitud de un familiar allegado del fallecido, o que este último así lo hubiese decidido en vida y lo hiciera en un documento escrito y firmado ante y por dos testigos.

Una vez pedido el servicio, agregó, la funeraria queda a cargo de la transportación del cadáver y de todos los trámites legales.

La administración del crematorio se responsabiliza con la oferta de la urna o ánfora que guardará las cenizas, y la entrega de estas a familiares o allegados.

Honrar a los fallecidos

El cuidado de sus muertos ha sido inquietud del hombre desde la génesis de la humanidad. Como expresión megalómana, esta preocupación quedó para la historia en obras de singular belleza, como El Taj-Mahal de la India.

El inmenso edificio-monumento, dedicado por el emperador musulmán Sha Jahan a una sola persona: su esposa favorita Mumtaz Mahal, requirió el esfuerzo de 20 000 obreros.

En el caso de Cuba, antes del arribo de los españoles a la Isla, separar a los muertos de los vivos se resolvía mediante la disección de los cadáveres hasta dejarlos como momias.

Entre los taínos era más común la realización de los enterramientos en lugares apartados, aunque también practicaban la cremación.

Los españoles construyeron iglesias en las cuales enterraban a sus muertos y donde luego comenzaron también a inhumar a los indios convertidos al catolicismo.

La Parroquial Mayor, primer templo edificado en La Habana por los ibéricos, fue también, por consiguiente, la primera iglesia donde se dio sepultura a los fallecidos.

El Obispo Juan José Díaz de Espada y Fernández de Landa contó con el apoyo del Cabildo Eclesiástico y construyó el primer camposanto, situado a una milla al oeste de la ciudad y cerca de la costa, junto al Hospital de San Lázaro.

El Cementerio de Espada, como se conoce, fue durante cerca de 27 años el único existente en La Habana. Luego surgieron los demás, entre estos la Necrópolis de Colón.

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