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Fidel atrapaba el corazón

El ensayista e investigador Ernesto Limia Díaz opina que el liderazgo del Comandante en Jefe tenía una fuerte base en el compromiso personal que establecía con el pueblo y las personas que intercambiaban con él

Autor:

Luis Raúl Vázquez Muñoz

Fornido, de estatura mediana, más bien bajo, Ernesto Limia Díaz tiene la capacidad de hipnotizar. Quien converse con él, aunque sea por unos minutos, al momento se encuentra ante un diálogo donde aparecen los datos más variados.

¿De dónde los habrá obtenido? Esa es una pregunta que aparece mientras lo escuchan. Licenciado en Derecho, formado como analista de información en el Ministerio del Interior, este hombre enrumbó su vida después del licenciamiento hacia algo que no oculta: la pasión por la historia.

¿Los motivos? Entre otros, porque Limia desmonta hasta la saciedad el peso de la diplomacia secreta y el espionaje sobre los acontecimientos públicos, algo que se extiende a Marcas, el espacio que escribe, conduce y dirige en el Canal Caribe de la Televisión Cubana.

Bajo esa premisa, comienza a hablar de los rasgos que hicieron posible el liderazgo de Fidel. Sus primeros análisis apuntan al ambiente familiar. Ahí, según él, se encuentra la génesis.  

«Hay un primer valor, muy determinante en su vida —señala— y es el de la sensibilidad. Fidel fue un hombre con una extraordinaria sensibilidad, muy asociada a las personas humildes. Desde niño, ese era un rasgo de su personalidad. Él era hijo de un campesino con poder económico; pero lo llamativo es que, a pesar de esa condición, con quien Fidel compartía era con los humildes y, dentro de ellos, con los más pobres: los haitianos. No tuvo prejuicios; porque él fue el hijo de un rico con una mujer pobre».

Compromiso personal

«Esas cuestiones marcan. De ahí la actitud que lo condujo a defender a los habitantes del barrio de La Timba, cuando quisieron desalojarlos para construir la Plaza Cívica, lo que es hoy la Plaza de la Revolución. O a no irse a un bufete importante, que era el deseo del padre. No lo hizo, además, porque en Fidel existía otro sentimiento muy grande: el de la justicia.

«El Che cuenta que, cuando están presos en México, hay un momento en que pide: “Fidel, vete. Sal. Tú eres el hombre. Déjame mí. Lo único que yo quiero es que hables para que no me extraditen a Argentina”. Y Fidel se queda mirándolo: “¿Qué cosa? ¿De qué tú hablas?”. Le responde: o nos vamos juntos o juntos nos quedamos aquí. ¿A qué conclusión llega el Che? Que con un hombre así, había que morirse; porque Fidel te ganaba el corazón antes de atraparte con las ideas».

El fidelismo

«Cuando uno habla con las personas que lo tuvieron cerca, enseguida percibes un sentimiento muy fuerte de compromiso personal. No es político. Es otra dimensión. Lo político llegaba después.

«Siembre hubo personas que no comulgaban con las ideas de Fidel, pero sí respondían a su figura. De lo contrario, ¿cómo puedes explicar que tuviera amigos entrañables, dispuestos a morirse por él y, sin embargo, tenían una ideología distinta?

«Es el motivo de la aparición del fidelismo. Cuando yo era niño, había mucha gente que hablaba en esos términos. Yo no soy comunista, ni revolucionario. Lo que soy es fidelista, decían».

La huella de los fundadores

Limia considera que la sensibilidad hacia los pobres, el sentido con la justicia y el compromiso con sus compañeros eran características, reforzadas por otra particularidad en su persona: el sentido ético.

A su criterio, en la formación del Comandante en Jefe pesa la huella de la tradición ética fundada por Félix Varela y José de la Luz y Caballero; elevada con José Martí y que, a partir de la obra del Apóstol, llega a la generación de los intelectuales y revolucionarios cubanos de la década de 1930.

«Esas personalidades —expresa— se convirtieron en el puente entre Martí y la Generación del Centenario, dirigida por Fidel. El joven aquel que llega a la universidad, lleva esos rasgos: una gran sensibilidad hacia los humildes; pero también valores éticos, dirigidos a hacer el bien por los demás, con la justicia como sol del mundo moral».

El aporte de Martí y Fidel

De acuerdo con Limia, en la personalidad de Fidel se registraban otras particularidades. Además del valor personal y el sentido del ejemplo, era un hombre de convicciones fuertes, capaz de lograr empatía.

«Él te hacía sentir grande en vez de disminuirte. Tenía el don de hacer sentir especial a las personas; porque sabía escuchar. Empezaba a preguntar, a aprender de ti y lo hacía con un tacto muy grande», asegura.

A esas características, dice, se añadían otras. No faltar a la palabra empeñada; no mentir, y, por último, el respeto al adversario. «Son rasgos muy fuertes —asegura—. Ese empeño en cumplir lo prometido era una respuesta a la situación de la época antes de 1959. El país estaba cansado de la politiquería, de que le prometieran cosas. Era lo típico. Entonces, el cambio que se necesitaba era moral. De lo contrario, no habría liderazgo posible, y Fidel lo sabía.

«De ahí, mi opinión de que el aporte cubano a la teoría revolucionaria es la ética. Porque hasta Martí y Fidel, el fin justificaba los medios. Hubo maltratos y mentiras en las revoluciones anteriores en el mundo».

No era una bola de cristal

Para Limia el pensamiento estratégico en Fidel era su capacidad de ver, trazar un objetivo y no perderse en cuestiones de urgencia. «En el liderazgo eso es vital —afirma— y él nunca se equivocó en cuestiones estratégicas».

En la Sierra Maestra, explica, previó la ofensiva del ejército contra las posiciones rebeldes después del fracaso de la Huelga General del 9 de abril de 1958. Cuando Playa Girón, avizoró las posibilidades del lugar para una invasión; pero también se dio cuenta que hacia 1963 gravitaban otras consideraciones.

 «¿Tenía una bola de cristal? —pregunta Limia—. No, percibió que las condiciones habían cambiado. La administración Eisenhower, la que preparó el ataque, estaba plagada de matones que apoyaron a las dictaduras militares más sangrientas en América Latina. John F. Kennedy venía de otra tradición política. Por tanto, Fidel accedió a explorar una opción de diálogo, interrumpida por el asesinato de Kennedy en Dallas». 

Con la crisis de la década de 1990, concibió y le dio máxima prioridad a un grupo de direcciones de trabajo que garantizaron la salvación del país. El polo científico fue una de ellas.

«Lo hizo en medio de las más adversas condiciones, en extrema pobreza después de la caída del 85 por ciento del Producto Interno Bruto, precisa. Buscó opciones y el resultado está ahí. Ese polo, con sus vacunas, nos salvó de la COVID-19.

«Él lo tenía claro. Se metía en los problemas para solucionarlos; pero lo estratégico nunca lo afectó. Y, por supuesto, las personalidades con ese tipo de pensamiento salen adelante y ganan liderazgo».

No caer en la trampa

«Ahora, el pensamiento estratégico y su personalidad lo proyectaron como líder mundial porque se dio cuenta de que Cuba es un polo de ideas revolucionarias; pero si ellas no salían al mundo, no íbamos a derrotar el bloqueo político. No hay manera de construir el socialismo y sostener la Revolución si actuamos como fortaleza sitiada y dejamos que nos cerquen las ideas. Sencillamente, caemos en la trampa del adversario, que apunta a aislarnos.

«Por eso, cuando fue a Río de Janeiro y pronunció el discurso del cambio climático, las concepciones universales sobre el medio ambiente cambiaron. ¿Qué quiero decir? Que las ideas nuestras se escuchan. Ya en los 2000, en una reunión con artistas y escritores latinoamericanos, le preguntaron: “Fidel, ¿qué hacemos para afrontar los desafíos colosales que impone el orden neoliberal?”. ¿Cuál fue su respuesta?: “Sembrar ideas, sembrar conciencia”.

«O sea, tuvo la audacia revolucionaria y el liderazgo moral, resultante de su propia personalidad, de su autoridad política y la consecuencia de principios, para convocar a dignatarios, intelectuales, científicos, militares, políticos y al sistema multilateral de las Naciones Unidas a construir el mundo nuevo que soñamos».

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