«Una marea» hermosa dio la bienvenida a Chávez

Miles de villaclareños recibieron al presidente de la hermana República Bolivariana de Venezuela en las calles

Autor:

Marina Menéndez Quintero

VILLA CLARA.- «Míralo!», esa fue la exclamación más escuchada durante los aproximadamente diez kilómetros de recorrido de Hugo Chávez desde el aeropuerto Abel Santamaría hasta la Plaza que acoge al Mausoleo y donde, una hora después de su llegada, seguía rindiendo homenaje ante los restos del Che y sus compañeros de la guerrilla boliviana.

Villa Clara se había puesto temprano en pie. Probablemente nunca habían vivido una oportunidad como esta de ver, de tú a tú, a un mandatario amigo.

Muy lejos de la formalidad, la bienvenida al líder bolivariano este domingo traslucía cariño y hacía honor a la expresión de los carteles que lo llamaban, sencillamente, «hermano». Fue, como dijera Fidel, también emocionado, la bienvenida «que tú te merecías».

No habían dado las ocho de la mañana, y ya grupos de niños con pañoleta y vecinos que apenas habían saboreado el primer sorbo de café, comenzaban a tomar las calles. Cuando, poco después de las diez, el jeep descapotable con Chávez a bordo inició el trayecto hacia el centro de la ciudad, las arterias principales de Villa Clara eran una verdadera «marea hermosa» –como él mismo la calificara. Ordenada, pero sin controlar la alegría.

Escoltado por el vicepresidente Carlos Lage y el Comandante de la Revolución, Ramiro Valdés, el Presidente venezolano saludaba virando el torso a uno y otro lados de la vía, mientras el vehículo transitaba por algunos de los lugares donde Che protagonizara, junto a sus muchachos de la columna invasora Ciro Redondo, una de las batallas más importantes de la guerra por la definitiva independencia cubana.

Las banderas de la Isla y de Venezuela se agitaban desde que cada pequeña multitud agolpada en una curva, o frente a una escuela o una granja, divisaba la comitiva. Pero los rostros adquirían una expresión pletórica de emoción cuando, pasados los primeros autos, identificaban la camisa roja y la sonrisa de Chávez a bordo del jeep.

«Pero, ¡míralo»!, exclamaba entonces la voz de la primera persona del grupo que lo había visto. Acto seguido, las manos se agitaban con más fuerza... Convertido en casi una interjección, el vocablo parecía dejar el sentido recto que lo habría convertido en una oración impositiva. Aquel era un «míralo» de cierta incredulidad provocada por el orgullo. «¡Míralo»!

Hombre de pueblo que sabe apreciar el afecto de los de abajo, Chávez tiene para cada quien, un saludo. Ora dice adiós con la mano, ora alza el puño, sonríe, y a menudo se detiene y voltea para prolongar el adiós cuando se percata del cariño de cierta mano arrugada, que imprime al gesto de la abuela, un énfasis especial.

Su deseo de gratificar y devolver el afecto hace que no olvide, siquiera, el pequeño balcón desde donde una joven mujer solitaria, le extiende la diestra. En medio de la acera, un hombre pasados los 60 años eleva, enlazados, los brazos, como cuando se vitorea a los campeones, y prolonga y reitera el gesto mientras los puños en alto se estiran, se estiran...

Solo en los tramos de carretera donde la ausencia de vecindario deja momentáneamente callada la vía, el Presidente venezolano retoma la amena plática que inició, en la misma pista del aeropuerto, con Carlos Lage y Ramiro Valdés. Sube el pie derecho al pequeño escalón que se adivina ante él, dentro del jeep, y charla...

Otra vez las casas, y los vecinos que se arremolinan al borde de la Central, o desde los mismos portales. Para hacer más visible el saludo, no resulta imprescindible tener una bandera de Venezuela, como lo demuestra la señora que ha sacado del closet algún paño del color rojo que identifica a la Revolución bolivariana, y cuyo mensaje solidario entiende muy bien el Presidente, que le lanza un beso, risueño.

El paso frente al Tren Blindado que dio notoriedad a la gesta del Che en Santa Clara detiene, por unos momentos, a la caravana... Chávez pregunta y se ilustra sobre los pormenores, observa.

Filas de estudiantes uniformados salvaguardan la entrada a la Plaza y, una vez que la comitiva pasa, algunos corren y se adelantan para volver a saludar.

Villa Clara está rindiendo al Che un homenaje al que la presencia de Chávez imprime visos especiales. Sobre todo cuando, ya ante el nicho que guarda los restos del Guerrillero Heroico, el Presidente/guerrillero se cuadra, pide un minuto de silencio, y entona estrofas de la canción de Alí Primera: “Comandante Che, te mataron, pero en nosotros dejaron para siempre tu memoria”.

Cuando el soldado bolivariano se vaya, otra vez las calles serán tomadas por las multitudes, y una voz de alerta exclamará, acompañada de un índice que señale a Chávez. «Pero, !Míralo!»

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