Ñiñea

El rastro de unos soldados en la selva le indicó a Luis Calzado Hernández (Ñiñea) que la sospecha de traición aparecida en la mañana podía ser una triste realidad Los días del Che en el Congo I Los días del Che en el Congo II

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Juventud Rebelde

A finales de 1964 el Che realizó un viaje por África y contactó con varios movimientos de liberación de ese continente. En la foto, durante una reunión en Brazzaville con líderes del Movimiento Popular para la Liberación de Angola. BARAGUÁ, Ciego de Ávila.— Elías vivía cerca del Tanganika. Desde que llegaron, la preocupación de Ñiñea era la de todo guerrillero cuando acampa: buscar y hacer comida. Además de la guarnición en el embarcadero de Kisosi, por la zona existían varios cuarteles desperdigados en la selva y hasta un campo de entrenamiento de mercenarios belgas. Por lo tanto, no podía salir de cacería porque los disparos atraerían a los soldados. La salvación, pues, estaba en el samiquí, un pescado diminuto como la sardina y que se encontraba en grandes manchas en el lago.

Luis Calzado Hernández, (Ñiñea). Foto: Luis Raúl En lo esencial, ese fue el alimento de aquellos días. Para pescarlos, Ñiñea usaba un método infalible. Velaba que las manchas del samiquí aparecieran como una turbulencia en la superficie de las aguas. Entonces le quitaba la espoleta a una granada y la arrojaba al lago. La explosión no se escuchaba y al momento los peces muertos afloraban a la superficie en cantidad suficiente para llenar una mochila.

Una de las fotos tomadas antes de la salida hacia el Congo. Aparecen Fidel, Víctor Dreke y el Che.

Aquel día que Elías salió temprano, Ñiñea caminó los tres kilómetros hacia el Tanganika con las precauciones de costumbre: el oído alerta, y el fusil montado y sin seguro. Era una desconfianza curtida en el Congo; pero que había comenzado y crecido durante la búsqueda de bandidos en las montañas del Escambray. Por eso, aquel día de 1964, en el campamento de El Maizal, en las cercanías de la ciudad de Trinidad, la duda empezó a cosquillearlo cuando formaron al Batallón Dos ante los comandantes Lino Carreras y Víctor Dreke; y el jefe de la unidad, el teniente Pedro Nodal, avanzó entre las filas señalando a varios milicianos para que salieran de la formación. Ñiñea pensó que seleccionaban a los hombres para un cerco. Sin embargo su asombro creció al escuchar los murmullos. «Coño, pero aquí a los únicos que están sacando son a los negros», oyó. Nodal apareció ante Ñiñea. Le tocó el brazo y ordenó: «Tú, sal». Antes de hacerlo lo chotearon: «Oye, Luis, no te quejes. A lo mejor te devuelven al África». Los montaron en unos camiones cerrados y los llevaron al patio de una instalación militar en las afueras de la ciudad de Santa Clara. Allí había soldados de la División de Las Villas y de otras unidades de la Lucha contra Bandidos. Todos, para mayor sorpresa, eran negros, por lo que Ñiñea se rascó la cabeza. «Esta mezcolanza de prietos no es para nada bueno», pensó. A cada uno, los comandantes Julio Camacho Aguilera, Víctor Dreke y Lino Carreras le preguntaron si estaba dispuesto a cumplir una misión fuera de Cuba, de carácter voluntario, pero que podía costarle la vida. Cuando llegaron a Ñiñea preguntaron: «¿Y usted? ¿Puede ir?» Él se tocó la cabeza con un dedo y dijo: «Aquí no hay mucha cultura, pero sí bastante ideología. ¿Para dónde tengo que irme?».

Recuerdos de la abuela

Ñiñea se ríe al cabo de 50 años: «Beto era muy peleador cuando chiquito. Siempre estaba dando trompones allá en El Cristo, de donde somos nosotros, y yo metiéndome en el medio. Menos mal que se calmó cuando creció».

De izquierda a derecha, Godefrei Chamaleso (Tremendo Punto, con camisa blanca), Mario Armas (Rebocate), Roberto Sánchez (Lawton en Cuba y Changa en el Congo), Osmany Cienfuegos y Ramón Armas (Azima). Foto: Cortesía de Granma Había más. Los dos nacieron en 1940, en el mismo mes de octubre y con cuatro días de diferencia: Chepuá el 6 y Ñiñea el 10. Ya hombre, Ñiñea se mudó para la localidad de La Clementina, en las inmediaciones del poblado de Gaspar, en el actual municipio de Baraguá, en la provincia de Ciego de Ávila. Chepuá se reunió con él y los demás primos, y cuando se enteraron que en el pueblo de Majagua estaban formando un Batallón de milicianos para limpiar de bandidos al Escambray, se fueron juntos a la oficina de reclutamiento.

Mientras conducía a su primo por la selva, el mayor esfuerzo consistía en ocultar sus propias preocupaciones. No obstante y pese a los consuelos que él mismo se daba, cuando acomodó a Chepuá en la choza de Elías, se enfrentó a la realidad. Tenía un enfermo atacado por el paludismo y a punto de entrar en convulsiones, sin un hospital, sin médico y sin un solo medicamento.

«Me la pusiste dura, Beto», pensó. Le dio de beber un caldo caliente, preparado a base de hierbas hervidas. No supo si le asentó, pero era algo. Un guerrillero congolés pasó frente a la choza. Portaba una mochila de sanitario con unas inyecciones en colores blanco y amarillo. «No sé para qué servían ni qué podían hacer», recuerda Ñiñea. «Pero no tenía más nada y se las fui poniendo poco a poco. A la primera no hizo nada. A la segunda metió un grito y me dije: “Bueno, estás vivo.” Luego vino la otra recaída y me acordé que en El Cristo la abuela curaba la fiebre envolviendo a la gente en colchas y poniéndoles un caldero de agua hirviendo bajo la silla. Con Beto hice lo mismo. Lo envolví con una colcha rusa bien pesada y con cuatro dedos de gordo. Después le pedí a Elías una lata y se la puse al primo entre las piernas. Empecé a soplar para que el humo subiera. “O te salvas o revientas, coño”, pensé. Agitaba fuerte la mano para que el calor trepara y mientras más le daba, menos se movía Beto. Me arrodillé para acomodar la lata. Volví a darle aire y una voz ronca me dijo: “Me vas a quemar, hijo de puta”. Di un salto. El primo estaba bien sudado y con ojos de penitente. Me eché a reír y le dije: “Ya no te mueres, Beto”».

El difunto

Los comandos belgas fueron ovacionados a su regreso a casa sin que importase la estela de muerte y destrucción que dejaron en África, como muestra la instantánea de la derecha. El coronel Charles Laurent, jefe del regimiento de esta fuerza (en la foto de la izquierda). El aire húmedo le indicó que estaba próximo al Tanganika. Cuando lo vio por primera vez, en el puerto de Kigoma, pensó que había llegado al mar. Luego se sorprendió al notar que el agua no era salada. «Caramba, un mar de agua dulce», comprobó mientras se mojaba el rostro. Esa misma noche lo cruzó en barco. Era la táctica que seguían. En la medida que los instructores cubanos llegaban a Tanzania, eran llevados en grupos hasta Kigoma y embarcados de noche en barco o lanchones para hacer un viaje que duraba tres horas hasta la ribera del Congo.

Mike Hoare, militar británico que comandó a los mercenarios en el Congo, definió su misión en ese país al declarar: «Los africanos se han acostumbrado a la idea de que pueden hacernos lo que quieren a los blancos». Para ese entonces ya estaba claro el porqué de aquella selección en el campamento de El Maizal. «Ustedes van al Congo, a apoyar la revolución. Van a enseñar a combatir a los revolucionarios congoleses. Esa será la misión», les dijo Fidel en el campo de entrenamiento Piti III, en Pinar del Río.

Ñiñea —seudónimo que el Che le dio a Luis— era uno de los bazuqueros del contingente; pero después del combate de Front de Force se crearon los frentes guerrilleros con sus grupos de exploración. Chepuá, Ñiñea, Bajil y el gran amigo de los dos últimos, Alasari Albate (Virgilio Jiménez Rojas), se volvieron exploradores y juntos o en solitario atravesaban la selva llevando mensajes o estudiando las guarniciones enemigas. También lo hicieron en las emboscadas, que les hicieron recordar los días en que perseguían bandidos por el Escambray.

Los «gigantes blancos», como se llamó a los mercenarios, recibieron armas y otros medios de Bélgica, Francia, Sudáfrica y otras naciones. «¿Las emboscadas? —repite Ñiñea cuando le preguntan. Se echa a reír y apoya las manos en las rodillas—. Eso es una prueba de paciencia. Son días completos esperando al enemigo. Tienes que hablar por señas y con un murmullo. Comes en la posición, sin levantarte. Si quieres orinar o evacuar el estómago, te arrastras un poquito para atrás y punto. Cuando haces la emboscada con hambre es peor. Crece la tensión y te nace una rabia, que tú no sabes contra quién es, pero ahí está empujándote por dentro.

«Eso ocurrió en el combate de Lulimba. En minutos les reventamos una caravana pequeña de camiones. Algunos mercenarios blancos se lanzaron a combatir y enseguida se volvieron difuntos. Teníamos algunos días de espera y hasta un aguacerito nos cayó encima. Nosotros dejamos que la hilera de carros entrara completa en la emboscada. Yo era el primero que tenía que hacer fuego con mi bazuka. Si no disparaba, nadie lo haría; pero la suerte es puñetera. Cuando voy a lanzar la bomba, veo que no puedo apuntar bien. Ahí me entró la comidilla. Ya estaban pegados, a punto de irse. Cogí impulso y Beto gritó: “Estás loco, carajo”. Puse rodilla en tierra, frente al camión que me venía de frente, y le metí el bazukazo. Se fue de costado hecho una bola de candela. Al levantarme descubrí que algo había caído a mis pies. Era un pedazo de cuerpo, de un difunto que iba en la cabina del camión».

«Vuelvo a Cuba, p ero con usted al lado»

Aunque los rebeldes congoleses no tenían aviones ni armas antiaéreas, contra ellos se usó una flota de aviones suministrados por Estados Unidos, los cuales fueron piloteados por contrarrevolucionarios de origen cubano. Primero comprobó si no existía peligro en el lago. Se descolgó la mochila y apartó la granada. Estaba seguro que no esperaría mucho tiempo; pues, de cierto modo, el samiquí era la comida más fácil de las que había conseguido en el Congo. Cuando los combates arrecieron y los campesinos se retiraron, la guerrilla tuvo que agenciarse el alimento y Ñiñea fue uno de los que salió a cazar.

Al principio lo hicieron con los monos. Luego los animales también se retiraron y los guerrilleros fueron en busca de los cultivos abandonados. «Entramos en un plan médico de lo más bueno —cuenta Ñiñea—. A toda hora vianda hervida, sin sal y con un poquito de grasa. Son días en los que se prueban los hombres. Los guapos se callan y eluden la pelea. En cambio, los callados, los que no hacen alardes y andan tranquilos, eran los que hacían las cosas más duras sin hablar mucho».

Chepuá, Ñiñea y Alasiri salían juntos a los sitiales abandonados. Acopiaban unas yucas enormes de lo antigua que eran y que poco cedían con el fuego. A uno de esos campos tenían que llegar arrastrándose, pues detrás se levantaba un puesto de soldados con una torre de observación. En una ocasión terminaron de recoger las viandas bajo los disparos. Al regreso, después de contar lo sucedido, el Che indicó: «No vuelvan a ese lugar, muchachos. Busquen por otro lado; pero no a ese».

A su jefe le conocían la preocupación por sus hombres. Lo habían visto rechazar la ayuda médica, cuando estaba enfermo de paludismo, para que el médico atendiera a los pacientes africanos. Lo veían curar a los heridos y comer de último, pero también le conocían la cólera. Ñiñea fue testigo de cómo, en los días finales de la misión, un oficial cubano llegó a la cabaña del Che. Era el jefe de una defensa formada por congoleses, que abandonaron la posición ante el peligro de avance del enemigo. El hombre se vio solo y regresó a la base. El Che le preguntó: «¿Y tú qué haces aquí?» Escuchó las explicaciones, aunque permaneció inmutable y con el rostro pálido por la ira. Le dijo: «El único que no podía irse eras tú. Regresa». El oficial quiso insistir para encontrarse con la mirada glacial de su jefe. «Si no vuelves, te mando para Cuba sin grados —oyó con fuerza—. Acuérdate bien, que la decisión que yo tome aquí, en Cuba la ratifica Fidel». El hombre se cuadró: «Yo regreso a Cuba, Comandante; pero con usted al lado». Volvió a su puesto y solo regresó por un mensaje personal del Che. Sin embargo, el tono de enfado del jefe quedó por esos días entre los hombres de la guerrilla.

El presidente norteamericano Lyndon B. Johnson dio su visto bueno a la intervención de mercenarios en el Congo y a la ayuda de su país a ese contingente. Ñiñea divisó una turbulencia en la orilla del lago. Era la mancha de samiquíes. Tomó una granada; pero antes de quitar la anilla, en la mente se le dibujó la cara alterada del Che. Encogió los hombros y pensó: «Qué clase de genio tiene el blanco ese».

La triste sospecha

Lanzó la granada y la orilla se llenó de peces. Con una mochila llena, tendrían alimentos para varios días. Internarse de nuevo en la selva no le preocupaba mucho. Por la experiencia del Escambray conocía que dos hombres armados y con conocimiento del terreno podían ser difíciles de localizar.

Sin embargo, era partidario de permanecer en casa de Elías. En conversaciones con su primo, le aseguró: «Si vienen a buscarnos será aquí y si alguien viene, ese será Virgilio». A su amigo le había comentado del lugar y se lo había enseñado a lo lejos durante una exploración. Entonces recorrieron el paisaje con la vista y comprobaron que tenía varias vías de escape, las montañas estaban cerca, había agua dulce, se encontraba apartado y era muy tranquilo. Al final concluyeron: «Esto está bueno para acampar».

Llenó la mochila y se puso en marcha. El terreno por la zona siempre permanecía húmedo una buena parte del día. Era agradable hacer las caminatas con el fresco de la mañana y más con la certeza de tener la comida asegurada. De pronto se detuvo. Se descolgó el FAL y de una ojeada revisó los alrededores. En el suelo había pisadas de botas. Recordó el comportamiento de Elías, su ausencia inexplicable por la mañana y el comentario del niño de que su padre había tomado por el camino del embarcadero de Kisosi. Comprobó que las botas eran de soldados, que debían llevar algún peso al juzgar la profundidad de la huella dejada en el fango. Con la vista le siguió el sentido a los pasos y la alarma se volvió más fuerte. Iban hacia las cabañas de Elías. Se escondió y a lo lejos vio unos hombres uniformados entre las chozas. Una idea le apareció en la mente. Quiso apartarla y se le quedó fija. Miró con tristeza a las chozas y pensó:

—Mataron a Beto.

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