Una pelea contra el dragón de las cien cabezas - Cuba

Una pelea contra el dragón de las cien cabezas

La lucha contra el burocratismo es difícil. No se gana con optimismo ingenuo. La batalla es ética, sin olvidar lecciones ya vividas por la humanidad

Autor:

Juventud Rebelde

Erwin Aguirre. Foto: Roberto Suárez Ni altisonancias, ni desequilibrios. Con una voz pausada que dejaba entrever su larga dedicación al estudio, el Doctor en Ciencias Económicas Erwin Aguirre de Lázaro atrajo la atención de todos en la sala, mientras compartía conceptos de su texto Aportes del ideario de Lenin acerca del burocratismo, para explicar la caída del «socialismo real» en Europa.

Durante la IV Conferencia Internacional La obra de Carlos Marx y los desafíos del siglo XXI, que sesionó en el capitalino Palacio de Convenciones del 5 al 8 de mayo de este año, Erwin expuso un trabajo cuyo propósito era sistematizar el ideario de Lenin acerca del burocratismo en el socialismo, mediante una reseña basada en la revisión de las Obras Completas del líder revolucionario.

Transcurridos algunos minutos de que el también profesor del Departamento de Ciencias Sociales del Centro Superior de Preparación y Superación de CUBALSE diera por terminada la explicación, parecía que habían esparcido picante en el recinto: se desataron las interrogantes y reflexiones de pensadores cubanos y de otras latitudes. El ambiente, como solemos decir en la Isla, se puso caliente.

¿Por qué el tema había provocado tanta pasión?, me acerqué a Erwin con la pregunta y así nació este diálogo que llegó a remontarse al momento de la historia humana en que nace la burocracia: el tránsito de la sociedad primitiva a la clasista, cuando comienzan a producirse las divisiones sociales del trabajo entre agricultores, ganaderos y comerciantes, entre trabajo manual e intelectual, se divide la sociedad en clases, aparecen el Estado y el Derecho, empiezan a dibujarse las formas de la conciencia social; y emerge una pequeña capa de la población dedicada a administrar en todos los niveles de la sociedad.

—Su ponencia contiene conceptos muy interesantes que podrían ser valiosos en otros contextos y realidades...

—El pensamiento de Marx y Engels, que se produce a mediados del siglo XIX, dio origen a varias corrientes marxistas, algunas de las cuales llevaron a Carlos Marx a escribir en una carta: «Solo sé que yo no soy marxista», porque eran interpretaciones distorsionadas de su pensamiento. A inicios del siglo XX, quien logra interpretar más cabalmente sus ideas es Lenin; y este último cambió tesis de sus predecesores, hizo aportes, como plantear la ley del desigual desarrollo de los países capitalistas y, sobre esa base, ir al corolario de que, a diferencia de lo que decían Marx y Engels de que la revolución proletaria iba a estallar más o menos simultáneamente en los países capitalistas más desarrollados, esta comenzaría, en la época del imperialismo, por lo que Lenin denominó los eslabones más débiles del sistema.

«¿Significaba que Lenin estaba contradiciendo el pensamiento de Marx? Todo lo contrario: estaba enriqueciéndolo, desarrollándolo con mucho respeto, sin decir que las ideas marxistas habían envejecido porque había pasado más de medio siglo, sin decir que la realidad había cambiado y era preciso reinventar el pensamiento de izquierda a partir de nuevas bases, olvidando incluso mucho de lo planteado por Marx.

«Creo, análogamente, a un siglo de Lenin, que sería antileninista decir: Hay que tomar las palabras de Lenin tal y como él las dijo, y asumirlas como verdades absolutas. Pero también sería antimarxista, antileninista, negar en bloque el ideal de Marx, Engels, Lenin, y otros tantos, y decir que ya esas ideas son obsoletas, que hay que investigar la realidad y volver a descubrir el agua tibia, porque todo es contextual y por tanto lo que pasaba en Rusia no se toca en ningún punto con la experiencia cubana.

«Se pueden tomar los pensamientos de Marx, Engels, Lenin, Gramsci, Mariátegui, Martí, el Che, Fidel, Raúl, y siempre habrá que contrastarlos con la realidad, con el mismo respeto con el cual Lenin modificó tesis de Marx. Beber de todo ese caudal es válido. Lo que yo hice fue una generalización teórica de un conjunto de tesis que Lenin planteó en artículos y discursos, para extraer ideas sobre cuáles son las causas y manifestaciones del burocratismo y vías para luchar contra este, en la Rusia donde comenzaba la construcción del socialismo.

«Por supuesto, ese fenómeno no se manifestaba del mismo modo que en la época en que la URSS estaba a punto de desaparecer, pero hay puntos comunes, los cuales también se advierten en el momento en el cual el Che escribe su artículo contra el burocratismo. Algunas manifestaciones del burocratismo descrito por el Guerrillero Heroico, coinciden con las que señaló Lenin en su momento, y al mismo tiempo el Che habló de cosas nuevas, típicas del contexto cubano, como el “guerrillerismo” u “operativismo”, estilos que, según él, dirigentes políticos y administrativos de la Cuba de inicios de los años 60 habían llevado de la lucha guerrillera a la construcción de la nueva sociedad.

«Ya esa realidad cambió. Cabría decir que, hoy día en Cuba, hay manifestaciones de “operativismo”, que las raíces pueden buscarse en aquellos inicios, pero las manifestaciones concretas no son iguales a las que el Che describió hace más de 40 años atrás, ni las causas son exactamente iguales. Por eso hay que ver todo esto como un ideario que va en progreso, que debe ser construido y reconstruido, que debe irse enriqueciendo».

—Lenin hablaba de manifestaciones del burocratismo en el socialismo. ¿Sería posible que usted volviera sobre ellas?

—Él describió el fenómeno. Mencionaba, entre las manifestaciones del burocratismo, un conjunto de fenómenos que se pueden generalizar, en algunos casos usando términos cubanos, como la corrupción, el formalismo, el verticalismo, el papeleo, el peloteo, la insensibilidad, la proyectomanía, subestimación de las opiniones y propuestas de los especialistas en un tema. Y hablaba del reunionismo; de elevar a niveles superiores decisiones y problemas que competen al nivel propio, en lugar de resolverlos donde se generaban, así como entrometerse en lo que no era de incumbencia propia.

«Otras manifestaciones, según Lenin, eran la incompetencia para resolver los problemas más elementales; no enfrentarse enérgicamente a las deficiencias; creerse, en el caso de los que debían tomar decisiones, que eran unos sabiondos, cuando en realidad conocían poco; sustituir el trabajo preparatorio indispensable por acciones voluntaristas; padecer de precipitación irreflexiva y de espíritu de rutina frente a los procedimientos y rangos (se refería a quienes solían decir: “este es el procedimiento, esto hay que hacerlo así y no de otro modo...”)».

—El líder proletario habló de causas...

—Entre ellas, en el análisis que hizo de la Rusia soviética al triunfo de la Revolución de Octubre, Lenin habló del bajo nivel cultural, y de la falta de cultura política y de administración en la población y en especial de los cuadros de dirección. A veces se interpreta que, para superar esta causa, bastaría con elevar el nivel de instrucción o incluso, de un modo ampliado, bastaría con elevar la cultura política. Pero Lenin agregó una idea importante: la necesidad de elevar la cultura administrativa, la cultura de dirección: que la gente supiera dirigir bien y que dentro de esa cultura administrativa, estuviera el ingrediente de la participación de los trabajadores en la dirección, no solo al nivel de los grandes problemas de la sociedad, sino también en la base.

—¿Cómo los obreros y campesinos sin el nivel de preparación de ese ejército de hombres sentados detrás de un buró iban a poder lograr una emancipación que dependía de ellos mismos?

—Para eso Lenin planteó vías. La primera era el centralismo democrático, esa combinación, tanto de centralización, como de democracia, y que pasa por la participación de los trabajadores manuales e intelectuales en la dirección, en la administración de todos los niveles. Habló, además, de la combinación de métodos administrativos, educativos y económicos. O sea, tú tienes que aplicar métodos administrativos, vamos a llamarle de ordeno y mando; tú estableces determinadas disposiciones jurídicas, normas, procedimientos, reglas, sistemas, metodologías, y esto debe ser así, y así está dispuesto que se haga. Pero también métodos económicos que pasan por el interés de las personas y de las empresas, intereses que no necesariamente tienen que ser antagónicos con los de la sociedad.

«De lo que se trata es de armonizar esos intereses, de lograr que el interés que cada persona tenga se corresponda con los de la sociedad. Y ahí entran en acción los métodos educativos, o sea: la persuasión, el convencimiento, el trabajo político e ideológico, y otros».

—No debe haber sido fácil para quienes estaban construyendo una sociedad inédita, llevar las ideas a la práctica. El apresuramiento, la lucha contra el tiempo, el cúmulo de tareas...

—Justamente esa es otra causa. Lenin habló de la tensión a que vivía sometida la vanguardia, ante todo, por las tareas para la defensa y consolidación del poder político en aras de la supervivencia del sistema socialista.

«La mayoría de los estudiosos del derrumbe del socialismo en Europa concuerdan en que las causas y condiciones de esa caída son fundamentalmente internas, pero es indudable que el sistema no estaba en una urna de cristal. Es decir, la Unión Soviética y los demás países ex socialistas europeos, vivían en una confrontación incesante con el imperialismo, y cuando hablo del imperialismo, no me refiero solo al estadounidense. Al análisis hay que agregar todos los países capitalistas desarrollados de Europa y Asia, y añadir el reto de la revolución científica y tecnológica, que impuso muchas demandas a las políticas públicas.

«Se hacía imprescindible —y esto es aplicable lo mismo a la Rusia soviética al triunfo de la revolución, que a la Cuba de 1959— desarrollar una revolución cultural, en el sentido de llevar la cultura al pueblo, elevar el nivel de instrucción, formar una intelectualidad socialista (y cuando hablo de intelectualidad no estoy pensando solo en los artistas o en los periodistas; estoy hablando también de los maestros, los oficiales de las instituciones armadas, los científicos, tecnólogos, y los propios funcionarios de la administración estatal). Son procesos que llevan generaciones, que no han podido hacerse en condiciones pacíficas, tranquilas, sin que nadie moleste, sino todo lo contrario. Se emprendieron en medio de una lucha contra un enemigo externo e interno.

«Es fácil criticar, para poner un solo ejemplo, la excesiva centralización de decisiones, el verticalismo, pero cuando tú estás obligado a tomar incesantemente decisiones que pueden ser de vida o muerte, por una parte, y cuando, por otra, estás sometido a una aguda restricción de recursos, centralizar no fue descabellado. Claro, los grandes teóricos de la administración siempre han dicho que la correlación entre centralización y descentralización es un problema de encontrar la justa medida, lo cual pasa, inevitablemente, por la subjetividad de los seres humanos».

—¿Qué otras vías planteó el líder comunista para luchar contra el burocratismo?

—En su momento habló de dar cumplimiento sistemático a las decisiones tomadas, y de la práctica de la emulación socialista. Él decía que no era posible extirpar el burocratismo; que había que reducirlo poco a poco; que las oficinas debían ser depuradas decenas y cientos de veces. Depurar significaba ir quitando vicios burocráticos, porque se trataba de un fenómeno que se reproducía socialmente. Es decir, no se hacía nada con botar a un burócrata, si el que le siguiera se iba a burocratizar al paso de unos meses.

—Para Lenin no todos los que trabajaban en las oficinas eran burócratas...

—La sociología burguesa cuenta con un paradigma sobre el burocratismo, elaborado por Max Weber a inicios del siglo XX. Él fue contemporáneo de Lenin, y este último conoció sus trabajos. Por cierto, Max Weber predijo que el comunismo en la Unión Soviética iba a fracasar, y que lo iba a matar el burocratismo. Para él, todos los funcionarios, fueran del Estado, las empresas u otras organizaciones, eran burócratas; y burocracia era el gobierno de los burócratas, de los que trabajan detrás de un buró. Pero esa no era la concepción leninista, pues para Lenin el burócrata no conformaba la totalidad de los funcionarios sino solo aquella parte que anteponía sus intereses personales, familiares, de sus amistades, a los del pueblo trabajador, a los intereses de la construcción del socialismo. Creo que sería injusto llamar burócrata a una persona por el mero hecho de que trabaje en una oficina.

—Este es un concepto clave: lo negativo no es trabajar en una oficina, sino anteponer intereses personales a los de la sociedad. Por eso Lenin dijo que los burócratas son los peores enemigos internos del socialismo.

—La frase exacta de Lenin era: «nuestro peor enemigo interno es el burócrata, el comunista instalado en un cargo de responsabilidad, un tanto severo pero «virtuoso»: no aprendió a combatir la burocracia (...) y la encubre».

—En todo esto es muy importante la ética de quien tiene alguna responsabilidad y debe tomar decisiones.

—Tiene que ver mucho con el tema de los valores. Hoy en el mundo del trabajo, de lo que se habla es de competencias laborales, y ese concepto engloba no solo las capacidades, conocimientos, habilidades, hábitos, destrezas, sino también actitudes, normas y valores. Todo lo que se incluya en la ética política y administrativa pasa por ahí. Ser una persona competente no solo significa ser capaz, sino también ser una persona ética.

—Lenin también dijo que la esencia del burocratismo es el «puestismo»...

—Tiene que ver con la frase que decimos en Cuba: «fulano está cuidando el puesto». Alguien llegó a un cargo y quiere mantenerlo, y para eso, si es preciso, hace dejación de los principios, de los intereses del pueblo trabajador, de la revolución socialista. ¿Cuál es la onda? ¿Hay que decir que sí?: pues dice que sí, aunque sepa que eso conduce a un desastre.

—Sería lamentable desechar la lección de que el burocratismo fue el principal enemigo interno del socialismo que finalmente se derrumbó.

—¿Qué demostró la realidad histórica que provocaba el centralismo burocrático?: estancamiento de la economía y de la innovación tecnológica, autoritarismo político, dogmatismo ideológico, intolerancia hacia otros puntos de vista, culto a la personalidad, participación formal en la toma de decisiones, desmotivación, indisciplina laboral, apatía e incluso rechazo a los valores e ideas socialistas en general del pueblo y en especial de la juventud, acceso al poder de liderazgos voluntaristas, desvinculados de las masas, burócratas corrompidos y finalmente renegados.

—¿Cuánto de útil puede haber en todo este pensamiento de Lenin que se ubica en una etapa determinada de la historia?

—Hay realidades que se dieron hace un siglo en la Rusia donde recién triunfaba la revolución, y que podrían darse en Cuba. De hecho, cuando uno analiza un artículo como el del Che contra el burocratismo, reconoce que se retoma el ideario de Lenin, a la vez que se aportan nuevas ideas, precisamente porque estamos hablando de otro contexto, de otro lugar, de otro momento, y eso permite no partir de cero. He escuchado a muchas personas decir: «olvídate de lo que ya se escribió. Eso está viejo. Vamos a construir una nueva teoría a partir de la realidad».

«De lo que se trata es de aprovechar todo lo bueno del pensamiento humano, sobre todo el pensamiento de izquierda, porque si reniegas de la teoría marxista leninista y de la metodología marxista leninista, inevitablemente vas a utilizar teorías burguesas y metodologías burguesas y de algo sí puedes estar convencida: no vas a construir una sociedad alternativa, una sociedad de izquierda. Lo que vas a hacer es reconstruir el capitalismo».

—Se ha dicho que el burocratismo es un fenómeno que tiende a crecer.

—Es cierto. Y eso tiene una explicación. En la medida en que se ha desarrollado la sociedad humana, esta se ha vuelto más compleja. Ya no estamos hablando de la antigua Grecia, o de Egipto. Entonces se trataba de unas pocas decenas de millones de personas. Hoy somos más de seis mil millones, y los países estados suman unos 200.

«En la medida que las sociedades se hacen más heterogéneas, y tienen más elementos y relaciones externas e internas, se hace más complicado dirigirlas. Y es ahí donde los funcionarios hacen más falta. En este asunto nuestros “consejeros espirituales”, que ya no son de izquierda, nos dicen: “ustedes tienen que desburocratizar, tienen que reducir el aparato estatal...”. Quizá haya muchas personas que se sorprendan de saber que Europa tiene más trabajadores del Estado, per cápita, que América Latina. No se trata de decir ahora: vamos a eliminar los buroes, las oficinas, los órganos de contabilidad...».

—Entonces no se trata de arremeter contra los buroes...

—Lo que quizá sí se pueda es hacer más eficientes los órganos administrativos, que sean más efectivos. Hay personas que te dicen: yo quisiera que los ministerios fueran chiquitos. Creo que se puede racionalizar, pero a mí no me preocuparía que un ministerio tenga mil trabajadores, si lo que producen esos mil trabajadores tiene después un impacto significativo en el aumento de la producción de bienes y servicios. No pienso que la solución sea que los ministerios tengan 50 personas o 5 000, sino que las personas que estén sean competentes en el sentido amplio de la palabra, y que por tanto su labor administrativa tenga un impacto positivo, que no sea un freno sino un factor de progreso, de adelanto, de activación, de aceleramiento en el funcionamiento de los eslabones de base, que es donde se realiza la producción de bienes y servicios.

«Hablo de producción de bienes y servicios en el sentido amplio de la palabra, no en un sentido economicista, porque servicios son también los de salud pública, educación, cultura, deportes. Los órganos de dirección de las entidades productoras de bienes y servicios, lo que tienen es que ser eficientes, garantizar resultados mediante la disminución de los gastos de recursos, o al menos manteniendo esos gastos constantes».

—¿Podremos mantener a raya ese dragón de cien cabezas llamado burocratismo?

—Creo que es posible hacerlo. Soy optimista en el sentido de que se puede controlar el monstruo, pero no optimista como el Cándido de Voltaire, no pensando que el resultado será inevitablemente a favor y que está predeterminado el triunfo sobre el burocratismo. Creo que de igual modo que decimos que las revoluciones pueden ser reversibles, debemos plantearnos, alertas, que el burocratismo puede lograr destruir una revolución, que podría entronizarse el centralismo burocrático, y que estamos llamados a trabajar para que eso no ocurra. Trabajar con esfuerzo, sin que el optimismo tonto nos adormezca.

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