Perrito vive hace tres años sin su lengua

Veterinarios consultados no conocen ningún caso igual y se admiran de la rareza y del instinto natural que le ayudó a sobrevivir sin este órgano tan imprescindible

Autor:

Juventud Rebelde

La abuela Fausta Pujada le sirve el agua con una jeringuilla. Foto: Vicente Brito SANCTI SPÍRITUS.— Chiqui, un perrito sato espirituano que recibe al visitante con un ladrido perfecto e incansable, perdió su lengua desde hace unos tres años en circunstancias aún no esclarecidas y se convirtió así probablemente en el único can de este territorio que vive sin ese importante órgano.

Especialistas veterinarios consultados no conocen ningún caso igual, se admiran de la rareza y del instinto natural que le ayudó a sobrevivir sin lengua, cuando esta resulta imprescindible para comer, beber y como medio de transpiración.

Según cuentan sus dueños, Mayra González y Mario García, vecinos de la ciudad cabecera provincial, un buen día su Chiqui amaneció triste, con vómitos, sin querer comer, con el rabo entre las patas y escondido por los rincones. Lo llevaron a varios médicos, le hicieron análisis, le diagnosticaron males del riñón, pero a nadie se le ocurrió abrirle la boca.

El perro, hoy con unos ocho años, recibió suero, vitaminas, antibióticos... y nada. Hasta que un buen día, después de casi tres semanas de ayuno, alguien advirtió que su lengua estaba negra, necrosada, comenzaron a sentir el hedor que despedía y, aunque se le reforzó el tratamiento y hasta le lavaban la boca con antisépticos, finalmente soltó casi completo el órgano dañado.

Enseguida le regresó el alborozo. Sus dueños sospechan que algún hueso o espina causó el daño. Lo curaron con miel y bálsamo ruso para que cicatrizara. Algunos sugirieron a discreción un sacrificio y el duelo se adueñó del hogar.

Chiqui enseguida recogió un pedazo de queso caído en el piso, levantó la cabeza y se lo tragó al estilo de las aves y así se alimenta tranquilamente hasta hoy, con una dieta mientras más seca, mejor. El agua la recibe mediante una jeringuilla que le ofrece la abuela Fausta Pujada. Muchos han dudado de esta curiosidad.

A Chiqui no le agradan las fotos o los fotógrafos. Vicente Brito casi sale mal parado con la instantánea que acompaña este trabajo, pues anduvo a medio paso de tropezar con sus dientes. Resabios y malas pulgas de un lado, consentimientos y afectos del otro. Una familia que tiende la mano al mejor amigo, a la naturaleza, a la vida.

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