Pasiones e historias desconocidas en el Acuario Nacional de Cuba

Autor:

Marianela Martín González

Detrás de los espectáculos que tantos disfrutan en el encantador micromundo del Acuario Nacional de Cuba, se esconde mucho sacrificio y esfuerzo 

«Lo mío con Iago fue amor a primera vista. Hace diez años, cuando lo vi llegar en el huacal del camión que lo condujo del aeropuerto al Acuario, noté en su mirada un no sé qué inexistente en Marú, Sacha, Clarita y Felicia, los otros leones marinos que también recibimos ese día.

«Era el más grande. Traía desde Argentina el sobrenombre de «El asesino», ganado por sus peleas con los demás en el acuario donde vivía. Con paciencia borramos ese apelativo, y hoy es el favorito de los visitantes, porque los hace reír con sus ademanes torpes de quien se convirtió con los años en un «canoso» de 300 kilos, que no pierde la maña de mirar con ternura».

Esta historia pertenece a Yenia Expósito Linares, joven entrenadora del Acuario Nacional, quien define su carrera como «un acto de entrega que inocula responsabilidad y vuelve a la gente más sensibles». Por eso la sorprendimos cumpliendo estrictamente con los dictámenes de una dieta baja en calorías, ordenada por el veterinario para el león marino de marras.

«Nuestra jefa, Yolanda Hernández, se dio cuenta de aquella atracción y me dijo “ese es tuyo”. Entonces yo tenía 19 años, y solo dos de experiencia como entrenadora. Aun así me tomé muy en serio el trabajo con Iago. Insistí en socializarlo y emplearlo en las terapias ambientales que dirigimos para los niños con discapacidades y necesidades educativas especiales, entre ellos los autistas».

Yenia es también profesora de los futuros entrenadores. Se encarga de impartir conocimientos teóricos. Sabe que Chinana, Coral y Haloja —los delfines que protagonizan el espectáculo subacuático, tres veces al día, en el restaurante Gran Azul, del Acuario Nacional— tienen un cerebro similar al humano en cuanto a su tamaño, y por eso para entrenarlos atiende sus individualidades. Casi los humaniza con su trato.

«Para lidiar con los delfines y los leones marinos consulto muchos temas de Psicología que me permiten llegar a mis animalitos de manera efectiva. Desearía poder estudiar esa carrera para ser mucho más competente. Así también conduciría con más éxito las terapias de los niños que demandan determinados servicios».

Lo que dicen los precursores

Chinana, Coral y Haloja, los protagonistas del espectáculo subacuático, junto a sus entrenadores. «Nosotros no solo entrenamos a los animales, también limpiamos las piscinas, preparamos las dietas, los hidratamos y les sacamos las muestras de sangre para examinarlos. Cuando tienen algún problema y hay que moverlos de una alberca a otra, los acompañamos junto a los veterinarios, pues somos quienes más permanecemos a su lado.

«Son mejores las hembras para los espectáculos. Cuando los machos entran en celo se ponen tan desobedientes que no dejan a sus compañeras trabajar. Quieren estar constantemente en la cópula y hasta exhiben sus genitales; por eso en casi todos los acuarios del mundo hay muchos más delfines del sexo femenino».

De este modo el entrenador Ariel Álvarez comienza a explicarnos la magia de que se valen los entrenadores para lograr que los mamíferos del Acuario Nacional de Cuba ofrezcan ese espectáculo maravilloso, reforzado desde el 8 de julio y hasta el 30 de agosto, con motivo del verano y el período vacacional.

Muchos en toda la Isla conocen a Lía, Lily y Javi. Estas son los delfines que con sus increíbles cabriolas arrancan aplausos a los cerca de 4 000 espectadores que durante el verano diariamente acuden al Acuario para presenciarlos. Madelén Pérez es una de sus entrenadoras. Al igual que Ariel, su compañero de la vida, y Yenia, han dedicado más de diez años a amaestrar delfines y leones marinos.

«Enseñar a los animales lleva tiempo. No tenemos fines de semana libres, ni julio y agosto para descansar, porque en esas fechas es cuando más nos presiona el compromiso laboral y social. Ahora mismo tenemos cuatro presentaciones diarias. Una a las once de la mañana, otra a las tres de la tarde y las restantes a las siete y a las nueve y cuarto de la noche.

«El beso, la caricia y los saltos que aprenden son resultado de una labor ardua, que el público ni se imagina, porque va más allá de la actuación.

«Cuando llegan del mar o vía libre sienten miedo. Hasta después de entrenados tienen épocas en que son ariscos y emiten sonidos y movimientos, que en lenguaje técnico les llamamos precursores, los cuales hay que respetar, porque de lo contrario les hacemos daño. Esos códigos significan que los dejen solos... que les demos su tiempo para relajarse».

Madelén advierte que lograr el contenido clásico del espectáculo requiere de seis meses de entrenamiento como mínimo. Los ejercicios más complicados, como los saltos mortales, necesitan de mucha más duración.

Cuando un amigo se va

Yolanda Alfonso Hernández es la jefa de los entrenadores en el Acuario Nacional. El público más reciente no la conoce, porque cedió su lugar a los más jóvenes y ya no exhibe los animales, como lo hizo durante tantos años.

Pero las fotos dicen bastante de esta mujer, que hace un cuarto de siglo llegó a esta institución como auxiliar de limpieza, luego fungió como guardiana y más tarde se convirtió en una de las pioneras en la Isla en entrenar y exhibir cetáceos.

«En 1984, Diana y Ciclón fueron los primeros delfines que entrenamos. Los liberamos en 1997, cuando dejaron de hacer las cosas como queríamos, por culpa de nuestra inexperiencia.

«Los soltamos en las costas de Isabela de Sagua, luego de 13 años en cautiverio. Fue muy emocionante todo lo que ocurrió, porque a los dos meses de ser puestos en libertad, Diana fue capturada de nuevo en Cayo Diana, en Varadero, donde la encontramos por primera vez y de ahí tomamos su nombre.

«Estaba embarazada. Nos dio mucha alegría verla. La abracé, la besé.... Se quedó muy quieta, como diciendo llévenme, pero la liberamos. Todos los días pienso en Diana y Ciclón como se recuerda a los grandes amigos que se nos van».

Estas historias explican por qué el Acuario es uno de los lugares predilectos para la población. Su labor investigativa y afán por enseñar a amar a la naturaleza se hace tangible cuando preguntas a los niños Ridel Hernández, Daniel García y Reinier Ferro qué les gustaría hacer con los delfines y todos los animalitos que atesora el lugar. Casi al unísono te responden: «Cuidarlos».

O cuando los entrenadores Yeilín, Ricardo, Germán, Kike y Manuel se despiden diciéndote: «Cuando uno hace lo que le gusta no se trabaja, sino se disfruta, porque se alimenta el alma».

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