La tierra prometida

Autor:

Marianela Martín González

El poema dedicado a los niños yunteros por el escritor español Miguel Hernández parecía haberse inspirado en la situación de nuestra campiña antes de 1959. Medio siglo de Revolución ha borrado la imagen de que el sudor era «una corona grave de sal para el labrador»

No vaya usted a creer eso de que antes se comía con cinco centavos. Las cosas costaban barato, pero el dinero estaba jíbaro. La gente del campo se pasaba la vida con los brazos cruzados. La tierra no era de nosotros, y cuando la trabajábamos había que darle casi todo al dueño; si no te sacaban del bohío a planazos.

Ese cuento se lo harán a otros, pero a Gumersindo González Delgado, que desde que nació estuvo pasando trabajo hasta que llegó Fidel, nadie puede venirle con historias que no sean de miseria y abuso de los mandamases.

«Vi de todo en el campo, desde la Guardia rural sacar del conuco a una familia entera, hasta quemarle la casa, con las pocas cosas que tenían dentro».

Luego de brindarnos café, hecho en uno de esos coladores de tela casi en extinción, este campesino villaclareño, con casi 80 años de edad, se remonta a la vida rural de aquellos tiempos, conocida por los jóvenes a través de imágenes de archivo, libros de texto o cuando un abuelo como Gumersindo se sienta con su familia y pasa la hoja en sentido contrario.

Supimos que él, junto a su padre y hermanos, sembraban en un pedazo de tierra en una zona conocida por Guajén, al norte de la otrora provincia de Las Villas, actual provincia de Villa Clara. Allí cultivaban tabaco y proveían con la mayor parte a un propietario que jamás vieron, quien mediante un tercero los obligaba a pagar.

Luego del triunfo de la Revolución se asociaron a una Cooperativa de Crédito y Servicios (CCS) que se dedicó a los cultivos varios y al tabaco en menor medida. Él, con sus hijos, asumió la producción de arroz, crianza de ganado y siguió plantando la aromática hoja.

«Hace cerca de tres años que no trabajo directamente en la finca, porque a cada rato me enfermo de linfangitis, y el médico me prohibió coger sol. Ahora vigilo para que las cosas se hagan bien, y por eso han cogido con decirme el Patriarca, un apodo que mi nieta, que sabe mucho, dice no ser ofensivo, porque así llaman a la gente respetada».

Gumersindo, para demostrar cómo la ignorancia abandonó el campo, recuerda que en esa zona se rumoró durante muchos años que por las noches salía un muerto llamado Cara de lata, un mito del que no se libraban ni las personas adultas.

«Para que un chiquillo hiciera un mandado de noche, por urgente que fuera, costaba Dios y ayuda. Le tenían un miedo que se morían a “ese muerto”, que según comentaban se movía a caballo por la zona del río Sagua la Chica, porque tenía una guaca de dinero cerca de este lugar.

«Con la Revolución, hasta Cara de lata se perdió del Guajén. La escuela y la ciencia lo azoraron. Ahora los más viejos cuando hablamos de esa leyenda lo hacemos para reírnos de lo ignorantes que éramos».

Uno de los nietos aparece en el portal donde conversamos. Viene del campo y ofrece disculpas por estar sudado. Su nombre es Lázaro González Broche. Es delegado del Poder Po-pular en esa circunscripción, perteneciente al municipio de Camajuaní, la cual incluye a cerca de 50 familias.

«El camino está malo y después de los ciclones se puso peor. Ese es el problema que más nos golpea en esta zona. Lo demás anda bien, y cuando algo cancanea enseguida lo resolvemos», comenta antes de hablar de la tierra.

Lázaro asevera que la gente del campo es agradecida. Se conforma con lo más imprescindible, como el médico, la escuela y la tienda. «Pero este barrio necesita propuestas para la juventud. Tenemos que lograr retener a los muchachos, haciéndoles más grata la vida en la comunidad».

Sus padres querían que estudiara una carrera cuando terminó el bachillerato, pero aprendió con la familia a domar los suelos arcillosos de esa zona próxima a la costa. Se sumó a la CCS Julio Antonio Mella y se convirtió en uno de sus jóvenes más laboriosos.

Las lomas de Sinaloa y el río Sagua la Chica son atributos naturales de esta comunidad, integrada mayoritariamente por jóvenes fieles al oficio de sembrar, legado por sus antepasados.

«Hace falta que los hijos de campesinos no se vayan para el pueblo. Gracias a las oportunidades que tenemos, podemos estudiar y seguir guapeando en el surco», afirma Lázaro.

Al igual que este joven, en el país representan al Poder Popular, desde su condición de campesinos, un total de 764 delegados municipales, 43 provinciales y 23 diputados a la Asamblea Nacional.

Guajiros de ciencia y técnica

«Mi papá decía que antes de 1959 se sembraba la papa y los campesinos tenían que cosecharla y almacenarla hasta que cogiera precio. Ahora no es así; desde que la sembramos sabemos el precio que tendrá. La cosecha es del surco al saco y de ahí directo a Acopio».

Con ese ejemplo Ubaldo Córdova Leal, campesino de la CCS Raúl Cepero Bonilla, en Güira de Melena, ilustra las diferencias entre el campo de nuestros abuelos y el que la Revolución en sus 50 años ha transformado.

«A mis hijos, que son jóvenes, y como tales sueñan más allá de las posibilidades reales, les digo lo que me decía el viejo: De aquí podemos vivir. No hace falta ser gandido.

«No les hemos inculcado la ambición. Los enseñamos a trabajar y a vivir en unión, conscientes de que el dinero hace falta, pero hay cosas tan importantes, como la vergüenza y la salud, que no pueden sacrificase por las ansias de tener más».

Ubaldo refiere con orgullo la incorporación de sus hijos Ubaldito y Maikel a la universidad, luego de desvincularse del estudio cuando terminaron el preuniversitario.

«Los dos se preparan como ingenieros agrónomos. Eso tiene muy contenta a la familia, porque terminaron el preuniversitario y quisieron incorporarse a trabajar en el campo de inmediato. Tú sabes como es esa edad. Les gusta tener su independencia económica y se apuran.

«Ya ellos van mirando la vuelta que está tomando la agricultura, y saben que necesitan conocimientos técnicos para poder explotar la tierra como es debido».

Ubaldito refiere que el abuelo molió mucho maíz para ir a la escuela. Sus familiares eran arrendatarios antes de la Revolución y juntaron, a duras penas, el dinero de una cosecha de papa y se compraron un tractor Caterpillar, el cual todavía conservan en la finca, como una reliquia familiar que no ha caducado.

«Con ese equipo preparaban tierras en toda la zona y hasta en áreas de Pinar del Río. Llegaron a tener un parque con seis Caterpillar, y con las ganancias en 1957 lograron comprarse la finca, que estaba al lado de la que tenemos actualmente».

El hijo de 26 años considera que la agricultura no es más que una industria a cielo abierto. «Las creencias dicen que el hombre propone y Dios dispone. Uno trata de hacer todo de la mejor manera, pero a veces por las inclemencias del tiempo y las plagas no todo sale tan bien».

Según su hermano Maikel, este año todo se ve muy bonito y es porque los ciclones limpian mucho la atmósfera de plagas. «Eso es verídico. Los viejos siempre han dicho que los huracanes son malos, porque dejan ruinas, pero por otro lado limpian el ambiente».

La familia Córdova solicitó tierras recientemente. En la caballería que posee siembra cultivos varios. Sus áreas se encuentran ahora cubiertas por ajo, cebolla, malanga y ya han entregado más de 1 500 quintales de remolacha a Acopio.

«Este año nos han dado todo lo que lleva la malanga; aunque esta vianda es “bruja”, y uno no sabe a ciencia cierta lo que dará, pensamos tener una buena cosecha. La hemos tratado con cachaza, ceniza y bastante abono», aclara Maikel, quien le agradece parte de los rendimientos de sus tierras a los conocimientos agroecológicos que ha adquirido.

En 2007, su hermano participó en el evento Internacional del Movimiento Agroecológico y Agricultura Sostenible. Un trabajo relacionado con el plátano CEMSA 250 validó su presencia en este encuentro, que agrupó a la vanguardia de dicho movimiento en la Isla.

«Ese plátano tratado con cachaza y ceniza de central permite rendimientos altos, sin que las plagas lo ataquen», acota Ubaldito.

En Güira de Melena estudian en la universidad carreras agropecuarias y de perfil económico un total de 11 jóvenes campesinos, según la ingeniera Idiana Delgado Ruiz, funcionaria del Movimiento Agroecológico de la ANAP.

«Estamos haciendo un levantamiento para que los que no alcanzaron duodécimo grado puedan hacerse bachilleres. Necesitamos técnicos e ingenieros en los campos; mientras más sabiduría haya para explotar la tierra, mejores serán los rendimientos y los impactos al medioambiente no serán severos».

Gallinas salvadoras

«Déjame sentarme cómodamente para si me da un patatús, mientras recuerdo, no sea tanto», bromea antes de iniciar el diálogo. Raúl Barroso Pérez, asesor de producción de la CPA Niceto Pérez, en Güira de Melena, re-memora cómo era la vida en el campo antes de 1959.

«Yo era arrendatario. Tenía que pagar un peso diario por aquella tierra. Un peso parece algo insignificante ahora, pero sacar aquel dinero era durísimo. Mi papá tenía unas gallinas, y gracias a que vendíamos los huevos podíamos comer y tener ese peso. Más adelante pusimos una vaquita y con eso fuimos viviendo».

Barroso asevera que «a nadie le importaba que se te echaran a perder las cosechas, ni que otros no pudieran alimentarse con ellas». Especifica que había campesinos aparceros, como Orlando Gómez Martín, el presidente de esa CPA, que pagaban todos los gastos de la cosecha, y además tenían que darle la mitad del dinero al dueño de la finca.

«Eso era peor. Lo que le quedaba era muy poco. Era la forma de explotación más cruel».

La situación descrita por Barroso hace re-cordar el poema dedicado a los niños yunteros por el escritor español Miguel Hernández, porque parece inspirado en el contexto de nuestra campiña antes de 1959, cuando el sudor era «una corona grave de sal para el labrador».

Barroso recuerda que antes del triunfo de la Revolución cultivaba papa, y tenía que cargar todo en un carretón con bueyes o caballos. Sembraba a mano, con una canasta en el hombro y así mismo aplicaba el abono.

«Después de 1959 las cosas cambiaron. La maquinaria del campo socialista se introdujo en Cuba, surgieron los créditos bancarios para que los campesinos pudiéramos trabajar. Comenzó otra forma de vida; hasta muchos nos hemos podido comprar un carrito para sacar a pasear a la familia y resolver problemas.

«Es verdad que ha habido momentos tensos. Todos los años duros del período especial significaron atraso para la agricultura. La maquinaria se deterioró y los insumos y el petróleo se redujeron.

«Ahora, al menos en La Habana, principalmente aquí en Güira, se está reanimando la agricultura, gracias a la recuperación económica del país y a la aplicación de estrategias costosas, que contemplan inversiones en maquinas de riego, equipos, fertilizantes y combustibles.

«Nosotros hace años teníamos problemas con los fertilizantes. Ahora todos los cultivos tienen asegurado los insumos necesarios para cada atención cultural».

En la CPA este año asignaron varios motores nuevos para los tractores. También se facilitarán las reparaciones de los que no puedan sustituirse íntegramente.

Barroso explica que la entidad cuenta con 32 caballerías cultivables y 22 son asistidas con riego electrificado. El plan de producción del año en curso asciende a 200 mil quintales de viandas, granos y hortalizas, el cual está próximo a cumplirse.

Luz y caminos

«Hicimos nuestras casas en el pueblo, y no son cualquier cosa. Son confortables, como jamás soñamos tenerlas antes del triunfo de la Revolución», afirma Leocadio Alberto Hernández, quien aparece rodeado de sus nietos.

Leocadio Alberto Hernández cumplió por estos días 82 años. Cuando triunfó la Revolución vivía en la finca Montiel, en San Antonio de los Baños, una espaciosa posesión sin electricidad ni vías de acceso.

«Me permutaron aquella finca por esta. Aquí había carretera y luz eléctrica. Decir Tumbadero siempre ha sido decir tabaco. Empecé sembrando ese cultivo y luego el Gobierno hizo un plan para que esta zona fuera solamente tabacalera. Por eso tuvimos que entregar la tierra, menos ocho besanas (alrededor de 1,6 hectáreas) que dejamos para el autoconsumo.

«Hicimos nuestras casas en el pueblo, y no son cualquier cosa. Son confortables, como jamás soñamos tenerlas antes del triunfo de la Revolución.

«Del pasado qué puedo decirte. Siempre que hablo con mi familia del tema le digo que es cierto que todavía hay problemas, pero antes se pasaba mucho trabajo, muchísimo más que ahora para hacer cualquier cosa en el campo.

«Vine para aquí en 1964. Nunca antes había conocido la electricidad. Vengo para acá todos los días. A veces hago mucho, otras veces poco o simplemente les digo lo que tienen que hacer. Nunca me quedo sin comer y si me enfermo tengo hospital seguro, sin que me cobren ni medio centavo ¿Qué más puedo pedir?».

Mientras el abuelo habla, Maikel Llanes Hernández, uno de los nietos ultima la cosecha de gladiolos. Dentro de unas horas vendrán de la Empresa de Cultivos Varios de San Antonio de los Baños por esas flores, que se venden como pan caliente.

«Este es un trabajo lindo, limpio y bien pagado. La docena de gladiolos me la cotiza el Estado a 18 pesos. Alterno con otras flores, incluso con cultivos varios. La tierra hay que cuidarla, si no se arruina y no pare; por eso roto viandas y flores», explica este joven veterinario de 28 años.

En la misma finca, perteneciente a la CCS Conrado Benítez, en Ariguanabo, José Alberto Hernández de la Osa, otro de los nietos, cuida de sus cerdos cuando regresa del surco.

«La cría de puerco es un hobby. Nos dedicamos mucho más a los cultivos varios, pero tenemos compromisos con la Empresa Porcina que no podemos abandonar».

José Alberto dejó la carrera de Veterinaria en tercer año y piensa reinsertarse en los estudios. «Soy el presidente de la CCS hace seis años, y milito en la UJC y el Partido. Por todos lados me exigen superarme. Es una deuda pendiente que saldaré».

Alain Montesino Viera, con 28 años de edad, es el organizador de la junta directiva de la CCS Ubaldo Díaz Fuentes, en Güira de Melena, a la que también pertenece el joven productor Onel Alba Capote.

Ambos son promotores del Movimiento Agroecológico de Campesino a Campesino, y aseguran haberse apropiado de un conocimiento que extienden a los demás.

Alain remarca la posibilidad de vivir sin acudir a negocios ilícitos, gracias a los buenos precios con que Acopio les comercializa sus productos. Cultiva plátano, malanga y otras viandas. Este año ha cosechado para el Estado cerca de 2 000 quintales, en un tercio de caballería que posee.

«Todavía hay cosas que se pueden mejorar. Pienso que la dirección de la agricultura debe ser más formal con lo que acuerda con los campesinos. Tenemos no sé cuánto dinero acumulado, y no sabemos dónde comprar. Dicen que van a hacer la tienda.

«Para que los jóvenes miren a la tierra y no les importe llenarse las manos de callos, como las tengo yo, hace falta hacer atrayente el campo; si no la gente se hará cualquier cosa menos campesino».

Subraya que pese a cualquier inconformidad, en el campo se puede alcanzar la mayoría de las utopías. «Pero hay que trabajar de sol a sol».

Medio siglo en la tierra

Estos 50 años de Revolución han representado bienestar total para el campesinado, reconoce Orlando Lugo Fonte, presidente de la Asociación Nacional de Agricultores Pequeños (ANAP), quien enfatiza que para poder querer más al proceso social que construimos, tenemos que acordarnos de lo que pasaba antes de 1959.

«Soy hijo de una familia campesina que tuvo doce hijos y te podrás imaginar. En aquella época hablar de un campesino públicamente y hablar de nada era lo mismo. Muchas veces lo he dicho, el campesino y un perro eran lo mismo, y si había alguna diferencia a favor de alguno, era a favor del perro».

Lugo precisa que antes se trabajaba tres o cuatro meses al año. Los tabacaleros cuatro meses a lo sumo, al igual que los cañeros, y luego había que jugársela.

«Cuando íbamos a pedir trabajo nos pagaban un salario miserable, porque había colas enormes en casa del dueño para que diera empleos. No conseguíamos ni lo elemental que puede buscar una persona en la vida, que es el derecho a trabajar.

«No estudiábamos, no había tampoco ese derecho. Mi madre decía “Tengo 12 hijos; lo único que quisiera en la vida es que uno de ellos pudiera estudiar”. Uno de ellos, fíjate que clase de conformidad, de doce que solo uno tuviera esa posibilidad. Ninguno logró hacerlo antes del triunfo de la Revolución».

Lugo rememora que cuando criaban pollos los mejores eran para el médico, y cuando se mataba un cerdo también un pedazo bueno se le regalaba al galeno. «Hasta cuando la mata de mango paría se le daban los mejores mangos. Nosotros nos poníamos bravos algunas veces, pero había que entender a mamá, pues cuando llevaba al muchacho enfermo, aunque no le diera los tres pesos, por agradecimiento lo atendía. Cuando la puerca paría, sigue contando el dirigente campesino, mi padre cogía un cuchillo bien afilado y le arrancaba la mitad de una oreja. Decía: “Este ni se vende ni se come; es para una desgracia”. Desgracia era un muchacho enfermo, al cual había que comprarle medicamentos, o algún fallecido al que hubiera que comprarle la caja de muerto.

«La juventud desconoce que antes había que pagar la caja de muerto, y había campesinos que no podían hacerlo para enterrar a sus familiares. Muchas veces los enterraban sin saber de qué se morían, y el parto llegó a convertirse en una enfermedad», recuerda.

«Hoy no hay que arrancarle una oreja a un puerco para una desgracia, afirma, porque a pesar de ineficiencias, limitaciones, bloqueo económico, caída del campo socialista y ciclones a ningún campesino se le muere un hijo por falta de médico, ni se le queda bruto por falta de maestro y escuela.

«Los campesinos no tenían tierra; solo algunos herederos tenían ese privilegio. Trabajaban la tierra que pertenecía a la burguesía.

«En la casa, de cada corte de yuca que sembrábamos había que dejarle la tercera parte al dueño. Nosotros sacábamos el surquito que nos tocaba, y el del ricachón se echaba a perder muchas veces y no venía ni a buscarlo, pero si le cogíamos un cangre nos denunciaba o nos desalojaba.

«La gente dice que es mejor no hablar de aquellos tiempos, pero sí hay que hablar. Hay que recordarlos para seguir queriendo cada vez más a la Revolución y defenderla».

Siempre a su lado

El Presidente de la ANAP sostiene que los campesinos siempre han acompañado a la Revolución en cada momento, por comprometedor que sea. «Un 18 de diciembre de 1956, el reencuentro de Fidel y Raúl, en Cinco Palma, se produjo gracias a los campesinos».

«En la medida que estos hombres y mujeres comprendieron que sin su Revolución no podían vivir dignamente, creció ese apoyo incondicional. No ha habido una tarea heroica en la que no estén presentes.

«En Girón murieron campesinos, en el Es-cambray. Durante la lucha contra bandidos, suministrados y pagados por el imperialismo, se derramó sangre guajira. También en las misiones internacionalistas han estado defendiendo causas nobles».

Lugo Fonte explica que el período especial impactó el campo sobremanera, pero que nunca ha habido intención de desatender al sector que labra la tierra. «Nada más que nos hemos recuperado un poquito; Raúl dijo hay que virarse para el campo y apoyar a los productores».

Rememora que en 1998, cuando se reunieron con 500 presidentes de CCS fortalecidas, Fidel expresó que tenía todavía, a casi 40 años de Revolución, tanta confianza como antes en los campesinos. Y luego el Comandante rectificó: «Dije mal; a casi 40 años del triunfo de la Revolución tengo más confianza en los campesinos».

«Raúl ha llegado a decir que cuando le llegue el descanso merecido quiere venir al Segundo Frente, para reposar junto a los campesinos y aquellos hombres que bajo las órdenes del Ejercito Rebelde cayeron defendiendo la Revolución».

Al referirse a la necesidad de estimular la presencia de los jóvenes en el campo, aseguró que junto a los ministerios de la Agricultura y el Azúcar y la UJC ejecutan estrategias que incluyen la valoración de las matrículas, tanto en las carreras universi-tarias como tecnológicas, que apoyarán el desarrollo del campo.

«Las cooperativas tienen que ver a ese joven que va a formarse como una inversión, y no dejárselo solo al Estado. Deben participar en la selección y motivar que los hijos de campesinos se inclinen por las especialidades agropecuarias y luego se unan a su familia para trabajar la tierra».

Como incentivo de la actividad agrícola, Lugo menciona la subida de los precios de los productos. Reconoce que hay que facilitar el esparcimiento a los jóvenes campesinos, y cuando el país se recupere construir viviendas para que funden sus familias en las zonas rurales.

«Pienso que la Revolución no le debe nada al campesino. Ha cumplido y sobrecumplido sus compromisos con este sector. Fidel en La Historia me absolverá aludió a esos 200 000 campesinos que trabajaban la tierra sin ser dueños y que recibían una exigua remuneración, insuficiente para alimentar a sus hijos hambrientos.

«Ya ese contexto cambió completamente, gracias a la Ley de Reforma Agraria y este medio siglo de creación constante. So-mos nosotros los que seguiremos endeudados con la Revolución hasta que el pueblo no tenga resuelto totalmente el problema alimentario», afirma.

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