Años que se quedan muy adentro

Autor:

Juventud Rebelde

Un joven médico cubano reflexiona sobre lo que le han aportado dos años de colaboración en la República Bolivariana de Venezuela

Caracas, 23 de marzo,.— Fausto Despaigne Massó nunca ha dejado de estar en Cuba. Llegó a la hermana República Bolivariana de Venezuela el 8 de octubre de 2006, con sus 30 años de edad y su mochila llena de preguntas y ganas de hacer.

Quiso el azar o la dicha que prestara su colaboración, como integrante de la Misión Barrio Adentro, en una de las parroquias y sectores más emblemáticos no solo de Caracas, sino de toda la nación venezolana.

El doctor Fausto, en su primera misión internacionalista, trabaja en las Salas de Rehabilitación Integral (SRI) Diego Salazar, Zona E, de la Parroquia 23 de Enero, y en la Rosa Inés, ubicada en el Área de Salud del Sector Sierra Maestra, sitios indisolublemente ligados al proceso revolucionario bolivariano.

«Me tocó la ubicación en esta parroquia muy conocida. Probablemente de las más famosas en toda Venezuela, que tiene un vínculo muy directo con muchos momentos históricos de la joven Revolución Bolivariana y su líder. A la Parroquia 23 de Enero se le conoce por su temprano protagonismo en las luchas populares y comunitarias contra los gobiernos anteriores al proceso bolivariano. Sus habitantes lucharon contra las tropelías de la dictadura de Marcos Pérez Jiménez. Salieron a la calle cuando supieron de su huida. Para muchos ese fue el instante en que se gestó la actitud rebelde, crítica y revolucionaria por la cual es conocida la Parroquia. Y esa lucha ahora se inserta dentro de la Revolución Bolivariana, en la búsqueda de mejores condiciones de vida para sus habitantes. Ellos, la inmensa mayoría, se hacen llamar “la gente de Chávez”.

«También está la zona que se llama La Sierra Maestra, que por el nombre ya sabes lo que significa para ellos, y mucho más para los cubanos que han pasado por acá. Súmale a eso, además, la visita que realizara nuestro Comandante en Jefe a Caracas, en los primeros días del triunfo de la Revolución Cubana, en enero de 1959, y los varios discursos pronunciados entonces aquí. Eso es bien conocido y recordado por los residentes en este lugar. Nosotros, por ejemplo, estamos muy cerca de la Plaza del Silencio, sitio donde estuvo Fidel. Los parroquianos te dicen hasta frases o ideas de aquellos discursos».

En segundo año de la Residencia en Medicina Física y Rehabilitación —estudios que realiza aquí en Venezuela—, Fausto es militante de la UJC desde el año 1993. Luego, en 2000, ingresó a las filas del Partido, como resultado de un crecimiento especial. Desde entonces ha cumplido los deberes de la organización política en la que ha militado y también ha ocupado cargos en las organizaciones estudiantiles.

«Cuando llegué aquí —rememora— ya la Sala tenía un año y medio de trabajo. Fue de las primeras en abrirse en Caracas y quizá en toda Venezuela. Sinceramente, la Rehabilitación ha calado bastante en la población. Se trata de un servicio que se ha insertado en la comunidad. Eso permite que haya una mejor interrelación con el paciente. No se remite solo al dolor físico, sino que se va más allá, a los problemas de tipo psicológico y emocional, a los problemas familiares y sociales, al apoyo que necesita para que comprenda que su enfermedad puede evolucionar en un tiempo determinado, y puede reinsertarse a la sociedad y mejorar su calidad de vida.

«Hay una buena comunicación con los consultorios médicos populares, incluso con los hospitales venezolanos, que ya conocen el impacto de las salas de rehabilitación integrales y nos envían pacientes para que sean atendidos por nosotros aquí».

Identifica a las enfermedades degenerativas del sistema osteomioarticular como las patologías de mayor incidencia en la población venezolana. También precisa que ha diagnosticado no pocas parálisis cerebrales, con fracturas u otras patologías, pero en niños, porque la SRI está enclavada en una institución pediátrica.

Un día es un minuto

«En Venezuela un día es un minuto. Uno se levanta y se acuesta y no sabe cómo es que los días se le van tan rápido. Lo impone así la dinámica de la Misión», aduce.

«Tenemos un vínculo laboral directo con el perfil que estamos desarrollando, por medio de un sistema nuevo de docencia, donde uno tiene que tener una autopreparación permanente. Esa es la característica más distintiva.

«Es indispensable brindar servicios de excelencia y obtener buenos resultados en el estudio. En tales circunstancias se pierde el derecho a justificar cualquier fallo. Sencillamente, hay que multiplicarse, desdoblarse, crecerse en muchas cosas y salir adelante».

—Toda esa carga no te hace ser un joven aburrido, cuadra’o, ni de mente cerrada...

—(Sonríe). No. Soy un joven al que le gusta mucho su especialidad y que estudia constantemente para perfeccionar sus conocimientos, pero hago muchas cosas en el poco tiempo libre que tengo. Bailo, por ejemplo. Un grupo de muchachos y muchachas creamos una rueda de casino que se llama Son del 23. Tenemos un grupo de música tradicional que se llama Son del ALBA. Formamos un equipo de baloncesto y otro de pelota, aunque jugamos más sóftbol. No olvidamos ninguna fecha histórica de importancia para los dos países. Realizamos muchas actividades políticas. El tiempo libre nuestro siempre es productivo. Lo que hacemos es cambiar de actividad».

—¿Qué cualidades debe tener el joven internacionalista?

—Lo primero, ser incondicional. Y cuando digo esto, la palabra es aplicable a todo lo que signifique entrega total a la Patria, tus pacientes, los estudios, la familia y los compañeros. También debe ser sencillo, y muy sensible a los problemas de la gente para que realmente los pueda percibir en su justa dimensión, en lugares donde las personas están acostumbradas al maltrato. Además, tener un concepto muy claro de la unidad y del compañerismo para actuar como una fuerza única, siempre. Tampoco debemos cansarnos. Y tener bien claro que lo que hacemos hoy puede y debe mejorarse mañana para no detenernos en el tiempo».

—¿Qué te han aportado estos dos años en Venezuela?

—Muchas cosas. Primero, aprendí a multiplicar esfuerzos y sacrificios; a entender incluso tareas que en una etapa uno no puede llegar a saber de su magnitud, hasta que no se encuentra involucrado en ellas. En lo personal, como es mi primera misión, ha sido el momento en que he interactuado con un sistema distinto. Llegué aquí en medio de un proceso de cambios, donde se ven todas esas cosas que nuestros padres nos contaron acerca de las dificultades o de todos los males que acarrea el capitalismo. Eso me ha permitido afianzar todo lo que siempre tuve en mi mente acerca de lo que debía hacer por mi país.

«En lo profesional, he tenido la oportunidad de conocer y atender pacientes con patologías que en Cuba, en muchas ocasiones, no tenía la posibilidad de encontrarlas.

—Eres uno de los colaboradores propuesto como candidato para recibir el próximo 4 de Abril uno de los más altos reconocimientos que entrega la UJC. ¿Qué importancia le concedes a esa selección?

—Nunca he considerado que sea merecedor de esas condecoraciones estatales. No trabajo para eso ni pienso en ello, aunque tengo pleno conocimiento de que son mecanismos para estimular a las instituciones y los jóvenes de mejor desempeño. Y no hay nada de pretencioso en mis palabras. Pienso, actúo, trabajo y estudio en plena concordancia con mis principios; y mi máxima es siempre dar lo mejor de mí y cumplir de manera eficiente las tareas que se me encomienden.

«Lo único que me preocuparía en la vida sería que no me llamaran cuando la Revolución lo necesita. Cuando eso suceda, sentiría que no soy necesario, que no soy útil».

Venir y ver

—Yo vine a la Sala, no te miento, con ciertas dudas. Tengo epicondilitis en mi brazo derecho, y me he rehabilitado en un 60 por ciento. Me equivoqué. Ahora, cuando me encuentro con alguien que tiene problemas, lo mando para acá. Hay que venir y ver. Los felicito, porque en esta zona hacía falta algo como este centro. Nos quitamos el peso de ir a los hospitales y que, a veces, no nos atendieran. Acá te recuperas física y espiritualmente. Es bonito ese calorcito humano que te dan. Esa palmadita en el hombro. Que te extrañen cuando no puedes venir a una sesión. Cónchale, es bonito. (Harold Barandiaran, paciente venezolano de la SRI Diego Salazar. Zona E. 23 de Enero)

—El doctor Fausto es una bella persona. Un buen médico. Un buen jefe. Nosotros, que somos venezolanos, hemos departido con él. Ya tenemos, creo, dos años, y nos llevamos de lo mejor con él. No queremos que se vaya. Pero cuando llegue ese día, bueno, a todos los cubanos los vamos a extrañar mucho, porque de verdad los siento como si fueran familia mía. ¿Qué más te puedo decir? (Ismery Mendoza, recepcionista de la SRI Diego Salazar. Zona E. 23 de Enero)

—Fue el doctor Fausto quien me recibió a mi llegada a este centro. Me presentó a los compañeros de trabajo, me dio un recorrido por toda la Sala y me explicó cómo se trabajaba aquí. Su apoyo fue esencial en los primeros días, tan duros para mí. Me dio un gran aliento, me dio mucha fuerza y me estimuló. Ahora estoy medio triste porque ya no está trabajando a tiempo completo con nosotros. Lo tenemos tres días dando consultas en nuestra Sala. Es un ejemplo para mí. (Yoendis Sánchez, joven técnico santiaguero de Rehabilitación que labora en la SRI Diego Salazar. Zona E. 23 de Enero)

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