¿Calma tras la tormenta? - Cuba

¿Calma tras la tormenta?

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Los meses desde que Gustav azotara con saña nuclear a la Isla de la Juventud pasan, aunque sus estertores se manifiestan ahora en fragilidades tecnológicas y organizativas que hacen más difícil borrar las marcas de la catástrofe

Si algo hay que agradecerle al huracán Gustav es haber asfaltado de forma sui géneris las enfangadas calles de Mella Vaquero. Miles de diminutos pedazos de tejas de asbesto-cemento permiten hoy sortear los charcos que se forman en este caserío perdido en la Isla de la Juventud, cuando la lluvia se acuerda por casualidad de visitar el pequeño pueblo.

Lástima que no todas las casas que cedieron sus techos para tales propósitos, puedan hoy lucir nuevos resguardos para la lluvia y el cielo.

Esa comunidad, a unos veinte kilómetros de Nueva Gerona, la cabecera municipal, es testigo invaluable del nefasto 30 de agosto de 2008, fecha que no olvidará en mucho tiempo ningún pinero.

Aquella tarde, Gustav, el séptimo ciclón tropical, el tercero que llegó a huracán y el segundo mayor de la temporada de organismos tropicales en el Atlántico durante el 2008, afectó en apenas unas horas el 86 por ciento del fondo habitacional de la segunda isla más grande del archipiélago cubano.

La cifra se dice de un tirón. Pero solucionarla ha llevado, y todo indica que llevará mucho tiempo. Este es el principal problema que enfrenta el municipio especial, más allá de los destrozos en la agricultura, viales, tendido eléctrico y telefónico y centros educativos y de salud, por solo citar algunos puñetazos que dejó Gustav, al cual le siguieron, en menos de diez días, los intensos aguaceros de Ike, ya cansado de tanto destruir la zona oriental de Cuba.

El saldo de afectaciones totales en este sector alcanza las 18 805 casas dañadas, según René Soto Rodríguez, director de la Vivienda en el territorio. De esa cantidad, 1 894 sufrieron derrumbe total, 1 045 derrumbes parciales, 3 452 pérdida total de cubierta, en tanto 2 852 exhiben daños parciales en los techos. A eso hay que añadir los 9 562 daños registrados en los inmuebles tipología I, léase casas de mampostería con cubierta rígida (placa), así como edificios que perdieron ventanas, puertas o ambas.

En casi todas, además, hay que cambiar la carpintería, sustituir cristales y reponer equipos y muebles perdidos, en aras de restaurar en lo material, lo que la conciencia precisará de más tiempo para asimilar.

A esto hay que agregarle las deudas pendientes de huracanes anteriores; algunos cientos de familias todavía esperan por una solución y temen que próximos eventos climáticos alejen aún más la fecha de reconstruir sus viviendas.

Nadie lo duda, la situación es compleja. Y se agrava más debido a los 114,8 kilómetros que separan a la isla pequeña de la grande, y los caprichos del mar que, con su oleaje, a veces no deja salir las patanas (embarcaciones de carga), las cuales deben trasportar desde el arroz o la sal, hasta el cemento necesario para levantar las nuevas casas, porque la Isla de la Juventud todavía depende para muchas cosas de lo que llegue por mar o en la barriga de los aviones.

Preguntas al aire libre

La producción de materiales de la construcción en el territorio pinero todavía está muy por debajo de las necesidades existentes, además de que se debe mejorar la organización de su entrega. Ana Esther se demora en responder a nuestras preguntas, como si estuviera saboreando con cuidado cada una de las palabras con las cuales nos habla. No estamos errados, le es difícil dar su opinión sobre el tema.

A petición nuestra, Ana recuerda cómo se enteró de que los vientos se habían llevado el techo de su casa y reventado ventanas y puertas, destruyendo en pocos minutos lo que en años había logrado acumular.

Más trabajo que el techo le ha costado recuperar la carpintería de su casa, de la cual solo tiene dos ventanas y una puerta, mientras que los restos de una cama tapan el hueco dejado por lo que algún día fueron persianas. Su caso no es único. Si recorres cualquier poblado de la isla se avistan decenas y decenas de puertas y ventanas improvisadas con cartones o pedazos de aluminio, en espera de que lleguen las nuevas.

Apenas dos pequeñas carpinterías funcionan hoy en la Isla, mientras otro taller logra producir diminutos volúmenes de marquetería metálica, ya que dependen de la materia prima que llega vía marítima de la isla grande, dígase madera o aluminio. Las necesidades no son pequeñas, según conocimos en reunión del Consejo de Defensa Municipal, pues hasta finales de marzo todavía quedaba por solucionar la carpintería de 9 562 casas de mampostería, cuyos techos resistieron los vientos, pero no así las puertas y ventanas.

A estas cifras se suman las generadas por las nuevas edificaciones que se levantan, entre estas las escuelas en el campo que se transforman ahora en edificios multifamiliares, o las que todavía tienen las instituciones oficiales. Solo en la vivienda, según datos oficiales, apenas está resuelto el 30,7 por ciento de los casos que necesitan cubrir huecos por donde entran personas, aire o luz.

Los vientos de casi 250 kilómetros por hora asociados a Gustav hicieron lo suyo contra edificaciones mal aseguradas y otras en las que la vejez y el mal anclaje de puertas y ventanas facilitaron la destrucción. Lo más preocupante es que se repitan los estragos, dada la mala calidad de las reparaciones, comprobada durante nuestro recorrido, tanto en las soluciones emergentes en la colocación de cubiertas, muchas veces sin los aditamentos necesarios para asegurarlas, como en el anclaje de puertas y ventanas.

La falta de tecnología de producción, la dependencia de las materias primas foráneas, e incluso la escasa mano de obra especializada, ha hecho el agosto de carpinteros particulares y especuladores, quienes se aprovechan de las debilidades de la producción estatal.

Increíble resulta además que hayan caído al suelo miles de metros cúbicos de madera, muchos de los cuales permanecen en el piso sin aprovecharse —como comprobamos a simple vista—, o han sido pasto de los incendios forestales que han afectado a la Isla de la Juventud desde enero hasta la fecha, devorando cientos de hectáreas. Árboles que bien pudieran ser hoy la respuesta para la reposición de la carpintería.

Sin repello

Darlenys Reyes paseó desnuda por las calles principales de Nueva Gerona, solo ataviada de pintura. Ella, junto a sus compañeras y compañeros del proyecto cultural Carapachibey Arte Corporal, que dirige el maestro Evelio González Carbonell, fueron la avanzada pinera que dio la bienvenida a los artistas que viajaron hasta aquí para demostrar su solidaridad, como la cruzada desplegada por Kcho, Felito Lahera y otros, quienes incluso ayudaron a reponer techos.

«Ellos son una muestra del arte pinero, de desafiar prejuicios y convencionalismos, convocando a artistas nuestros a plasmar sus obras, utilizando el cuerpo como soporte», explica Evelio.

Lo que quizá pocos sepan, más allá del asombro y la admiración por la osadía artística de estos jóvenes, es que muchos de ellos, como la misma Darlenys, quien perdió los cristales de las ventanas de su casa, o Cintra, otra de las muchachas, que vivía a la entrada del río Las Casas y la crecida destruyó su vivienda, desfilaban vestidos de arte y con una sonrisa, como aliento por las desgracias ajenas y propias.

«Este es un proyecto que tiene ya más de un año de formado, y en el cual desde un primer momento trabajamos con artistas aficionados, con gente que se presentó por su propia voluntad, y a los cuales hemos ido entrenando poco a poco hasta convertirlos en ejemplo de artistas», asegura el director de Arte Corporal.

«Utilizamos pintura especial que muchas veces recibimos como donación, y ahora estamos probando incluso a ver si podemos utilizar caolín para dar la base blanca a los cuerpos sobre la cual se pinta, ya que realmente conseguir cualquier pintura es muy caro», agrega.

Lamentablemente, no basta con las buenas intenciones de proyectos como Carapachibey Arte Corporal, el trabajo destacado de los instructores de arte y la labor desplegada por la Brigada Martha Machado, encabezada por Kcho, para levantar los ánimos de quienes siete meses después del paso del huracán esperan soluciones, las que saben demorarán debido a la situación de destrucción que sufrió casi todo el país.

Y esta inconformidad, a pesar de lo mucho que se ha hecho, a veces es comprensible cuando en ocasiones no depende de los tan ansiados recursos, sino de problemas organizativos diversos que demoran las respuestas.

En Mella Vaquero, por ejemplo, o en la comunidad de Ciro Redondo, ubicada al otro extremo, la gente espera que llegue el recebo para poder terminar los techos y repellar las paredes.

Cuentan con las nuevas tejas llegadas por donación o traídas desde la isla grande, pero como en muchos casos los techos eran de canalones de asbesto-cemento, hubo que derrumbarlos para adaptarlos a las nuevas vigas de acero que sostienen las tejas, las cuales para acomodarlas y darles el acabado precisan de cemento, arena y el tan codiciado recebo.

El cemento puede acabarse, y hasta se entiende, pues «viene de La Habana», como dicen aquí. Pero el municipio especial es productor de arena lavada y recebo. De este último, incluso, tiene grandes reservas de carbonato de calcio, que ha demostrado ser uno de los mejores áridos para la construcción. ¿Pero dónde está?

Según nos explicó Misbel Hernández, subdirector de la Empresa municipal encargada de la producción de materiales de construcción, ellos tienen suficiente como para distribuir todo el necesario, pero no les alcanza el transporte.

«El combustible que nos dan es para producir, no para distribuir; de eso se encargan la Microbrigada Social y la Unidad Municipal de Inversiones en la Vivienda (UMIV). Incluso, nos siguen asignando la misma cantidad de combustible para los planes de producción que antes, y aunque tratamos de ayudar no siempre podemos».

La Micro Social es la encargada de ejecutar nuevas construcciones, mientras que la unidad presupuestada de Vivienda distribuye los materiales para los afectados por el ciclón, y apoya las reconstrucciones con brigadas creadas por los mismos pobladores y trabajadores propios.

Ambas entidades padecen por la falta de combustible, y eso explica que la arena lavada producida en Buena Vista, a 40 kilómetros de Nueva Gerona, no siempre llegue a su destino; como mismo sucede con el recebo, que hay que irlo a buscar a la fábrica de caolín, aunque esa se encuentra a solo 13 kilómetros de la cabecera municipal.

Mientras mucha gente está parada por la falta de uno u otro material, en la «bolsa negra» un solo saco de recebo cuesta entre diez y veinte pesos. Sin embargo, explica Misbel Hernández, el metro cúbico de arena lavada se vende en las instituciones estatales diseñadas para eso a ocho pesos con sesenta y dos centavos... y de ahí salen unos cuantos sacos.

Algo similar sucede con el recebo, que molido el metro cúbico sale oficialmente en 31,03 pesos y sin moler en 21 pesos, mientras que un solo saco se vende subterráneamente casi en ese mismo precio.

Sacar cuentas de nuevo es necesario. Incluso si se pagara el combustible en divisa (CUC) y se alquilara un porteador particular, saldría más barato ir a buscar la arena o el recebo hasta las canteras que comprarlo en el mercado negro. Pero ¿se puede hacer esto?

«Sí, bueno, claro, siempre que esté autorizado y con papeles ¿no?, porque nosotros no vendemos por la libre y tiene que ser en carros con chapas estatales», nos dijo algo sorprendido por la interrogante el subdirector de la Empresa municipal productora de materiales de la construcción. «De hecho hay organismos que lo han hecho para ayudar a sus trabajadores», recordó.

Ante la falta de madera y vigas para los techos las personas tratan de aprovechar al máximo las que habían en las casas que derrumbaron los ciclones. ¿Y la gente sabe eso?, indagamos. «Imagino que sí; pero eso ya no es cosa de nosotros, sino de Vivienda y de la Microbrigada Social... Pregúnteles a ellos».

También Edgar Sánchez Gámez, director de la UMIV, coincide con Misbel Hernández en que es necesaria la utilización de carros estatales para efectuar la carga de los áridos, según regula una resolución del Ministerio de la Construcción. Sin embargo, está a favor de buscar alternativas locales que agilicen el proceso.

«El problema con el transporte y el escaso combustible nos golpea mucho —aclara el inversionista—. A esto se unen las dificultades en la coordinación para trasladar el cargador (existe uno solo) del molino al yacimiento, lo que provoca que en ocasiones haya que usar la materia cruda en las obras, y así se aprovecha solamente el 70 por ciento de la misma.

«Estos materiales, que existen en el territorio, se necesitan también para la construcción de unas 40 petrocasas, la transformación de escuelas en comunidades, así como para 12 casas rodantes que serán ancladas a una plataforma estática, en las cuales se trabaja ahora para terminar las conexiones del tanque séptico», precisó Edgar.

El rompecabezas del bloque

De Europa vino hace unos cuantos años y aquí se aplatanó bajo el sol tropical. Día a día, bajo lluvia o viento, fue perdiendo cada una de sus partes y sustituyéndolas por piezas cubanas creadas por el ingenio del movimiento de innovadores. «Óigame, esa máquina de hacer bloques que usted ve ahí, creo que ya no tiene nada de extranjera».

Incansablemente, la vieja moldeadora de bloques va tragando materia prima, absorbiendo agua, y dejando una estela de futuros pedazos de pared al sol, muchos de los cuales nunca llegan a fraguar porque se desmoronan.

Las cifras de bloques fabricados oscilan, según directivos de la unidad municipal de producción de materiales de construcción, entre los 70 000 y los 80 000 al mes. Otros datos del gobierno local son menores, e incluso en la reunión del Consejo de Defensa Municipal a la cual asistimos se aseguraba que esta producción está apenas al 50 por ciento de su capacidad.

A esta se suman unos 15 productores individuales, a quienes se les suministra la materia prima, que adicionan entre 20 000 y 25 000 bloques mensualmente. Si de la suma total descontamos los que se echan a perder debido a su baja calidad, la cifra no es muy alentadora.

Nos explicaban en la visita a la planta de producción de bloques que una casa de tamaño estándar precisa aproximadamente de 1 200 de estos elementos de pared. Una mirada optimista dice que de producir 100 000 bloques al mes, entre la industria y los particulares, alcanzarían para construir cerca de cien viviendas. Una gota de agua ante el volumen demandado por las necesidades acumuladas y las derivadas del paso de los huracanes.

Aquí, además, hay que producir el recebo, piedras y bloques, los cuales no llegan por mar, como el cemento.

Tampoco el territorio tiene con qué hacer sus propios techos de fibra de asbesto-cemento o de otro tipo, los cuales deben llegar de afuera, así como las vigas de acero para sostenerlos, si no quiere recurrirse al horcón de madera, a expensas del comején, al cual han acudido muchos para evitar la espera.

A pesar de las dificultades, los pineros han hecho un esfuerzo por recuperarse de las heridas de los huracanes Gustav y Ike, que azotaron al territorio con solo nueve días de diferencia, así se han reparado 2 258 derrumbes totales de cubiertas y 1 204 derrumbes parciales.

El tajo del destajo

Ramón Orasme había estrenado su casita nueva hacía solo un mes. Ahora vive, literalmente, en una de cartón.

«Fue casi una hora antes de que el condena´o ese tocara tierra. Primero se llevó la puerta, con una viga de cemento y todo lo que tenía arriba, la cual me picó cerquita, porque yo estaba aguantando la ventana.

«Gracias a los vecinos pudimos sacar a la niña chiquita, y hasta a mi mujer, a quien el aire le metió un revolcón en plena calle y le dio como tres vueltas de carnera, que hasta pensamos se había mata’o.

«Yo creo que en esta semana termino; ahora estoy soldando las vigas y después pongo el techo, el mío y el de acá el amigo, que me está ayudando con la soldadura».

Ramón Orasme, su mujer, la hija y la pequeña niñita de ella viven por el momento en una «facilidad temporal» de las tantas surgidas tras el huracán en Mella Vaquero. Antes este hombre dirigía una brigada local que montaba los techos. Ahora no trabaja, o mejor dicho, lo hace de manera solidaria junto a los vecinos.

«Por la mañana ayudé al vecino a poner el techo. Él, que tiene una máquina de pintar, le dio una mano a mi casa, mientras que acá el amigo soldaba. Después iremos para la suya, a ver si terminamos, aunque por la hora eso será mañana», dice mientras aprovecha la poca luz que va quedando en el cielo de Mella Vaquero.

La falta de una adecuada norma de pago hizo que muchas de las brigadas creadas tras el paso del huracán para reconstruir las viviendas se desarticularan, descontentos sus integrantes con el pago que les ofrecían por poner un techo, así como con la forma de contratación a destajo.

«Nos pagaban por los techos que pusiéramos —explican Ramón y Agustín, ex miembros de la brigada—; pero los precios no eran muy buenos; muchas veces en la brigada de cinco compañeros cobrábamos dos o tres pesos por persona; también dependíamos de que llegaran los materiales a tiempo, que no siempre había o no llegaba el módulo completo».

El desigual arribo de los suministros, el pago por vinculación o el hecho de que se les considerara el pago por «techo terminado» como si solo hubieran montado tejas, sin tener en cuenta la labor de equiparar y casi reconstruir aquellos lugares que antes tenían canalones y ahora techos planos, hizo que cundiera el descontento.

Algo similar sucede a varios kilómetros de distancia, en Ciro Redondo, o un poco más cerca de Gerona, en el antiguo Instituto Preuniversitario en el Campo Viet Nam Heroico, también conocido como La 5.

En la primera, Teodomiro Fuentes, ex jefe de la brigada techadora, suma a lo anterior el hecho de que los técnicos de la vivienda casi nunca pasan por allí a recoger los reportes de lo trabajado, y hay que ir hasta la capital municipal a entregarlos; mientras que Juan Rodríguez, coordinador de la zona de los CDR, se queja de la mala calidad de algunas vigas que soportan las tejas, que increíblemente, con solo 5,90 metros de largo, cuestan 47 pesos, igual que las de nueve metros y mayor resistencia.

Mientras, en Viet Nam Heroico, donde por ser sábado no laborable apenas estaba el responsable de protección, Modesto Rodríguez, las obras no avanzan todo lo rápido que pudieran, y para esta escuela, que se convertirá en una comunidad de unos 60 apartamentos, «a ojo de buen cubero» se puede calcular su terminación para fines de año.

«Aquí le van a dar casa a mucha gente que perdió la suya —nos dijeron tras la insistencia de nuestras preguntas—, pero los hay que apenas han venido alguna vez, y ni siquiera rinden lo necesario. Los materiales están, pero se avanza muy lentamente».

En La 5, quienes fueron damnificados y se vincularon a la construcción, como en toda la Isla, mantienen su plaza laboral y su puesto de trabajo. Otros, que no tenían relación laboral alguna, pueden contratarse como constructores, edificando sus propias viviendas, pero tanto para unos como para otros las cosas parecen no funcionar como deberían.

Sin embargo, la organización es posible, como lo demuestra el caso de La Demajagua, donde se trabaja en una obra similar a la que se ejecuta en La 5, y los obreros están contratados ya.

Tampoco el pago es igual para los constructores que trabajan subordinados a la Microbrigada Social que para quienes laboran en Vivienda. Estos últimos, al estar vinculados a objetos de obra terminados, no tienen un salario fijo, y si los materiales fallan y se demoran... el pago es mucho menor.

A ello añádase el hecho de que, como explica Arelys Casañola, vicepresidenta del Consejo de Administración Municipal que atiende la construcción, las administraciones de los obreros que fueron liberados para la reconstrucción deben velar porque efectivamente estén cumpliendo con esa labor, lo que no siempre sucede.

Y los problemas se multiplican, ya que muchos de los obreros con los cuales hablamos reconocieron que montaban los techos, ventanas y puertas por su propia experiencia o por indicaciones de terceros, no porque hubieran recibido algún entrenamiento para ello.

Sin embargo, especialistas de la Unión Nacional de Arquitectos e Ingenieros de la Construcción de Cuba (UNAICC) en el territorio impartieron cursos de capacitación a unos 40 técnicos de la Dirección Municipal de la Vivienda, de las empresas de Microbrigada Social y Mantenimiento a Inmuebles del Poder Popular y a varios presidentes de los consejos de defensa de las zonas más afectadas, en aras de garantizar la calidad de la colocación de las cubiertas ligeras, pero ¿dónde quedó el conocimiento?

A José María Rodríguez Matienzo, arquitecto a cargo de la superación en la UNAICC y profesor del seminario, le preocupa la calidad de las ejecuciones ante la cercanía de la próxima temporada ciclónica.

«En visitas a comunidades donde se reconstruyen viviendas afectadas se detectaron violaciones de las normas técnicas, entre las que están frecuentemente la incorrecta colocación de vigas o alfajías, tejas y ganchos. Sobre estos últimos se recomienda usar tres por teja y no siempre se cuenta con el módulo completo; mientras que los huecos para colocarlos se deben hacer con taladros, no con punteros, pues de esta manera la teja se resiente».

Papas sí ¿y el techo?

El huracán Gustav dejó a su paso por Haití, República Dominicana y Jamaica 86 personas muertas y otras ocho en los estados de Georgia, Luisiana y Florida en Estados Unidos.

En Cuba no causó víctimas humanas, aunque territorios como Pinar del Río, y especialmente la Isla de la Juventud, fueran justamente calificados como paisajes parecidos a los dejados por una explosión nuclear.

Los destrozos en la agricultura, la electricidad y las telecomunicaciones, aunque inmensos, fueron restaurados paulatinamente, y hoy prácticamente todo el territorio dispone de electricidad y cobertura telefónica.

Algo similar sucedió con la agricultura, donde ya en plazas y puestos de venta pueden adquirirse vegetales y las primeras viandas, fruto del tesonero esfuerzo por recuperar e incluso aumentar las producciones perdidas.

La vivienda sigue siendo el principal problema en la recuperación del territorio pinero, donde todavía muchas casas permanecen sin techos. Pero tras siete meses de los huracanes la vivienda todavía tiene muchas deudas e insatisfacciones por resolver. La cercanía de la próxima temporada ciclónica preocupa además a los especialistas de la Isla de la Juventud, quienes ven en la calidad de las colocaciones de muchas cubiertas caldo de cultivo para los fuertes vientos e intensas lluvias.

«Sé que hay gente peor que nosotros, que no tienen nada aún, lo perdieron todo», dice comprensiva una señora desde la sala sin techo de su casa en la comunidad de Ciro Redondo.

«Pero hay cosas como esas del recebo o tejas mal puestas, o la falta de madera cuando hay tanta en el suelo, que una no entiende. Porque además, ¿usted cree que nos hace falta un ciclón pa’ volvernos eficientes?».

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