La clarinada de los obreros

La burguesía norteamericana no imaginó que su intento de escarmiento trascendería en un hito para los trabajadores del planeta en la lucha por sus reivindicaciones

Autor:

Edel Lima Sarmiento

Más de 350 000 trabajadores de miles de fábricas y establecimientos se lanzaron a la huelga general el 1ro. de mayo de 1886 en Estados Unidos, por la jornada laboral de ocho horas.

En ese país y en Europa, los obreros habían trabajado durante décadas hasta 16 horas diarias en pésimas condiciones y con deficiente alimentación. Los salarios eran bajos; el empleo inseguro. También los niños tenían que incorporarse a la faena en los talleres para ayudar a sus familias. La represión, pobreza y desesperante situación económica obligaban a la emigración en el Viejo Continente.

En un mitin de protesta realizado en la Plaza Haymarket, en Chicago, el 4 de mayo de 1886, un desconocido lanzó una bomba desde la multitud y mató a un policía. Estos sucesos ofrecieron el pretexto para acallar sin miramientos a los obreros.

Al día siguiente de lo acontecido en Haymarket, la policía arrestó a los supuestos responsables e instigadores de los hechos y, además, arremetió contra una marcha en Milwaukee, Wisconsin, por la jornada de ocho horas, con el resultado de ocho trabajadores polacos y un alemán asesinados.

Albert R. Parsons, August Spies, Samuel J. Fielden, Michael Schwab, Adolph Fischer, George Engel, Louis Lingg y Oscar Neebe fueron los ochos líderes socialistas elegidos para pagar por la muerte del policía, cuando en realidad la mayoría de ellos no estaban ya en Haymarket en el momento de la explosión.

Tras un juicio en el que se compraron testigos y se distorsionó la realidad a capricho de los jueces, Neebe recibió una sentencia de 15 años, y el resto de sus compañeros pena de muerte.

Muchas resultaron las protestas dentro y fuera de Estados Unidos, debido a la magnitud de la injusticia. Sin embargo, un año después, el 11 de noviembre de 1887, ahorcaron públicamente a Parsons, Spies, Engel y Fischer. El cuerpo de Louis Lingg había sido encontrado muerto el día antes por suicidio, según dictaminó el médico, aunque sobre su declaración rondó siempre la duda.

El carpintero en el cadalso

José Martí, como corresponsal del diario La Nación, de Buenos Aires, se encontró entre los periodistas que presenciaron el crimen. Con estremecedor realismo, describió así en su crónica el momento inicial:

«Y ya entrada la noche y todo oscuro en el corredor de la cárcel pintada de cal verdosa, por sobre el paso de los guardias con la escopeta al hombro, por sobre el voceo y risas de carceleros y periodistas, mezclado de vez en cuando a un repique de llaves, por sobre el golpeteo incesante del telégrafo que el "Sun" de Nueva York tenía establecido en el mismo corredor... por sobre el silencio que encima de todos esos ruidos se cernía, oíanse los últimos martillazos del carpintero en el cadalso. Al fin del corredor se levantaba el cadalso».

El 12 de noviembre de 1887, los Mártires de Chicago fueron sepultados. Unas 25 000 personas acudieron al funeral, y 250 000 salieron a la calle para decirles adiós con tristeza. Un veterano de la Guerra Civil encabezó el cortejo enarbolando la bandera de Estados Unidos. Las viudas, hijos y otros familiares acompañaban a sus muertos.

El ataúd de Spies no se podía observar, de tantas coronas. El de Parsons iba escoltado por 14 obreros con una corona cada uno. El de Fischer lo adornaban guirnaldas de lirio y clavelinas. Banderas rojas, como gritos de lucha, envolvían los de Engel y Lingg.

En 1893, el nuevo gobernador de Illinois, Jonh Peter Atgeld, autorizó la revisión del proceso, la cual arrojó que los ahorcados no habían cometido ningún crimen y «habían sido víctimas inocentes de un error judicial». Y el 26 de junio de ese año fueron liberados Schwab y Fielden (quienes esperaban por la horca), junto con Neebe (que cumplía su condena de trabajo forzoso).

Mientras tanto, en el transcurso de 1887 hasta 1893, no cesó en el mundo la lucha por la causa de los Mártires de Chicago. La instauración de la jornada de ocho horas para el 1ro. de mayo de 1890 fue la decisión adoptada por el movimiento obrero en la Convención de la Federación Americana del Trabajo (FAT), efectuada en San Louis, en diciembre de 1888.

Gesto que alcanzó al mundo

Como resultado de esa voluntad, el presidente de la FAT, Samuel Gowpens, envió un mensaje al congreso inaugural de la Segunda Internacional, en el cual llamaba a continuar las acciones a nivel mundial por la jornada de ocho horas, informaba de las actividades preparadas por su organización para el 1ro. de mayo de 1890, y proponía celebrar esta fecha como Día Internacional del Trabajo.

A raíz del mensaje, un delegado francés de apellido Lavigne presentó una resolución a favor de la protesta internacional para el 1ro. de mayo en pro de la jornada de ocho horas. Recibida la idea con satisfacción, el Congreso de París acordó organizar una gran manifestación en todos los países y ciudades para que las masas explotadas exigieran a las autoridades estatales la reducción legal de la jornada diaria de trabajo.

El 1ro. de mayo de 1890, la primera de estas celebraciones, millones de trabajadores participaron en todo el mundo, sin distinción de nacionalidades, credos o culturas: australianos, belgas, suecos, cubanos, chilenos, italianos, peruanos, ingleses, norteamericanos... salieron a las calles en pos de sus reivindicaciones.

No obstante, en la Conferencia Socialista Internacional sostenida en Génova, Italia, a pedido de un delegado norteamericano se aprobó nuevamente adoptar el 1ro. de mayo como Día Internacional del Trabajo, con el propósito de que los trabajadores pudieran marchar para exigir sus demandas y su derecho a organizarse, así como recordar a los Mártires de Chicago.

Sobre el 1ro. de mayo de 1890, Federico Engels expresó: «La Internacional vivió tan solo nueve años, pero la unión eterna que estableció entre los proletarios de todos los países vive todavía y subsiste más fuerte que nunca, y no hay mejor prueba de ello que la jornada de hoy».

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