En Cuba tengo un espacio

Iniciar una red de médicos éticos y conscientes en Estados Unidos es el sueño de una joven norteamericana que estudia Medicina en nuestro país

Autor:

Jorge L. Rodríguez González

Cassandra se siente muy orgullosa de su ajiaco identitario. Bárbara, su madre, es cubana y llegó con ocho años a Estados Unidos. Su padre, Patrick, es norteamericano, «un hombre muy noble» que se enamoró de su mamá en la Universidad y juntos fundaron una familia donde esta chica es la mayor de tres hermanas.

Pero la «pinta» de Cassandra se arrima más a la de los cubanos. Descubres que es norteamericana cuando la escuchas hablar en español y confunde los géneros de los artículos o los tiempos verbales.

Esta muchacha de sonrisa encantadora vivió parte de su vida entre cubanos en un barrio de Hialeah, un distrito de Miami Dade. Se fue a Chicago a estudiar Inglés en la Universidad y terminó como maestra de Educación Especial. Pero después de trabajar varios años tuvo que abandonar esa profesión porque, afirma, «Bush arruinó nuestro sistema educacional».

Entonces trabajó como activista en campañas en favor de obreros inmigrantes, la protección de animales y del medio ambiente, entre otras causas.

Cuando pensó que todas sus vocaciones profesionales estaban saldadas, la organización estadounidense Pastores por la Paz le brindó la oportunidad de ingresar a la Escuela Latinoamericana de Medicina (ELAM). Desde septiembre de 2008 Cassandra estudia esa especialidad y se ha «aplatanado» de tal manera que confiesa: «En Cuba tengo un espacio. Siento que también pertenezco aquí».

Cuando me acerqué a ella mi objetivo era robarle solo un minuto, el tiempo justo para conocer su experiencia como delegada al III Encuentro de Estudiantes Extranjeros que recién concluyó. Sus palabras iban a ser incluidas en una información para mi diario. Pero Cassandra hizo que los 60 segundos que le había pedido mutaran en más de una hora. Y que sus declaraciones nunca aparecieran en mi nota porque se convirtieron en una entrevista.

—¿Cuándo viniste por primera vez a Cuba? ¿Qué recuerdos guardas de ese viaje?

—Fue en 1996, antes de comenzar la Universidad. Vine a conocer a mi familia que vive en Cumanayagua, Cienfuegos. Recuerdo, por ejemplo, el orgullo con que mis primos me hablaron de su educación, o cómo los niños jugaban de noche en el parque con completa seguridad. Me impresionó también el nivel de solidaridad y de cariño de este país a pesar de la dureza económica de esos años. Nunca voy a olvidar cómo los cubanos compartieron lo poco que tenían con nosotros.

«Esa primera visita del 96 transformó mi conciencia social a pesar de que solo tenía 18 años. Cuando volví a mi país era otra persona. Luego volví en el 2006 y en el 2008 para estudiar».

—En tu opinión ¿qué idea general tienen con respecto a Cuba los jóvenes norteamericanos de tu entorno?

—Yo vivía en Hialeah, un lugar donde casi todos son cubanos. Algunos de mis compañeros de aula fueron llevados a Estados Unidos como «marielitos». Era la época de la Guerra Fría y sus padres, por temor, repetían cosas tremendas como aquello de: «el comunismo desaparece a los niños para enlatarlos». Y eso, como es lógico, lo repetían sus hijos.

«En Estados Unidos todavía existen jóvenes que siguen pensando con la “política de la abuela” y no quieren ver la realidad, entre otras cosas por la fuerte campaña contra Cuba que sigue existiendo en Miami. Pero tengo que decir que muchas personas de mi generación ya no piensan igual que sus padres. Hay muchos jóvenes norteamericanos como yo que se interesan hoy por Cuba y hasta algunos descendientes de cubanos han buscado, por su propia iniciativa, sus raíces de aquí».

—¿A qué crees que se deba esto?

—Porque buscan información más allá de nuestros medios. Y por otro lado creo que no tienen por qué sentir odio contra la Revolución. Imagínate que muchos de ellos son considerados hispanoamericanos y se enfrentan a la discriminación en su propio país, mientras que Cuba ofrece ayuda al pueblo norteamericano, como estas becas de la ELAM.

—¿Qué pensabas cuando escuchabas todos esos comentarios?

—Aunque mi padre es norteamericano, mis hermanas y yo siempre tuvimos una educación familiar al estilo cubano. Y a pesar de que mi madre se fue de acá siendo una niña, nos hablaba con mucho cariño de lo que recordaba. Entonces muchos de esos comentarios me parecían absurdos. No obstante siempre sentí que debía conocer la realidad por mis propios ojos.

—¿Por qué decidiste estudiar Medicina si ya eras maestra y activista social?

—Soy consciente de que hay mucho sufrimiento en el mundo entero y parte de la culpa es de los gobiernos que han pasado por mi país. Incluso dentro de Estados Unidos existe mucha pobreza y discriminación. Y no es algo de la crisis económica que hay ahora. Allá no todo el mundo vive como en las películas de Hollywood o en los programas de televisión.

«Creo que se pueden cambiar las cosas. Por eso comencé a trabajar allí. Sin embargo, en un momento dado me di cuenta de que debía formarme fuera de ese sistema para después volver. Ese lugar era Cuba. Y por eso estoy aquí estudiando Medicina. Ser médico es una profesión en la que puedo ayudar no solo a mi pueblo sino a cualquier otro».

—¿Cómo son tus días en Cuba?

—Cuando no estoy atareada con los estudios voy a ver a mi familia en Cienfuegos, salgo a pasear por La Habana, leo... También tengo la oportunidad de tener amigos latinoamericanos e intercambiar experiencias con ellos. Y por supuesto me relaciono mucho con los cubanos. El chiste más frecuente cuando les digo que soy de Hialeah es: «no te preocupes, chica, que tú eres cubana. Hialeah es Marianao pero sin libreta.

«También trato de buscar tiempo para leer. He redescubierto muchas cosas leyendo en español. He podido estudiar textos sociopolíticos, sobre feminismo, sobre el Che, incluso he leído obras de autores que en mi país ni siquiera conocía, como son algunos escritos de Noam Chomsky y discursos de Malcolm X. Otra cosa que me hace muy feliz es la variedad cultural de la literatura para los niños cubanos. Ahora mismo estoy ensimismada con El Principito, que lo leí cuando adolescente pero en inglés; y también con unos comic de acá sobre las diferentes culturas del mundo».

—¿Y cómo te va con la música cubana?

—¡Me encanta! Escucho trova, hip hop, reguetón, salsa... pero me cuesta mucho aprender a bailar.

—El curso casi se acaba. ¿Qué piensas hacer en tus vacaciones?

—Con unos amigos estamos armando una brigada médica de estudiantes para irnos a trabajar en asentamientos originarios en mi país.

—Parece una idea muy interesante...

—Resulta que un grupo de la región sudeste de Estados Unidos vino a la ELAM a visitarnos. Ellos hacen una labor social con pueblos originarios de mi país. También con asentamientos de inmigrantes hispanos en las zonas de Arizona, Texas, Nuevo México, entre otros lugares. Ellos les ayudan a conseguir trabajo, recursos legales y cuidados médicos. Eso nos inspiró para hacer una brigada médica.

—¿Cuál es el plan?

—La brigada es ya una realidad y la integramos cerca de 15 personas. Pensamos recorrer todas esas comunidades. La idea es establecer contactos con médicos que trabajan en ellas y brindarles nuestra ayuda porque esos son especialistas que sí están dedicados a su pueblo. Queremos aprender de ellos y ellos, a su vez, están interesados en aprender por nosotros del sistema de salud cubano.

«También es una oportunidad para convivir con la comunidad. De la misma forma queremos llegar a los medios de comunicación porque en esos lugares es casi desconocido el proyecto ELAM, y que existe un país como Cuba donde la salud es un derecho humano. Nuestro sueño es iniciar una red de médicos éticos y conscientes en los Estados Unidos».

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