Echando anclas en la tempestad

Los días que viven el mundo y la Isla pueden significar para los cubanos un intenso acople de voluntades, saberes y responsabilidades en ese suceso que se conjuga en presente y se llama Revolución

Autor:

Marianela Martín González

«No es fácil...», la expresión se repite en los diálogos, en los monólogos y catarsis de quienes habitamos esta Isla particular y ahora tan caliente, que mira con el rabillo del ojo al mar encrespado y va echando sus anclas para no ser arrastrada por las corrientes apocalípticas.

Rodeados de pandemias por doquier —financiera, ecológica, biológica, existencial—, los cubanos siempre hablamos, entre puesta y puesta de sol, de estar predestinados a tener que vivir de un sobresalto en otro, casi improvisando los guiones de la existencia. Pero, tras el tono irónico y retador de esa frase según la cual todo es tortuoso, también habita la complicidad con un escenario del cual no renegamos, como no se reniega de la familia o la memoria.

Doctor Carlos Acosta Rabassa. Foto: Roberto Suárez Socióloga Mayra Espina Prieto. Foto: Roberto Meriño Rafael Hernández, ensayista e investigador.Foto: Cortesía del entrevistado Reverendo Raúl Suárez. Foto: Roberto Suárez Solo nosotros podemos entender a fondo ese «no es fácil», justo ahora que la vida es un campo de batalla en un país que cuando parecía iba a remontar vuelo, sintió sobre las alas los lastres de una crisis financiera global, de alevosos huracanes, de un prolongado ensañamiento enemigo y de una montaña de deficiencias y debilidades propias. Justo ahora, muchas metas vuelven a difuminarse en el horizonte.

«Saquen “la suprema”, niñas», nos dijo un «filósofo criollo», como tantos miles hay sobre este pedacito de tierra. Lo que estaba diciendo él, después de habernos pintado un panorama áspero, es que alistemos la mente y el corazón, porque en este lidiar con los asuntos terrenales, también está en juego algo invisible, estratégico, sin lo cual sería imposible volver a desplegar alas: el alma.

Indagamos entre pensadores cubanos sobre lo que podemos hacer desde el conocimiento y los afectos, no solo desde lo económico, para salir adelante, como tantas otras veces. La travesía comienza allí, donde suelen recalar los desesperados: la consulta de un psiquiatra.

En el Instituto de Neurología, en la capital, el doctor Carlos Acosta Rabassa asegura que «el psiquismo humano tiene una capacidad de adaptación increíble. Recordemos que pese a todas las restricciones que una moral victoriana impuso sobre la vida sexual, esta pervivió. Las personas siguieron amando eróticamente a sus parejas pese a la represión que hubo contra algo tan natural».

Quienes llegan al especialista pidiendo ayuda suelen estar marcados por la desesperanza, por la incapacidad para disfrutar, por la creencia de que todo ha acabado. «Muchos, al poco tiempo de estar conversando, confiesan que los problemas no se resolverán con pastillas y palabras», dice el doctor, quien reconoce que las personas que tienen a su alcance más herramientas psicológicas, son menos vulnerables en situaciones de crisis.

Acosta Rabassa advierte que nos estamos enfrentando a amenazas y retos; que algunos pronósticos se hacen con la sensación de que a estas alturas muchas situaciones difíciles debieron haber sido superadas. «Algunos optimistas se vuelven pesimistas cuando sienten que la llegada a la meta se pospone. Y se dan respuestas de escape ante la exigencia de sacrificio sobre sacrificio».

—¿Algún consejo para que el pesimismo no invada?

—Que seamos valientes, y que cada quien exprese, tal cual, sus ideas y sentimientos. Que quienes deben tomar decisiones en la sociedad acepten esas manifestaciones diversas y promuevan el debate permanente. Que la actividad laboral sea vista como una actividad humana que puede resolver muchas dificultades. Y hablo del trabajo en sentido general, porque trabajo es también criar correctamente a los hijos.

El psiquiatra reconoce como potencialidades que apuntalan nuestra psiquis, el alto nivel cultural y el espíritu emprendedor de la población. «El cubano, en cualquier grupo donde se inserte, genera una fuerte actividad creativa; y no me refiero solo a los emigrados, sino también a los internacionalistas. Adonde llegan un médico o un ingeniero nuestros, comienzan a producir ideas que casi siempre encuentran resistencias iniciales y que luego terminan abriéndose paso, porque nacen de una lógica muy sólida.

«Creo que esa es una fortaleza digna de alentar, cuyo terreno fértil es una mayor participación de los individuos y los colectivos en la toma de decisiones. Eso ayudaría a eliminar actitudes como el robo, la enajenación, la indiferencia y el individualismo».

Acortar brechas

Hemos pedido a Mayra Espina Prieto, socióloga del Centro de Investigaciones Psicológicas y Sociológicas (CIPS), enumerar en un momento como este sus principales inquietudes como cubana y como alguien que ha tenido el privilegio de estudiar durante décadas el tema de las desigualdades en la Isla.

La respuesta brota del conocimiento y la pasión: «Me preocupan muchas cosas, pero si me obligan a escoger una, jerarquizo las dificultades para enganchar los proyectos sociales con los proyectos personales. Como socióloga percibo que ahí se ha ido generando una brecha que es la fuente de eso que algunos han dado en llamar la doble moral.

«La vida personal, los modos de llevar la cotidianidad en familia, lo que la realidad exige, no se enganchan del todo con las instituciones, con lo que está previsto formalmente para que la vida transcurra. Creo que esa brecha puede ser la que más nos esté golpeando».

—Y entonces...

—A mí los problemas no me asustan. Imaginar una sociedad sin ellos es una ingenuidad. Ahora estamos mal porque hay una crisis mundial, calentamiento global, ciclones, bloqueo, en fin... Estoy de acuerdo en que hasta lo que sucede en mi casa cuando me levanto tiene que ver con un entorno planetario. Pero también pienso que una contribución grande que podemos hacer ahora es clarificar la situación real del país.

«Técnicamente se dice que el primer paso para solucionar los problemas es un buen diagnóstico. Pero no podemos pensar que el diagnóstico nacerá de un solo centro de poder, o de conocimiento u otra naturaleza. Todos tenemos capacidad reflexiva para hacernos una idea del entorno. Hay que discutir, reflexionar en conjunto, contrastar ideas, aceptar que hay maneras diferentes de ver las cosas, e intentar construir o reconstruir consensos.

«La sociedad cubana tiene consensos muy sólidos, muy bien construidos en torno a determinados temas. Hay un conjunto de elementos de la política social, y del bienestar social, que dudo que la mayor parte de la población estaría dispuesta a perder. Sin embargo, eso también está colocado en un límite, pues si tener salud, educación y cultura se ve en contradicción con determinadas elecciones y gustos; si determinados beneficios implican la renuncia a consumos individuales, esa desarmonía es frustrante.

«A estas alturas de mi vida creo que el encadenamiento de esas cosas no es tan lineal, y que una sociedad que se proponga bienestar para las mayorías tiene otra idea del consumo y las necesidades, con una lógica de racionalidad según la cual no se trata de que el mercado organice el asunto para que unos tengan mucho y otros nada. Eso está muy claro, pero por otro lado no puedo aceptar que para tener conquistas medulares haya que renunciar a todo lo otro. Hay formas de acople e interacción, a veces conflictivas, pero tenemos que aceptar el conflicto».

Mejorar las condiciones materiales, sobre todo a los más vulnerables, es una contribución importante a la situación moral y ética del país, según opinión de Mayra Espina. Mas ella tiene la certeza de que una buena parte de esa rehabilitación tiene que ver con «formar parte de», con involucrarse.

«Hay gente que tiene una vida material precaria y sin embargo acuden a muchas cosas del mundo espiritual —la energía, los cristales...—, pero no creo que esa sea una salida para la sociedad en su conjunto. La salida está en encontrar soluciones colectivamente y con realismo».

—¿Cómo manejar eso que llamamos crisis?

—El concepto de crisis no solo quiere decir cosas negativas. Significa el final de un momento, de una manera de pensar, y la apertura de otra etapa. La inteligencia desde la política, desde la participación, está en imaginar qué elementos de esa crisis ya están haciendo emerger un mundo diferente y mejor, y qué elementos deben ser enfrentados.

Un juego de nivel mundial

Nada más ilustrativo que la dinámica de un juego de béisbol para entender la interacción de fuerzas, a veces convergentes, otras encontradas, de ese complejo entramado que es la sociedad nuestra. El símil lo emplea Rafael Hernández, ensayista e investigador, quien dirige la revista Temas y ha escrito sobre literatura francesa, política norteamericana, emigración, relaciones internacionales, sociedad civil, política y cultura cubanas.

—En Cuba se habla de cómo asumir la crisis global del capitalismo en la dimensión del costo material. Se considera, por ejemplo, el ahorro como una respuesta concreta. Pero, ¿qué hacer, desde lo subjetivo, ante ese panorama preñado de adversidades?

—Si en «lo subjetivo» incluimos el conocimiento real de los problemas que enfrentamos y las políticas dirigidas a facilitar que la sociedad participe de modo activo, consciente y decisivo en sus soluciones, se podría hacer muchísimo.

«No hay mejor ejemplo de cómo se pueden sacar más y mejores resultados de un escenario sometido a límites estrictos, que el que nos brinda el manejo del béisbol. ¿Qué nos enseña la pelota respecto a la dinámica del consenso social y político en la transición socialista cubana, a los conflictos que lo atraviesan y a políticas efectivas aplicables a su prevención y acompañamiento?

«Estas contradicciones y políticas que suscita el béisbol se caracterizan porque: afectan a todos los grupos sociales, no a una partícula de estos. Abarcan todo el territorio nacional, pero sus actores protagónicos se despliegan con dinámicas propias a diversos niveles (local, provincial, nacional). Aunque el juego constituye una actividad muy técnica y sujeta a reglas complejas, no está secuestrada por expertos, sino sometida al juicio público. Se debate de modo intenso, crítico y democrático en la esfera pública. Su premisa esencial es que “perdedores” y “ganadores”, solo lo son temporalmente.

«El juego, además, está sujeto a las normas de un pacto social, que no se rompe porque existan “ganadores” y “perdedores” circunstanciales, pues se basa en la búsqueda conjunta de un resultado cualitativo más alto para todos. Constituye una prioridad política, cuya atención no se limita a las instituciones de un sector del Estado o el sistema político, sino a un amplio espectro y a todos los niveles. Aunque se expresa en un conflicto a menudo dramático, su efecto último fortalece la unidad y la defensa de los colores nacionales.

«Ese modelo participativo, descentralizado, flexible, democrático, sometido al juicio popular y a un debate crítico real, regido por reglas estrictas que no se cambian ni se transgreden, donde los intereses propios de cada equipo no están reñidos con el de todos, ni la cantidad se consigue a costa de la calidad, quizá sea la razón por la cual tenemos un juego de pelota de nivel mundial. Podemos perder, naturalmente, y de hecho hemos perdido, pero nos recuperamos rápidamente, porque las fallas del sistema —no solo sus responsables individuales— se identifican públicamente, y buscamos soluciones viables entre todos».

«Nuestra capacidad para resistir los malos tiempos está probada. Pero lo que necesitamos no es solo un pueblo resistente, sino comprometido con cambiar las cosas. Si los ciudadanos no se sienten actores protagónicos de un profundo cambio en la vida de la nación; si su mirada y el sentido de su existencia se limitan al pequeño radio de acción en que se mueven, podrán atrincherarse y resistir, pero no avanzar ni conquistar nada. Para sentirse parte de un proyecto como este hay que creer que la vida de uno depende de la de todos, y viceversa; y poder ejercer esa creencia en acciones concretas, día tras día, no enunciarla en frases ni consignas.

«A pesar de todo el desgaste de la vida material y de la subjetividad, tenemos un pueblo de primera, con una cultura ciudadana más alta que cualquier otro que yo conozca. No es en el petróleo o en el níquel donde radica la principal fuente de riqueza nacional, sino en esa cultura política de primera».

—Tenemos la percepción de que es ahora, al cabo de 20 años de período especial, cuando estamos recogiendo las secuelas psicológicas y espirituales de una situación de emergencia que lo ha atravesado todo. ¿No será este el momento de atender con urgencia el ámbito de lo subjetivo? ¿No será incluso la oportunidad para restaurar todo lo perdido en esa dimensión que sin dudas es estratégica y será la que decida el tipo de futuro que tendremos?

—Es obvio que el período especial no ha significado solo deterioro de las condiciones materiales, en particular de niveles de consumo básico (alimentación, energía, transporte, vivienda). También trajo una desigualdad desconocida en las tres décadas anteriores. El crecimiento de la pobreza; el aumento de la emigración, sobre todo de jóvenes; la expansión relativa de la población mayor de 60 años, una parte en situación de vulnerabilidad, las excesivas regulaciones y la burocratización, que han servido como caldo de cultivo propicio para la corrupción... Todo esto tuvo un efecto negativo en la confianza y la certidumbre sobre el futuro.

«Eso conlleva a la necesidad de rearticular y fomentar no solo la capacidad de resistir las penurias (consenso pasivo), sino un nuevo consenso activo que involucre a la sociedad misma en la lucha contra los problemas fundamentales, cuyas principales huellas están en nosotros mismos».

—Para asumir el presente, ¿con qué fortalezas contamos los cubanos, y contra qué demonios debemos batallar?

—Como señaló Fidel en la Universidad de La Habana en el año 2005, esos principales demonios no están en las filas del enemigo, sino en nosotros mismos. También, desde luego, las fortalezas. Esta convivencia es tan natural y necesaria como la presencia de virus y anticuerpos en el organismo humano, como la muerte de algunas células y el nacimiento de otras para el mantenimiento de la vida.

«La Revolución abarca a todos los cubanos. El consenso requiere a todos, incluso a aquellos que no se autoperciben como socialistas, aunque de cierta manera lo sean, sin saberlo. La democracia socialista no se expresa en una mayoría aritmética, como la que resulta de una suma de votos cada cierto tiempo. La mayoría en el socialismo tiene que constituirse como una coalición de grupos y sectores sociales, con la capacidad para atraer y aglutinar a todas las minorías posibles, a los humildes, los que nacieron o crecieron en condiciones desventajosas, los que sufren discriminación, junto a los trabajadores manuales e intelectuales de cualquier origen, color, sexo, edad, género o credo.

«De esta coalición tienen que salir los dirigentes, promovidos desde abajo, por su capacidad, inteligencia y compromiso, y sometidos constantemente a su control. Esa mayoría ciudadana integradora de todas las minorías posibles tiene la fortaleza de una cultura política que no es la de hace 50 años, ni siquiera la de hace 20, cuando empezó el largo túnel del período especial. No le basta con acceder a la educación, la salud, la seguridad social, el trabajo... Es discutidora, discrepante, se queja de todo, critica a sus instituciones, reclama sus derechos; no está dispuesta a conformarse con algo menos que la justicia social, la independencia nacional, la democracia popular, el desarrollo social; a recibir según su trabajo, ni más ni menos. Con todos sus defectos, yo me siento orgulloso de esos ciudadanos. Ellos son el producto más valioso de esta Revolución».

Esas cosas invisibles...

La esperanza y la confianza son contagiosas. Pero también puede serlo la amargura. El reverendo Raúl Suárez, director del Centro Memorial Dr. Martin Luther King Jr., pastor bautista jubilado y diputado a la Asamblea Nacional del Poder Popular, alerta sobre esa dualidad.

«A veces, erróneamente, pensamos que las afectaciones solo serán en lo material. Es decir, un apagón, un alimento determinado, etc. Hay que aceptar —nos dice Raúl Suárez— que estamos enfrentando ya, y pudiéramos enfrentar tal vez de una manera un poco más fuerte, las consecuencias para la totalidad de la vida, de esa situación que galopa por el mundo entero. Y a partir de ahí, pensar sobre cómo viviremos esa situación. Y cuando digo cómo, no hablo de hacerlo de modo solitario, individualista».

Para este hombre, «tenemos en la base de nuestra espiritualidad valores extraordinarios. Anclas». Y él sabe muy bien lo que significa un ancla, porque es pescador. Sabe que si la soga se parte en medio de la tempestad, el barco se va a la deriva, y que si en cambio sorprende un mal tiempo y la embarcación está asegurada, esta «puede moverse pero no naufraga».

Para los vientos que arrecian, Raúl Suárez habla de un antídoto: no temer, «porque el miedo paraliza y hace ver visiones que generalmente son negativas. El miedo estanca, nos corta todo entusiasmo y motivación para andar».

Lo demás contra lo cual debemos luchar a brazo partido, según el diputado, son el escepticismo, la evasión, la pretensión de aislarse en un castillo desde el cual hacer catarsis y criticarlo todo sin aportar soluciones.

«Decía yo hace poco a un grupo de personas: “No me expriman la esperanza, que es lo que a mí me sostiene”. Hay una definición muy hermosa de lo que es la fe, y que cualquier persona puede asumir como fuerza en su vida: “Es pues la fe el sustento de lo que no vemos, y es la evidencia de las cosas que se creerán”. Ese concepto siempre me ha ayudado extraordinariamente, porque lo que realmente sustenta la esperanza —los deseos de vivir, de luchar y de enfrentarse a cualquier problemática—, es invisible.

«Cuando comenzó el período especial y tantos me invitaban a renunciar a todo, a mí se me ocurrió esta expresión: “La terquedad de la esperanza”. Hay una frase muy bella de la Biblia, según la cual debemos tener la fe de Abraham, quien creyó en esperanza contra esperanza, y eso significa que aun cuando a tu alrededor no se avistan puntos de apoyo, tú mantienes la fe como sustento de las cosas que no se ven. Y aclaro que la fe y la esperanza no se agotan en lo religioso, pues son vivencias del ser humano. La fe va mucho más allá de un templo, una iglesia, una cofradía.

«Les hablaré, desde mi experiencia, de cosas que a mí me han ayudado: hay un himno que era lema en la vida de Frank País, mártir de la Revolución, hombre de fe y pianista en su iglesia. Él lo cantaba mucho: “Nunca esperes el momento de una gran acción, ni que lejos pueda ir tu luz. En la vida, a los pequeños actos da atención. Brilla en el sitio donde estés”.

«En situaciones como las actuales, no aspires a que tú serás la gran solución, el gran mesías que resolverá todo. De lo que se trata es de que, en el sitio donde estemos, con todas nuestras experiencias, hagamos nuestra parte».

Mientras habla de antídotos y sustentos, Raúl Suárez confiesa tener lo que él llama su «sala de psiquiatría»: un organopónico con unos 16 canteros para sembrar vegetales. «He ido desarrollando una relación con la tierra, y esos cultivos a los que no les pongo elementos químicos son para mí un gran punto de apoyo. Creo que en momentos de dificultades, tener un espacio donde hacer algo socialmente útil y que también nos agrade, es importante».

Para este hombre la pasión es otro ingrediente indispensable. Por eso nos habla de ponerle todo a lo que somos; de hacer del estudio o del trabajo una actividad gratificante, no densa ni angustiosa; de cooperar para convertir el centro laboral en una verdadera comunidad.

Otro antídoto indispensable, en su manera de ver las cosas, es defender la «capacidad de amar» a la pareja, a los hijos, a los nietos. Suárez inventa historias a su nieta pequeña para verla alegre, y no lo hace «con la premeditación deliberada de estar contrarrestando situaciones anímicas dañinas, sino como un acto natural».

De las raíces al porvenir

A Raúl Suárez le da mucha fuerza leer los diarios de Carlos Manuel de Céspedes, Máximo Gómez y Martí. «Encuentro en ellos una espiritualidad que es lo que Cintio Vitier llama el «hilo ético» que atraviesa toda la historia de Cuba.

«En estos días hemos recordado la muerte de Josué País, el hermano de Frank. Pensábamos: ¿Cómo un muchachito, con una pistola, tuvo el valor de enfrentarse a un régimen? ¿Qué es lo que hay dentro que lleva a una persona a dar lo mejor que tiene? Esa es la espiritualidad que nos hace grandes, que no necesitamos buscar ni en las películas de Hollywood, ni en parte alguna, porque está en nosotros».

—¿Acaso será un destino nuestro estar siempre atravesando la adversidad?

—Este no es el único momento en que parecía que el avión iba a despegar y de pronto pasa algo. A veces, por nuestras propias limitaciones, y otras por situaciones de las cuales no somos responsables. Que Estados Unidos haya asumido una actitud hostil desde 1959; que la Unión Soviética haya desaparecido; que los huracanes ahora nos visiten más frecuentemente, son realidades.

«Creo que algo que puede ayudarnos extraordinariamente es la participación, porque ella da identidad; y la identidad, sentido de pertenencia. En los discursos de Raúl ha estado presente la necesidad de la participación del pueblo. Ese es el valor de la pedagogía del brasileño Paulo Freire: que no hay maestros ni alumnos sino un encuentro de saberes; tú tienes un saber, el otro tiene un saber, y yo tengo el mío, y si lo compartimos, es un gran saber.

«Y creo que debemos hacer tangible la definición que Fidel ha hecho de Revolución. Yo pido: Que Dios dé valor a nuestro pueblo y a nuestros líderes para cambiar todo lo que deba ser cambiado. Creo que la Revolución nunca es en pasado. En Cuba hay Revolución. Y esta, según Fidel, es transformación y tener sentido del momento histórico. Es desafío permanente, es lo que estamos esperando, y sería parte de lo que nos daría mayor esperanza».

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