La otra historia del primer enfrentamiento al A (H1N1) en Ciego de Ávila

El personal médico del Hospital Provincial Antonio Luaces Iraola se entregó en una lucha diaria contra la influenza para salvar a todos los enfermos

Autor:

Luis Raúl Vázquez Muñoz

CIEGO DE ÁVILA.— Aún la recuerdan. Era una muchacha con un embarazo grande y sospechas del A (H1N1). Había ingresado en octubre de 2009, cuando comenzó la oleada grande de la influenza; ella tenía sus temores y también muchos deseos de salir de alta.

«Fue algo inédito, porque a su lado surgió una ayudante», cuenta el doctor William Reyes, especialista de los Servicios de Obstetricia y Ginecología del Hospital Provincial Antonio Luaces Iraola, de Ciego de Ávila. Era joven y menuda, con otro embarazo grande y con dificultades respiratorias. Era muy servicial, pero existía un problema: era muda.

«¿Usted se imagina? ¿Cómo sabíamos si estaba bien, si le dolía algo, si tenía alguna molestia? —cuenta la obstetra Midiala Guerra Pimienta—. Al principio nos devanábamos los sesos. Por suerte la matancera se convirtió en “traductora” de la mudita. Era la única que la entendía».

Hasta una mañana de ese octubre. Aquel día las enfermeras corrían para atender a todos los ingresos en la Sala de Quemados del Luaces Iraola, habilitada para recibir a las embarazadas con síntomas del virus.

A las 20 gestantes llegadas por la noche se añadían otras 20 durante la mañana. William y Midiala concluían el recorrido cuando una enfermera avisó: «Doctores, en la cama 52 hay complicaciones».

La matancera convulsionaba. En ese instante en el cuarto lo único que se escuchaba eran los quejidos entrecortados de la mujer y el ruido de la cama debido a los estremecimientos. William y Midiala observaron a la mudita. La joven tenía una mirada de súplica. Pero la pregunta era la misma en todos: ¿Se salvará?

La situación

«Se salvaron, la madre y el niño; aunque se anduvo con prisa —cuenta el doctor Reyes—. Este virus es nuevo y al comenzar la oleada no sabíamos a qué enfrentarnos. El equipo leyó mucho, estaban las normas para tratarlo; ¿pero cómo se comportaría la situación en circunstancias reales?».

Lo ocurrido en la Sala de Quemados fue una muestra de lo vivido en los últimos meses desde que en el país se inició el enfrentamiento al A (H1N1). Numerosas personas se han salvado gracias el trabajo del personal médico; ¿pero cómo ha sido la cotidianidad del personal de salud en los momentos más agudos?

El doctor Sixto Marcos Ulloa Borges, de 27 años y residente en la especialidad de Obstetricia y Ginecología, confesó que uno de los momentos más difíciles eran las noches de guardia. A esa hora no estaban los médicos de mayor experiencia —los «profe»—. ¿Qué hacer ante una crisis?

«Las dificultades —cuenta— debía enfrentarlas solo. Por eso prestaba mucha atención a los cambios de guardia y los criterios manejados. Pasaba las noches estudiando, aunque otro problema era al salir. Las amistades me comían a preguntas y si aparecía en una fiesta, algunos exclamaban: «¿Estás con los del virus? ¡Ni me toques!».

William Reyes, como otros especialistas de mayor experiencia, asumió las tensiones con la sangre fría de los veteranos. Midiala, por su parte, ahogaba los sustos con una respiración fuerte. El recuerdo más persistente de aquel tiempo era el dolor en el hombro y el brazo derecho por las innumerables historias clínicas que llenó. También el sobresalto en el hogar ante el timbre del teléfono.

Esa misma incertidumbre la enfrentó el doctor Léster Quintana Durán. Como jefe del Servicio de Terapia Intensiva de Adultos en el Antonio Luaces Iraola, tenía a su cargo los ingresos sorpresivos y con mayor peligro. Cuando le piden hablar de aquellos momentos, en los que todo el personal médico andaba con el rostro cubierto, el galeno encoge los hombros.

«Por fuera —dice— debías mostrar seguridad; pero por dentro tenías un ciclón. Vivías en un constante sobresalto ante las expectativas de un caso que se complicó. En esa situación un toque a la puerta de la casa, el sonido del teléfono, cualquier cosa motivaba un sobresalto. Una tarde tocaron con insistencia en la casa. Salí disparado, imaginé un paciente con ventilación, lleno de tubos, las enfermeras corriendo a su lado, los gritos en la sala, en fin… Cuando abrí, encontré una vecina que me dijo muy sonriente: “Doctor, apúrese: llegó el picadillo a la bodega”. No tuve más remedio. Me eché a reír».

La vida primero

De los 600 ingresos que recibió el Luaces Iraola en aquel momento, solo 18 fueron remitidos a las unidades de terapia intensiva. Para el doctor Pablo Hernández Álvarez, vicedirector de Atención al Grave en el hospital avileño, una de las razones del éxito en el enfrentamiento al A (H1N1) se encuentra en el trabajo multidisciplinario.

«Es una labor de mucha consulta entre todos —explica—. Creamos un equipo de 30 especialistas dedicado solo al virus y con los mismos recursos de locales, debimos atender el incremento de casos, pues todo el que tuviera sospecha fue atendido de inmediato y más si eran ancianos, niños o embarazadas, que estaban entre los grupos de riesgo».

En medio de los arribos diarios surgían las sorpresas. Y una de estas venía de los estudiantes extranjeros de Medicina. Unos alumnos chilenos mostraron su asombro: ¿Por qué en Cuba a los enfermos sin complicaciones se les suministraban 10 tabletas de oseltamivir, el medicamento para enfrentar el virus?

En Chile, según explicaron, la indicación era suministrar dos cápsulas por persona y de acuerdo con sus cálculos en la Isla cada paciente recibía un tratamiento gratis, que solo por concepto de fármacos costaba no menos de 500 dólares. ¿No eran demasiadas facilidades? La respuesta fue simple: la vida de un ser humano es lo primero.

Sin embargo, en la Sala de Cuidados Intensivos de Adultos se hacían otros cálculos. En cada cubículo hay dos camas, y el personal de guardia seguía los parámetros vitales de los infectados con el A (H1N1) con un seguimiento estricto. Las enfermeras Yordanis Pérez Conde, Miladys Chaviano de León y Rosalbis Romero Polo recuerdan el dolor en los ojos.

«Era constante; una ahí pegadita a los equipos —recuerda Rosalbis—. En cualquier momento sonaba el teléfono y avisaban: viene un caso. Fue en octubre de 2009. Había que hacer mucha psicología con ellos, sobre todo con las embarazadas. Por un momento pensé que no se iban a acabar los casos».

Hasta que un día al entrar de guardia, Rosalbis vio que había camas vacías. Días atrás el cuadro era diferente y por eso se extrañó. Hizo unas preguntas para confirmar. No fue la única.

En la Sala de Quemados los doctores William y Midiala también revisaron los cubículos. Tanta quietud parecía irreal. Con dudas, examinaron las nuevas órdenes de ingresos. Miraron las camas vacías, percibieron el silencio del lugar y entonces el doctor William miró a Midiala. Asintió y en voz baja dio la noticia: «Esto se aguantó».

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