La caprichosa primavera de Cándida

Cándida Rosa ha vivido creyendo que el mundo es un jardín. Quizá sea esa la clave que explica tanta fortaleza y sonrisa a sus 96 años

Autor:

Marianela Martín González

Esta cubana de 96 años es el comienzo de una estirpe. Se llama Cándida Rosa Ruiz Rojas, pero a decir verdad tiene más de otros nombres que del primero suyo: uno empieza a conocerla y advierte que ve demasiado con sus ojos, que es de fortaleza y picardía inusuales. Tiene un arsenal temible en un vasto repertorio de dicharachos y frases lapidarias, en el cual se le escapa el don de ver cosas, incluso aquellas que están por suceder.

Acaso ella podría haber respondido al nombre de Iluminada, o Amparo, o Cuba. O de Augusta, porque tiene sello de reina y como tal ha regentado allí donde cultivó a su familia y luchó a brazo partido por la plenitud.

Cándida Rosa le conoce los secretos a la tierra y nunca le ha tenido miedo al trabajo. Todavía hace cosas que supuestamente ya no debería, como lavar sábanas; y persigue las noticias, primero las concernientes a cada miembro de la familia, como si la cama en la cual amanece, al lado de un teléfono, fuera un puesto de mando; y luego las informaciones del país y el mundo porque —advierte— «cómo nos vamos a levantar sin saber en qué planeta estamos».

Uno de los nietos asegura que la mente de Cándida se detuvo hace mucho tiempo «en la primavera»: tiene una memoria asombrosa; es a ella a quien suelen preguntarle por números telefónicos que repentinamente caen en el olvido y que la mujer tiene anotados detrás de la frente. Cuando auxilia a los suyos, hace meditar sobre tantas mentes contemporáneas que se han acomodado y resignado a las agendas, celulares, calculadoras, computadoras y otras ventajas del momento.

Esta mujer —militante del Partido Comunista de Cuba desde 1975— que ha dado lo mejor de sí en la vorágine de una Revolución bien conocida por ella desde que se venía gestando una Isla diferente, le tiene mucha fe a quienes ahora cuentan con la edad de sus nietos y bisnietos. Es prueba de que vivimos entre seres extraordinarios, casi todos anónimos, con quienes se viene bordando el destino del arca llamada Cuba, la cual avanza preñada de hijos tercos, esperanzados y vencedores de las mil batallas.

—¿Cuán cándida es Cándida?

—Habría que ver… Lo que sí sé es que la gente me quiere. Cuando llego a los lugares usted escucha que dicen: «Llegó Cándida…».

—¿Qué recuerda con más intensidad de sus primeros años?

—Nací en la Isleta, un campo que pertenecía a Yaguajay y que ahora pertenece a Sancti Spíritus. Mi papá trabajaba en el campo, limpiando, guataqueando. Y mi madre murió muy tierna, de tuberculosis, cuando tenía yo 14 años y era la mayor de mis hermanos.

—Cuéntenos del amor de su vida…

—Ese fue el padre de mis cinco hijos. Lo conocí en Caibarién. Él era carpintero de rivera. Hacía barcos y cualquier mueble que le pidieran. Todo muy bien hecho. Éramos medio parientes. Lo conocía desde que yo era una niña. Me llevaba catorce años en edad.

«En mi época se usaba pasear en el parque cuando había retreta. Al principio él me decía adiós pero no le contestaba. Pasó mucho tiempo para que entráramos en amores. Eso no fue de hoy para mañana. Llevamos siete años de novios, y nos veíamos poco. Estábamos lejos uno del otro. Es que no había dinero para viajar tanto. Ahora, con tanto desarrollo, las cosas son más rápidas.

«Pedro Ángel fue un padre tremendo. Y un hombre ejemplar. Tenía su genio, pero era muy dulce. Podía estar horas y horas cantándole a los muchachos, y con la única niña que tuvimos, lo que él tenía era una pasión y un cuidado muy grandes».

—¿Cómo podrán formarse hombres de bien?

—Para hacer hijos y nietos buenos uno debe ir educándolos de manera ejemplar, acostumbrarlos siempre a que hay que respetar a los demás, a que hay que ser humanitarios, no egoístas.

«Mis hijos me pedían esto y lo otro, pero les daba lo que pudiera, lo que fuera necesario, y lo que se merecieran. Es muy importante que los muchachos sepan el valor de las cosas».

—¿Dónde estaba cuando triunfó la Revolución?

—En Caibarién. Enseguida que nombraron los Comité de Defensa de la Revolución (CDR) fui presidenta del mío. También me incorporé a la Federación de Mujeres Cubanas (FMC). Pero en la lucha yo venía de antes. Ayudé un poco al movimiento 26 de Julio vendiendo bonos. En aquellos tiempos antes del Primero de Enero me decían que votara y yo decía que no.

«Hicimos muchas cosas. Y teníamos un radiecito metido en la cocina para oír todas las noticias sobre la Revolución. Los muchachos se ponían en la puerta para avisarnos cuando venían los jeeps y la guardia rural.

«El día que supimos del triunfo, enseguida salimos para la calle a celebrar. Y después empezó el trabajo duro. Adonde quiera que me llamaban yo iba. El segundo de mis hijos, cuando triunfó la Revolución, se fue a enseñar como maestro voluntario para el Pico Turquino, y después lo nombraron administrador de un central.

«Para el central me fui, y allí me hice responsable de las brigadistas. Mi hija, por cierto, fue una de ellas, cumplió los 15 años alfabetizando en la Ciénaga de Zapata. Yo le digo a la gente ahora: “Qué tarea con tantas exigencias, si antes, muy jovencitos, y sin condiciones, hacían las cosas…”.

«Yo se lo dije hace poco a una nieta mía. El otro día ella me contó que había ido al campo y que no había teléfono. Le dije: “Espérate un momento: al campo se va a trabajar; no me digas que tú vas al campo a pedir teléfono. En la ciudad hay gente que no lo tiene. Al campo se va a pedir una guataca y un machete. Yo me pasaba quince días en el campo durmiendo en una hamaca o en el suelo”».

—¿Qué consejo nos daría para ser felices?

—La familia es todo. Y trabajar, y compartir lo que se tiene. Si uno se lleva por eso, vive feliz y contento.

—¿Usted es optimista?

—Algunas veces. Es que con el cariño que me han dado…, cómo no serlo. Yo llego a casa de mis nietos y todos se me tiran encima. Dejen que ustedes tengan los suyos…

—¿Le gusta la música?

—Una música bonita sí me gusta; según el que cante. La gente hoy lo que hace es brincar mucho. Aquellos danzones de antes…

—¿Bailaba?

—Yo fui a dos bailes nada más. Con mi novio. Iban las tías y la pandilla entera. Entonces se usaban las chaperonas. Eso de salir solos no…

—¿Si hubiera podido estudiar, qué fuera hoy?

—Me gusta la historia. Fui a la escuela con ocho años. Cuando salí de ella no tenía ni el quinto grado. Hice el sexto gracias a la FMC. Eso fue siendo una mujer hecha y derecha. Terminaba de hacer las cosas en la casa, cogía mi librito, y me iba para la escuela.

«También me hubiera gustado ser matemática. Así medio analfabeta como ustedes me ven, yo administré la tienda de un pueblo y nunca me faltó ni un centavo. Siempre trataba de ayudar y de contentar a la gente que llegaba buscando algo.

«Ahora se ha perdido mucho eso de querer servir a los demás. Y yo les digo que el respeto es todo. Hay que ir al fondo. Y no tratar a nadie con indiferencia. Para mí todo se consigue con amor».

—¿Qué hombres y mujeres de la historia le gustan a usted?

—Muchos, pero José Martí y Fidel son para mí los grandes.

—¿Qué mundo le gustaría dejar?

—Un mundo que no sea tan egoísta, más lindo. Tú sabes que ahora hay quienes solo viven por la moneda. Eso no conduce a nada bueno. Hay que luchar por lo que nos hace falta, pero no mucho más que eso.

«Por pensar distinto se nos ha enfermado el planeta. Tiembla por aquí y por allá, como si le doliera el egoísmo de los hombres».

—¿Algún consejo a los jóvenes?

—Tantas cosas… Hay que hablarles mucho. Y sobre todo escucharlos. Todas las épocas son distintas, pero lo importante no es distinto; lo importante tiene que llevarse adelante. Hay valores que son permanentes. La bondad, por ejemplo. Mi mamá nos preguntaba cuando pasábamos por delante de alguna persona: “¿Ya usted pidió permiso?”.

—¿Qué sucesos de su existencia han sido grandes para usted?

—Tengo muchos. Cuando nacieron los nietos me puse muy contenta. Tengo tantas alegrías y tantas tristezas en mi memoria… pero lo importante es luchar sin cansancio contra la corriente.

—¿Usted se ve reflejada en sus hijos y nietos?

—Imagínense… Ellos dicen que se parecen a mí. No sé… me verán demasiado despierta. Fíjense, yo tengo una bisnieta recién nacida que se me ríe y me tira los brazos. Parece que nos vamos a entender muy bien, y eso que nos separan muchos años…

—¿Cómo imagina el futuro de esta Isla?

—Como una gran pelea. Y la juventud es la que tiene que darla. Es ella la que va a mantener ese futuro. Por eso hay que educar bastante a la juventud y luchar contra muchos demonios para que la mala hierba no crezca. Hay muchos jóvenes que sirven. Y nosotros debemos tenerles fe.

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