Los domadores del «diablo»

Aunque algunos han estigmatizado a las nuevas generaciones diciendo que son «evasoras del surco» y otros han satanizado al campo cubano, varias historias demuestran que sí hay jóvenes hechizados por la tierra. Sin embargo...

Autores:

Marianela Martín González
Nelson García Santos
Lisván Lescaille Durand
Yahily Hernández Porto
Osviel Castro Medel
Odalis Riquenes Cutiño
Hugo García

Si ahora mismo preguntáramos por los problemas de la agricultura cubana y sus posibles soluciones, un mar de voces se encresparía tratando de responder esa incógnita, más vieja que Matusalén.

Claro, si entre esos «contestadores» indagáramos cuáles de ellos estarían dispuestos a laborar a tiempo completo en el surco, probablemente no se produciría siquiera una leve ola, como alegoría de que el campo es visto como un «diablo», del cual se opina y se exige, aunque «mientras más lejos mejor».

Por eso en un país que jamás fue industrial, pero que estimuló en determinados momentos el trabajo intelectual por encima del manual, uno levanta las cejas hoy cuando encuentra a muchachos que han hecho del trabajo agrícola su oxígeno y su alegría, como si ese hallazgo fuese de otro mundo.

Y se sorprende cuando alguno de ellos, como el joven granmense Yunior Rodríguez Aleaga, confiesa que desde los 27 —hace tres años— es presidente de una cooperativa de créditos y servicios y que gana al mes 1 700 pesos.

«Se ha extendido la idea de que este mundo de las cooperativas es trabajo, trabajo y poco dinero; pero resulta una absolutización demasiado dañina, porque existen entidades de este tipo con buenos resultados económicos, como la nuestra, la Mártires del Cauto, en la que se obtienen 1 113 quintales de arroz por caballería», dice este muchacho que a sus estudios técnicos de Agronomía suma otros de Administración gerencial, Marketing y Relaciones Públicas.

Él afirma que los campesinos cubanos tienen ahora, sobre todo aquellos que han progresado económicamente, una mentalidad diferente a la de hace tres o cuatro décadas, sobre todo porque varios piensan en el empleo de los avances tecnológicos.

«Hoy la mente está en aplicar la ciencia más avanzada en el campo. En mi caso, cuando reúna el dinero, me compraré un teléfono celular porque es una necesidad que tengo; díganmelo a mí, que, como otros presidentes de cooperativas, no tengo con qué comunicarme».

Se evapora un temor

¿Hay otros jóvenes en Cuba que, haciendo parir la tierra, ganen una cifra de dinero similar o mayor que la de Yunior?

Por supuesto que sí. Lo dice Yaidel Sotuyo León, de la cooperativa de producción agropecuaria (CPA) Augusto César Sandino, de Placetas, en Villa Clara. «Ganamos según lo que seamos capaces de producir. Como promedio son unos 1 200 pesos mensuales, además de la estimulación en CUC por los resultados de la producción cañera».

A ese dinero pueden añadirse, como él explica, otros beneficios. «Somos 62 cooperativistas y todos los meses cada uno recibe diez libras de carne de puerco (a tres pesos la libra), también, cada año, unos 15 quintales de arroz, tres de frijoles, alrededor de 40 libras de viandas semanalmente, un litro de leche diario a 30 centavos, y hortalizas».

Otro ejemplo de bonanza —esta coyuntural— es el de Raimel Zamora, de 26 años, quien trabaja en la CPA La Piedra, del municipio de Vertientes, en Camagüey. «Acabo de terminar la zafra azucarera y cobro al mes hasta cerca de 900 pesos. Soy “contrato” y estoy arreglando los papeles para quedarme fijo. Antes le secaba arroz al particular, pero probé con la cooperativa y todo me ha resultado».

Según sus palabras, hay temor de laborar en entidades de este tipo «porque no todas funcionan como en La Piedra, donde hay buenas utilidades. Aunque se acabe la zafra, aquí nunca te quedas sin trabajo, porque las labores agrícolas no terminan. Y eso es bueno».

Otra historia hermosa de trabajo, de producción individual, es la de una muchacha de 30 abriles llamada Marianne Alba Utria, quien vive en el extremo oriental cubano, exactamente en La Mula de Sabana, en el municipio guantanamero de Maisí.

Ella, junto a parte de su familia, siembra malanga desde hace una década con promedios de 300 quintales y ganancias de más de 50 000 pesos en cada cosecha.

«En el plano material no me puedo quejar. Tengo en mi modesta casa lo necesario para vivir cómoda, podría tener más cosas materiales si esas fueran mis aspiraciones, pero pienso que a los campesinos no nos interesa el lujo y la ostentación», reconoce.

Y dice que llegará el día en que pueda comprar una computadora para responder a sus necesidades de superación profesional, pero eso no le quita el sueño, como tampoco la inquieta que algunos le señalen cuánto se «mata» en el surco. Porque ella parte de una máxima: «La tierra da vida, no mata a nadie».

Permiso para dormir

Si bien esos relatos demuestran que el surco no es ese ogro del que tanto se ha «rajado», otros pasajes, cuyos protagonistas son también jóvenes, develan lastres cuya eliminación haría producir mucho mejor al campo cubano.

Javier Díaz Mena, por ejemplo, puede contar a sus 35 años, los múltiples impedimentos que se le cruzan en sus deseos. Él, integrante de la cooperativa de créditos y servicios (CCS) Fernando Alfonso, en el reparto capitalino La Güinera, para poder atender una parcela entregada en calidad de usufructo ha tenido que hacer malabares.

«Mi esposa es enfermera intensivista en el Hospital Nacional, tenemos el contenedor como facilidad temporal, porque si no estoy cerca de la tierra pierdo las cosechas y los animales».

Javier expone que le paga a la Oficina Nacional de Administración Tributaria (ONAT) por esa porción en usufructo, y que fue autorizado por Planificación Física para guardar allí los instrumentos de labranza, «pero la necesidad me ha obligado a pernoctar allí».

Por supuesto, no es el único que, amparado en una ley que busca la fecundidad de nuestros suelos, ha encontrado obstáculos para su desempeño. Al respecto, el camagüeyano Onel Marrero, de 25 años, quien junto a su cuñado Milton Suárez transformó una caballería de marabú en una próspera finca, subraya que cualquier trámite, por mínimo que resulte, lleva demasiado papeleo. «Pueden pasar más de dos meses en espera de autorizos. Así nos pasó cuando quisimos agrandar la cochiquera y construir un baño para nosotros».

Para este muchacho, «con esas cosas burocráticas se desalienta cualquiera», lo mismo el que se metió en un proyecto como el suyo, que aquel que piensa hacerlo.

Por su parte, el santiaguero de 26 años Omar Barrientos, quien ya lleva una década asoleándose entre sembradíos, considera que la lentitud con que se está llevando la legalización de este proceso de tierras en usufructo puede desmotivar y acabar con la esencia de la nueva medida.

«Hay jóvenes en la provincia que todavía no tienen los papeles legales; por tanto, tienen la tierra, pero aún no reciben ningún beneficio. La CCS a la que se vinculan, no puede aprobarle un crédito ni nada, están luchando para trabajar, pero no tienen remuneración».

Otro escollo con los que están chocando quienes se han acogido al Decreto Ley 259 es el de la falta de instrumento jurídico que garantice la jubilación. En esa cuerda, Kelvin Darío Pompa Sánchez, de 30 primaveras, presidente de una cooperativa en el municipio granmense de Río Cauto, señala que «habrá que corregir eso; porque siempre pensamos en el futuro, y en la posibilidad de tener cualquier percance. Hay sectores que se han protegido, como el café, pero eso tendrá que llegar a todos».

Un temporal

Las vallas mencionadas no son las únicas. Varios de los jóvenes entrevistados por el Diario de la Juventud Cubana criticaron las incongruencias en los pagos que realiza Acopio, el poco margen de autonomía de las cooperativas, la desatención de empresas suministradoras de insumos imprescindibles para el campo, la morosidad en la venta de semillas, dificultades con los créditos bancarios, la ineficiencia en tiendas de estímulo, la falta de mercados para comprar utensilios...

En esa línea, el campesino matancero Ernesto Frank Díaz Ayllón (Kiko), de 34 años, apunta que tuvo que luchar hasta el límite para que le dieran un punto de venta y un local en una placita, a Acopio no le interesaba comprar sus producciones de lechuga porque sus mecanismos demoran mucho para comercializar ese producto. «En lo que ellos vienen, cargan, regresan a sus almacenes y después distribuyen, se marchitan las lechugas», enfatiza.

Las quejas sobre esa entidad se extiende hasta el centro o el oriente de la nación. Por ejemplo, los santiagueros Eddy Diñeiro Soto (33 años, cultiva café en Segundo Frente) y Omar Barrientos (cultivos varios, capital provincial) exponen que aunque existe una nueva disposición que permite a los campesinos concurrir de forma directa al mercado para comercializar sus producciones y cobrar a través de su CCS, generalmente los labriegos no disponen de medios de transporte para trasladar las mercancías, y por tanto siguen dependiendo del mecanismo de Acopio, que aún sigue siendo tortuoso e ineficiente, y que a veces con el excesivo trasiego y acarreo acaba estropeando la calidad de las producciones.

Para ambos, Acopio continúa siendo moroso en la recogida de los productos contratados, los que de vez en cuando se pierden en los campos, con la consecuente merma económica.

También disgusta a los hombres del campo, según expone Omar Barrientos, la poca seriedad de ciertos representantes de Acopio que les contratan los productos a los campesinos con una categoría, y luego informan al Banco otra.

«En ocasiones, explica, tú vas al Banco contando con que vas a cobrar una producción contratada como de primera, y cuando llegas, te enteras que Acopio la dio como de tercera. Es inevitable que uno se sienta estafado».

Pero si sobre esa institución hay chaparrones de críticas, sobre los mecanismos que establecen los suministros al campo hay un temporal.

Para reafirmarlo están las palabras del joven matancero Jesús García Román, quien posee una finca dedicada a los cultivos varios y a la cría de cerdos. Él no puede recoger todo el palmiche que quisiera para alimentar a sus animales por la falta de trepaderas, unas sogas especiales empleadas por los desmochadores de palmas.

«Nos hemos cansado de plantearlo sin resultado alguno: en la empresa de sogas y cordeles Julián Alemán las fabrican, pero dicen que los campesinos no podemos comprarlas porque la cooperativa no tiene convenio, sino la empresa de suministros agropecuarios.

Algo similar sucede con la cooperativa Mártires del Cauto, que preside Yunior Rodríguez. «Nuestras empresas suministradoras son los CAI (complejos agroindustriales) José Capote y Fernando Echenique, pero si a ellas no les interesa comprar carretillas, que nos hacen falta, nos quedamos así. Lo ideal sería que, si tenemos dinero, nosotros mismos podamos contratar con otros proveedores para comprar las gomas para los tractores, los laminados, los insumos... sin violar nuestro objeto social».

Para acentuar esa idea, Kelvin Pompa admite que muchas veces el combustible que brindan esas empresas suministradoras es prácticamente nulo.

En ese propio corcel se monta el matancero Frank Díaz. «Soy agroecólogo y trato de producir todos los insumos, pero el que no está a la mano me impide avanzar, como son las mangueras y sistemas de riego, pues tengo una turbina vieja, de 1970, alta consumidora de electricidad, lo he dicho en todas partes y no existen esas motobombas».

También apuntalan ese criterio el santiaguero Eddy Diñeiro y otro matancero, Miguel Ángel Luis Cobo. «Hoy lo que pide el campesino es insumos para trabajar, botas, machetes, para dominar la tierra», dice el oriental. Mientras el segundo acota: Hay dificultades con el suministro de frontiles, cabuyas, tiraderas, el mantenimiento a los arados y con un poquito de petróleo para la primera rotura de la tierra, independientemente de que después se labore con bueyes».

Una nueva mirada

Por supuesto que varios de los problemas del campo cubano no son nuevos ni desconocidos. En agosto de 1963, en la clausura del II Congreso Nacional de la ANAP, Fidel se refería a algunos de estos: «el de los créditos, el de los insumos, el de la maquinaria, el de los acopios».

El socialismo pide hoy, en las condiciones de Cuba, una nueva mirada al campo, ese escenario definitorio de seguridad nacional, donde se producen los frijoles, tan importantes —o más— que los cañones, como ha dicho Raúl.

Es obvio que varias dificultades no se resolverán con una vara mágica y que esa ojeada seria no puede convertirse en desatino. Pero la tierra no entiende de laberintos sociales ni de complicaciones, y pide que la fecunden día tras día, como han hecho algunos jóvenes que palpitan y se oxigenan por ella.

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