La poderosa raíz de una familia

Hay familias que marcan los destinos de Cuba, como sucede con la del doctor Enrique Hart Ramírez. Su hijo de igual nombre murió en la lucha clandestina contra la dictadura de Fulgencio Batista

Autor:

Luis Hernández Serrano

En Calabazar de La Habana, en una finca propiedad del empresario de ferreterías Feíto y Cabezón, funcionaba un campo de tiro cuyos disparos se disimulaban un poco por el intenso ruido de los aviones que sobrevolaban esa barriada de la capital cubana, cercana al aeropuerto de Rancho Boyeros.

Allí practicaban tiro el brigadier general Francisco Tabernilla Dolz, jefe del Estado Mayor Conjunto del Ejército de la dictadura de Fulgencio Batista, sus tres hijos y otros altos oficiales.

Un día, a mediados de agosto de 1957, un comando de jóvenes del Movimiento 26 de Julio penetró armas en mano y con las caras cubiertas para no ser reconocidos, realizaron un audaz asalto al mencionado campo de tiro y se llevaron todas las armas, parque y explosivos.

Al frente de aquella acción estaba el joven Enrique Hart Dávalos, de la Dirección de Acción y Sabotaje del Movimiento 26 de Julio en La Habana, uno de los más bravos combatientes revolucionarios que se enfrentó a la tiranía en La Habana y Matanzas.

Nacido en tierra yumurina el 4 de julio de 1929, se graduó como Bachiller en Ciencias y Agrimensor en el Instituto de Santiago de Cuba. Desde 1950 se estableció en La Habana, matriculó la carrera de Farmacia y luego Ciencias Comerciales, y trabajó como oficinista en un banco.

Tras el golpe de Estado de 1952, Enrique Hart Dávalos echó a andar, y junto a Faustino Pérez y su hermano Armando Hart tomó el camino de la lucha en las filas del Movimiento Nacional Revolucionario encabezado por el profesor universitario Rafael García Bárcena.

Estuvo preso por sus actividades revolucionarias en numerosas ocasiones y luego de la excarcelación de Fidel y los moncadistas, el 15 de mayo de 1955, ingresó al Movimiento 26 de Julio.

En el Castillo del Príncipe participó en la huelga de hambre de los presos políticos, en febrero de 1958. Poco después fue nombrado jefe de Acción y Sabotaje del Movimiento en la provincia de Matanzas, donde reorganizó las milicias y trabajó en la organización de la guerrilla.

Al fracasar la Huelga del 9 de Abril, se organizó una nueva estructura del 26 de Julio para fortalecer la acción guerrillera en el territorio matancero, impedir el tránsito por tierra desde La Habana hacia las provincias orientales, sabotear la línea de 33 000 voltios que unía la red nacional con Matanzas y recibir a clandestinos ya «quemados». Enrique quedó como jefe de las milicias urbanas en esa provincia.

La mañana del 21 de abril lo sorprendió en una casa matancera de la calle Yara, en el reparto Cumbre, tratando de rescatar una potente bomba que no estalló en el acueducto, pero le explotó de pronto y murieron con él también los jóvenes Juan Alberto González Bayona y Carlos García Gil.

No el Enrique que me hace llorar

Una conmovedora carta fue escrita por el doctor Armando Hart Dávalos a sus padres y familiares, desde la cárcel de Boniato, en Oriente, al conocer la muerte de su hermano:

«Murió porque sintió, pensó y sobre todo porque actuó (…) Lo más grande de Cuba en toda su historia ha muerto en el campo de batalla (…) como él bien decía, esta es la última oportunidad que tiene Cuba de salvarse (…) esta generación no acepta el Not to be (…)

« (…) Le conocí como (…) nadie. ¡26 años durmiendo en el mismo cuarto! (…) Entonces discutíamos hasta la pasión. Pero su pasión era por la lógica, por el raciocinio (…) odiaba a quien dijo la primera mentira; creía que ella había originado la segunda y creado toda la engañifa criminal que hace tan difícil el arte de gobernar y de crear (…) creía que todo ese engaño habría de ser destruido por la ciencia y por la técnica, que es más aplastante que las relaciones humanas. Quizás lo que no hayamos comprendido todavía muy bien es que las relaciones humanas también tienen su ciencia y su técnica.

«(…) sabía que el punto básico de todo era la voluntad de creación. Y el empujón accional que dio a su vida fue el más claro ejemplo de tal convencimiento. Sabía de la utilidad del sacrificio; se sentía en la necesidad de hacer (…) Era infatigable (…) Era un vértigo de acción, de trabajo. Cuando los hombres encuentran el modo de hacerse eficaces, se hacen incansables (…)».

Para Armando Hart —y lo dijo— todo se inundaba de Enrique. «El mundo se me presenta grave. Lo que ayer era deber con Cuba y mi conciencia (…) hoy es todo eso, pero algo más profundo también. Es deber para con él (…)».

«(…) lo decente y lo moral es raíz fuerte y poderosa de lo revolucionario. Así fue él. Y la base de la moral está en la verdad. Era su pasión (…) todo hombre honrado debe darse a (…) esos valores abstractos (…) de la acción revolucionaria en cosas muy concretas y vitales para la inmensa mayoría de los hombres (…) Hoy (…) no hablo del Enrique que me hace llorar, sino del que me hace indignar por la injusticia del destino (…) Hemos confirmado una vez más en nuestras conciencias el postulado de honestidad y carácter, que desde que tenemos uso de razón estamos respirando en el ambiente familiar(…) Con toda el alma de ustedes, Armando».

Uno de los más intrépidos

Hart, al referirse en su libro Perfiles a su hermano Enrique, dice que fue uno de los jóvenes que acudió a la colina universitaria en los memorables días después del golpe de Batista.

Aclara que sus vínculos más fuertes no eran universitarios, porque desarrolló relaciones más estrechas con los trabajadores bancarios y después con los del Movimiento.

Para Enrique la posición insurreccional contra el Gobierno era una cuestión de principios. El problema clave en la definición política había pasado a ser la insurrección popular y la independencia política.

Se unió a Fidel y al Movimiento 26 de Julio, pues fue allí donde encontró el lugar preciso para encauzar su rebeldía y sed de justicia social. Con las posibilidades que abría la jefatura política de Fidel, y con el ansia de acción que existía en las masas juveniles y trabajadoras, Enrique se convirtió en uno de los hombres más intrépidos y audaces del movimiento clandestino.

«En 1956 —apunta Hart— viajó durante unos meses a Estados Unidos (…) trabajó como obrero de una factoría y cuando regresó a Cuba volvió más antiimperialista que nunca.

«Murió con un claro sentimiento antiimperialista y con la idea muy firme de que esta era la Revolución de los trabajadores y de los explotados».

Fuente: Perfiles, Armando Hart Dávalos, Editorial Pueblo y Educación, 2002, y recuerdos de la primera adolescencia del autor de esta página.

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