La historia mutua de dos jóvenes militares

Reynaldo Gutiérrez Guerra y Yalina Malestá Pérez entrecruzaron sus vidas vestidos de uniforme en el Ministerio del Interior, allá en la provincia oriental de Granma

Autor:

Osviel Castro Medel

BAYAMO, Granma.— «Ponte esta otra camisa, ya no eres capitán». La sugerencia de Yalina aterriza como susurro y como orden en el centro de la plaza, que pese a estar ardiendo por la temperatura, se ha llenado de risas y festejos cómplices después del acto.

«Verdad», dice él sonriendo, y mientras se coloca el nuevo traje verde intenso con una estrella, se empapa de sudores físicos y emotivos. Tiene apenas 31 abriles y ya es mayor del Ministerio del Interior, esa institución imprescindible que mañana cumple 49 años.

El reportero acude a su encuentro solo con el nombre en la agenda: Reynaldo Gutiérrez Guerra, aunque sabiéndolo uno de los más nuevos con ese rango en Cuba. Y pronto descubre, antes de desatarse el diálogo, que la muchacha que le sugirió la camisa de estreno tiene un peso valioso en su vida: es la esposa. La misma que lo raptó hace más de 12 meses para el barrio de Aeropuerto Viejo, en la Ciudad Monumento.

«Él es del municipio de Carlos Manuel de Céspedes, en la provincia de Camagüey, y a los 26 ya era capitán. En ese acto de ascenso, celebrado allá, fue el más joven de la provincia. Ha sido adelantado en todo; ingresó al Partido a los 25, en un proceso especial», dice ella sin esconder el orgullo y como si lo conociera de pequeño.

Se nombra Yalina Malestá Pérez y trabaja con el grado de subteniente como investigadora criminalista de la Policía Nacional Revolucionaria, en la que lleva casi una década. Por eso entiende los amaneceres y llegadas retrasadas de Reynaldo y todas las llamadas a deshora que sacuden el sueño de Álvaro Reynel, el pequeño retoño de dos años.

«Hay mucha comprensión entre nosotros. Sabemos que no es cuento el nombre del serial televisivo Día y noche, porque lo vivimos en carne propia: a veces regresa a la casa bien tarde, pero hay días en que no se puede regresar. Ni hablar de los fines de semana; no podemos planificarlos», comenta el flamante mayor.

Y agrega que cuando a ella le toca hacer guardia «yo me ocupo del niño» y que ambos tienen conciencia de la vida de sacrificios que llevan, «pero en la que no puede faltar un espacio para la familia».

Precisamente ese «apoyo sanguíneo» ha sido vital en cada etapa de su existencia: cuando ingresó, a los 14, en los Camilitos de Camagüey; cuando estudió tres años como cadete en una escuela de Villa Clara; cuando se graduó de licenciatura en Derecho en el año 2003; cuando tuvo que cumplir tareas difíciles en Ciudad de La Habana. Por cierto, en tierras capitalinas conoció a Yalina.

«Llevo los mismos apellidos de mi madre, María Eugenia Gutiérrez Guerra. Ella ha sido mi sostén en todo; jamás ha pronunciado una palabra para desalentarme y eso que en mi familia todos son civiles; yo soy el primer militar».

Yalina, en cambio, proviene de una familia vinculada al verde olivo, y este fue uno de los móviles que la llevó, después de obtener el Título de Oro, como técnica de nivel medio en Construcción Civil, a inclinarse por esa institución de combatientes.

Reynaldo acota que el camino de sacrificios iniciado hace más de tres lustros en tierra agramontina ha tenido su recompesa espiritual: «El MININT forma parte de nuestra vida. No podemos negar que aquí nos hemos formado política y culturalmente, que hemos encontrado la felicidad más allá de los reconocimientos y los grados. Y hemos cultivado día a día el amor a la patria junto a otros valores tan necesarios para los cubanos».

Mientras lo escucha, Yalina sonríe para añadir de inmediato que «a pesar del trabajo, no somos extraterrestres; somos parte del pueblo, nos divertimos como otros jóvenes, tenemos nuestros sueños, problemas y preocupaciones».

Ante una última pregunta, Reynaldo se queda pensativo. Luego reacciona. «Sí, tengo muchas anécdotas que me han marcado. Una de las inolvidables ocurrió en Céspedes, durante el acto de ascenso a capitán. Allí estaba mi madre y viendo su felicidad se me aguaron los ojos. Hoy ella no estuvo aquí en Bayamo para verme con el nuevo traje, pero he sentido su presencia».

Pronuncia estas palabras y busca refugio en los ojos de Yalina. Ella le responde con un beso largo y verde, debajo de una sombra mágica que los hace sonreír.

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