La felicidad no viaja en una botella (I)

El consumo de bebidas alcohólicas a edades tempranas es una decisión preocupante que podría derivar en las peores consecuencias

Autores:

Lisván Lescaille Durand
Ana María Domínguez Cruz
Mayte María Jiménez

Es sábado. Son apenas las 4:00 p.m. El P2 va lleno rumbo al Vedado. El calor y el murmullo se vuelven agobiantes. Un niño llora, una señora mayor se abanica sin parar, la pareja de la esquina se desespera. Las caras se vuelven «poemas». Todos parecen envueltos en una gran inercia.

Entonces una escena interrumpe la monotonía.

—Compadre, dame un poquito… echa pa’ca eso. Ahora me toca a mí. Mira, que se va a romper. ¡Ño! eso está candente.

De inmediato las miradas buscan a los protagonistas de este diálogo. Se tornan inquietos, preocupados… asombrados por el grupo que acaba de llegar. No se corresponde el tamaño ni la edad con lo que acaban de hacer. El que más edad aparenta no superaba los 17 años.

Eran seis jovenzuelos y tres muchachitas. Vestimenta juvenil con alguna que otra expresión común de la edad. Pero algo desentona por completo. En promiscuo intercambio, una botella de ron se pasea entre las manos de todos. Una y otra vez… uno y otro trago.

Quienes los observan no pueden evitar los gestos y expresiones de desaprobación, alarma, decepción.

Génesis de un presente

Pueden ser muchas las motivaciones que conduzcan a  parte de los adolescentes y jóvenes de hoy a «coquetear» con las bebidas alcohólicas, aunque ni ellos mismos sepan si llegará a ser algo más.

Tras esas razones este equipo de reporteros decidió conocer sus opiniones en lugares frecuentados por ellos. Un sondeo entre 50 jóvenes de la capital y la provincia de Guantánamo, de entre 14 y 17 años, reveló que la mayoría —más del 80 por ciento— asocia el acto de tomar con el deseo de divertirse y amenizar sus vivencias.

Lo hacen casi siempre entre amigos, y en contextos festivos o por celebraciones puntuales, como cumpleaños, cenas familiares, encuentros culturales o incluso las buenas notas en un examen o un curso.

En un ambiente de «despeje» encontramos al capitalino Andy Gutiérrez, de 16 años, quien pasaba el rato con sus amigos  y una botella de ron Havana Club, algo que según él ayuda a disfrutar más.

«Lo primero que tomé hace como tres años fue cerveza. Es normal, en las fiestas se toma como mismo se baila. Sirve para pasarla bien, confesó.

Sus colegas de juerga sonríen y se dan unos tragos. Afirman, como Andy, que la bebida endulza más el ambiente, pero que lo importante es no hacer el ridículo.

«A decir verdad nunca me he emborrachado, porque cuando tomo me controlo para no pasar pena. Tomé vino por primera vez en una fiesta y veo normal que la gente para celebrar combine la música, la bebida y un poco de chistes para pasar el rato. Pero eso sí, no me gustan los papelazos, nadie debe caer en griterías ni en vómitos», aclaró Malena Ruiz, de 17 años.

Cuando les preguntamos sobre sus primeras experiencias con el alcohol, muchos de ellos recordaron que no pasaban de los 13 o 14 años, incluso las muchachas. Lo hicieron fuera de sus casas, junto a los amigos de la escuela o el barrio, tomando generalmente cerveza o ron, bebidas que identificaron como «de adultos, de gente grande».

Lo curioso es que para la mayoría de los entrevistados el acceso a la bebida no es motivo de preocupación, sino el dinero para poder comprarla. Aseguran que casi siempre hacen una «ponina», en dependencia de lo que le den sus padres. Muy pocos dijeron que la bebida la traían de sus casas.

Ninguno de los involucrados en la pesquisa manifestó haber tenido la experiencia de que les fuera negada la compra de la bebida que quisieran en algún establecimiento comercial, ya sea en divisas o en moneda nacional. Tampoco recordaron haber tenido que mostrar una identificación que asegurara su mayoría de edad, lo cual resulta preocupante, dado que existen restricciones legales para la venta de bebidas a menores.

Nuestro equipo recorrió algunos puntos de venta de la capital en horario nocturno. Constatamos que cuando algún adolescente o joven pedía alguna bebida, esta se le daba sin trabas. Aunque la apariencia con respecto a la edad real del cliente puede variar, los dependientes en ningún caso decidieron salir de la duda.

Tengo el control

Una de las preocupaciones que motivó esta investigación es conocer si, a tan temprana edad, hay capacidad para el autocontrol a la hora de consumir bebidas alcohólicas.

Al interpelarlos sobre sus límites en este sentido, más de la mitad se sintió segura. Ratifican su deseo de divertirse con algunos tragos evitando provocar escándalos o malestares que los pongan en ridículo si se exceden con el alcohol.

Melissa López, adolescente capitalina, apuntó cuán desagradable resultan los espectáculos de borrachos. A ella no le agrada mucho la «tomadera», ni siquiera en celebraciones familiares. Sin embargo, reconoce que en algunas ocasiones, entre amigos, toma «al menos un buchito, para no ser la nota discordante».

Su novio Antoine la abraza, y entre risas nos cuenta que la primera vez que tomó, en una fiesta de fin de curso, la pasó muy mal, pero con el tiempo y la práctica ya puede hacerlo, según dice, con control.

«Es lo que dijo Mely, es para divertirse. Realmente prefiero la cerveza, pero el ron con refresco también puede servir. Nunca me excedo para no tener líos ni con mi mamá ni con la de mi novia».

En Guantánamo, Fernando, alumno de una secundaria, reconoce que bebe casi todos los días y más en vacaciones, cuando son frecuentes «las fiestecitas donde comparte con otras muchachas y muchachos», argumenta.

Fernando recuerda su primera borrachera a los 11 años, «entre socios», en la que mezcló varias bebidas. Al otro día, entre vómitos y mareos, todos en su casa estaban asustados, pero la sangre no llegó al río. Hace unos meses se anotó otra, igualmente a base de rones de dudosa calidad, con todo el daño que sabe le hacen.

Ruber Cuello, otro adolescente del poblado de Jamaica, quien no acostumbra a beber, últimamente se da sus traguitos con los socios del barrio para no desentonar: «En los carnavales me excedí un poco y llegaron los dolores de cabeza, por tanta cerveza y ron, aunque mis padres me aconsejan que no tome», reconoce.

Curiosamente, más del 50 por ciento de los encuestados rechazó tener desde el primer momento cualquier punto de contacto con lo que definen como una persona alcohólica, porque manifiestan que tienen todo bajo control.

Como si le habláramos de una «leyenda urbana», ellos ignoran que en la medida en que se expongan más tempranamente a sustancias como el alcohol, menor será el plazo y mayor la posibilidad de desarrollar una enfermedad adictiva.

Mentes «engañadas»

La idea de que ya crecieron y son capaces de hacer y controlar todo coexiste en los adolescentes con la necesidad de ratificarla mediante actitudes y comportamientos de adultos. Fumar, beber, llegar tarde a la casa son algunas de esas prácticas que no siendo tan inocentes, comienzan a formar parte de sus vidas.

La doctora Emelis Alfonso, jefa de Salud Mental y Adicciones de Ciudad de La Habana, explica que en la adolescencia, etapa en la que todavía no está configurada la personalidad, resulta peligrosa la experimentación con determinadas prácticas.

«Es la edad en la que necesitan reconocimiento social, acentuar el machismo, la aceptación de sus amigos, y por eso llegan al cigarro o al alcohol para demostrar su independencia. Aunque estas no son consideradas drogas duras, término que se refiere a aquellas que pueden modificar el comportamiento humano tras su consumo, ¿quién no conoce que el consumo excesivo de alcohol modifica el comportamiento?».

Señala que —según los estudios en nuestro país— el promedio de iniciación en el consumo de cigarro y alcohol, está entre los 16 y 19 años, edades muy tempranas teniendo en cuenta el proceso de maduración desde el punto de vista biológico y psicológico de la persona.

«Las vías más frecuentes de consumo de alcohol en los adolescentes se relacionan con el ámbito social. De uno a otro, ya sea por imitación, presión de grupo o seguimiento del líder, o cuando en busca de nuevas experiencias se prueba el alcohol para garantizar su éxito en el plano sexual, algo que está demostrado es una interpretación errónea», enfatizó.

Para la doctora Alfonso el papel de la familia y de la comunidad es trascendental, así como los mecanismos del individuo, para evitar que lo aparentemente normal se convierta en un problema mayor.

«La familia debe ocuparse de sus menores, en la creación de un clima de confianza y entendimiento para influir o conducir a ese adolescente. Los padres sobreprotectores, los permisivos, los ausentes o que existen y no se ocupan lo suficiente, el fácil acceso al dinero, los patrones familiares con consumo, son realidades que pueden favorecer conductas adictivas, aunque al principio ese peligro no se vislumbre.

«El aprovechamiento útil del tiempo, en el trabajo o en el estudio y las recreaciones sanas son factores que reducen las posibilidades de un consumo irresponsable de alcohol en esas edades.

«La comunidad debe tener mecanismos para afrontar y contrarrestar este tipo de problemas. La prevención del consumo no puede limitarse al individuo, hay que velar por los grupos y medios en los que se desarrolla».

Refiere la especialista que el adolescente no tiene aún mecanismos de enfrentamiento bien establecidos, y es en él donde aflora el principal factor de riesgo. Ser evasivo o débil de voluntad, de carácter, tener rasgos de personalidad pasivo-dependiente, ser hijo de padres que tienen antecedentes de consumo, son algunos de los más frecuentes.

No se trata de convertir el asunto en el clásico dilema shakesperiano de «tomar o no tomar». Las palabras claves son responsabilidad, control, voluntad, concluyó la doctora.

Conteo regresivo

La imagen de una persona enferma a causa del consumo excesivo de alcohol escapa de las mentes de muchos jóvenes. Según describe el matancero Josué Bermúdez, de 16 años, es «alguien a quien no le preocupa nada y solo usa el dinero para tomar».

En ese aspecto la doctora Santa Valiente Muñoz, psiquiatra del equipo de Salud Mental de la ciudad de Guantánamo, hace el llamado de atención. En su territorio existen ejemplos de adolescentes y jóvenes que beben con frecuencia, sin percatarse de las implicaciones futuras.

La especialista lamenta que en el entorno familiar, donde no pocas veces también se incita a ese adolescente a beber, sobre todo al varón, no se avizora el riesgo ante una mayor cantidad de tragos y no creen en la posibilidad de que desarrolle una enfermedad.

La doctora Emelis Alfonso aclara que no se trata de no consumir, sino de tener claras las posibilidades de riesgo de ese consumo.

«Científicamente manejamos los términos de consumo inoportuno para aquellas personas que ingieren bebidas alcohólicas cuando manejan o están trabajando; el que viola prescripciones médicas como es el caso de las embarazadas, los enfermos hepáticos, los diabéticos o el que tome medicamentos a los que el alcohol les suprime el efecto.

«Sabemos del consumo de “bingo”, como le llamamos al que se hace copiosamente los fines de semana. Deja de ser “bingo” cuando aparecen complicaciones de la salud, aunque sea una gastritis alcohólica, por el aumento de la frecuencia».

La especialista identifica como los más peligrosos el consumo embriagante, en aquellas personas con baja tolerancia, que sufren grandes modificaciones de su conducta; el consumo perjudicial, aquel que cumple criterios de cantidad y frecuencia por encima de lo admitido y cuya máxima expresión llega a la dependencia psíquica y física.

Son cuestiones que los jóvenes ven como material de estudio, como ideas de folletos, como historias de otros diferentes a ellos, sin percatarse de que les puede pasar si se inician tempranamente en el consumo.

«¿Cómo pueden pensar que sin beber no pueden divertirse igual, con tantas opciones que tienen al alcance? ¿Quién dice que no se puede disfrutar sin tomar? Además, lo peor no es que se tome, sino la frecuencia con que algunos lo están haciendo y los daños que estamos viendo en pacientes no mayores de 18, 20 años», advierte.

Familia y Tradición

Aquella tarde de sábado, a fines de junio, olía a despedida del curso escolar entre los niños de una escuela primaria en Guantánamo. En la casa de uno de los padres todo se dispuso para el festejo: dulces, galleticas, refrescos, caramelos, y…. abundante cerveza para los mayores.

Al rato, Albertico no pudo con la fuerza de la costumbre e introdujo su índice en la copa de cerveza del padre que, sin tapujos, obsequió a su retoño no solo una sonrisa cómplice sino la copa rebosada de bebida como recompensa por aquel acto incipiente de «virilidad» etílica.

La escena del brindis entre el niño de cinco años y su progenitor transcurrió sin ninguna estupefacción de los allí reunidos, quienes entre risas y anécdotas de similares episodios, celebraron el ingreso a su club del nuevo «miembro».

Desgraciadamente, el hecho suele repetirse en determinados círculos familiares, unas veces con más y otros con menos resistencia al consumo del alcohol.

Raquel Sierra, madre de un adolescente de 15 años, está consciente de que su hijo «de vez en cuando» al salir con los amigos da una probadita de ron, «pero solo puedo advertirle que no se exceda, pues eso es común en los muchachos de ahora», confiesa un tanto angustiada.

Mientras, Yoel Baños, otro papá de la capital, señala que sobre todo a los varones hay que enseñarles, para que no vayan a pasar una vergüenza, «eso es parte de la vida del cubano, ¿en qué fiesta no se toma? El consumo no puede ser en exceso, pero con medida es agradable».

Al preguntarles a algunos padres si perciben el riesgo que corren sus hijos de volverse adictos a las bebidas alcohólicas al exponerse desde tan jóvenes a su consumo, la mayoría sintió esa posibilidad como muy remota a su realidad.

Otros reconocen el factor de peligro, pero insistieron en que la actualidad impone un ritmo conductual que ha hecho que estas experiencias se inicien antes, así como comienzan a tener relaciones sexuales más jóvenes, también quieren tomar, como «señal» de crecimiento.

Para la doctora Martha Pozo, directora del Centro de Deshabituación de Drogas en el Adolescente, Cuba no escapa de las realidades que viven otras partes del mundo.

«El latino tiene la costumbre de darle mucho valor al alcohol como condicionante para poder divertirse. Pero hay que atender en qué momento se inicia y no poner la bebida como elemento indispensable para hacer fiestas o divertirse», alertó la doctora Martha.

En Guantánamo, según explica la doctora Valiente, influyen aspectos idiosincráticos, el machismo, las pocas opciones recreativas y el insuficiente conocimiento de sus consecuencias (demencia, psicosis, deterioro alcohólico, el envejecimiento más rápido), mientras alerta que «los padres debemos orientar a los hijos, enseñarles que no están aún preparados para beber y que ello no los hace mejores personas, sino lo contrario».

La doctora Emilis Alfonso advierte que queda un largo camino en la promoción y la prevención para disminuir el consumo de alcohol a nivel nacional.

La realidad demuestra que, aunque la vida sea más agitada en cuanto a «primeras veces», el organismo humano sigue necesitando determinado tiempo para madurar física y psicológicamente pues, como dirían los abuelos, quemar etapas nunca trae buenos resultados.

No se trata de abogar por una sociedad abstemia, sino de ubicar cada experiencia en su debido momento. Tampoco hay por qué seguir el estereotipo de que el cubano es bebedor por naturaleza y tratar de justificar así conductas inaceptables como promover el hábito de consumir bebidas alcohólicas a temprana edad, pues la cultura también es sensatez y libertad de elección.

En ello, toda la sociedad, desde la familia hasta el Estado, tiene gran responsabilidad, pues los ejemplos de adolescentes alcohólicos son una realidad que podría tocar la puerta, y hasta ellos mismos llegan a darse cuenta de que la diversión, la alegría, el compartir entre amigos y familia, el sentirse bien y la felicidad, no tienen por qué viajar en una botella.

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