El hombre de Sánchez (II y final)

En Ciego de Ávila, Alberto Delgado protagonizó algunas de sus misiones más arriesgadas como agente secreto de la Seguridad del Estado

Autor:

Luis Raúl Vázquez Muñoz

MORÓN, Ciego de Ávila.— La fama aún se mantiene. «Albertico Delgado era muy bueno, muy servicial, afirman los viejos vecinos del Reparto Bella Vista antes de encoger los hombros y concluir: Era todo eso y mucho más; pero estaba loco».

Cuentan que a cualquier hora aparecía con un fusil automático M-1 y una ametralladora Thompson. Alineaba las armas en el portal de la casa y empezaba a limpiarlas, y cuando aparecía algún vecino apuntaba de repente y apretaba el gatillo con una sonrisa de desquiciado.

Según detalles de las anécdotas, el comportamiento desequilibrado de Alberto empezó a manifestarse después de abril de 1961, durante los meses en que viajaba a La Habana. Fue entonces que el carácter campechano derivó en el de un hombre dispuesto en cualquier instante a la discordia. Era, a fin de cuentas, una demencia ficticia dentro de un plan bien pensado.

«Un día formó una bronca frente a su casa, en la tienda de Modesto Iparraguirre —cuenta Eulogio Bringas, vecino y entonces jefe de Milicia en Morón—. La gente decía: “Bringas, corre: ahí está el loco ese con una pistola”. Y yo salí en el yipi».

Lo encontró con la camisa abierta y una pistola en la cintura. Trató de calmarlo y se le reviró. Al menos tuvo tiempo para ver los ríos de sudor corriéndole por los pómulos de la cara y los ojos abiertos como si fuera un demente.

Bringas gritó enfurecido: «Vamos a acabar esto: móntate conmigo, vamos a entrarnos a tiros en el callejón del fondo». Y ahí ocurrió. En vez de enfrentarlo, Alberto protestó unos segundos, dio la espalda y se retiró a su casa. Bringas quedó en una pieza. Alberto Delgado no era un cobarde. Si en verdad estaba loco, hubiera empuñado el arma, y si andaba en sus cabales de todos modos también la habría emprendido a tiros.

Sin embargo la sospecha más grande surgió después. Porque al momento Bringas llegó a la oficina de Carlos Garcell, ex jefe de la Contrainteligencia Militar (CIM) en Morón, y le narró todo. Habló de las discusiones de esquina, de las armas en el portal de la casa, de los sustos a los vecinos y del temor extendido de que en cualquier momento podía ocurrir una desgracia.

Garcell lo escuchó con paciencia y luego asintió. Prometió que se haría algo y que ningún otro escándalo volvería a ocurrir. Aunque lo extraño ocurrió al final, cuando le puso una mano en el hombro. «Pero compadre, ayúdame —rogó Garcell—; hace falta hacer un buen trabajo con ese compañero. Hace falta que nos ayudes, Bringas. ¿Tú me entiendes?».

Bringas movió la cabeza, pero con la misma duda que lo ha acompañado hasta el día de hoy. ¿Por qué le pedían eso? ¿Por qué Alberto Delgado no le disparó? ¿En qué debía ayudar? «A partir de ese momento —confiesa— sentí que algo extraño pasaba en el barrio». Poco tiempo después Alberto Delgado fue desmovilizado por problemas siquiátricos en el Hospital Militar de Camagüey.

Un hombre clave

Carlos Garcell lo negó. «Nosotros no tuvimos nada que ver con el licenciamiento de Alberto Delgado», aseguró. ¿Qué quería decir? Nunca lo explicó; pues a cada pedido para que ampliara su afirmación, el Niño Ávila movió despacio la mano derecha y repitió: «No tuvimos nada que ver con su desmovilización».

Por su parte Ymeldo Delgado, el hermano menor de Alberto, asegura que este nunca estuvo demente. «Eso fue lo que la Seguridad le indicó hacer para luego infiltrarlo con los contrarrevolucionarios en La Habana», señaló. La otra prueba está en un hecho claro. En el tiempo que permaneció infiltrado en Masinicú, Alberto nunca mostró síntomas de desequilibrio, a pesar de los peligros que afrontó.

Sin embargo una de las preguntas es por qué Alberto Delgado aparece reclutado por el G-2 en la ciudad avileña, cuando su labor de infiltración se realizó especialmente en La Habana.

Parte de la incógnita puede develarse en un informe fechado el 27 de abril de 1967, cuya primera página aparece en el libro Las reglas del juego: 30 años de la Seguridad cubana. Allí se relata que Delgado apareció en el Estado Mayor del Ministerio de las Fuerzas Armadas en 1963, e informó a la dirección de la CIM del vínculo de su cuñado con los bandidos alzados en El Escambray. A partir de ese momento se inició el trabajo de infiltración.

No obstante, ¿quién lo puso en contacto con la Seguridad? ¿Quién lo llevó ante Manuel Villar Sueiro, jefe de Operaciones del G-2 en Morón, y firmante de la planilla de reclutamiento, en 1962? En el informe de 1967 se reconoce que Alberto ya tenía vínculos con la Seguridad en Ciego de Ávila. Entonces, ¿cómo un soldado aparece en actividades con el G-2 y no con la CIM, que era su vínculo más directo?

Carlos Garcell y Alberto eran amigos y compañeros de la misma columna del Ejército Rebelde. El Niño Ávila, como le decían a Garcell, fue testigo del noviazgo de Delgado con Julia Piñeiro, su primera esposa y madre de su primer hijo. Incluso fue Garcell quien reclutó a Alberto para las labores de contraespionaje y el oficial que lo atendió durante un tiempo. Son muchas coincidencias, y al juzgarlas aparece una posible certeza. Quien llevó a Alberto Delgado ante la Seguridad, y quien tuvo una de las claves de esta historia en sus manos durante 50 años y sin apenas revelarla fue una persona: Carlos Garcell Delgado.

Operación trasbordo

La Seguridad en Las Villas pidió un hombre para infiltrarlo en el Escambray, y así apareció Alberto Delgado. «Necesitábamos una persona para ejecutar la Operación Trasbordo —contó a JR Erasmo Hernández, ex jefe del Sector F de la Seguridad del Estado en la antigua provincia de Las Villas—. Se tenía la idea general de cómo debía realizarse el plan; pero hacía falta un agente dentro de los bandidos que los convenciera para salir».

La idea consistía en aprovechar la desmoralización dentro de las bandas e incitar a sus integrantes a partir hacia Estados Unidos. Esa sería una labor del infiltrado, quien además debería llevarlos desde Masinicú hasta la costa de Punta Alegre, en Ciego de Ávila, y embarcarlos hacia los cayos. Allí serían recogidos en un barco de guerra cubano con apariencia de ser un buque norteamericano y con combatientes del Ministerio del Interior disfrazados de marinos norteños. Ya a bordo, los bandidos serían neutralizados.

En muchos sentidos, Delgado era la persona indicada. Había nacido por Trinidad, en la finca San Pedro, dentro de la región de Caracusey, el 10 de diciembre de 1932. Conocía del campo y para la fecha en que apareció en Masinicú —a finales de 1963— ya tenía un prontuario de colaboración con los bandidos y sabía moverse entre ellos. También ayudaba su fachada de ex militar sin ilusiones, enfermo, sin trabajo seguro y sin posibilidades de encontrar vivienda en medio de los peloteos burocráticos.

La labor de penetración —paciente, pero efectiva— se realizó también en reuniones donde Delgado asentó la idea de salir hacia Estados Unidos a la espera de tiempos mejores. La prueba de fuego llegó cuando se entrevistó con Benilde Díaz Brito, la madre de Tomás San Gil, jefe de las bandas del Escambray y muerto en un cerco en el sumidero del río Caracusey.

Benilde expresó su interés de sacar a Maro Borges —quien había sido uno de los protegidos de San Gil— y Alberto aseguró conocer a un hombre con relaciones grandes en el exterior y recursos para sacar las bandas del país. Añadió que el plan existía y todo se encontraba previsto: los vehículos, la ruta y los barcos.

A la pregunta de quién era esa persona, Delgado dijo: «Sánchez; lo llaman así nada más». El lazo estaba tendido. Sánchez era la Seguridad del Estado.

Solicitan un telegrama

En Villa Marista, la sede de la Dirección Nacional de la Seguridad del Estado en La Habana, se fotografió a la banda de Maro Borges después de la captura, junto con los colaboradores que se le unieron en Trilladeras. En total, 21. Todos posaron bien vestidos, y con esas imágenes se despachó una carta a Benilde Díaz con el matasellos de Estados Unidos. La noticia del éxito prendió entre los bandidos.

La salida siguiente fue la de Julio Emilio Carretero Escajadillo, quien había sustituido a San Gil al frente de las bandas del Escambray. A diferencia de la operación con Maro Borges esta vez los preparativos se acercaron a la línea general del plan, pese a los inconvenientes: un mal tiempo imposible para la navegación y que a Carretero se le informó como un desperfecto en la lancha que debía recogerlos en la costa.

La inquietud grande era que al menor fallo, Alberto Delgado y los demás agentes que participaban en la operación serían asesinados al instante. La banda de Carretero había matado al campesino Pedro Lantigua y al alfabetizador Manuel Ascunce Domenech.

Otro de los crímenes fue el asesinato de la familia Romero. Al llegar, la milicia descubrió un lugar ennegrecido por el fuego y con cuerpos amontonados. Al cadáver acribillado de una mujer se le terminó de desprender un seno cuando intentaron levantarlo y los milicianos debieron soportar el tono irónico de una nota escrita a mano y prendida en un lugar visible. Decía: «A estos los cogió la rueda de la carreta».

Pese a todo, el suspenso también andaba por el lado amigo. A lo largo de un recorrido de 200 kilómetros podía surgir un miliciano, una posta de soldados, hasta un simple policía que diera la alarma ante el paso de un camión sospechoso, cubierto totalmente, de color oscuro y con las iniciales del Instituto de la Reforma Agraria (INRA) dibujadas en las puertas. Por lo tanto todos los efectivos militares —y al menos en la zona de Trinidad se contaban por miles— debían acuartelarse. Pero eso no podía ocurrir hasta confirmarse que todos los detalles andaban ajustados.

Erasmo Hernández Santander hoy se ríe cuando hace el recuento. «Se dice fácil —comenta—; pero fue terrible. Se salió en máquina a toda velocidad para hablar con nuestra gente pueblo por pueblo y sin una explicación indicar el acuartelamiento de todo el mundo». No podía haber ni un solo policía en las calles y en verdad no lo hubo, mucho menos en la ciudad de Sancti Spíritus, cuando pasó el camión y Efraín Acosta Filgueira —el chofer del vehículo— lanzó una cajetilla de cigarros por un costado de la Iglesia Mayor en señal de que los bandidos iban con ellos.

El trayecto era salir de finca Masinicú, pasar por Trinidad y Sancti Spíritus, doblar por Jatibonico y seguir por Arroyo Blanco hasta llegar al poblado de Tamarindo; luego aparecer en la entrada de Chambas y continuar por el poblado de Los Perros hasta llegar a la costa en las inmediaciones de Punta Alegre. Allí los esperaría Dagoberto González Veiga, «el Ñato», un pescador, también agente de la Seguridad del Estado y participante en la extracción de Maro Borges. El recorrido era el mismo. Atravesar la bahía de San Juan, navegar por los canalizos de los cayos para luego salir a mar abierto en dirección a Cayo Caimán de la Mata del Coco, frente a Cayo Santa María y el más aislado de los islotes de la zona, a menos de ocho millas náuticas del Canal Viejo de Bahamas.

Horas más tarde, el 5 de marzo de 1964, la banda completa de Carretero fue capturada a bordo del buque cubano disfrazado. Los próximos en el listado de la Seguridad eran las bandas de José León Jiménez «Cheíto» y Blas Tardío, aunque el golpe había sido demoledor: en todo el Escambray actuaba solo un puñado de bandidos. Quedaban pocos, pero el peligro era grande y Tomasa del Pino, la esposa de Alberto, lo sabía. Ella también se había infiltrado en Masinicú y conocía los pormenores del trabajo secreto.

Estaba embarazada de su segundo hijo y para finales de abril se encontraba en La Habana en un apartamentico del Vedado. Eremia Valcárcel Rodríguez, amiga del matrimonio y vecina puerta con puerta en el barrio de Bella Vista, cuenta que su madre Angelita se pasaba semanas con Tomasa para ayudarla en las cuestiones del embarazo.

Un día en que Alberto regresó temprano a Las Villas, escucharon unos toques en la puerta. Era un bandido de apellido Tápanes, conocido por Tomasa. Se mostró parco aunque aparentó normalidad en las conversaciones de rutina. Sin embargo, en la comida, con los platos servidos, el hombre, sin mirar a Tomasa, le pidió: «Mándale a decir a Alberto en un telegrama que el niño está enfermo». Tomasa lo miró a la expectativa. «¿Y por qué tengo que hacerlo?», preguntó. Entonces el bandido la miró directo a los ojos y con voz cansada dijo: «Porque van a matar a Alberto».

Paco

El 29 de abril de 1964 Ymeldo Delgado se encontraba en la zona de Esterón Dos, en las cercanías de Punta Alegre. Lo habían enviado al lugar junto a otro compañero con una encomienda de la Seguridad después de haberse descubierto en la zona a dos agentes de la CIA. Ese día por la mañana estaba montado en un tractor, cuando vio a lo lejos a dos paisanos que conversaban con un campesino. El labriego señaló en dirección a Ymeldo y los visitantes avanzaron.

Ymeldo los recibió por el lado derecho de la máquina. Era el más conveniente al quedar protegido por la carrocería y con tiempo para tomar la pistola. «¿Es usted Ymeldo Delgado?», preguntó uno de los hombres. «¿Quién lo busca?», dijo a modo de respuesta. El otro visitante se identificó: «Somos de la Seguridad» Desconfiado, Ymeldo preguntó: «¿Y bien?», pero lo que vino después lo dejó en una pieza: «Es Alberto, Ymeldo. Ocurrió algo y debe acompañarnos». En Morón dijeron de un accidente y en Camagüey, antes de montarse en el avión rumbo a La Habana, le dieron la noticia. Alberto había aparecido ahorcado cerca del río Guaurabo.

Fue la confirmación de una serie de advertencias. Por vías distintas a la Seguridad del Estado le llegó la sospecha de que los bandidos sabían que Alberto era un agente. Aníbal Velaz, el delegado del MININT en Las Villas, y Luis Felipe Denis, el jefe de Buró de Lucha contra Bandas Armadas en la provincia, se lo informaron, junto a la posibilidad que le ofrecieron de abandonar Masinicú y de operar militarmente contra los bandidos. Alberto se negó. Confiaba en su compartimentación y en la posibilidad de convencer a los contrarrevolucionarios para la salida, y así evitar la muerte de milicianos. Entonces lanzó su frase célebre: «Si alguien tiene que poner el muerto, ese que sea yo».

Freddy también lo advirtió y Tomasa incluso le hizo saber su temor de que en cualquier momento su fachada se derrumbaría por el peso de la lógica. Fue en vano, y la última carta llegó con un mensaje cargado de significados. «Hoy traigo 20 reses para embarcar mañana», decía.

Hoy se sabe —porque se ha comprobado— que José «Cheíto» León Jiménez y su banda lo mataron a golpes en la madrugada del 29 de abril; pero con la duda de si en verdad liquidaban a un agente. Estaban tomados y coléricos por las instigaciones de Rubén González León, «el Cordovés», primo de León y verdadero promotor de las sospechas. Aquella noche el Cordovés la pasó en la casa del campesino Cirilo Rodríguez Espinosa, uno de sus más fieles colaboradores. Se acomodó en un costado del bohío y comentó: «Hoy vamos a liquidar a un chiva». El mensaje fue críptico para el colaborador hasta que amaneció y los bandidos de Cheíto León salieron del monte. Venían sudados, con olor a alcohol y contaban con detalles cómo habían matado a Alberto Delgado y de los bayonetazos que le dieron al cuerpo. «Bueno, hoy cumplimos la norma —señaló Cheíto—. Así que vamos a festejar». El Cordovés los vio perderse entre las lomas y se dirigió a Cirilo. «Ve allá abajo y busca sal y comida —indicó—. Pero no te olvides del ron. Nosotros también vamos a festejar». Fue el último que se tomó. Porque debajo de su aspecto rudo y lleno de reservas, Cirilo Rodríguez Espinosa era el agente Paco de la Seguridad del Estado.

Pocas horas después la banda de «el Cordovés» fue cercada y su jefe herido de muerte. Le siguió Cheíto León, días más tarde, en medio de un cerco obstinado y con luchas casi cuerpo a cuerpo. El cadáver de Alberto Delgado permaneció en el campo sudeste del Cementerio de Colón hasta que fue inhumado en el Panteón de las FAR el 28 de abril de 1967, con honores militares de teniente caído en combate.

El autor desea agradecer a la Unión de Historiadores de Cuba en Ciego de Ávila por su Taller La Revolución en el poder, y en especial al mayor (r) Alejandro García Vigistaín y a los vecinos del reparto de Bella Vista en Morón, por la ayuda brindada en la investigación para este reportaje.

También desea extender su gratitud al colectivo de trabajadores y especialistas del Museo de Lucha Contra Bandidos en Trinidad por su paciencia, el acceso a los archivos y por las aclaraciones de detalles —pequeños pero fundamentales—, como la ubicación del cayo adonde condujeron a las bandas de Maro Borges y Julio Emilio Carretero.

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