Trígimo también come candela

Eduardo Galeano lo presentó en El Libro de los abrazos, y casi 40 años más tarde Juventud Rebelde conversa con este auténtico cubano que empezó a comer vidrio con seis años

Autor:

Julieta García Ríos

Ni siquiera permite que nos presentemos. Advierte que no va a comer vidrio, y poco le importa que hayamos venido desde La Habana para verlo. Tampoco deja hablar al yerbero Natalio Eloi, quien nos ha traído hasta este cubano que vive en Cabacú, Baracoa.

Para llegar a él, dejamos el Molino de Piedra, sorteamos estrechos y agrietados callejones, y en el taller de carpintería que colinda con su casa lo vimos llegar con aires de mambí.

De la cintura de Trígimo Suárez Arcia cuelga un machete, y él calza botas remendadas. Hace años Eduardo Galeano escribió sobre este hombre que, cuando era joven, fue sometido a ciertos cuestionamientos porque «eso de comer vidrios no es normal». Su historia es tan fascinante que parece irreal, y hoy estamos frente a él en busca de su verdad.

Entre nosotros se interpone la cerca peerless de la carpintería. Él adentro, y nosotros del otro lado. Por fin acepta el diálogo, pero establece sus reglas.
—Lo que te voy a dar es oro, una biografía grandísima para que escribas un año si quieres. No digo mentiras; puedes investigar, que todo es cierto.

Galeano ya estará viejo como yo

«Vivía en el reparto Camilo Cienfuegos, No. 36, cuando Eduardo Galeano llegó a mi casa y me dijo: “Vine a conversar contigo”.

«Yo debo de tener la edad de Galeano. Ya estará viejo como yo. ¡Qué hombre tan bueno, qué ganas tengo de verlo otra vez! Escribió una entrevista muy linda. Todo lo que contó es cierto. Cuando me iba movilizado a recoger café, mamá me mandaba dos o tres tubos de luz fría y unos cuantos bombillos. Ella sabía de mi gusto por el vidrio.

«Empecé a comer vidrio con seis años. Entonces mi mamá me dijo: “El que se come un hueso, tiene satisfacción en su garganta para hacerlo”.

«Yo como vidrio a cada rato, porque nací así. No paso más de 15 días sin hacerlo. Si se me pican todos los dientes —conserva su dentadura natural—, lo machacaré y me lo tragaré. Nunca he sangrado cuando lo mastico. Cada cual nace con lo suyo».

¿y qué dijo el doctor?

«Al médico solo fui cuando Fidel Castro me lo pidió. Conocí al Comandante en 1967. Yo estaba trabajando en Los Arados, en un plan agrícola priorizado, cuando llegué a donde estaba él. Fue en Gran Tierra. Nadie me llevó ante él. Me llevé yo mismo, por el hecho personal de comer vidrio.

«Le dije al de la posta: “Compadre, déjame ver al Comandante. Soy revolucionario igualito que tú”. Pronto tuve ante mí a Osvaldo Dorticós. Recuerdo que el Comandante me dio un vaso rojo. Lo mordí y en el primer intento fallé, en el segundo también y al tercero el vaso se partió y pa-pa-pa pa’dentro. Solo dejé el fondo. Fidel me dijo que había que estudiarme. Acepté y él ordenó que me trajeran a La Habana.

«Me ingresaron en el Hospital Nacional (hoy Enrique Cabrera). Me sacaron el jugo del estómago 14 veces, analizaron mi saliva y me investigaron todo. El doctor Alonso Chil estaba al frente de mi caso. Las pruebas dieron negativas. A los dos meses y cuatro días regresé a Baracoa».

Contactar al médico Oscar Alonso Chil, entonces jefe de Medicina Interna del mencionado hospital, nos parecía esencial para dar fe a este testimonio.

Nos comunicamos por vía telefónica, su voz revela sencillez y la sabiduría de quien ha dedicado 56 años a la profesión. Ahora sus recuerdos viajan por más de 40 años. Le asalta la imagen de aquel hombre que tenía revuelta la Unidad 12 del Nacional, la cual dirigía el hoy presidente de la Sociedad Cubana de Medicina Interna.

«Las enfermeras le llevaban las ampolletas para ver cómo las comía», nos dice.
Alonso Chil asegura que las investigaciones se centraron en explorar el tracto digestivo.

«Le realizamos rectosigmoidoscopia —entonces no estaba en práctica en Cuba la colonoscopia—. Además se le estudió todo el tracto digestivo superior —esófago, estómago y duodeno— sin encontrarle lesiones en las mucosas de dichos órganos. Fue atendido además por el psiquiatra», comenta el también doctor en Ciencias y especialista de segundo grado en Medicina Interna.

¿Cómo se explica entonces que no haya daños internos?, preguntamos al facultativo: «Él tenía muy buena dentadura y trituraba el vidrio hasta hacerlo polvo».

Trígimo en la TV

A modo de disculpa por la sequedad inicial en nuestro diálogo, Trígimo nos dice: «Soy una gente muy social. Le hablé así porque no sabía quiénes eran. Vamos a mi casita; allí está mi esposa, podemos tomar agua. Es humilde, pero no importa… Tengo ahí un disco con un documental que me hicieron en la televisión de Baracoa; podemos verlo».

Ya en su casa, la atenta esposa nos preparó un exquisito café con una coladera de tela, y en el televisor de un vecino vimos cómo nuestro hombre devoraba un tubo de luz fría. Lo hizo con gusto, hasta con placer.

Antes de despedirnos, ahora con mucho afecto, preguntó: «¿No quieren que me coma un bombillo?». ¡Ya no hacía falta!

La vida de un hombre

«Nací el 19 de septiembre de 1940, en una humilde zona de Quiviján, en Baracoa. Soy hijo de Olegario e Isabel Benita… —susurra como repasando cada momento de su vida—. Al triunfo de la Revolución comencé a trabajar en la construcción hasta que me jubilé en el año 2000. Fui Vanguardia Nacional unas cuantas veces, levanté casas, zanjas, escuelas, y luego pasé a ser bracero, estibador de materiales de la construcción.

«En 1961 me solicitaron para una escuela de milicias en Los Planitos, y seguí como miliciano. Soy fundador de la lucha contra bandidos. Cuando la Crisis de Octubre yo estaba atrincherado en el Alto de Cotilla —punto más alto de la Farola—. Los días que duró la crisis fueron de agua casi todos. No peleé en Girón, pero en mayo estuve en la Gran Piedra. Se decía que los mercenarios iban a entrar por ahí.

«En todos los planes agrícolas de responsabilidad y dureza estaba yo. Siempre trabajando, nunca mandando a nadie. Macheteando. Tengo 34 Zafras del Pueblo. Hasta me gané la Medalla 30 Aniversario del Movimiento Millonario. Se dice fácil, pero la zafra es dura. Ahí todo es malo, hasta cuando se te pega una hoja en el cuerpo.

«Toda mi vida la he dedicado a luchar por la patria. Me he ganado 17 distinciones. Se me han extraviado algunas. Y soy capitán de la reserva. Fue el Comandante Juan Almeida quien me entregó los grados».

Trígimo estaba de bracero cuando, en 1976, él le preguntó si estaba dispuesto a cumplir misión internacionalista: «Por la Revolución, la vida», le dijo. La noticia le dio tanta alegría que hasta lloró. Igual lo hace ahora 34 años después…

«Parecía que me había ganado un millón de pesos. Decía: “¡Ay mi madre!”». El hombre de las 99 donaciones de sangre se cubre la cara con sus rudas manos. «Lloré y lloro ahora porque amo la Revolución, no por cobarde», aclara.

Pasó siete meses peleando por el fin del apartheid sudafricano. Cuando regresó a su hogar, colgaba de su uniforme la Medalla Internacionalista de Primera Clase. Dos años más tarde volvió a África para reconstruir Luanda, la capital de Angola.

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