Vidrios a la italiana

Raffaele Testagrossa se dedica en Las Tunas a hacer arte de paz con la complicidad de vidrios callejeros

Autor:

Juan Morales Agüero

LAS TUNAS.— Quienes suponen que los vidrios callejeros solo tienen «talento» para encolerizar a los conductores de vehículos cuando les pinchan sus neumáticos en la vía pública, es porque no conocen a Raffaele Testagrossa, un italiano con 19 años de residencia en Cuba.

Este sexagenario nacido en Sicilia, transita por la vida con una certeza por divisa: cualquier material es bueno para el arte si quien lo manipula como tal lo valora. Así, en sus manos pueden ganar donaire lo mismo un roñoso casco de botella que un plebeyo trozo de cristal.

«Todo comenzó cuando mi ex esposa cubana, aficionada al arte, me animó a modelar en yeso revestido de vidrio la figura de una mujer —dice en su español salpicado de italianismos—. En mi país lo había visto hacer, pero nunca me atreví. Finalmente la idea me entusiasmó y, entre los dos, concebimos el maniquí a tamaño natural. Nos quedó tan bonito que me embullé. Entonces se me ocurrió lo del automóvil…».

Un auto de vidrio

Cuando el auto circula por las calles tuneras con su orondo dueño al timón, los transeúntes no le quitan los ojos de encima. Se trata de un Dodge modelo 1956, cuya excéntrica estampa suscita por doquier inusitada admiración y curiosidad. ¿Motivos? Toda su carrocería está ornamentada con vidrios de diferentes texturas y matices. Tanto refulge su metálico porte que semeja un caleidoscopio rodante.

«Tan pronto compré el automóvil me puse a trabajarlo —recuerda—. Por un tiempo solo me dediqué a preparar el vidrio que aplicaría luego a mi gusto sobre el metal. Al ver mi pasión, algunos me decían: “Tú estás loco, Raffaele, ¿qué utilidad tiene eso?”. Y yo les contestaba: “Déjenme acabar y verán si lo convierto o no en una obra de arte”».

Mientras hablamos, Raffaele machaca pedazos de botellas en un pilón. Los va triturando así tam tam tam, con golpes precisos y monocordes, hasta reducirlos a un polvo que luego mezcla con talco industrial y arena cernida. Esa aleación la aplica luego con criterio artístico y mediante un pegamento sobre la pétrea epidermis de sus «modelos».

La curiosidad me empuja a fisgonear el auto, emplazado como una pieza de galería en el patio de la humilde vivienda. Sorprendido, advierto en cada puerta una efigie del Che. La parte delantera muestra cinco estrellas plateadas. «Son los Cinco Héroes presos en Estados Unidos», precisa Raffaele. En el techo del carro pronto diseñará un mapamundi.

«En el auto usé también cristal sin moler —añade—. Como en Cuba los colores de los envases de ese material no son variados, los inventé dándoles un poco de pintura. Así el contraste de tonalidades provoca un efecto mayor. Me lo han querido comprar, pero no lo vendo por nada del mundo».

De la diversión al oficio

El arte de decorar con vidrio se convirtió pronto en recurrencia en la vida de Raffaele. Tras la escultura femenina y el añoso «almendrón», el autodidacta adornó cuadros artísticos y retratos de personalidades. También instrumentos musicales comprados por él, como tumbadoras, contrabajos, trompetas, bongoes, maracas, güiros… Con estos pretende fundar una agrupación que actúe por las noches para la comunidad.

«Algo que asombra a la gente son mis juegos especiales de dominó, donde cada ficha es una pieza artística —asegura—. Como todas están revestidas de polvo de vidrio, se pueden identificar en la oscuridad. Los ciegos y débiles visuales pueden reconocerlas, pues sus números están en relieve. Otra obra reconocida fue un enorme mapa de Cuba que hice con vidrio fosforescente multicolor».

Llegó el momento en que el pequeño formato le quedó chico a Raffaele. Un día la administración del hotel Las Tunas le franqueó la entrada de su habitación 218 para que él la acicalara con su singular manera de hacer arte. El vidrio repujado puso su mágico toque en puertas, falso techo, paredes…

Tiempo después fue el habanero hotel Deuville el que recibió sus bondades estéticas, mediante un gran mural en su restaurante, algo en la barra del bar e, incluso, en su discoteca.

«Nunca cobro un centavo por mis obras, porque me doy por pagado por la cariñosa acogida que me brindó este país, ejemplo de dignidad ante el mundo —afirma el curtido siciliano—. El arte es también una manera de mostrarle mi solidaridad. Y más este, al que yo le llamo arte pobre, porque no necesita de grandes recursos».

«Otro de mis propósitos es interesar en este arte a algunos jóvenes tuneros y convertir mi casa en un taller para trabajar el vidrio como yo deseo —confiesa—. Ya tengo mi primer alumno: un discapacitado al que operaron hace un tiempo del corazón. Progresa muy rápido. Me gustaría, además, fundar una peña comunitaria donde se lean poemas y se converse de cultura y, sobre todo, de paz y fraternidad».

El culto de Raffaele por su arte es tal que lo ha insertado hasta en las tablas. En efecto, sus ideas sobre el cuidado del medio ambiente, el combate contra las drogas y la prevención del sida, entre otros apremiantes temas de actualidad, suelen tener tratamiento dramatizado con escenografías donde el vidrio asume papeles protagónicos.

«He participado en muchas exposiciones, por ejemplo, en las Romerías de Mayo, en la provincia de Holguín, y en el concurso La Plástica en Abril, de aquí de Las Tunas, donde gané con un performance relacionado con la guerra en Iraq —precisa—. Empleé un balón de oxígeno parecido a un misil, al que le soldé cuatro alas y un tenedor donde ondea una bandera reproducida por un dólar norteamericano. La parte hecha de vidrio consigue un efecto espectacular con la llamada luz negra».

Mientras el guerrerismo expone a la humanidad a la ruleta rusa de una conflagración atómica de apocalípticas consecuencias, el italiano Raffaele Testagrossa se dedica en Las Tunas a hacer arte de paz con la complicidad de vidrios callejeros. Desde su empirismo distante de la academia, él sabe cómo restituirles el esplendor perdido.

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