La ciencia y el crimen

Heredera de muchas disciplinas y generadora ella misma de nuevos conocimientos e instrumentales, las ciencias forenses son más que lo que se ve en las series de televisión, pero se les parecen bastante

Autor:

René Tamayo León

Fueron 53 333 las personas fallecidas en Cuba entre 1996 y el 2006 a causa de accidentes. Y por una fémina muerta, casi dos varones perecieron. Las caídas accidentales representaron el 36,8 por ciento de las defunciones y los accidentes de transporte aportaron el 33,4 por ciento.

Los datos se dieron a conocer en el Volumen 48 de la Revista Cubana de Higiene y Epidemiología, en el artículo «Variación estacional de la mortalidad por accidentes según causas seleccionadas. Cuba, 1996-2006», de las doctoras Gisele Coutin Marie y Rosa María Torres Vidal, de la Facultad de Medicina Comandante Manuel Fajardo, del Instituto Superior de Ciencias Médicas de La Habana (ISCMH).

Los accidentes están entre las cinco primeras causas de muerte en Cuba. El estudio incluye las defunciones por ahogamiento y sumersión accidentales, las caídas accidentales, la exposición al humo, fuego y llamas, y accidentes del transporte.

La investigación estuvo encaminada a revelar la variación estacional de las defunciones por accidentes en el país, un asunto aún poco investigado en la Isla, aunque sí bastante avanzado en lo que respecta a mortalidad infantil y enfermedades del corazón o cerebrovasculares.

Las especialistas concluyeron que todas las causas de fallecimiento por accidentes presentaron estacionalidad: las muertes por ahogamiento y sumersión accidentales predominaron en julio, agosto y junio —y en el sexo masculino—; las defunciones por caídas accidentales en enero, febrero, agosto y diciembre —y sobre todo en el sexo femenino.

Los fallecimientos por accidentes del transporte se concentran en marzo, julio y diciembre —con preponderancia masculina—; mientras que las muertes por exposición al humo, fuego y llamas prevalecieron en el sexo femenino, aunque sin estacionalidad manifiesta, relatan las científicas en su artículo.

El consumo de bebidas alcohólicas es un destacado factor criminógeno vinculado a los delitos de violencia. Un estudio descriptivo de victimarios de homicidio y asesinato realizado por especialistas cubanos, reafirmó que el país no escapa a las tendencias mundiales, y enfatizó que el consumo de alcohol es un factor que predispone el comportamiento agresivo.

La investigación «Consumo de alcohol y victimarios de delitos de violencia» fue publicada en el Volumen 7, No. 2 del 2010 de la Revista del Hospital Psiquiátrico de La Habana Comandante Doctor Eduardo Bernabé Ordaz Ducungé.

La pesquisa fue realizada por los doctores José F. Pérez Milán e Inmara Valiente Rodríguez —ambos de esta institución médica—, y la doctora Mariloly Acosta González, del Instituto de Medicina Legal.

El estudio evidenció la ingestión de bebidas alcohólicas en el total de la muestra, y en el 53,5 por ciento de los casos ocurrió en un período de hasta 12 horas antes del momento del crimen. Un 60,6 por ciento de los victimarios fueron catalogados, además, como bebedores sociales.

El consumo de alcohol, según reseñaron los especialistas, es un significativo factor de riesgo en delitos del tránsito y homicidios, debido fundamentalmente a los efectos biológicos provocados por la bebida desde las primeras etapas de la intoxicación.

En cuanto a la conducta agresiva, explican en su artículo que esta bebida determina la desinhibición de impulsos y tendencias de la personalidad. Hace salir —agregan— «todo un potencial de tensiones históricamente acumuladas en relación con un conflicto o situación determinada».

Permiten también «el quebrantamiento de valores éticos y morales que puedan frenar la realización de una conducta reprobable, como un hecho delictivo». Además de su función «desinhibidora y facilitadora de la acción —añaden—, el alcohol es un agente distorsionador de la conciencia que hace funcionar al consumidor a niveles subcorticales».

Y hablando de alcohol y crímenes, el recién publicado libro Poisoner’s Handbook (El manual de los envenenadores), de la estadounidense Deborah Blum, presenta al patólogo Charles Norris y al profesor de Química Alexander Gettler, como los pioneros de la ciencia forense en Estados Unidos y el mundo.

Creadores del primer laboratorio de toxicología criminal en EE.UU. y de los primeros programas universitarios para entrenar a médicos en medicina forense —según defiende la premio Pulitzer de Periodismo—, aplicaron el método científico a la investigación de asesinatos, suicidios y envenenamientos.

Una reseña del periódico español Público —que goza de un reputado crédito internacional por sus secciones de periodismo científico— señala que aunque antes de Norris y Gettler se sentaron las bases de la disciplina forense, no fue hasta ellos que esta se constituyó como ciencia.

El período de la Ley Seca —impuesta durante los años 20 en el país norteño— permitió a ambos investigadores alcanzar el cenit científico.

La «guerra química» que se desató entonces entre el Gobierno y la mafia condujo a adulteraciones y redestilaciones de alcoholes que muchas veces terminaban con la muerte de los consumidores, al introducirse en las bebidas sustancias venenosas.

Solo en 1926, según datos del propio Charles Norris, fallecieron 11 700 personas por beber alcohol en EE.UU., por lo que él y su colega Gettler se dedicaron con ahínco a buscar fórmulas para detectar los restos de alcohol y otras sustancias en el cuerpo humano y averiguar si una persona murió por beber demasiado o por adulteraciones con algún veneno.

Según estimaciones de la autora del libro, reseñadas por el periódico Público, 10 000 ciudadanos estadounidenses murieron por beber alcohol adulterado por orden de su Gobierno, y miles «más murieron por beber varias formas de licores clandestinos o directamente alcohol industrial».

Y a propósito del boom televisivo de las series policiacas con base en las ciencias forenses, un experto en la materia dice que el 90 por ciento de las técnicas y metodologías que aparecen en las producciones audiovisuales son reales.

Un reporte de la agencia de prensa EFE puso la aseveración en boca del presidente de la Sociedad Española de Criminología y Ciencias Forenses, Manuel Javier Peña Echeverría. Los métodos utilizados en la televisión y el cine «existen realmente», pero «son diferentes los ritmos, la velocidad con la que se obtienen resultados y el hecho de que siempre cogen a los malos».

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