La muerte llegó a rozarme en Girón

Con una vida por delante, solo 22 años, el actual teniente coronel (r) Orestes Wong González acudió a la batalla «poniéndole el pecho a las balas»

Autor:

Nelson García Santos

SANTA CLARA, Villa Clara.— «Avanzábamos por la carretera que va para Sopillar y Pálpite cuando apareció un B-26 bombardeando y, aunque le abrimos fuego con fusiles y ametralladoras, hubo que dispersarse. Fue en ese tensísimo instante que descubrí al otro lado de la vía una empalizada de traviesas y, sin pensarlo dos veces, salí como un relámpago hacia allí.

«En la desesperación me agarraba de los mazos de hierba que había debajo de los palos y los halaba, pero no podía entrar al refugio.

«Cuando sentí que el ruido ensordecedor del avión se me venía encima, di un descomunal halón y fui a parar, por fin, debajo de las traviesas. Se la había dejado en la mano, por un tilín, a la muerte que vino a buscarme. ¿Alguna vez has sentido esa sensación que provoca saber que puedes morir? De corazón, no se lo deseo a nadie.

«Al salir de aquel bendito refugio descubrí que la cantimplora que llevaba amarrada en la cintura se había trabado en un madero y solo se soltó cuando se rompieron, por los descomunales tirones, casi todas las trabillas del pantalón.

«¡Pero lo peor estaba por ocurrirme! Cuando salgo a auxiliar a los heridos, me entero de que habían matado a mi amigo Ignacio Rolando Abreu. Me corrieron las lágrimas, nacidas de una mezcla de dolor e ira; me palpitaba todo el cuerpo, y me decía a mí mismo que ahora tenía que pelear por él y por mí».

El teniente coronel (r) Orestes Wong González tiene varado en la memoria ese monólogo, que matiza con el rostro azorado o apacible, y los tonos de su voz expresan encabronamiento cuando habla de los mercenarios, o tristeza cuando evoca a sus hermanos caídos: «Mira, esta es la foto de Abreu, y esta de Ángel Orlando Hernández González. Fueron 21 compañeros míos de la Escuela de Responsables de Milicias en Matanzas los que cayeron peleando».

El hombre calla de golpe mientras la vista se le queda fija en el plegable donde aparecen las fotos de todos los milicianos que murieron en Girón. Sé que en ese instante anda por Sopillar y Playa Larga, con su fusil disparando a la maldad vestida de camuflaje, que siente de nuevo silbar las balas a su alrededor y escucha el estallido de las bombas. Entonces “decido” sacarlo de la batalla, no vaya a ser que la emoción le juegue una mala pasada.

—¿Qué edad tenías?

—Una vida por delante, 22 años, pero estaba allí poniéndole el pecho a las balas, como cientos de jóvenes, porque sabía que toda aquella gente era puro estiércol. Y esto me lo reafirmaron cuando vi sobre la cama de un camión a mujeres y niños que habían acabado de asesinar. En aquel instante apreté duro, durísimo, el fusil en mis manos y sentí un deseo tremendo de tenerlos frente a mí.

—¿Experiencia militar?

—¡No! Al triunfar la Revolución era zapatero. Participé en la lucha clandestina contra la dictadura de Batista, y al fundarse las milicias me designaron jefe de un batallón en el poblado villaclareño de Esperanza. Y estando en esas funciones fui seleccionado para pasar la Escuela. La situación en esa época era muy tensa; la contrarrevolución realizaba sabotajes apoyada por el Gobierno de Estados Unidos, que preparaba la invasión.

«Pero antes de ir para allá pasamos, durante poco más de 30 días, una preparación político-ideológica en Minas de Frío, en la Sierra Maestra, y subimos tres veces el Pico Turquino. Después de un pase nos incorporamos a la escuela. Corrían los primeros días de enero de 1961».

—¿Y el entrenamiento?

—Las clases eran muy rigurosas; nos impartían táctica militar, incluido tiro, reglamento de orden interior y cómo preparar y dirigir escuadras y pelotones.

—¿Cómo terminó aquello?

—Precipitadamente. En la Escuela nos dieron un permiso para ir a la casa, pero antes el capitán José Ramón Fernández, que era el jefe del centro, ordenó que en caso de agresión había que virar inmediatamente en lo que fuera. Y así sucedió; tuvo lugar el ataque a las bases aéreas de San Antonio de los Baños y Santiago de Cuba. Regresé de inmediato a la Escuela, el 16 de abril de 1961, y en la madrugada del 17 salimos para Girón.

—¿Cuándo entraste en combate?

—Al pasar por la Laguna del Tesoro la aviación estaba bombardeando y tuvimos que tirarnos dos o tres veces del camión de volteo, de una cama altísima, en la cual íbamos los integrantes de la primera compañía. Como no teníamos transporte de combate lo hicimos en vehículos que se decomisaron en la Carretera Central, que pasaba frente a la Escuela. En la zona de Pálpite chocamos con los mercenarios.

—¿Había otras fuerzas?

—¡Sí! Ya peleaba allí el Batallón 339 de Cienfuegos, que había entrado por el sur; nosotros lo hicimos por Jagüey Grande. En el amanecer del 18 de abril el Gallego Fernández habló con nosotros y comunicó la orden del Comandante en Jefe Fidel Castro de tomar Playa Larga. Recuerdo que durante un tramo avanzamos por dentro del agua y yo siempre había escuchado que en la Ciénaga de Zapata abundaban los cocodrilos. ¡Qué clase de problema!

—¿Qué hiciste?

—¡En la guerra pasan cada cosas! Como delante de mí caminaba un guajiro grandísimo de Camagüey, me dije: Donde este ponga sus pies, pongo yo los míos, porque si hay un cocodrilo lo muerde primero a él ¡Qué cocodrilo iba a haber allí con el ruido de los tiros, los aviones y de la tropa avanzando!

Lo que ha hecho en nombre de la disciplina y la responsabilidad el teniente coronel (r) Wong González, quien se mantuvo durante 28 años en las FAR, combatió a los bandidos del Escambray y cumplió misión internacionalista, resulta proverbial, como lo es dejar plantada a la novia en medio de la boda.

«¡Uff! Ni toque el tema a mi mujer, Teresa Jiménez Iznaga; a ella no le gusta que le recuerden aquello».

—¿Qué ocurrió?

—Estaba casándome el 27 de mayo de l966 en Trinidad, para lo cual había pedido un pase de unos días en la Cuarta División, a la que pertenecía. Y de pronto me doy cuenta de que mis compañeros de armas no estaban.

«Entonces llamé a la División para averiguar el motivo de las ausencias y me informan: “¿Tú no sabes que estamos en alarma de combate? Mataron a un compañero nuestro en la Base Naval de Guantánamo. Espera un momento para que hables con el jefe (quien hoy es el general de división Rigoberto García Fernández)”».

Después de que el jefe me confirmó la noticia, sugirió: «Yo en su lugar vendría ahora mismo para acá». Y entonces le respondí: «Me voy a demorar un poquito en llegar, porque estoy en Trinidad».

«Regresé para el lugar donde se efectuaba la boda. ¡Qué clase de momento aquel! Mi novia vestida bien bonita, y todos los familiares a la espera del beso entre la pareja; de pronto les dije: “Me da mucha pena, pero no podemos casarnos ahora…”. Y todos respondieron sorprendidos: ¿Qué es lo que está pasando aquí?».

Entonces les dije: «Señores, esta es la mujer de mi vida; no pasa nada. Tengo que irme para la unidad, hay alarma de combate.

«Luego nos casamos el 11 junio de 1966. Llevamos juntos más de 40 años».

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