Días de Girón (I parte)

Los recuerdos de la heroica batalla comenzaron en la vida de un joven rebelde a la una de la madrugada, con el eco lejano de ráfagas de ametralladora

Autor:

Luis Raúl Vázquez Muñoz

CIEGO DE ÁVILA.— La noche transcurría normal, y la torre del central Australia parecía un pequeño bulto que sobresalía entre las cañas. «Me voy a acostar», le informó Ángel Rafael Valdés Estepe al soldado de posta. «Cualquier cosa me llaman».

Era el oficial de guardia en la madrugada del 17 de abril de 1961 en el cuartel de Jagüey Grande. Tenía 20 años, el pelo muy negro y un rostro de adolescente que ocultaba su historia de guerrillero. Guiado por las costumbres del monte, se acostó en el camastro sin aflojarse las botas ni la pistola del cinto.

Casi no durmió. A la una de la madrugada sintió que lo movían. «Cabo». «¿Qué?», preguntó medio dormido. «Se oyen tiros en Playa Larga». «¿Tiros?», y se levantó con torpeza. En el portal, a lo lejos, se escucharon tres disparos de fusil. Luego tableteó una ametralladora y volvió el silencio. De nuevo se oyeron los disparos y las ráfagas se hicieron interminables durante un rato.

Sin embargo, los soldados oteaban tranquilos la oscuridad. Era una escena que se repetía todas las noches, por lo que Ángel Rafael ordenó solo mantener la vigilancia. «A lo mejor ahorita se callan», comentó.

Pero diez minutos más tarde, la posta entró a la habitación. «Cabo, ahora son cañonazos». A lo lejos se sintieron unas explosiones. El soldado extendió el brazo. «Hasta se ven los resplandores. Es por la vuelta de Playa Larga». Desde la puerta vieron cómo el horizonte se iluminaba con un brillo intermitente. Una ametralladora dejó escuchar su ráfaga, y luego estalló otra bomba.

El teléfono sonó. «Ordene», dijo Ángel Rafael. «Sí, es Jagüey Grande… ¿De Playa Larga?... Un herido… Correcto, esperen, que vamos para allá». Y colgó. Avanzó hacia los soldados acomodándose la pistola en la cintura y dijo: «Prepárense todos. Voy a buscar al teniente».

Piezas blancas sobre el mar

En ropa de dormir, el teniente del Ejército Rebelde Antero Fernández Vargas le indicó: «Toma un “yipi” y vete a buscarlo. Yo organizo a la gente». El vehículo dejó atrás el central Australia. Habían avanzado cuando apareció un miliciano con la mano en alto. «Apaguen las luces, que por allá están tirando duro».

Siguieron el avance con el olor a humedad y sal que salía de la Ciénaga. A ambos lados del camino se veían unas sombras en movimiento. Unas permanecían tiradas en la cuneta y otras caminaban encorvadas en medio de las voces de mando. En las inmediaciones de Playa Larga, una voz salió de la oscuridad: «Los del “yipi”, tengan cuidado. Están disparando con metralleta».

La pólvora picaba en Playa Larga. A cada rato caía una bomba, y una nube de tierra se regaba por el lugar. Dos hombres se acercaron al «yipi» con un herido colgado de los hombros. Dijeron: «Llévenselo rápido, que esto se va a poner malo». Ángel Rafael se inclinó en el asiento. «¿De dónde tiran?». Y un miliciano indicó al mar. «Allá hay un barco que tira con cañones». Y apoyó las manos en la puerta del vehículo. «Unas lanchas aparecieron y le metimos bala. Se fueron; pero allá enfrente hay más. Mírenlas». Eran unas piezas blancas que permanecían inmóviles sobre el agua, en espera de la orden para atacar.

Cayó de lado, como si estuviera dormido

El teniente Antero escuchó el informe y dijo: «Está bien, vámonos». Y se acomodó la gorra. «Teniente». «¿Diga?». Ángel Rafael apuntó hacia el cordón amarillo que se veía en la visera. «Debería cambiar de gorra, teniente». Antero lo miró con severidad. «No hay tiempo para eso cabo».

Junto con los soldados iba un grupo de 14 civiles, encabezados por el comisionado de Jagüey Grande e Iluminado Rodríguez, técnico de Sanidad en el poblado. Todos iban armados con fusiles semiautomáticos M-52. Por su lado los carros pasaban a toda velocidad. Algunos llevaban una cruz roja pintada en la carrocería o en paños blancos. «Hay muchos muertos, la cosa va en serio», gritaron desde una ambulancia.

Los troncos de mangle y los bordes de la carretera ya empezaban a divisarse. Al frente, varios milicianos del 339 de Cienfuegos trotaban hacia el mar, cuando un avión, con las insignias de la Fuerza Área Rebelde, bajó del cielo y dio un pase con ametralladoras. «Coño, ¿qué le pasa? Si es de nosotros», gritó un hombre. Ángel Rafael hizo un gesto enérgico con el brazo. «Pues tírate, que ahí viene». Y sintieron el bramido de las hélices con el martilleo de las ametralladoras.

Alguien exclamó: «Hay que arrastrarse por el mangle. Aquí arriba nos van a matar». Y empezaron a estirarse entre los juncos hasta que sintieron unos chillidos, y la carretera comenzó a explotar. Se hizo un silencio, comenzaban a erguirse. Y los chillidos volvieron con una capa de arena que cubrió a los hombres.

Cuando se levantaron, un soldado dijo: «Miren… Los paracaídas». Salían de un gigantesco avión, que viajaba plácidamente en círculos y soltando un puntico detrás de otro. Un rebelde gritó: «¡Párate, párate, que estás preso!». Y un hombre salió de la ciénaga con los brazos en alto. Tenía el uniforme de camuflaje hecho jirones y la cara cortada por los juncos. Estaba embarrado de fango y se veía perdido. «Llévenlo para atrás», ordenó Ángel Rafael y enseguida unas balas se incrustaron en la carretera. «Vienen del pantano; de ahí es de donde tiran», se oyó. En la ciénaga se movían unos bultos. Uno se alzó entre las raíces de uva caleta y se escuchó una ráfaga de ametralladora. Un fusil sonó varias veces a la espalda de Ángel Rafael y al momento escucharon un cuerpo caer sobre el fango.

Los desalojaron hasta Pálpite, pero al pasar el caserío una cortina de metralla los detuvo. Desde el entronque con la playa la artillería disparaba con precisión. Ángel Rafael regresó para recibir instrucciones. Tenía que andar encorvado entre las columnas de metralla que se levantaban del suelo. Vio al comisionado y le preguntó por el teniente.

«Valdés —le dijeron—. Vete al pueblo y di en la funeraria que le preparen el mejor tendido». Ángel Rafael se asombró y entonces contaron. El teniente Antero se había parado en medio de la carretera después del pase de un avión. Lo vieron de pie, imperturbable ante los disparos, hasta que se estremeció como si le hubieran dado un corrientazo.

El comisionado apuntó hacia un charco de sangre. «Cayó de lado, como si se hubiera dormido», explicó. Ángel Rafael miró la gorra que estaba en el piso. Pensó y dijo: «Seguro le notaron la gorra con el cordón amarillo y se dieron cuenta de que era un oficial. Lo mataron por eso, por el cordón».

Rostros de niño

A un «yipi» lo llenaron de heridos. A algunos les faltaban las carnes del brazo, y solo se les veía un trocito de hueso blanco que salía por el muñón. Iban a salir cuando dos milicianos llegaron con un mercenario entre los brazos. «Llévate a este también, que está jodido». El hombre abría y cerraba la boca en busca de aire y ya estaba suave como la nata. Ángel Rafael dijo: «Póngalo atrás, pero apúrense». En un pasillo de la funeraria había unos cuerpos tapados con sábanas. Ya se sentía el mal olor y desde la ciénaga se escuchaban las explosiones de los aviones. En la funeraria estaba el cadáver de Antero. Parecía que dormía y Ángel Rafael le acomodó el pelo para que no se le viera un puntico de color negro, que era el hueco abierto por la bala.

Regresaron al frente y retornaron cargados de heridos. Por una calle apareció un camión militar y detrás marchaba una caravana de «cuatrobocas» rodeada por una multitud de hombres armados. Las traían unos muchachitos de rostro mal afeitado y con unos mechones de pelo infantil que se les salían por las boinas de milicia.

Ángel Rafael dijo: «Carajo», y soltó una patada. «¿Y este es el refuerzo que mandan? —gritó—. Con estos vejigos no ganamos la guerra». «¡Móntense!», les indicó a sus hombres. Adelantaron a una hilera de camiones y se lanzaron en solitario por la carretera, en medio del humo de los incendios.

Un soldado le dijo: «Aguante». Y Ángel Rafael se molestó. «¿Aguante de qué? Mire… Mire». Y apenas tuvieron tiempo. Un bombardero B-26 venía furioso, a vuelo rasante por la carretera. Las alas del avión chispearon y un camión cisterna que iba delante se torció en pedazos. «Salten», gritó Ángel Rafael. Y el rugido del aparato los volvió sordos, hasta que se perdió por encima del monte.

El «yipi» estaba en la cuneta junto a otros carros calcinados. Caminaron sin ver a nadie más, apenas una ambulancia llena de heridos. Al final encontraron a varios soldados del cuartel. Andaban con la ropa y el rostro ennegrecido por el fuego. Le dijeron: «Mataron a Iluminado, Valdés».

Ángel Rafael arrugó la frente. «¿Cómo fue?». «Un avión le partió el pecho con una 50», contó uno. Otro mostró el puño en medio del silencio: «Por el hueco que le abrieron podías meterle el brazo sin embarrarte de sangre». Los hombres permanecieron callados. Las explosiones se oían lejanas, como al principio.

Una voz dijo: «Si no vienen tropas será difícil pararlos. Tienen aviones y la candela está dura». Ángel Rafael acomodó un buche de saliva en la boca. Lo escupió con furia y dijo: «Mierda». Y avanzaron a pie hasta Pálpite.

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