Fuego cruzado en tres idiomas

De cómo un diario norteamericano, uno español y uno francés abordaron la invasión a Girón en aquellos días de 1961

Autor:

Luis Luque Álvarez

«MIAMI, martes 18 de abril.— Tropas rebeldes opuestas al Primer Ministro Fidel Castro aterrizaron ayer al amanecer en la cenagosa costa sur de la provincia de Las Villas».

Así reportaba el periódico estadounidense The New York Times el inicio de la invasión a Playa Girón. Era un texto bastante extenso en la primera página, a la derecha, junto a notas más pequeñas acerca del juicio a Adolf Eichmann —el criminal de guerra nazi atrapado por agentes israelíes en Argentina y juzgado por esos días en Israel— y la decisión de la Corte Suprema de EE.UU. de declarar nula la prohibición de que ciudadanos negros entraran a una cafetería en Delaware, EE.UU.

El diario liberal «insignia» de Norteamérica daba algunos detalles de lo que decía era el desarrollo de los acontecimientos en Cuba. Así, daba cuenta de reportes de «éxitos» de los invasores, nuevos aterrizajes en las provincias de Oriente y Pinar del Río y «levantamientos internos» contra el Gobierno revolucionario. Añadía incluso que Fidel había «escapado herido» de un ataque aéreo en una zona cercana a la «cabeza de playa» presuntamente establecida por los agresores, cuyo «Consejo Revolucionario», desde Nueva York, anunciaba que «muchas de las fuerzas milicianas han abandonado a Castro».

Una nota de sinceridad, no obstante, completaba el informe: «Ninguno de estos reportes ha podido ser confirmado». Y añadía: «El completo apagón de noticias directas desde Cuba vuelve imposible evaluar la situación adecuadamente».

Ese mismo día, al otro lado del Atlántico, el diario galo L’Humanité publicaba su titular de portada con inmensos caracteres: «¡Detengan la agresión contra Cuba!», y a continuación, una declaración del Buró Político del Partido Comunista Francés, que convocaba «a los trabajadores y a todos los demócratas a expresar su solidaridad (con Cuba), en las empresas y en los barrios, en las ciudades y en las aldeas; a exigirle al gobierno francés que condene la agresión de EE.UU. contra Cuba; a dirigir mensajes de solidaridad a la embajada cubana, y a elevar una protesta ante la embajada y los consulados de EE.UU. que, por su número y vigor, exija con fuerza al gobierno estadounidense: ¡Alto a la agresión contra Cuba!».

Otros llamados en portada explicaban: «Procedentes de EE.UU. y Guatemala, y protegidos por embarcaciones y aeronaves militares, los mercenarios han desembarcado en varios puntos del territorio de la República».

Eran los momentos iniciales del ataque, lo que sumado a las complicaciones normales de obtener información rápida y veraz de una zona de conflicto, dificultaba a L’Humanité la difusión de más detalles.

En días sucesivos, no obstante, el panorama se fue despejando y el diario ofreció datos más amplios de lo que estaba ocurriendo sobre el terreno en Cuba y de las muestras de simpatía que despertaba la Isla en otras muchas ciudades del mundo. Aunque siempre hubo quien se quedó anclado en la mentira.

Del «éxito» al pesimismo

El 20 de abril, la invasión era ya historia pasada, y su fracaso un ineludible presente. Sin embargo, desde Barcelona, el influyente diario La Vanguardia Española —había sido «La Vanguardia» a secas, hasta que Franco le colgó caprichosamente el gentilicio en 1939; en 1978 recobró su nombre original— seguía retando a los que, en diversas capitales, condenaban la agresión.

«¿Temor a la opinión mundial? Ya hemos visto por las manifestaciones violentas antinorteamericanas en todo el mundo, que no se trata de eso ni es lo importante. La opinión del mundo respetará a este país en cuanto use de su poder sin vacilaciones», pataleaba un señor llamado Ángel Zúñiga, corresponsal en Nueva York.

«Las escasas minorías realistas de este país creen que ha llegado la hora de actuar, si no se quiere perder el tiempo», escribía este entusiasta de la guerra, un crítico de cine que, al parecer, quería que desembarcara el mismísimo John Wayne en las playas cubanas.

Desconectado de la realidad, el periódico titulaba otro texto anónimo con la frase: «Cuba: Confusión y niebla», en el que afirmaba: «Probablemente, se espera una rebelión popular en cadena, una sublevación de todo el anticastrismo que, según nos habían contado, era fortísimo y se hallaba aguardando una ocasión adecuada para manifestarse con energía, y hasta con terminante violencia. Si esa sublevación no sobreviniera, el rumbo de los sucesos señalaría horizontes sombríos para los comandos invasores y para quienes les apoyan dentro y fuera de Cuba. Porque —digámoslo una vez más— los Estados Unidos se adherirán a un alzamiento popular por la libertad de Cuba; pero ante una sociedad amenazada de arrasamiento que se cruzara de brazos, también habrían de cruzarse de brazos en Washington».

En la página cinco, el diario se mueve entre la fantasía y la realidad: «Fuerzas invasoras toman contacto con los guerrilleros de la sierra de Escambray», expresa un titular de cabeza, mientras que un cintillo advierte, paradójicamente: «Entre los exiliados de Miami había ayer un cierto pesimismo».

Así intentaba describirse primeramente el «éxito»: «Miami. 19. — El Consejo Revolucionario Cubano dice que sus fuerzas invasoras en Cuba “han completado la proyectada primera fase de su operación militar en el Sur del país y han establecido conexión con los grupos de guerrillas que actuaban en la Sierra de Escambray”».

«La heroica acción de una pequeña fuerza que resistió a los tanques soviéticos, artillería y aviones durante las últimas veinte horas, ha hecho posible este resultado», agregaba la fuente citada por La Vanguardia Española.

Nada más incomprensible, después de estos avances, que la información aparecida unos centímetros más abajo, y que ilustraba las dudas «de que un intento para derribar el régimen de Castro, contando con el apoyo de importantes levantamientos en el país, pueda tener éxito. Informes fragmentarios y no confirmados llegados a Miami, parecen indicar que no se ha producido una fuerte oleada de apoyo a la causa de los exiliados dentro de Cuba, sino una enérgica contraofensiva de las fuerzas gubernamentales apoyadas por tanques y reactores».

Así reflejaba la movilización de pueblo que repelió la agresión, y luego reconocía: «Las primeras expresiones de regocijo entre los exiliados cubanos en Florida han dado paso a una creciente ansiedad, ante la falta de noticias de éxitos importantes».

«Fidel Castro: victoria»

El periódico francés L’Humanité, cuya redacción en París está casi a la misma distancia de La Habana que la de La Vanguardia Española en Barcelona, tenía otras fuentes que ofrecían datos de mayor crédito.

Además de documentar las decenas de manifestaciones de solidaridad con Cuba que se producían en Venezuela, México, Uruguay, Guatemala, Argentina, Chile, Colombia, Perú, Costa Rica, Bolivia y Panamá, así como en Polonia, la Unión Soviética, Checoslovaquia, Bulgaria, Japón, Italia, Israel y la República Árabe Unida (Egipto-Siria), el rotativo guardaba un espacio para los detalles de los momentos finales de la invasión.

«Les envahisseurs en déroute a Cuba» («Los invasores, en desbandada en Cuba») era el anuncio de portada, que explicaba cómo, «rodeados por las tropas y las milicias gubernamentales, golpeados por la aviación y la artillería, los mercenarios fugados tratan de encontrar refugio en la montaña».

El subtítulo «Lamentations à Miami» con seguridad no necesitará de traducción. El texto refiere que en esa ciudad «un negro pesimismo ha sucedido a la euforia previa a la batalla. El Cuartel General de la invasión ha perdido contacto con sus tropas. Los servicios de Cardona, el presidente del gobierno fantoche instalado en un hotel de la Florida (…)», se declararon sorprendidos por el «vigoroso contraataque» de las fuerzas populares cubanas. «Las primeras manifestaciones de júbilo de los exiliados —notó la agencia Reuters— han dejado paso a la inquietud».

L’Humanité reproduce además un cable de la agencia checoslovaca CTK, que describe el carácter de la operación invasora: «Hace recordar el desembarco en Normandía, durante la Segunda Guerra. La participación de instructores y oficiales norteamericanos (…) en el entrenamiento de los atacantes y la preparación de la invasión, es innegable. La invasión ha estado precedida por un ametrallamiento aéreo, un bombardeo naval, y el bombardeo aéreo de ciudades costeras», todo esto seguido por «el desembarco de tropas terrestres, paracaidistas y artillería».

Otros materiales amplían sobre la solidaridad internacional. «Puede usted estar seguro (…) de que el gobierno y los 650 millones de chinos estarán siempre al lado del gobierno y el pueblo cubano», expresaba un telegrama enviado por el primer ministro chino Chou Enlai a Fidel. Le siguen una declaración conjunta del yugoslavo Jossip Broz Tito y el egipcio Nasser, en la que condenan lo que denuncian como «una agresión contra la independencia del país, una negación de los principios de las Naciones Unidas y un atentado contra la paz mundial», y una demanda de 65 personalidades británicas —entre ellas el filósofo Bertrand Russell, el dramaturgo John Osborne y la actriz Betriz Lehmann— al primer ministro Harold MacMillan y al presidente estadounidense John F. Kennedy, para que cesara una agresión que calificaron de «amenaza contra la paz». Una proclama del Partido Comunista de EE.UU. cierra la página calificando el ataque de «acto de perfidia y de exportación directa de la contrarrevolución».

Un día después, la portada del diario francés mostraba imágenes del líder de la Revolución Cubana conversando en torno a una mesa con otros dirigentes, y en caracteres enormes, un titular de portada: «Fidel Castro: Victoria».

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