Pasos en falso

Jóvenes de varias provincias narraron a JR experiencias amargas que jamás imaginaron. Sus testimonios no indican el fin de sus vidas, sino puntos de partida para la reflexión y el autoexamen de la familia cubana

Autores:

Juan Morales Agüero
Yahily Hernández Porto
Osviel Castro Medel

Hoy no saben encontrar en sus mentes cuál fue la primera piedra que les torció el camino; esa que a veces nace y crece invisible en el divorcio con espinas de los padres o en la pérdida de la brújula de la escuela.

Velexis, por ejemplo, solo recuerda que aquel día del delito se dio unos tragos con unos amigos y se fue, en plena noche, a asaltar aquel camión cargado de café que bajaba por las montañas agrestes.

«No creo que me hiciera mucha falta el dinero, pero un socio me preguntó que si yo no era hombre para hacer eso, y a mí no se me podía andar probando. Asaltamos el camión, le tiramos un tractor delante para que detuviera la marcha y después de agredir a uno de los tipos de la cabina, nos llevamos los sacos; luego los vendimos», cuenta ahora mientras descansa en una silla de un centro penitenciario en el oriente del país.

Pero acaso esa «hombría» en este joven de 34 años, que no resiste pruebas, nació en los días de la infancia, cuando junto a sus nueve hermanos y otros muchachos del caserío se iba al río a practicar el juego de los mangos. «Tirábamos un mango al agua y el que lo cogiera en lo hondo era el ganador, teníamos que probar fuerza y resistencia. Así crecimos, con bastante independencia, pues mi mamá no podía estar cuidándonos a todos; bastante hizo, porque nuestro padre nos abandonó y jamás supimos de él».

Esa independencia adelantada le hizo nacer un carácter presto a la riña, que luego espolearía en la escuela interna. «En el albergue se vivía bastante “guaponismo” y yo me fajaba casi todos los días, lo disfrutaba, menos cuando me partían la cabeza. Y sin embargo, la vieja jamás se enteró de una de mis broncas».

Precisamente ahora, después que pasó todo, piensa en el tormento de su progenitora. «Mi mamá era gorda y desde que caí aquí jamás se ha podido reponer; está flaquita, loca porque yo salga».

Eso no es lo único que atormenta a Velexis. A menudo acuña que debe rehacer su vida, «porque cuando entré aquí mucha gente me abandonó. Claro, mi mamá no; ella se traga las lágrimas cada vez que me ve».

Él sabe que no será fácil lograr el propósito. Lo piensa desde la primera ocasión en que salió de pase. «Me parecía todo extraño en la calle; creía que iba por el aire. Empezar otra vez siempre cuesta, pero lo importante es empezar».

Eslabones sueltos

Del mismo modo en que este joven de Granma mira con optimismo un nuevo horizonte, otros de su tiempo o de mucho menos edad, también piensan reinsertarse a la sociedad después de haber cometido errores.

Suerte que en un sistema como el de Cuba, la voluntad institucional es lograr la educación, la rehabilitación y no el castigo.

Pero tal vez sería oportuno detenerse a pensar qué falla en nuestro engranaje para que estos muchachos incurran en delitos. Algún eslabón se suelta en la cadena de orientar, educar y enseñar a las nuevas generaciones.

Por ejemplo, Leonel, un camagüeyano que cumple una condena de 17 años, considera que tal vez su curva comenzó cuando con diez primaveras vio a su padre agrediendo a su mamá.

«Entonces tuve que venir a vivir con ella de Holguín a Nuevitas y fue en ese momento que dejé la secundaria, hasta que matriculé en la escuela de oficios, donde me hice pescador», cuenta.

«Pero aparecieron los amigos, el dinero fácil y caí preso». Desde entonces le ha sucedido como a Velexis: «La única que no me dio la espalda ha sido mi madre. Lo peor de todo es que no he visto crecer a mis hijos. Si hubiera tenido un hogar más tranquilo…».

«Aquí soy el alfarero o el artista; incluso he enseñado a otros esta profesión, aunque por mucho que haga y aprenda no hay nada como la libertad», concluye.

Siempre pueden encontrarse historias con puntos coincidentes u opuestos a las de estos dos jóvenes. La de Lianjú es una muestra. «Estuve en tres primarias, tres secundarias y dos preuniversitarios, hasta que caí preso antes de los 20», dice.

«No tuve infancia, porque a mami solo le preocupaba su trabajo y se fue lejos; y a papi por el estilo. Nunca me entendí con ninguno de los dos, solo que con él discutía de una forma que es mejor no recordar. Si no fuera por abuela hoy ya no estaría contando esto, porque atenté contra mi vida cuando era un adolescente».

Comenta que llegó a ir al psicólogo, pero no le valió de mucho, pues no consiguió quitarse el cartelito nefasto de que era «el malo, el peor, el que no servía».

«Ahora mi sueño es seguir aprendiendo el oficio de jardinería y salir rápido de aquí, para vivir de manera diferente y con la compañía de abuela, de mi novia y de nuevos amigos, que aún ni conozco».

En él se unieron el rencor, la soledad, una familia ajena a sus problemas —exceptuando a la abuela—, los malos ambientes… y todo eso incidió en su existencia. «Ya no soy el mismo, porque aunque esté aquí adentro, ahora tengo una escuela, profesores y compañeros de aula que no me rechazan», dice categórico.

Tragos amargos

Cuando se despertó por la mañana en una celda, Carlos Luis sufrió un sobresalto. «¿Y yo qué diablos hago aquí?», se preguntó. Mientras se frotaba los ojos, incrédulo, trató de reconstruir lo sucedido la noche antes en aquella fiesta.

«Lo que hiciste fue grave —escuchó decirle a alguien—. Le lanzaste una puñalada al jefe de sector». Entonces el muchacho, de solo 20 años de edad, se sintió desfallecer.

«Esa noche yo estaba pasado de tragos —admite—. Como me había quitado el pulóver en un sitio inapropiado, el policía se aproximó a llamarme la atención. A mí no me gustó eso. Entonces saqué el cuchillo, que ni siquiera era mío. Era de un amigo que me dejó solo y huyó de por allí cuando vio que me esposaban».

Así narra sus problemas Carlos Luis, quien ahora se encuentra recluso en el Centro de Trabajo y Estudio de Las Tunas, conocido como Tarea Confianza. Esta institución se creó allí en enero de 2008 para personas privadas de libertad que, por mantener buena conducta, fueron seleccionadas para estudiar y trabajar en condiciones abiertas, con el apoyo de sus familias.

«Me sancionaron a cuatro años de prisión. Fue difícil para toda mi familia. Me arrepentí de mis actos y hasta le ofrecí disculpas al jefe de sector al que agredí. Pero ya era tarde. Pasé los primeros siete meses en régimen cerrado. Aquí llevo más o menos el mismo tiempo».

Carlos Luis no tiene claras las razones que lo llevaron a delinquir. Quizá por abandonar los estudios cuando estaba en décimo grado. «Los dejé por cosas de la vida que no sé explicar», acota, evasivo. O a lo mejor por las malas compañías con las que anduvo. O tal vez por haberle faltado el padre, a quien vino a conocer cuando ya tenía 18 años. «Nunca ha venido a verme», cuenta.

«Cuando salga quiero casarme, tener hijos y llevar una vida normal. Estoy seguro de que puedo conseguirlo. Los jóvenes cometemos muchos errores. Y tenemos un falso concepto de la amistad. Ahora sé que amigo no es quien te embulla a cometer delitos, sino el que te ayuda».

No culpa a nadie por su conducta ni por sus secuelas. Eso sí, está convencido de que la sociedad puede arrimarles más el hombro a los jóvenes para distanciarlos del delito. Un consejo oportuno, una advertencia a tiempo, ayudaría en gran medida a que muchos no quebranten la ley.

«Mis familiares me vienen a ver cuando tengo visita y me dan ánimo para enfrentar el futuro —comenta—. Me duele en el alma verlos sufrir por mi culpa. Principalmente a mi mamá, que está enferma. Ella perdió a sus padres en esta etapa. Nunca me había puesto a pensar en lo que ellos me quieren. Cuando termine de cumplir quiero cambiar por completo mi vida».

Algo similar asegura Yusnel, un muchacho de Bayamo, de apenas 18 años. Hace unos meses, después de haberse pasado de copas en una fiesta, partió una botella y agredió por la espalda a otro muchacho, a quien por suerte no mató.

Lo enviaron entonces a cumplir una sanción domiciliaria. Mas siguieron los problemas. «Me fueron vendiendo una bicicleta robada y la compré. Enseguida la pinté y la transformé, pero al tiempo vinieron los dueños y se formó el rollo», cuenta.

Él mismo acepta que ha tenido oportunidades y no las ha sabido aprovechar. «Lo peor que uno puede hacer después de cometer un error es volver a caer en otro; hay que aprovechar los chances; he sacado esa conclusión aquí», sentencia.

Al igual que Luis Carlos, Yusnel, un bayamés de ojos claros, no conoció a su padre en la infancia. «Somos tres hermanos, los tres de padres diferentes. Yo nunca vi al mío, aunque ahora, cuando me metí en esto, lo tuve por primera vez delante de mí. Ojalá a partir de ahora quiera ayudar».

Yusnel desea que el tiempo pase volando para poder demostrar al aire libre que ha rectificado, aunque a veces tiene la sensación de que el reloj no camina. «Aquí se aprende; uno se educa, recapacita, pero ve que los días se hacen muy largos y eso uno se lo siente».

Él expresa como Juan Carlos: «Ya aprendí la lección, aquí no regreso nunca más».

La familia no siempre es culpable

Es cierto que detrás de muchas historias de delitos existen familias disfuncionales, pero hay casos como el de Dainier, un camagüeyano, en el que se rompen estos «patrones».

A él lo sorprendió verse en un centro penitenciario. Confiesa que al comparar sus pasajes con los del resto de los reclusos encuentra similitudes.

«Aquí escucho las historias del resto de los reclusos y pocas son como la mía, porque yo tuve niñez, infancia, adolescencia y hasta el consejo oportuno de mi familia».

Era técnico de nivel medio y llevaba la vida con normalidad hasta que aparecieron los negocios y la posibilidad de adquirir algunas sumas de dinero. «Me metí en cosas que no debía; fueron errores grandes que no quiero recordar», expone.

Ahora tiene planes, «que es lo que importa». Y entiende que aquellos consejos de los suyos lo hubieran llevado a puerto seguro.

Otro que tuvo una familia esmerada, que lo guió hasta convertirlo en universitario, es Manuel, un joven de Camagüey que se dejó sobornar.

«Uno piensa que su problema es el peor, pero cuando en un lugar como este escuchas las historias, te das cuenta que eres, posiblemente, el que menos problemas tienes. Esto hiere aún más, porque yo estudié en la universidad y mira dónde he caído…

«No es el fin, pero sí parece que el mundo se te acaba, porque esto no me lo esperaba y ni siquiera lo imaginé durante mi tiempo de estudiante. Hay que andar con pies de plomo y no dejar que el problema te envuelva, y mucho menos los vicios y costumbres de quienes te rodean.

«A mí quisieron chantajearme después del soborno. No lo permití, preferí contar la verdad y asumir mi responsabilidad, antes que vivir chantajeado. Todo comenzó por unos pesos. Después ese mundo te quiere atrapar y tienes dos opciones: o sigues en él o te sales, como me salí yo, por la puerta estrecha, pero sin chantaje.

«Aprendí ya a mirar las consecuencias antes de dar un paso y compartir las dudas con alguien de la familia. Actué solo. Sigo adelante y pensando que esto es experiencia, aunque dolorosa. Siempre hay más de una solución a los problemas, solo que a veces hay que encontrarla».

Volver a la magia

El epílogo del recorrido de JR por centros penitenciarios ocurrió en el Centro de Trabajo y Estudio de Las Tunas, donde todos los combatientes y los internos conocen a Misael. Y no precisamente por su nombre, sino por su afición: este interno de 23 años sobrelleva su vía crucis a golpe de guitarra.

Nació y se crió en un barrio célebre por su marginalidad. Entre sus amigos más cercanos había algunos con expedientes delictivos. Sin embargo, el «ambiente» no le interesaba demasiado. Recién comenzaba la enseñanza secundaria y solo estaba para eso.

«En ese tiempo me sentí su-mamente atraído por el arte de

la magia, porque uno de mis amigos me enseñó a hacer trucos

—recuerda—. Me inscribí en la Escuela de Magia de Las Tunas. Aprendí unos cuantos números. Y hasta hice presentaciones».

Desdichadamente, los conejos y las chisteras no consiguieron retenerlo por mucho tiempo. Comenzó a faltar a la escuela «por andar jodiendo en el barrio y buscando pleito por ahí con mis amigos». Hasta que un día dejó definitivamente de ir. Fue su perdición.

Cuando un joven se desvincula del estudio, cae en un caldo de cultivo excelente para la comisión de delitos. Misael no fue la excepción. Al poco tiempo de renunciar al aula, alguien le propuso robar. Y él, a pesar de no ser todavía un delincuente, aceptó. En el juicio le probaron su delito. Fue condenado a nueve años de reclusión.

«Nunca me faltaron consejos ni palizas para hacerme entrar en razones», afirma. Luego agrega con naturalidad: «Yo era cabeciduro y no entendía. Si algo falló, fui el culpable. Por juntarme con gente mala. Cometí un delito que no debí haber cometido. Y estoy de acuerdo con mi sanción. Esto me ha servido de escarmiento. Es duro, pero enseña mucho».

Misael no quiere recordar aquellos primeros meses en la Prisión Provincial. Allí reflexionó mucho acerca de su situación. Y llegó a la conclusión de que había sido un tonto por llevarse por otros. Para evadirse un poco de la realidad recurrió a algo que le agradó hacer desde pequeño: cantar y tocar guitarra. En el penal le permitieron acceder a ese instrumento. Y así se hizo trovador.

«La guitarra ha sido mi gran compañera en la prisión. Aquí me han dado oportunidades para que me desarrolle y aprenda más de este instrumento. He ensayado y actuado hasta en la Casa de la Cultura. También me beneficia estar terminando el duodécimo grado. Son oportunidades para salir adelante».

Cada 45 días va a su casa de visita. Para Misael dejaron de existir aquellos amigotes. Ninguno se ha preocupado por él durante su reclusión. Ni siquiera el que lo animó a cometer el delito por el cual lo condenaron.

«Me falta un año para salir con libertad condicional. Seré como una persona nueva, porque estoy convencido de que la decencia y la honestidad se recuperan. A mí me ha apoyado mucho mi familia. Mi mamá, a la que le han caído los años encima, porque acabé con ella con mis malas acciones. Y mi padrastro, que para mí es mi verdadero padre. El que no tiene familia buena sufre mucho aquí».

Rasga las cuerdas de la guitarra y, de pronto, comienza a cantar. Las personas próximas al sitio donde realizamos la entrevista abandonan sus ocupaciones y vienen a escucharlo. Es una canción triste. «La compuse aquí. Algún día haré temas más alegres», asegura.

Reconoce que ha perdido parte de su juventud entre rejas, pues está en centros penitenciarios desde los 17 años de edad. «Me duele, porque dejé de hacer millones de cosas importantes que ahora, con el conocimiento que tengo, hubieran salido mejor. A pesar del tiempo perdido, lograré hacerlas. Cuando salga quiero ser admirado, no despreciado».

Explica que en el Campamento Confianza ha aprendido que la vida comienza cuando «uno se decide a vivirla». Y cierra con un juicio impactante: «Nunca dejaremos de agradecerle estas atenciones, que no poseen otros en las cárceles del mundo, a Fidel. Tenemos buena alimentación y ganamos un salario por el trabajo. ¿Qué más puede pedir quien contrajo una deuda con la sociedad? Sueño con tener un hijo. Y reinsertarme entre mi gente para demostrarle que, como muchos que estamos aquí, yo valgo».

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