Un médico muy médico

El doctor Calixto Machado, renombrado neurólogo y neurofisiólogo, premio nacional de Salud Pública, tiene en su Isla querida una laboriosa batalla investigativa por rescatar la conciencia humana de las sombras

Autor:

José Alejandro Rodríguez

La noche del 6 de mayo de 2011, en la ciudad norteamericana de Filadelfia, el corazón del doctor Calixto Machado no estalló de milagro ante tamaña sorpresa. Ahora lo recuerda mientras camina bañado en sudor desde su casa, en plena Rampa habanera, hacia el Instituto de Neurología y Neurocirugía de Cuba, donde ha fecundado más de 30 años en la investigación científica.

El eminente neurólogo y neurofisiólogo cubano, Investigador de Mérito dedicado a la muerte encefálica, estados vegetativos de conciencia y el linde definitorio entre la vida y la muerte; el presidente de la Sociedad Cubana de Neurofisiología Clínica y de la Comisión Nacional para la Determinación y Certificación de la Muerte, del Ministerio de Salud Pública, de súbita emoción pudo haber traspasado la frontera irreversible, y hoy no estuviera haciendo el cuento.

Ahora, lamentando el deceso definitivo de su renqueante y leal Moskovich, que tanto le sirvió, sube la calle 23 y evoca aquella noche solemne, ajena al sainete habanero, cuando la Academia Internacional para el Desarrollo del Cerebro del Niño, una institución científica sin objetivos de lucro, le entregó el Premio al Investigador del Año por la Obra de su Vida, entre prominentes sabios de todo el mundo.

No recuperado aún del asombro, el doctor Machado apretó esa noche en sus manos la Estatuilla con Pedestal, un niño desnudo de bronce que simboliza el desvelo de los neurocientíficos por rehabilitar la conciencia humana. La estatuilla le pesa una tonelada en el maletín por plena cuesta de la Rampa, porque un periodista cubano se ha encaprichado en entrevistarle esta mañana.

Calixto —Caqui para los suyos, que son bastantes— recuerda ahora las palabras hermosas que le prodigaron con la estatuilla por considerarlo «un precursor durante más de tres décadas en el campo de la neurología y la neurofisiología clínica»; alguien que «ha investigado, escrito y enseñado sin descanso para mejorar la comprensión de la conciencia a nivel mundial». Pero la frase de la fundamentación que le disparó la presión arterial fue: «Donde había penumbra, él ha llevado la luz de la comprensión; donde había misterio, él ha llevado respuestas que mejorarán significativamente la condición humana».

Cuando las notas del Himno Nacional de Estados Unidos movían la bandera de las 50 estrellas, Caqui pensaba en La Habana, en la eterna Yasmina de todo el amor; en sus dos hijas por el sendero de la Medicina; y en el talón de Aquiles de sus equilibrios, el nieto Mauricio. Revivía también a su padre allá en el natal Jovellanos: el doctor Calixto Machado, que le enseñó el respeto a la bata blanca; y a su madre, Julia Curbelo, que le dio el anticuerpo de la bondad para enfrentar torceduras.

Durante la ceremonia, el Doctor en Ciencias experimentó sensaciones aleatorias. Por sobre el himno y la bandera de Estados Unidos, sintió en sus oídos el de Perucho Figueredo, y vio la de las cinco franjas y una estrella. Alucinado, asistía a la unión de tantos emblemas que otras fuerzas hostiles, no muy lejos de la distinguida ciudad de Filadelfia, quieren ver encontrados y punzantes.

Una rara mezcla

La Asociación no había hecho más que inclinarse, por encima de muchos determinismos, ante una rara mezcla de talento, voluntad, audacia y compromiso con la vida humana, desde el estudio de la muerte. Era la reverencia ante la sabia tozudez de una eminencia cubana durante años, por reconsiderar el estado de muerte no precisamente en el corazón, sino en la pérdida irreversible de la conciencia y todas las funciones cognitivas y afectivas, por aniquilación encefálica. Un hombre que nos salva.

En la cena de homenaje que sucedió a la ceremonia de premiación, ya el doctor Calixto Machado era Caqui. Se aflojó la corbata y, con su inglés impecable y el espíritu musical que le corre por las venas, entonó My Way, de Paul Anka: I planned each charted course, each careful step along the byway. And more, much more than this, I did it my way… A su manera, como él ha entendido la vida.

Días después recibió en la ciudad de Orlando, en La Florida, el Premio a la Investigación al Mejoramiento Neurológico Funcional del Cerebro Humano, de parte de la International Association of Functional Neurology and Rehabilitation. Dictó conferencias en John Hopkins (Baltimore), Jackson Memorial (Miami); y en las newyorkinas Columbia University y Cornell University (ir a bailar a casa del trompo, en la Meca de los estudios de trastornos de conciencia).

Como si fuera poco, el varias veces laureado premio nacional de Salud Pública de Cuba, de la Academia de Ciencias de la Isla y miembro correspondiente de la Academia Americana de Neurología desde 1990, en 2005 recibió de esta última el Premio Mc Henry, cuando solo lo habían obtenido 15 norteamericanos, un francés, un italiano y un belga.

Si se tiene en cuenta que es un «cubano de Cuba» uno supone cuánto se habrá alzado y revelado su obra científica para imponerse a contracorriente de distancias, contradicciones y desentendimientos.

Siempre volver

De sus viajes frecuentes a Estados Unidos por razones científicas y profesionales, el doctor Calixto Machado siempre retorna a los suyos; al fárrago sudoroso de La Habana y sus problemas, al sitio único, a la ínsula de sus aspiraciones de buen hombre.

Allá en Norteamérica, algunos lo perciben como un ser raro. Y no le han faltado propuestas y anzuelos suculentos. Pero Caqui vuelve a su rincón de trabajo en el Instituto de Neurología y Neurocirugía sin alardes ni estridencias, repartiendo el cariño y la sencillez de un cubano cabal; reconociendo que sus alcances en la ciencia son parte de una inteligencia colectiva, de un gremio de investigadores deslumbrantes, de un país con vocación para el talento gregario.

Tanto que le gusta hablar y comunicarse, y ya las preguntas del periodista lo encuentran cansado. Le interrumpen el itinerario de su jornada, que se debate entre el tiempo para la investigación y las buenas acciones hacia cualquiera que irrumpa en su despacho o lo interpele en la calle; hasta hacer expedita una gestión a un médico ya jubilado, que muchos olvidan, pero él no.

El entrevistador insiste, y Caqui deja para el final la definición del sueño de su vida, la estrella que alzará en la cumbre su obra científica, luego de haber investigado tanto sobre la concepción neurológica de la muerte.

Para un hombre tan vital, que se autodenomina feliz, pareciera que la muerte es una obsesión morbosa y recurrente, aún desde la ciencia. Pero Calixto confiesa que a pesar del desarrollo tecnológico de la neurología, el cerebro humano sigue siendo un gran desconocido, un enigma. «Defender, salvar y rehabilitar el cerebro decide la vida», sentencia.

El respeto a la bata blanca

El doctor Machado es un neurofisiólogo y neurólogo investigador, pero, a fuerza de vindicar a su padre, no abandona completamente la medicina clínica. Y tiene un gran respeto por la bata blanca, como le inculcó «el viejo». «El médico todo lo tiene que ver, bata por medio, para hacerse respetar y querer», manifiesta. Cree mucho en aquello de mirarle a los ojos al paciente, de palparlo en el cuerpo y en el alma, de hablarle y no despedirlo rápidamente, por muchos ultrasonidos y aparatos que detectan pero no sienten.

El periodista duda de la «felicidad» autoproclamada por el galeno, porque ningún entrevistado de su vida profesional ha sido tan absoluto en tal sentido. Y Caqui se defiende: «Es mi felicidad. Nací de una gran familia, de médico, en un pueblo afectuoso como Jovellanos. Tuve una infancia plena en un hogar estable y feliz, estudié lo que quise, fundé una familia amorosa con mi única novia. Amo mi país, disfruto de la vida todos los días y alejo a la muerte. Soy selectivo con mis amigos. Me siento realizado y muy reconocido en mi profesión. Y lo más importante: soy un buen hombre».

Casi es codiciado ese currículum vitae. ¿Tanta consumación no concitará el áspid de la envidia y los celos profesionales? Sí, los ha sentido muchas veces, y reconoce que le han perturbado en ciertos momentos, pero ha logrado hacerse de una buena coraza para alejar el rencor. Siente que es mayor la fuerza del reconocimiento, el afecto y la amistad.

Si usted lo dudara, pruebe a caminar con el «feliz» por los pasillos y exteriores del Instituto de Neurología y Neurocirugía, y va a descubrir que tanta gente que lo saluda, lo besa y lo abraza, compañeros de profesión y trabajo o pacientes, no pueden estar equivocados. «Un abrazo no tiene precio», significa.

Se autoproclama un cubanazo. Y siente que, cuando llega a un sitio, impone esa manera sencilla y natural que tiende puentes y no muros. «Eso lo aprendí desde niño en la consulta de mi padre, que fue excelente como médico y como ser humano. Un clínico de la vida, un médico muy médico, que lo mismo abría un tórax que hacía una cesárea. Un hombre muy hombre».

El periodista imagina una cola de jóvenes ansiosos por pasar pruebas de aptitud para ingresar en la carrera de Medicina. ¿Cuál sería la premisa o el tamiz con que el doctor Machado haría la primera decantación?

—Fuera los que no sientan el sufrimiento ajeno, resume.

La investigación científica se cincela también con muchos fracasos y paciencias. Él lo sabe: «Son muy arduos los estudios sobre trastornos de conciencia (desde estado de coma hasta vegetativo. Puede esa persona hasta abrir sus ojos, pero no tiene intercambio cognoscitivo. Estamos tratando de buscar vías de rehabilitación de esos pacientes, que la lógica común desecha. Ya de por sí el concepto «estado vegetativo» es peyorativo».

Le solicito al doctor alguna evidencia de que él y otros investigadores no están arando en el mar del imposible. Y me cuenta, con la alegría de hallar un juguete extraviado por años, que han comprobado una especie de lucecita en niños que se encuentran en estado vegetativo, supuestamente desconectados del mundo. Cuando cualquier persona les habla al oído, las imágenes recogidas del cerebro no reflejan ninguna respuesta. Pero si lo hacen las madres, se perciben señales mínimas de activación.

«Estamos rompiendo un tabú», manifiesta pícaramente.

—¿Se acaba la entrevista y no va a develarme su sueño?

—Lograr que al menos esos niños puedan sonreírles a sus madres.

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