Escuela en familia

Detrás de las transformaciones realizadas en algunas de las escuelas rurales más intrincadas del país palpitaron historias asombrosas en el curso que terminó

 

Autores:

Osviel Castro Medel
Odalis Riquenes Cutiño
Haydee León Moya

Por tres sendas diferentes nos fuimos a algunos de los sitios más «difíciles» de Cuba. Primero tomamos rumbo a El Mijail, en el municipio guantanamero de Imías, un lugar tan laberíntico como maravilloso, cuyo camino da deseos de virar, al menos a aquellos no acostumbrados a lo abrupto.

Más tarde partimos hacia La Estrella, (Buey Arriba, Granma), sitio en el que se pueden sentir los suspiros de las nubes a la espalda y al que se llega luego de cruzar ocho veces el río Buey, el cual bordea caprichoso el camino entre crestas.

Y finalmente tocamos El Paraná, en el Consejo Popular La Torcaza, en el municipio santiaguero de Contramaestre, después de desandar 16 kilómetros de caminos polvorientos y cumbres de piedras y tierra blanca.

En los tres lugares descubrimos historias que merecen ser contadas porque sorprenden e ilusionan y porque pintan transformaciones extendidas a lo largo de nuestros lomeríos.

Casa de encantamientos

Llegamos a El Mijail en un jeep que parecía un mulo cerrero al pie del abismo y sintiendo que el corazón se nos quería salir por la mismísima garganta.

Nos apartamos del Viaducto La Farola y vencimos 12 000 metros de arrebatos hasta divisar, a los pies de un altozano inmenso, algo que semejaba una bandera cubana quieta en la cima de otra loma.

Era una casita de madera pintada de azul y blanco con parte del techo rojo, donde nos aseguraron vivía una persona dulce y laboriosa que había multiplicado su familia. Se trataba de Damaris Hernández Cobas, uno de esos seres que contribuyeron desprendidamente a la materialización de una de las medidas estatales más recientes para reducir gastos y avanzar en el sector educacional.

Esta mujer de 43 años se sonrojó al máximo cuando se vio obligada a contarnos que de su humildad nació una alternativa muy humana, generalizada luego en Imías, el territorio de Cuba que tuvo mayor cantidad de escuelas de uno a cinco alumnos (45), ahora trasladados, por imperiosa necesidad, a otros recintos docentes.

Ella, quien fue testigo allí del asombro y la enorme alegría de aquel niño de ocho años que en una escuelita solo para él, por primera vez veía la televisión, allá por los 90 del siglo anterior, no podía virarse de espaldas a una urgencia en medio de un escenario económico diferente.

Entonces supo que a la escuela primaria Calixto García, a unos pasos de su casa, serían movidos cinco niños de zonas relativamente cercanas.

Unos días después, en septiembre de 2010, con el inicio del curso, recibió en su hogar a los dos primeros pequeños y no tuvo que hacer modificaciones al inmueble, pero ya a mediados de ese propio mes, «llegaron los otros tres, entonces sí tuvimos que reacomodar todo y casi construir un cuarto, para que las niñas tuvieran su habitación aparte».

Pero ya en ese momento los dirigentes de Educación, cuenta Damaris, habían garantizado que en su casita fueran montadas celdas fotovoltaicas, antena para las señales de TV, televisor a color y video. Esa era la idea: que de las escuelas cerradas algunos recursos se destinaran a esta especie de seminternado. Junto a eso, algunos alimentos básicos para desayuno, almuerzo, dos meriendas y cena, así como productos de higiene personal.

Pero para que todo siguiera en orden y armonía allí, Damaris puso en un lugar visible un horario de actividades que comienza a las 6 y 30 de la mañana y termina a las 8 de la noche, de lunes a viernes, pues el fin de semana los padres de los niños los llevan de visita a casa.

Mientras nos explica, la mujer orquesta, quien lava uniformes, limpia, cocina, ayuda a hacer tareas… y vive sola con su esposo y un nietecito de tres años, mira constantemente su reloj porque ya están al venir los niños.

Estos llegaron justamente cuando mejor olía aquel potaje. Todo un ritual de buenas costumbres antes de ir a la mesa y unas caritas llenas de gozo y deseos de hablar.

Uno de ellos, Oliandris Osorio Reyes, tiene 11 años y cursa el quinto grado. Su mamá vino a visitarlo desde Manacas, bastante distante de El Mijail. Es su hijo menor.

«Yo no esperaba que fueran a cerrar la escuela, pero cuando nos explicaron, enseguida lo llevamos al concentrado, lo importante es que estén bien cuidados y estudien. Mis otros hijos se me fueron de mi lado también a estudiar, pero ya en octavo grado, no tan chiquitos. Estoy muy contenta de todas formas porque el país está pasando por situaciones económicas difíciles, pero mira... no estamos abandonados», nos comentó.

Y Celine Gámez, de cuarto grado, que vino desde Arroyón, dice que aquí hay teléfono y tienda, «y también más casas y niños para jugar a la rueda rueda». Quiere ser maestra de las montañas.

Otra cara

La escuela Calixto García, que hasta el curso pasado tenía una matrícula de 11 niños, ahora cuenta con 23, en aulas multigrados de primero a sexto.

Iscander Rodríguez, de sexto, fue delegado al Congreso pioneril de su municipio; es hijo de un maestro y piensa que con varios niños juntos se aprende más. «Cuando estoy haciendo las tareas y no sé algo, siempre hay un compañero que me puede explicar. Tampoco allá en la otra escuela, donde éramos tres en total, podíamos jugar pelota porque no alcanzábamos para hacer un equipo, y aquí sí. Lo malo es que extraño a mis papás, pero estoy bien», confesó.

Mientras, el maestro Oris Adames, con 23 años ejerciendo la profesión en esa zona, expresa que en un aula de primaria «siempre está el estudiante adelantado, el promedio y el de bajo alcance, y muchas veces el alumno no pregunta dudas al profesor por pena, pero le pregunta al compañero aventajado».

En el caso de las zonas rurales, explica, es útil este concentrado porque los va entrenando para cuando lleguen a la secundaria, porque generalmente en las serranías la beca es la única opción para poder continuar los estudios.

Diosmari Osorio Noa, maestra, opina que un niño solo puede aprender bien, pero que los valores «se forman y perfilan en su relación con los demás. Luego crecen solos así y no se saben relacionar ni comportar en colectivo».

Antes de irnos de El Mijail, Sóstenes Mora Ritchie, también educador, nos comentó que el mayor impacto de esta medida no  es solo en el aspecto económico, sino los beneficios inmediatos, que se verán fundamentalmente en el aprendizaje.

Tocar una estrella

Pensábamos encontrar en La Estrella, en las legendarias lomas de la Sierra Maestra y a 14 kilómetros de la cabecera municipal de Buey Arriba, una escuelita parecida a la del territorio guantanamero. Pero hallamos un recinto más grande —se llama Esteban Gallardo Medina—, con mayor número de alumnos (76) y una peculiaridad llamativa: allí viven 15 alumnos internos.

Vinieron estos desde Brazo Seco, Pan de Azúcar, Malo, Bernabé, Macío Arriba, Nevada, Santana y otros lugares tan recónditos que a veces no se pueden dibujar con palabras. En esos parajes funcionaban escuelas hasta para un solo niño.

Por ejemplo, Alexnier Sánchez y Adisnuvia Molina, dos retoñitos que no llegan a los diez años de edad, proceden de Santana, un sitio que está a unos 25 kilómetros de La Estrella —en los límites con Santiago de Cuba— y que poseía un centro docente cuya matrícula rara vez excedió los cinco alumnos.

Ahora ambos estudian en la Esteban Gallardo, la que cuenta con un albergue todavía sin el acabado ideal, siete aulas, laboratorio de computación, comedor, enfermería, cuarto para maestros, dirección, almacén y una cocina en construcción.

Otros que tenían escuelitas con matrículas del tamaño de una mano eran Alejandro, Yuliannis, Amelia, Daniel, Susana, Erismel, Reinier y Daimelis. Algunos de ellos reconocen que echan de menos de vez en cuando, aunque aclaran que allí estudian, comen, juegan, se bañan y duermen «muy bien».

Luis Carlos Pacheco, quien lleva 20 años dirigiendo el plantel, nos confesó que en tanto tiempo nunca había asumido un reto similar, este de educar al mismo tiempo a niños de la comunidad cercana y de sitios apartados.

«No ha sido fácil porque nunca habíamos tenido estudiantes albergados, pero tampoco resultó tan difícil como creíamos al principio; poco a poco todos nos hemos ido adaptando. La cooperación de los padres fue determinante», señala.

Y agrega que en la escuela una «tía» (una auxiliar) les calienta el agua todos los días a los niños para que se bañen y que, incluso, a algunos de los padres de hogares más distantes Educación les ha facilitado mulos con tal de que transporten a sus hijos los fines de semana de la escuela a la casa y viceversa.

Rolando Machado, un veterano educador de este centro, consideró durante nuestra visita que el traslado de esos alumnos a colegios con mayor matrícula ha ayudado a los niños porque «han mejorado la expresión oral, la participación en clases, la disciplina y la preparación política. Algunos llegaron con problemas en la ortografía y en el aprendizaje y hoy se ve el cambio. A todo eso se agrega que aprenden a ser más independientes».

Luis Carlos, el director, expone que en la medida en que mejoren las condiciones de vida en los dormitorios y el comedor, los pequeños irán enamorándose más de la escuela, aunque algunos hoy parecen estar bastante flechados, al punto que quieren retornar los domingos bien temprano.

De La Estrella nos fuimos estremecidos, después de escuchar al locuaz jefe de colectivo, Javier Aguilar Soto. Él, de sexto grado, es uno de los «externos» que, repetidamente por las noches, va a ver a sus compañeros albergados para saber cómo se sienten, qué necesitan y para acompañarlos en el estudio o los juegos de mesa.

Él, también, es el principal promotor del círculo de interés sobre tránsito Vía a la vida y el director del grupo musical Los pequeños Turquinitos, que fue impulsado por el instructor de arte Osvaldo Sánchez.

«Los primeros instrumentos los hicimos nosotros mismos con la ayuda de nuestros padres; eran un guayo, unas maracas y un “tamborcito”, pero desde que llegó Osvaldo con su guitarra nos hemos superado porque él nos enseñó muchas cosas y ya tenemos unos cuantos números», nos dijo con el acento de un profesional. Y para demostrarlo Los pequeños Turquinitos nos despidieron con un «popurrí» de temas campesinos y urbanos.

Corazón y meta

Pisamos El Paraná otra mañana seca y soleada. Allí da la impresión de que la vida es lenta, como la colada del café que constituye la principal fuente de sustento para sus habitantes; y el aire limpio esparce los sueños de pequeños y adultos junto a los olores del monte.

El corazón del caserío es su escuelita primaria: la Ciro Frías Cabrera, una nave blanca y espaciosa donde todo parece cuidadosamente diseñado para hacer crecer como hombres de bien a sus 38 alumnos, de prescolar a sexto grado, incluyendo ocho niños de la Enseñanza Especial. En esta, no obstante, no hay alumnos de otras escuelas «reubicadas».

Desde la misma entrada el busto de Martí es rey en medio de un jardín de rosas atendidas con esmero, y la albahaca, el orégano y la menta, que indican sus nombres al visitante, hablan de la intención de una educación integral.

Sin dudas, muchos asombros palpitan en el patio de la escuela, allí, bajo el gran algarrobo, junto a la net y demás implementos del área deportiva —concebidos por el ingenio de padres y maestros—, entre los nudos e instrumentos rústicos del Movimiento de Pioneros Exploradores, cerca del sembrado de plátano burro.

Aquí se valora más el gesto del profesor de Educación Física que recorre todos los días casi diez kilómetros, desde la Carretera Central, para darlo todo en la escuela y es capaz de estimular a sus alumnos hasta con una cuña de dulce en la meta.

Junto a los mil colores del patio, es más enriquecedor el movimiento de Pioneros Explo-radores, a pesar de que lo exiguo de la matrícula de un centro integrado como este, les limite para formar y preparar una tropa como se debe.

Se valora más la participación relevante de la escuela en los concursos pioneriles, y en los trabajos voluntarios para mantener el área siempre bonita, ejercicio que ha impulsado a niños y maestros hasta para dar su aporte en la recogida de café en la UBPC cercana.

Como explica Walfrido Ramos Mustelier, metodólogo de Plan Turquino del municipio de Contramaestre, elevar la calidad del aprendizaje de los alumnos del sector rural es el acicate constante que mueve a la Ciro Frías.

En función de eso se preparan los maestros, a diferencia de la ciudad, para atender el programa de estudios de dos o más grados a la vez, junto a los especialistas de Inglés, Computación y Educación Física con que cuenta el centro.

Tienen la desventaja de que seis de los 13 docentes viven fuera de la zona y en los días de lluvia el acceso se torna difícil, pero ese escollo, dice Leodan Reyes, su joven director, lo superan con una gran dosis de sacrificio y autopreparación.

La mejor prueba de que su fórmula funciona está en los cuatro másteres en Ciencias de la Educación con que cuentan y en los primeros lugares, a nivel de Consejo Popular, de municipio, provincia y nación alcanzados en la presentación de trabajos y los eventos de clases de maestros del sector rural, entre otros.

A todo eso, como ilustra el ejecutivo pioneril que encabeza Yoendri La O, se suma también el trabajo de la Organización de Pioneros José Martí en el centro, con todos sus movimientos.

Con ayuda del promotor cultural de la zona, explicó Martha Ileana Ramírez, jefa de actividades, defienden lo mismo el casino que el reguetón o el tectonic en la escuela y la comunidad, crecen en las competencias deportivas y siempre tienen un tiempo para acampar, visitar el campamento de pioneros exploradores y conocer de la historia de su localidad y del municipio de Contramaestre, pródigo en nombres y hechos relevantes en el devenir patrio.

El futuro de El Paraná se forja en sus propias tierras, por eso, insiste Leodan Reyes, con ayuda de otros profesionales de la zona, y en aras de fortalecer la continuidad de estudios de sus alumnos, trabajan en la creación de un círculo de interés sobre el cultivo del café y en fomentar el interés por otro de reforestación, que ya tienen, y con el que han entregado a la UBPC Haydée Santamaría más de un centenar de posturas de cedro y otros árboles maderables y frutales.

Así esta escuelita rural defiende y ratifica su rol como el palacio de cultura y saber que tanto necesitan nuestras montañas.

Epílogo

Nos marchamos de cada escuela rural después del mediodía. Mientras retornamos vamos evocando las palabras de Georvys Taquechel Román, director provincial de Educación en Guantánamo, quien nos comentó que con esta necesaria reducción de centros docentes hay también una reubicación de cientos de medios audiovisuales, siempre con el afán de sostener la calidad de esa conquista innegable vinculada a las aulas.

También nos laten las palabras de Virgen Onelvis Castellanos Borlot, jefa del departamento de Educación Primaria, de la Dirección Provincial de Educación en Santiago de Cuba, quien nos explicó que la primera reacción entre los padres y los llamados factores de algunas comunidades, fue de resistencia.

«Acostumbrados —nos dijo ella—, al estrecho universo del intrincado medio en que vivían y al ser insertados en centros más grandes y con mayores posibilidades, los niños incorporaron también nuevas vivencias que, sin dudas, ya muestran un impacto positivo en su vida, que parte de la elevación de la calidad de la enseñanza de los reubicados y redunda en el crecimiento personal.

«Han mejorado el porte y aspecto, la estética, el comportamiento, el cuidado de la base material de estudio», sentenció.

En esas evocaciones nos cae la tarde. Cada camino dejado atrás parece en la distancia un hilo acomodado, como serpentina, entre lomas enormes. Y a uno le late el alma de tanta novela real y desconocida por algunos; y empina las cejas casi involuntariamente por la escuela levantada, más grande que la montaña, en el último rincón de este país, y se da cuenta de que lo más difícil es el acceso, porque el pupitre y la lección retoñan y crecen, fácil y mágicamente, a cualquier hora.

 

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