Del «caballito» al caballete

Marcial Flores, agente motorizado de Las Tunas, tiene una especial sensibilidad y afición por las artes plásticas

Autor:

Juan Morales Agüero

LAS TUNAS.— Cuando la caravana de la vuelta ciclística a Cuba cruzaba como una exhalación de colores por la avenida próxima a su casa, la mirada infantil de Marcial Flores dejaba escapar a los pedalistas para fugarse —fascinada— tras las motos patrulleras. «¡Ahhh, cuánto me gustaría montarme en una!», decía para sí el niño santiaguero.

Sus simpatías por estas máquinas de dos ruedas no eran, por cierto, amor a primera vista. Su hermano mayor, miembro del MININT, tenía amigos entre los populares «caballitos». Algunos solían visitarlo en su hogar, y ahí Marcial se daba gusto con las manos y con los ojos delante de aquellos equipos Guzzi, de la época, que tanto admiraba.

De entonces acá, 33 calendarios agotaron sus hojas. En el ínterin, Marcial se radicó en Nuevitas, matriculó en un curso básico de la Policía Nacional Revolucionaria y, obsesivo con sus preferencias, optó por la especialidad de Tránsito. En 1995 la tradición tunera en el motocross lo sedujo. Así, una mañana hizo las maletas, cogió carretera y... «Aquí estoy, como uno más entre ustedes», dice.

—A los de tu profesión se les conoce como «caballitos». ¿Es así?

—Las denominaciones oficiales son ciclista de tránsito y agente motorizado. Sin embargo, no me molesta que me llamen «caballito». Algunos nos identifican también como «los caballeros de la vía», por la elegancia de nuestros uniformes y de nuestros vehículos. Pero eso es secundario. Lo principal es garantizar orden y disciplina sobre el asfalto, y, en especial, aplicar con rigor los artículos del Código de Vialidad y Tránsito. Así contribuimos a educar a los conductores y a prevenir accidentes. Es un trabajo donde la ética, el ejemplo, la autoridad, la decencia, el respeto y la justicia son esenciales.

—¿Has tenido que arreglártelas atípicamente para resolver un caso?

—Una vez patrullaba por Majibacoa cuando oí por la radio que el conductor de un yipi Susuki se había dado a la fuga en la vía Holguín-Las Tunas. Me ordenaron colaborar para interceptarlo. Lo ubiqué e inicié la persecución. En su afán por escapar, el prófugo salió de la carretera, dobló por un terraplén y se metió por Piedra Hueca, El Roble y otros barrios rurales. Pero con tan «mala pata» que el carro se le atascó. Al verse atrapado, se bajó y corrió hacia un cañaveral. Me tiré y me monté en un caballo que andaba por allí. Luego de casi dos horas de galopar tras él entre los plantones, el fugitivo desistió y lo detuve. Aquello fue de película. ¡Del «caballito» al caballo!

—Y también del «caballito» al caballete...

—Me encantan las artes plásticas. Adquirí la afición en mi niñez, cuando trataba de reproducir sobre un papel los dibujos que hacía mi madre costurera y los diseños de muebles de papá en la carpintería. Cuando en la escuela dejaba de interesarme una clase, sacaba una hoja y me ponía a pintar cualquier cosa. Lo de las caricaturas vino luego. Les hice a casi todas mis maestras, a mis vecinos, a mis parientes y hasta al bodeguero de la esquina. Y se las regalaba para que las tuvieran de recuerdo. Al parecer no lo hacía muy mal, porque me alentaban para que estudiara pintura. En aquella época llegué a participar en concursos de dibujo a diferentes niveles. Pero fue en Las Tunas cuando comencé a tomarme en serio lo de las caricaturas.

—Háblenos de esa etapa. ¿Cuáles fueron las motivaciones y qué temas?

—Yo me había alejado del dibujo. Hasta que una tarde las musas me obsequiaron un filón para el retorno: acababa de establecerse el uso de cascos protectores para los motoristas. Y, como aún no se comercializaban en grandes cantidades, aparecieron diversos modelos: de constructor, de pelotero, de ciclista, de bombero y hasta de vikingo. Dije para mí: «Esto merece caricaturizarse».

«Fue tal la motivación que en unos días dejé listas diez obras. Cargué con estas para la galería-taller, las mostré a los expertos... ¡y las aceptaron! Así monté mi primera exposición: “Humor de tránsito”.

«Después vino otra sobre la campaña contra el Aedes aegypti, en la Oficina del Historiador de la Ciudad. Una tercera en la Casa de la Prensa abordó el Plan Bush contra Cuba. Ya voy por 20 exposiciones personales. Son más reflexivas que humorísticas. Aunque lo mismo le saco partido a una canción de Fabré que a una telenovela brasileña».

—¿Alguna contradicción entre ser policía y caricaturista?

—Ser caricaturista no le crea conflictos al policía que soy, porque quienes están al tanto de esa faceta mía saben cuánta importancia le doy a mi trabajo. La responsabilidad no excluye las simpatías por el arte. Además, sé cómo proceder en cada circunstancia. Los choferes conocen muy bien mi manera de actuar. A veces una charla causa mejor efecto que una multa. Por cierto, con varios tengo amistad y algunos hasta asisten a mis exposiciones.

«En una oportunidad un conductor al que estaba notificando me dijo: “Oiga agente, ahora sé porqué usted escribe tan rápido las multas. No digo yo... ¡Con la mano que tiene para dibujar!”. Tuve que reírme. Otra vez un camionero paró su vehículo y me preguntó desde la ventanilla: “Permítame, ¿usted es el que hace los muñequitos de la galería?”. Le dije que sí con la cabeza. Y él: “Ahhh, ya sabía yo...”. Y prosiguió la marcha».

—¿Cómo acogen los compañeros esta faceta tan inusual en la profesión?

—Con entusiasmo. Recuerdo un mediodía en el comedor de la Jefatura. El entonces teniente coronel César —amigo de las bromas— me propuso que les hiciera caricaturas a algunos compañeros por sus cumpleaños. Me pidió guardar discreción, para que funcionara la sorpresa.

«La idea me pareció simpática. Y acepté. Pero el desafío estaba por llegar: En el grupo de los caricaturizables figuraba... ¡el coronel Benítez, segundo jefe del MININT en la provincia! Enseguida pensé, receloso: “Bueno, ¿y si no le ve la gracia a la broma y se pone bravo conmigo?”.

«Le planteé a César mis preocupaciones. Y él: “No, chico no, tú verás que no pasa nada...”. ¿Y qué iba a hacer yo? ¡Jugármela! Me mostró varias fotos en la computadora. Elegí la que más me convenía y, a partir de la imagen, hice la caricatura. El día del cumpleaños, trajeron al coronel hasta el sitio donde la habían colocado. Para mi tranquilidad le gustó, se emocionó y hasta me felicitó».

—¿Afiliado a alguna organización de arte?

—Tengo muchísimo que aprender en materia de pintura, pues soy autodidacta. Así que, a instancias de un artista local, me sumé a un proyecto llamado Perspectiva, integrado por campesinos, obreros, profesores, jubilados, amas de casa... Lo mismo organizamos una exposición en una cerca de alambre que en un barrio periférico. Se hacen miniaturas, caricaturas, poesía, artesanía... Ahora trabajo con lápices de colores, cartulina, centropén... Y sobre todo, con muchos deseos. Tengo varios planes rondándome en la cabeza. ¡Ideas que se me ocurren! A veces, en la vía, apreso algunas en un papelito.

—¿Cuáles son tus mejores resultados artísticos hasta la fecha?

—La participación en la XV Bienal Internacional de Humorismo Gráfico, en San Antonio de los Baños. También en el IV Salón Nacional de Humor Gráfico, en Santiago de Cuba, y el III Encuentro Nacional de Arte en Miniatura, en Remedios, Villa Clara. En el XXII Salón Nacional de Caricatura Personal Juan David, en 2010, obtuve un premio. Y así, ya he tomado parte en alrededor de una veintena de eventos.

—¿Algo curioso en tu doble condición de policía y de caricaturista?

—Una tarde acudí vestido de policía a la Oficina del Historiador de la Ciudad para coordinar una exposición. No conocía a Víctor Marrero, el historiador. Pregunté por él y lo fueron a buscar. Le dijeron: «Víctor, hay un “caballito” que te anda buscando». Cuando lo tuve ante mí, lo saludé y le dije, serio: «Vengo por lo del casco». Se puso pálido, preocupado tal vez porque yo le recriminara haber manejado en algún momento sin casco el ciclomotor que tiene asignado. Pero le aclaré enseguida: «No, Víctor, por el casco protector no. Vengo por lo del “casco” histórico de la ciudad. Para que usted, que sabe tanto sobre eso, me aclare algunas cosas». Y nos morimos de la risa.

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