Daría por Ud. mi vida… y otras mil

Este 24 de octubre se cumplieron 190 años del nacimiento de don Rafael María de Mendive y Daumy, el maestro de José Martí. Según Cintio Vitier, don Rafael pudo moldear a un Martí porque, entre otras cualidades, «era gallardo mantenedor de las más hondas aspiraciones del patriciado cubano…»

Autor:

Luis Hernández Serrano

¿Qué semilla, polen, raíz, pétalo, corola, pistilo, tallo, miel, perfume… , en fin, qué flor aportó Don Rafael María de Mendive y Daumy para formar en su aula del Colegio San Pablo, en Prado 88, en los predios de La Habana antigua, el fruto inconmensurable en que se trocó el adolescente José Martí?

El maestro del Maestro nació en La Habana en 1821. Lo primero, fueron los genes de sus padres Mariano Mendive y Dolores Daumy. Ambos murieron siendo él un niño y lo crió su hermano mayor —que le enseñó Literatura Española, Inglés y Francés, con el apoyo económico de su tía Mercedes.

Con 13 años ingresó en el Seminario de San Carlos, donde estudió Derecho, Filosofía y Latinidad, con los más renombrados maestros de la época. Y con 17 entró en la Real y Pontificia Universidad de San Jerónimo, donde se graduó de Derecho en 1844.

Partió después hacia el extranjero, en un prolongado viaje —en el que conoce a Félix Varela, José Antonio Saco y a Domingo del Monte—, hasta 1852, ocho años decisivos en su formación intelectual.

En 1856 forma parte de la Sociedad Económica de Amigos del País y, con 35 años, posee ya una obra poética e intelectual respetable.

Colabora con publicaciones como Guirnalda Cubana, Revista habanera, Álbum de lo bueno y lo bello, el Correo de la Tarde y otros diarios importantes. Su casa era centro de reuniones literarias y de fervor patriótico.

En 1864 el Ayuntamiento de La Habana anunció la idea de crear tres colegios para los pobres y don Rafael solicitó dirigir uno de ellos, pero demoraron tanto en aceptarlo y después en pagarle su trabajo, que Mendive se vio obligado a fundar una escuela privada bajo su responsabilidad y en su propia vivienda, a la que llamó Colegio San Pablo, en verdad un seminario cívico con calor de humanísimo hogar.

A la par de su magisterio, el maestro director era un admirado poeta y escritor que firmaba sus obras con los seudónimos de Tristán del Páramo, La Caridad y Armand Flevié, y entre sus versos más hondos figuran La oración de la tarde y, sobre todo, La gota de rocío.

En 1847, con su primer libro, Pasionarias, entró al parnaso criollo de las letras, de modo tal que, a propósito de esta obra, Gertrudis Gómez de Avellaneda expresó: «Es un cantor sumamente tierno, cuya obra noble y apasionada se transparenta siempre en sus versos».

Al estallar la guerra de 1868, ya tiene en su aula a un alumno que resumía en sí el talento de todos los demás, quien con los años se convertiría en el mayor devoto de las devociones de su maestro.

Mendive lo hizo su hijo espiritual. Todo su cubanismo lo impregnó en sus alumnos, en particular en el aún niño Martí.

Las dotes pedagógicas del maestro

Con una materia prima de tan altos quilates, el maestro forjó a un alumno de elevado calibre, entre otras razones, porque volcó con cariño en él todas sus dotes pedagógicas, en primer lugar sus virtudes y ejemplo personales, su sabiduría, su encanto en el verso, su hondura en el pensamiento ético y estético y la cubanía del verde de las palmas, la musicalidad del rumor del río y de la brisa que recorría la campiña de la patria común, aunque el discípulo no tenía antecedentes familiares cubanos.

Mucho tiempo después Martí recordaba cómo la barba de su maestro temblaba cuando, muy airado, sentía el dolor de los cubanos que habían muerto en el cadalso.

Según Cintio Vitier, don Rafael pudo moldear a un Martí porque, entre otras cualidades, «era gallardo mantenedor de las más hondas aspiraciones del patriciado cubano y del irradiante colegio de José de la Luz y Caballero».

A Mendive le había tocado muy de cerca la patria adolorida, fue preso y desterrado. Perdió a un hijo al alentar la causa separatista que siempre defendió.

Tuvo muchos alumnos en los tres centros escolares en que enseñó, en especial acerca de la patria y la vida: el Colegio de San Luis de Gonzaga, en Cárdenas, Matanzas; la Escuela Municipal de Varones, y el Colegio de San Pablo —estos dos en La Habana—, pero ninguno alcanzó la altura del joven Martí.

Don Rafael fue maestro de dignidad, de moral, de ética, de cubanía, de patria. Le transmitió al alumno preferido su inclinación poética, su sentimiento patriótico, sus ansias independentistas, su amor insondable por la libertad, a todo lo cual consagró su vida.

Decía que las normas de la legalidad y el orden no podían ser garantizadas por un poder colonial y esclavista. Y aclaraba que toda su técnica pedagógica estaba untada por la fuerza del derecho revolucionario, que es el derecho a la independencia, la soberanía y la libertad.

De tal manera caló hondo su enseñanza en la adolescencia martiana, que sobre lo que aprendió de don Mendive, mucho después estructuró su estrategia política, convencido de que la lucha armada era la única vía para liberar a la Patria del yugo opresor.

Tanto el maestro como el alumno estuvieron presos por sus ideas independentistas. Con solo 16 años, José Martí va a prisión y es llevado a trabajar a las canteras de San Lázaro. Conmutada la pena por el destierro, parte a España en 1871.

Y ya se sabe: los dos empezaron pronto a parecerse mucho: primero buenos estudiantes, más tarde poetas de alta sensibilidad estética y humana; universitarios, abogados, periodistas y ambos maestros.

Refinado y pleno de matices, Mendive parece ser un poeta transicional entre la primera y la segunda generaciones románticas, pero con él se abandonan las tendencias más facilistas del criollismo, sin dejar de reflejar en su poesía una sensibilidad íntimamente cubana.

Y en su historia está el hecho de que, entre sus alumnos predilectos, ingresara un adolescente espigado, de frágil constitución, de oscura mirada suave, de apellido Martí, quien, a partir de las enseñanzas de su gran maestro, se convertiría con los años en el Héroe Nacional cubano.

Enseguida notó el maestro la genialidad del discípulo. Gracias a él el joven Martí ingresó en el Instituto de Segunda Enseñanza de La Habana. A tal punto lo apadrinó que se enfrentó a su padre para que le permitiera continuar su formación y costeó sus estudios, orientó sus lecturas y encaminó su vida.

Como lo recordara José Martí, fue para él su segundo padre e influyó decisivamente en su formación patriótica y cultural hasta su condena al destierro en 1869 por sus ideas independentistas.

Don Rafael María de Mendive y Daumy cayó en manos de los malos españoles, entonces un amigo escribiría: «Ocupando el centro, venía un hombre de distinguidísima apariencia, fino porte, modales exquisitos, rostro hermoso y cabellos prematuramente encanecidos, mirada clara y dulce en que resplandecían al mismo tiempo la inteligencia y la bondad».

Con el tiempo, cuando Martí supo que Mendive estaba detenido por los colonialistas, escribiría en Nueva York, el 1ro. de julio de 1891:

«(…) lo pintaré preso en un calabozo del Castillo del Príncipe, servido de su Micaela fiel, y sus hijos, y sus discípulos (…)».

Cartas a su maestro

En carta a su maestro, de 1868, Martí se despide así: «(…) Hasta mañana, Señor Mendive, y mande a su discípulo que lo quiere como un hijo, José Martí».

En otra misiva de ese mismo año, le dice: «(…) Yo no sé que un padre generoso tenga que recordar a un hijo que le adora sus deberes. Por eso me asombró tanto su recado, cuando a cada instante daría por Ud. mi vida que es de Ud. Y solo de Ud. Y otras mil si tuviera (…), su discípulo e hijo, José Martí».

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