La semilla que no muere

Con el crimen contra Manuel Ascunce se pretendía asesinar a la nueva generación que encarnaba el más lúcido y sano presente de Cuba, se dijo en la despedida de su duelo

Autor:

Margarita Barrios

«Yo soy el maestro», expresó con orgullo el joven alfabetizador Manuel Ascunce Domenech a los bandidos que habían llegado hasta la casa del campesino Pedro Lantigua, en Limones Cantero, apartado paraje del lomerío del Escambray, donde él enseñaba a leer y escribir.

La frase fue el detonante. Los bandidos arrastraron al joven y al campesino, los torturaron terriblemente y los colgaron de un árbol. Era el atardecer del 26 de noviembre de 1961 y faltaban pocos días para la culminación de la Campaña de Alfabetización.

La Revolución triunfante había dado a los jóvenes la misión de llevar «la luz de la verdad» a quienes habían vivido en la ignorancia. Cuando la bandera de Territorio Libre de Analfabetismo se alzó en la capitalina Plaza de la Revolución el 22 de diciembre de 1961 se anunció el éxito de la epopeya.

Pero el imperialismo yanqui trató de impedir ese triunfo, y financió y armó a bandas contrarrevolucionarias que cometieron todo tipo de crueldades, hasta el asesinato de campesinos y del maestro voluntario Conrado Benítez. El joven Manuel Ascunce, de 16 años, fue también víctima del odio de quienes no querían que la campaña culminara exitosamente.

En el acto de despedida de duelo, el entonces presidente de Cuba, Osvaldo Dorticós, expresó: «Al asesinar a este adolescente, se ha querido asesinar con él a una nueva generación que encarna el más lúcido y sano presente, y que anuncia para la Patria el más esclarecedor porvenir. Hoy hemos cavado una tumba para el héroe adolescente, pero con actos como este cavan día a día su tumba el imperialismo y el capitalismo».

Cada año en esta fecha los docentes cubanos, y en especial los más jóvenes, recuerdan a este ejemplar maestro.

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