La Campaña del siglo

Casi al cumplirse 50 años de que Cuba repartiera entre todos la luz de la enseñanza, publicamos algunos de los textos ganadores en nuestro concurso Historias de la Alfabetización, en el que participaron más de 300 trabajos

Autor:

Juventud Rebelde

Purito

Llegué a mi barrio con los días que se nos daban a los brigadistas «Conrado Benítez» para la incorporación a la zona donde seríamos ubicados. Allí en Dragones, San Dumas, Holguín, lugar donde nací, la asesora técnica, doctora Francisca Periche estaba al tanto de la distribución de los brigadistas.

Como yo estaría ahí nueve días y conocía la zona, ella me escoge para que la ayude a distribuir a mis compañeros. Mi familia, racista, era de las que había solicitado un brigadista. Yo había hecho tremenda química —nos adorábamos— con aquel negrito de Caibarién, Las Villas, que se hizo mi hermano negro. Tenía 14 años, yo 11. Entonces, como mi tía blanca vivía un poco bien, le pedí a la doctora Periche ubicarlo ahí. Llena de alegría, le di un beso a mi tía y le entregamos a Purito (así le decía yo). Él se llamaba Puro Font Soto. Educado por excelencia, cariñoso, caritativo, cortés, ese era mi Purito.

Mas de pronto, aquella señora de piel blanca y alma negra, me dijo: «¡Yo pedí un brigadista, no un negro!», en tono descompuesto.

De los grandes ojos de Purito salieron dos enormes lágrimas que rodaron por su cara de niño, y ante aquella penosa, triste situación, mi corazón de niña se sintió acorralado. Pero reaccioné y abracé a mi hermano negro y entre llanto, abrazos, lágrimas de niños, solo la doctora trató de animarnos… Salté como una leona herida y le dije a esa señora blanca, blanquísima, que creía que era mi tía buena: ya no soy su sobrina y soy yo quien no permite dejar a Purito en tan malas manos.

Para mi asombro y mi gran alegría los suegros de la hija de esa tía de corazón negro, que eran asturianos, dos bellos gallegos —Ana Cárdenas y Domingo Nogueira—, dijeron a coro: ¡«Vamos, hijos; no lloréis más “recoño”, sígannos»!; y yo muy risueña le dije a la hermana de mi padre: en este instante usted perdió a una sobrina.

Me amenazó con dar las quejas a mi padre, pero no hubo tiempo: me fui para el Segundo Frente. Ah, dos días antes de irme llegaron los padres de Purito, personas de nivel, llenos de amor, con el alma más blanca que la piel de mi tía.

Él estaba trabajando con Domingo en el campo, y Ana fue a llamarlo, pero su madre llorosa y con voz pausada le dijo: «Espere, vinimos a hablar con usted. Nuestro hijo es lo único y más grande que tenemos, pero él está aquí porque se acercan momentos tristes y no podemos lastimarlo. El cardiólogo le da de vida hasta su desarrollo, ya que su corazón no le cabe en la capacidad».

Yo empecé a desplomarme y solo por mis ojos desfilaba la imagen de mi indolente tía.

Él regresó. Sus padres, Ana, Domingo y yo nos abrazamos. El último abrazo y el último adiós.

Al terminar la Campaña vinimos a reunirnos con Fidel. No nos vimos; y a los ocho meses de terminar la Campaña le avisaron a Domingo, Ana, a mí y a muchos de los que lo queríamos: se acabó todo en la vida de Purito. Falleció y yo jamás le dirigí una mirada a alguien que tal vez ayudó a que se nos fuera.

Hace 50 años de esa historia y nunca he podido dejar de llorar cuando lo hago. Yo voy a amar a ese hermano hasta que pueda acompañarlo… (Nancy Ricardo Tamayo, Gran Premio, El Cotorro, La Habana)

El cosmonauta

De boca en boca corría la noticia: «La Unión de Repúblicas Socialistas Soviéticas ha logrado con éxito enviar un hombre al espacio, fuera de la Tierra, al cosmos, y regresarlo vivo y sano»…

Yo miraba al cielo infinito y la emoción —como ahora— no me dejaba retener las lágrimas.

Algunos campesinos, aunque pobres y aún analfabetos, habían podido comprar radios que funcionaban con baterías, gracias a la Revolución triunfante sobre el aislamiento, la ignorancia y la pobreza que habían matado silenciosamente a tantos cubanos.

Por la tarde de ese día, oscureciendo, llegué con el farol, las cartillas de alfabetizar y el amor —que tanta falta hace para un feliz aprendizaje—, al bohío de Valiente y su familia. Me esperaban muy ansiosos…

—¡Maestro, dígame por qué hueco allá arriba pasó el dichoso cohete pa’l otro la’o! Compay, yo miro y miro y no lo veo… señalaba con el índice al cielo esperando mi posible respuesta, hambrientos por saber.

Les dije que era la primera vez de tal proeza.

La Tierra fue una toronja (allá, un grifo); el cohete, un mocho de lápiz; la imaginación, de un gitano de Lorca, pero de trece años... Y aprendí desde entonces que la paciencia era una herramienta de trabajo eficaz. Aprendieron.

Desde aquel día —con orgullo no disimulado— perdí mi nombre, porque todos empezaron a llamarme «Gagarín» (con acento). (José Antonio López Oliva, Primer Lugar, Santiago de Cuba)

Quiero alfabetizar con mi hija

Llega Olguita muy contenta a su casa y mostrando un papel le dice a su mamá: —Mira, mami, ya me dieron la planilla para integrar la brigada Conrado Benítez, para alfabetizar. Solo falta que tú y papi la firmen dando su consentimiento.

—¿Y tu curso, tu carrera, tus clases? —pregunta preocupada Olga, su madre.

—Con eso no hay problema. La escuela se cierra el año que dure la Campaña y todos nos vamos a alfabetizar —responde alegre la muchacha.

—¿Y adónde van a alfabetizar? —interroga nuevamente la madre.

—Pues al campo, adonde me manden, a cualquier lugar de Cuba, adonde haga falta —contesta Olguita.

—¿«Al monte, adonde haga falta, a cualquier lugar de Cuba»…? ¿Tú estás loca? ¡De aquí no sales! Mañana mismo voy a la escuela para averiguar cómo es eso.

—Puedes ir. Ve y habla con la doctora Angulo. Ella es la profesora que atiende mi grupo.

Al otro día:

—Bueno, la doctora Angulo me convenció, pero tengo una idea.

—¿Qué se te ocurrió ahora, mami?

—Me enteré que las federadas también se integran a esta Campaña y voy ahora mismo al municipio de la FMC para ofrecerme como alfabetizadora y así poder acompañarte.

Al rato regresó Olga decepcionada y triste.

—En el municipio dicen que puedo incorporarme a la Campaña, pero no me garantizan que pueda ir contigo, que debo ir adonde me designen.

—Bueno, mami, desiste. Ya verás que no me pasará nada.

—¿Desistir? Ni muerta. Ahora mismo le escribo a Armando Hart y le digo que quiero alfabetizar con mi hija.

—Ahora sí que te volviste loca. No pierdas el tiempo, que no te harán caso.

—Oye, niña, estamos en Revolución y aquí se escucha a todo el mundo…

Bueno, pues no solo respondió sino que se manifestó encantado de que una madre acompañara a su hija en tan noble tarea. Además, junto a la carta llegó el carné de brigadista Conrado Benítez.

—¿Ya ves, hija, que mi insistencia dio buenos resultados? Voy a alfabetizar contigo y autorizada por el Ministro de Educación.

Medre e hija alfabetizaron en el batey San Pablo, de la cooperativa Carlos Manuel de Céspedes. A la madre le tocó el mérito de alfabetizar a un campesino catalogado como reaccionario, y que se negaba a aprender por ser esta una tarea de la Revolución. Olga, con su carisma, se hizo amiga de este hombre y su esposa, lo convenció y alfabetizó. Resultó un alumno muy inteligente que aprendió rápido y que al final se sintió feliz y agradecido. (Olga Caro Zayas Bazán, Florida, Camagüey).

Brujito

La Campaña de Alfabetización movilizó hacia todos los rincones del país a millares de jóvenes dispuestos a llevar la luz de la enseñanza a cada ciudadano que la necesitara —y que fueron muchos—, sobre todo en campos, bateyes y montañas, heredados de un pasado colonial de explotación.

La inmensa mayoría de los estudiantes, con nivel desde secundaria hasta universitarios, se sumaron a esta gran batalla, a la cual se unieron también trabajadores, amas de casa y todo el que tuviera disposición de hacerlo.

Caridad Ibáñez estuvo dentro de los alfabetizadores, pero debido al cuidado de sus dos pequeños hijos se le imposibilitó realizar la labor fuera de su casa. Fue entonces que los coordinadores de su municipio le asignaron a tres analfabetos que irían adonde ella en los horarios acordados para, a través de la cartilla, enseñarles hasta donde fuese posible.

Uno de ellos, «El Brujito», que no reconocía hasta ese momento ni una letra ni un número, recibió de Caridad con la mayor paciencia, día tras día, las explicaciones del método de enseñanza. Pero al Brujito lo que más le había interesado en su corta existencia eran las peleas de gallos y «kíkiris». No era extraño verlo deambular por vallas, gallerías y patios de los galleros. Conocía las razas, sabía tusarlos y prepararlos, ponerles espuelas y demás.

Él no tenía dinero para jugarle a un gallo —algo que por aquella época no estaba prohibido—, pero siempre sus amigos galleros le regalaban unos pesos, sobre todo cuando ganaban. Eso sí que lo sabía contar, pero en cuanto a lectura y escritura no avanzaba casi nada.

Transcurrían los meses de la Campaña y un día llegaron dos inspectores a la casa de Caridad en el horario de enseñanza, para comprobar el avance de la alfabetización de sus tres alumnos.

Después de la presentación y el saludo, uno de ellos saca un libro de zoología con láminas de animales y le muestra a Brujito la hoja donde aparece un erizo de mar con su puntiagudo y redondeado cuerpo. Como pie de foto las palabras «Erizo de mar», y más abajo una explicación con las características del animalito.

Señala con su dedo y le pregunta al Brujito, qué decía en el pie de foto. El brujito lo mira atentamente y dándole un tono de lectura dice: «G U A N Á B A N A».

A 50 años de la exitosa campaña, todavía en este territorio se recuerda la humorística anécdota… pero, finalmente, el Brujito aprendió muchas cosas que le han servido en su vida posterior, que hoy está llegando a los 70 años. Es un jubilado honrado, serio y decente, aunque todavía le gustan los gallos. Lamentablemente Caridad nos dejó recientemente debido a una repentina enfermedad. Sirva esta crónica como un sencillo homenaje para ella, que concluyó siendo una excelente economista. (Nicasio Vázquez González, Corralillo, Villa Clara)

Una jiguanicera en Girón

Me encontraba como alfabetizadora piloto en Girón el domingo 16 de abril de 1961. Fidel, al despedir el duelo de los caídos en los bombardeos a los aeropuertos de Santiago de Cuba, Ciudad Libertad y San Antonio de los Baños, declaró a Cuba Socialista. Alfabetizadores, milicianos y pobladores apoyamos esa declaración y dimos un acto con vivas a la Revolución y diciendo consignas.

Al terminar el acto me fui para El Helechal, donde enseñaba, y a medianoche sentimos los cañones. Creíamos que era la milicia practicando, pues estábamos a ocho kilómetros de la playa, pero por la madrugada nos mandaron a salir porque venían refuerzos. El señor de la casa se asomó por un agujero, pues la casa era un «varaentierra», y dijo en voz baja: «son unos “guaravetiaos”» (por los uniformes).

Salimos para ver qué pasaba y allí nos reunimos varias personas. Al amanecer comenzaron a pasar aviones con la inscripción FAR, una estrella y una raya azul. Empezamos a dar vivas pues creíamos que eran nuestros. Tiraron paracaídas (que solo los había visto en películas), unos con soldados y otros con cajas: conté hasta 95.

Rápidamente nos dimos cuenta de que algo extraño estaba pasando. Un campesino buscó un radio de pilas y al encenderlo nos asombró que solo decía: «Arriba, mis verdes. Ya estamos venciendo. Ya Oriente es nuestro; faltan La Habana y “el barbudo”».

Se hicieron trincheras con sacos de tierra a la orilla del terraplén para apoyar a las milicias. En eso vimos unos tanques y dimos vivas a la Revolución y a Fidel; pero cuando uno se acercó, nos dimos cuenta de que traían la raya azul. Enfilaron el cañón hacia arriba y dispararon. Emprendimos carrera por todos aquellos dientes de perro hasta llegar a unas casimbas.

El 18 por la mañana los aviones volaban tan bajo que casi topaban las copas de los árboles. Uno de ellos (con la raya azul) pasó envuelto en llamas. Creíamos que nos caería encima, pero lloramos de alegría porque sabíamos que era del enemigo. Otros dos ametrallaron tan bajito que las ramas de los árboles cayeron sobre nosotros. Yo empecé a gritar: ¡«Ay, me mataron, me mataron; soy de Jiguaní, entiérrenme allá!». Un campesino me dijo: «Maestra, los muertos no hablan», y se rieron de mi alboroto, pues me había caído un palo en la espalda.

El 19 por la tarde se sintió una explosión que hasta las piedras temblaron. Un viejo dijo: «Eso es un barco grande que se hundió; esa explosión es en el mar». Toda la noche del 19 sentimos ruidos de mercenarios corriendo por entre aquellos dientes de perro. Permanecimos en silencio pues traían armas y allí había muchos niños. Teníamos que estar bocabajo por los bombardeos, sin comer, solamente tomando agua salobre. Apareció una jutía y se les asó a los niños. Al amanecer del 20 me di cuenta que los cangrejos me habían despedazado la camisa de milicia y mis senos estaban sangrando.

Qué sorpresa cuando se puso el radio bajito y escuchamos la emisora Radio Progreso dando el parte del Comandante en Jefe, diciendo que la invasión había sido derrotada, mientras como fondo se escuchaba la marcha de un himno. Nos abrazamos llorando y diciendo: «Fidel, sabíamos que no nos ibas a abandonar». (Bella Nieve Ledea Brizuela, Jiguaní, Granma)

Tú eres mi hijo

Transcurrían aproximadamente los últimos días de mayo de 1961, cuando una vez concluida nuestra preparación como alfabetizadores Conrado Benítez, en el campamento Granma, en Varadero, nos presentamos ante la maestra en la zona de Guajimico, en Cienfuegos. Éramos seis u ocho alfabetizadores, todos acompañados por sus madres con excepción mía, que no

recuerdo por qué estaba solo en esos momentos. Comenzó entonces el recorrido a pie para la distribución por las casas de los campesinos. Cuando llegábamos a alguna vivienda que tenía techo de tejas, las madres hacían la fuerza por dejar a sus hijos allí, buscando mejores condiciones para su estancia.

Luego de haber ubicado uno o dos alfabetizadores, al vencer el recodo del camino, en una pequeña elevación, había un bohío, y en su puerta un campesino negro como el azabache que, con sombrero en mano, de forma afable, saludó y le preguntó a la maestra cuál era su alfabetizador. En ese instante una de las madres dijo en alta voz: ¡En casa de ese negro mi hijo no se queda! Debo aclarar que la Revolución estaba recién triunfada y que la discriminación racial era enorme. Con los años esta madre fue una excelente revolucionaria y por méritos propios alcanzó la condición de militante del Partido Comunista de Cuba.

Cuando ella hizo esta exclamación se produjo un silencio. Yo, por pena, le dije a la maestra que me quedaba allí. Al oír esto el campesino corrió hacia mí y me cargó. Yo tenía entonces 13 años, era delgado y rubio, y me dijo al oído: «Tú no eres mi maestro, eres mi hijo».

Resultó pues, que la casa, de una familia negra y un bohío con techo de guano y paredes de tabla de palma, permanecía muy limpia, pues la esposa del campesino era muy pulcra y una excelente cocinera.

En muchas ocasiones mis compañeros brigadistas ubicados en las casas cercanas recibieron una cordial atención de aquella familia, incluyendo alimentación, pues ellos no la estaban pasando bien. Y sus padres se vieron obligados a visitarnos y mostrarles gratitud por la actitud de ellos con sus hijos.

Es una lástima que por la poca edad que teníamos en esos momentos no pudiéramos aquilatar esa enseñanza que nos dieron. Con el paso de los años comprendí que los enseñamos a leer y a escribir pero ellos, en pago, nos dieron lecciones de bondad, humildad, honradez y amor al trabajo, cuestiones básicas que nos marcaron por siempre y nos hicieron más revolucionarios. Si hoy somos algo en la vida, a ellos también se los debemos. (José Ramón Cabrera Gallo, Primer Lugar, Matanzas)

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