La frialdad no hace memoria

Para José Ignacio López Vigil, maestro de radialistas latinoamericanos, una comunicación revolucionaria solo es posible desde el diálogo seductor y provocativo entre buenos amigos

Autor:

Jesús Arencibia Lorenzo

Este hombre es un contador de historias. Alguien que dramatiza y ríe con todo el cuerpo mientras viaja hasta el corazón de la gente. Este hombre, al que algunos documentos llaman José Ignacio López Vigil, es un hacedor de historias, porque las que nunca oyó ni leyó las inventa en el aire y les pone trajes y pelos y puntas. Su pasión es la radio, pero en el aula como en la cabina viste ropa de andar y sueños de salir, para que todos lo entiendan.

Él y su Manual urgente para radialistas apasionados han recorrido América Latina. Él y sus dramatizados —Un tal Jesús, 500 engaños, Noticias de última ira, entre tantos— han seducido a América Latina. Nació en Cuba, vive en Ecuador y trabaja donde sea más útil. Hace años su obra es referencia en facultades de Comunicación, radios comunitarias, grupos progresistas… Por estos días la comparte en el Instituto Internacional de Periodismo José Martí y el Centro Martin Luther King Jr. Para él todos los derechos son compartidos, porque compartido es el mundo que caminamos.

Usted ha escrito y dirigido programas; ha hecho locución, animación, dramatizados; ha impartido clases, conferencias, talleres sobre radio… ¿Es que no se cansa de hacer radio?

—(Sonríe) No, no me canso; porque sería como cansarme de hablar, de conversar. Y hablar y conversar es algo bastante divertido. Uno se puede aburrir de panfletos latosos, densos. Pero escribir, dramatizar, poner sonido y ángel a la creación radiofónica es algo bien excitante. La radio, la buena, es para compartir la palabra y divertirse.

—¿Si tuviera que remontarse a momentos de su vida en que sintió más fuerte el impulso hacia esa palabra compartida, cuáles evocaría?

—Tal vez el primero. Allá por 1968 yo daba clases en un colegio agrícola en la frontera dominicano-haitiana y me aburría tanto que decidí hacer un programa en una radio comercial de la ciudad de Dajabón. No habían pasado 15 días de que arranqué a decir mis cosas allí cuando un grupo de campesinos que habían sido desterrados por un latifundista me visitan, y piden que los acompañe. Esa noche ellos iban a invadir y reconquistar su tierra.

«Allá fui con la grabadora. Era una movilización sorprendente. Centenares de campesinos y campesinas, y al frente su líder, al que le faltaban las piernas, en una silla de ruedas. Los entrevisté, grabé todo lo que pude y al día siguiente lo pasé en mi programa. Por supuesto, eso desencadenó el cierre del espacio. Y después me abrieron un expediente de deportación. Para mí fue la mejor escuela, porque descubrí el poder de la palabra, la enorme fuerza de un medio de comunicación cuando se la juega por los que no tienen tierras, ni derechos, ni nada».

—En su Manual Urgente… usted imagina un mundo en que cada quien «pueda comer su pan y decir su palabra». ¿Cuántos muros tiene hoy la palabra pública?

—Muchos. Ya no son los muros de la invasión española y portuguesa que nos prohibieron hablar, tener nuestro idioma, nuestra cultura. Ya no son aquellas barreras que nos convirtieron en burros de carga. Las de hoy son más invisibles y poco conocidas. Por ejemplo, la pésima distribución de frecuencias de radio y televisión, que están concentradas en muy pocas empresas a nivel mundial. Y sabemos que si no contamos con un canal de expresión pública no tenemos nada, porque hablando en la cocina de nuestra casa no cambiamos la realidad. Sin una imagen pública no eres en este mundo interconectado.

«La monopolización de las ondas es un atentado gravísimo a la libertad de expresión de las personas. Es la pared invisible en virtud de la cual, como dice Galeano, son muy pocos los opinadores y muchísimos los opinados».

—Constante preocupación suya es que hagamos una radio sensual, conquistadora, pero en ese camino uno puede tropezar con distorsiones. ¿Cuáles son a su juicio las fronteras entre lo cursi, lo chabacano y lo popular?

—A veces se confunden estos términos, porque su frontera es una línea muy delicada. Depende siempre de la actitud del comunicador. Si quieres llegar a la gente hay que hablar con la sencillez con que uno trata a sus amigos. Lo chabacano comienza cuando alguien quiere hacerse el gracioso, que no es lo mismo que tener gracia. Cuando en una actitud machista desprecias a las mujeres o tratas de conseguir una risa fácil a través de la vulgaridad. Ahí el público nos castiga cambiando de emisora o leyendo otro periódico. Resulta casi imperceptible cuando uno pasa del lenguaje popular al grosero. Y ojo, hay que velar por los límites.

—Del periodismo, como del sexo, cada quien tiene su concepto… ¿Cuál es el suyo?

—Creo que se trata de una profesión muy narcisista que tiene que reformularse, que hacerse más de todos. Cuando hablamos de un periodismo ciudadano, es aquel que se arma con el lenguaje, las vivencias, las emociones de la gente a la que se dirige y de la que emana. Las nuevas tecnologías nos convierten casi a todos en prosumidores: productores y consumidores. El periodismo tiene que horizontalizarse, cotidianizarse, y bajarse de cualquier montaña.

—Según su criterio hay que quitarle armas al enemigo, a los medios comerciales, para hacer mensajes bellos. Sin embargo, así uno puede morder a veces señuelos del mercado.

—Efectivamente. Así como unos buenos contenidos con unas malas formas no llevan a nada; unos mensajes vacíos con la mejor envoltura llegan, pero no nos sirven. Tenemos que matrimoniar contenidos y continentes. Ser especialistas en materiales éticos, correctos, solidarios, pero en envases que sean también sensuales, que toquen los sentidos.

«Nuestra comunicación en muchas ocasiones no transmite emociones. Fíjate qué linda la palabra recordar, que viene de pasar otra vez por el corazón. Solo se recuerda eso, lo que pasó por el corazón. La comunicación fría jamás dejará memoria. Ahora bien, uno se arriesga al cortocircuito en el cual somos muy divertidos, chéveres, pero no decimos nada. ¿Cómo casar ambas cosas? Solo la buena práctica y la autocrítica constante nos dirán».

—En ese empeño por decir bellamente, ¿cuántos tropiezos han tenido los movimientos progresistas?

—Unos cuantos. La izquierda latinoamericana ha sido por momentos especialista en contenidos excelentes desde el punto de vista de sus aspiraciones humanas y pésimos en su forma. Hemos cometido el pecado mortal del aburrimiento. Cuántas veces periódicos y boletines de sindicatos y organizaciones de izquierda no pueden siquiera recordarse, porque no cautivaron. Una comunicación revolucionaria debe revolucionarlo todo. Quitarle armas al enemigo quiere decir aprovechar todo lo que ellos utilizan para dominar, pero no para imitarlos, sino para hacer mejor, nosotros, la hermandad con el público.

—El investigador Gabriel Kaplún decía que el reto para un teórico de la comunicación participativa es ser coherente con ello en su vida diaria… ¿Cómo usted ve el asunto?

—Coincido con esa idea. Y he visto en mis recorridos por el continente que a veces hay quien sostiene un discurso muy luchador por los derechos individuales y dentro del hogar le entra a palos a la mujer. En el caso mío he tenido la suerte inmensa de contar con mi compañera, Tachi Arriola, feminista de las buenas, de las sensuales y seductoras, una muchacha que me ha «rehabilitado» del machismo, porque a casi todos los hombres nos parieron y educaron así.

—Radialistas apasionados, el proyecto que usted y otros entusiastas fundaron en 2001, hoy exhibe un portal en Internet con miles de suscriptores y visitantes a los que les facilita guiones, productos acabados, libros, asesoría… ¿Qué frustraciones han tenido en esta década?

—No hemos logrado un centro de producción en Brasil donde se puedan realizar nuestros libretos en portugués. Y Brasil es la mitad de América Latina. Otra frustración ha sido que dentro de la misma América de habla castellana hay muy pocos centros que hagan lo que nosotros. A veces bromeamos: «Somos los mejores», pero es que no hay casi nadie más. Y me gustaría una mayor descendencia creativa.

—¿Qué tiene López Vigil de Cuba y qué quisiera que Cuba tuviese de él?

—De Cuba tengo muchísimo, aunque me fui con mi familia siendo casi niño, con 15 años. De esta patria aprendí la irreverencia ante cualquier arrogancia. La rebeldía hasta en el modo de hablar, de caminar, el sano relajo. Convencido de que el poder somos todos y de que no hay seres superiores, me parece que la mejor vacuna frente a las pedanterías es precisamente esa irreverencia.

«¿Y qué quisiera dejarle de mí?… Te diría que un país tan sabroso como Cuba debería hacer en sus medios una comunicación más sabrosa. Pues si queremos que las ideas revolucionarias lleguen y sumen a mucha gente, el único camino es enamorar».

—Imagínese que estamos en una cabina, y que van llegando algunos personajes —reales e imaginarios— a nuestra charla. Se los menciono y usted los presenta a la audiencia…

—Ernesto Guevara…

—Un apasionado. De la pasión que nos hace falta. Alguien que con su idea de sentir en la mejilla propia cualquier golpe dado en la mejilla ajena, ha iluminado mucho mi existencia.

—Fermina Daza…

—Maravillosa novela El amor en los tiempos del cólera… A mi juicio, la más hermosa del Gabo. Se la recomendaré a mi nieto Oscar Ignacio cuando crezca.

—Shakira…

—Qué bien baila. Comercializadita, pero muy bien. Hay en ella gestos de generosidad. Ojalá escape a la vanidad de los aplausos.

—El Principito…

—Gracias a él aprendí francés. Lo he leído decenas de veces. Parábola universal del buen aviador Saint Exupéry. Si tuviera que recordar una de sus genialidades diría: «Lo esencial es invisible a los ojos».

—Un tal Jesús…

—Mi compañero de viaje. Conocí primero un Jesús encartonado, solemne, como no fue. Y redescubrí, con muchos años, bastante estudio y tres viajes a Palestina, a un Jesús amiguero, contador de historias, revolucionario, amante de la justicia, por lo cual lo mataron. Con él he caminado toda la vida.

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