El politécnico no es plato de segunda mesa

La filosofía de menospreciar a la enseñanza técnico-profesional hay que cambiarla, aunque no resulta algo sencillo. Otros mitos también necesitan transformarse por el bien de miles de jóvenes y de la nación. Sobre el tema se debatirá este domingo en el Pleno del Comíté Nacional de la UJC

Autores:

Margarita Barrios
Osviel Castro Medel
Yoelvis Lázaro Moreno Fernández

En mayo de 2011 Noel Álvarez Estévez recibió con alegría su título de técnico medio en Construcción Civil. Ahora, siete meses después, desanda la amplia explanada que precede la entrada del reparto Junco Sur, en Cienfuegos.

Allí la Empresa Constructora de Obras Arquitectónicas (ECOA) 37, en la que el muchacho trabaja hoy, ha levantado varios edificios.

Entre esos bloques de hormigón, Noel, quien cursó parte de sus estudios en el politécnico Cinco de Septiembre, ha experimentado sensaciones diversas. Por un lado, se sabe útil en lo que hace, pero por otro desearía desempeñarse en lo que estudió, y no como obrero calificado.

«Hay días en los que me siento más motivado que otros, aunque no dejo de preocuparme por volver a mi especialidad. Desde que comencé el adiestramiento laboral me ubicaron en este puesto. Sé que aquí hago más falta, pero creo que uno debe aplicar lo que aprendió», dice.

«A mí no me preocupa que el trabajo sea duro, o que haya mayor o menor exigencia. Las condiciones de trabajo varían: a veces mejor, otras peor. El salario nuestro está en correspondencia con el comportamiento de la producción. Hay quincenas en las que se gana más. Por ejemplo, en esta que pasó cobré 270 pesos», agrega. Y estos reporteros se preguntan si estos ingresos pueden seducir a otros jóvenes hacia este sector.

Con una mirada distinta a la de Noel, también en la cienfueguera ECOA 37, otro «adiestrado» de la misma especialidad, Mardiel Rodríguez Roque, confiesa llevar consigo innumerables lecciones emergidas del trabajo diario.

«Aquí he aprendido desde qué es la cimentación y cómo se desarrolla, hasta el manejo de las diferentes estructuras constructivas y la terminación del conjunto. He estado en todo el proceso de montaje y eso me estimula muchísimo».

«¿Que si el trabajo es muy duro?», se pregunta con su manera peculiar de hablar y al instante se responde: «Cuando uno se siente contento con lo que hace, todo le sale mejor. Quizá otros consideren que este no es el mejor lugar para trabajar.

Para mí no es así. Tal vez pueden perfeccionarse algunas cosas relacionadas con las herramientas de labor y la alimentación. Eso es cierto, pero al menos no considero que estoy perdiendo el tiempo».

¿Quedarse en el aire?

Aunque Noel y Mardiel tienen enfoques diferentes sobre sus trabajos, ambos pueden considerarse con suerte si se comparan con los cientos de jóvenes de la Enseñanza Técnico y Profesional (ETP) que el año anterior no encontraron empleo.

María Lisandra Fonseca, una muchacha de Granma, por ejemplo, estuvo entre los más de 200 técnicos medio en Informática que en esa provincia oriental quedaron «sin ubicar». A otro grupo no despreciable de egresados de las especialidades de Secretariado y de Operador de Micro les sucedió lo mismo.

«Eran carreras que ya estaban saturadas», reconoce Jorge Acosta Guerrero, subdirector de la Enseñanza Técnico Profesional y de adultos en este territorio oriental. El directivo acota, sin embargo, que la mayoría de las 42 especialidades que se estudian en la provincia tienen garantizada la ubicación laboral, sobre todo aquellas vinculadas con las ramas agropecuarias y de la construcción».

Precisamente esa posibilidad de quedarse en el aire es una de las que más preocupa a algunos de los de más de 227 000 jóvenes cubanos que hoy se insertan en ese tipo de enseñanza. En esa cifra, la mayor de la historia, se cuentan unos 11 000 que ingresaron en el actual curso para prepararse como técnicos medio y cerca de 47 000 como obreros calificados. Es decir, casi 60 000 alumnos.

«Hay estudiantes que no se ven en un puesto de trabajo en el futuro y van a la escuela por cumplir con la familia o para tener un título y guardarlo», admite Lilian Yaine Sánchez, quien cursa el tercer año de Contabilidad en la Escuela Técnica General Milanés, de Bayamo, una de las mayores de su tipo en el país, con una matrícula cercana a los 2 000 educandos, diseminados en 62 grupos.

En cambio, Delio Manuel Jiménez López, director de esa institución que acoge a muchachos de los 13 municipios granmenses y de las cinco provincias orientales, señala que si bien el año anterior algunos egresados no fueron directamente a puestos laborales, este curso se estudiaron bien las necesidades del territorio para que los matriculados en el futuro vayan a faenas que hoy demandan fuerza calificada como la tornería, la chapistería y el fresado, entre otras.

«Por eso, a partir de septiembre han crecido los que se forman como obreros calificados y han disminuido los que comenzaron a prepararse como técnicos medio. En nuestra escuela, por ejemplo, de esta última modalidad solo entraron alumnos en la especialidad de Refrigeración».

Antes de irlos a buscar

¿Serán esas dudas en torno a la ubicación las que generan las deserciones escolares? ¿Todavía se mantiene el mito de que la ETP es la «última carta de la baraja»? ¿Qué seguimiento tienen aquellos que abandonan las aulas y que, en hipótesis, eran esperados en fábricas y empresas en las que eran necesarios?

Con estas interrogantes en ristre el diario de la juventud cubana buscó algunas de las luces y lunares que caracterizan hoy este tipo de enseñanza en el país, la cual cuenta con más de 600 escuelas, en las que se cursan en total 74 especialidades (45 de técnico medio y 29 de obrero calificado).

No es la incertidumbre respecto a la posible ubicación la causa primera del abandono del aula. Simplemente, la formación vocacional dirigida a esas carreras sigue siendo débil. Y todavía la tradición de querer a toda costa un universitario en la familia pesa mucho.

El referido subdirector de la ETP en Granma, recalca al respecto que «se ha ganado bastante», pero en incontables ocasiones el trabajo de persuasión y captación comienza a realizarse en noveno grado y no desde séptimo.

El profesor cienfueguero Rolando Álvarez Santana comparte algunas de esas consideraciones, aunque añade que el apoyo familiar, el ambiente de cada escuela y las motivaciones personales que encuentren los alumnos también influyen.

En esa cuerda, JR dialogó con Maykol Ernesto Calderó Trujillo, estudiante de Soldadura del Instituto Politécnico Cinco de Septiembre, de Cienfuegos. El joven, de primer año, fue uno de los que alegó falta de motivación por su especialidad, pues ingresó a esta «porque no tenía otra opción».

En la vida real lo que deseaba era carpintería, aunque sus pobres resultados docentes lo condujeron a los metales y no a la madera.

Mientras, en casa, su abuelo José Trujillo quiere que Maykol esté en un aula, pero asegura no poder «obligarlo a cursar algo que no le gusta. A mí me da lo mismo que estudie una cosa u otra, solo me interesa que él se sienta bien», dice preocupado.

Pero Maykol, al menos, todavía se mantiene entre pupitres. Otros, en contraste, ya no están a pesar de los esfuerzos de la escuela y de la implementación de mecanismos institucionales, como la brigada Panchito Gómez Toro, activada por la Federación de Estudiantes de la Enseñanza Media (FEEM) para convencer a los alumnos que regresen.

Al respecto, Jorge Acosta Guerrero explicó que Granma, una provincia que hoy cuenta con más de 16 000 estudiantes de politécnico, el curso anterior concluyó con una retención del ciclo del 92,1 por ciento. Es decir, más de 90 de cada cien estudiantes que iniciaron el primer año terminaron su carrera pasados dos o cuatro años. Agregó que en determinadas especialidades como Electrónica, Contabilidad e Informática apenas hay bajas.

Siguiendo ese hilo, Leonardo González, alumno de tercer año en Construcción Civil en el politécnico Juan Vitalio Acuña, de Granma, pone el ejemplo de su grupo de «tres muchachitas que se fueron y una de ellas porque salió embarazada».

Algo similar ocurrió en el aula de Lisbeth Beatriz Mecías, estudiante de Electricidad en ese propio centro: «Algunos decidieron irse, otros se cambiaron para la carrera de obrero calificado, porque puede hacerse en solo dos años y se estudia menos».

Para brindar más argumentos sobre el asunto Raudel Felipe Reyes, estudiante de tercer año de Contabilidad y presidente de la FEEM en el municipio de Bayamo, subraya que algunas carreras siguen sin llamar la atención y con pocos incentivos. Y añade que no todos los estudiantes desertores con los que se conversa retornan. La idea es ir al barrio, a la casa, hablar con los padres y que mediten bien la decisión. Unos recapacitan, pero otros no cambian de postura, muchas veces apoyados por los propios progenitores.

Tal vez las organizaciones estudiantiles, como recalca él, deberían realizar un trabajo más profundo y serio de anticipación, de conversación, de convencimiento y «no esperar a que el alumno se marche».

Algo parecido piensa Ronald Michel Peña Sarría, alumno del politécnico cienfueguero Cinco de Septiembre y presidente municipal de la FEEM en Cienfuegos. Él opina que muchas veces falta el diálogo, la proximidad, la influencia del grupo y la búsqueda de las causas reales del abandono de las aulas.

Mientras Lilian Sánchez Martínez, dirigente de la FEEM en Granma, aduce que la organización debe ser más incisiva y acudir a la familia desde que aparecen los primeros síntomas de desmotivación o apatía, «también buscar los mecanismos para que el estudiante se sienta mejor en la escuela, y no estamos hablando solo de la recreación».

Felipe Reyes cree, incluso, que aunque el estudiante jamás retorne, debe existir un seguimiento, orientarlo para que no tome caminos de vicio, «algo que no siempre se hace».

Contra los mitos

Hace algunos años era extendida la creencia de que la Enseñanza Técnico y Profesional era «un paseo». En el presente esa idea comienza a cambiar después de la implementación, hace tres cursos, de nuevos planes y programas de estudio.

En relación con el tema, Alexander Manso Díaz, director nacional de ETP en el Ministerio de Educación, recalca que ahora existe «un nuevo sistema de evaluación, dirigido también a potenciar la preparación profesional de los alumnos, consistente en la realización de una tarea integradora en cada uno de los años de estudios, que debe permitir al joven apropiarse de una manera más efectiva de las técnicas de cada rama.

«Se incluye, además, un examen final estatal. Se trata de un ejercicio integrador, donde hay que demostrar las habilidades adquiridas, y resolver un problema concreto».

A ese crecimiento en el rigor docente se refirieron varios de los alumnos y profesores entrevistados por este diario, quienes también expusieron que estas medidas llevarán, irremediablemente, a una mejor preparación y calidad de los graduados.

Podemos sumar a esa luz que, según los directivos contactados, hoy se aprecia una preocupación notoria de los organismos que acogerán a los egresados del politécnico. «Hace unos años ese interés no se veía; en la actualidad es distinto, varios dirigentes de empresas y organismos receptores mantienen un vínculo constante con la escuela», plantea Delio Manuel Jiménez, director de la General Milanés.

Ese mito de que ese tipo de enseñanza es la «última carta» se irá transformando en la medida en que pase a primer plano de la vida nacional y de la economía misma.

Sin embargo, otros estigmas parecen más difíciles de eliminarse, aunque no son imposibles. Uno de estos está relacionado con el acceso de las muchachas a especialidades que tradicionalmente han estudiado los varones.

«En la propia familia existen prejuicios grandes. Cada lunes atiendo a buen número de padres que plantean cambiar a sus hijas para carreras “que no sean de hombres”. Nosotros les decimos que no hay nada del otro mundo cuando una mujer asume un oficio de estos», expone Jorge Acosta Guerrero.

De hecho, Delio Manuel comenta que en su escuela hay siete muchachas que estudian tornería o fresado. «La sociedad no está acostumbrada, pero hay que ir cambiando esos patrones».

Lisbeth Beatriz Mecías Álvarez, del politécnico Juan Vitalio Acuña, es una de la que ha tenido que luchar contra esos dogmas. Ella cuenta que cuando decía que estaba estudiando Electricidad, muchas personas se sorprendían. «Yo misma terminé las instalaciones eléctricas de mi casa junto a mi abuelo, y eso me gustó muchísimo», dice.

La muchacha es una de las tantas que, en principio, llegó a esta enseñanza obligada por las circunstancias. Pero con el tiempo, luego de las primeras prácticas laborales, se fue enamorando del futuro oficio.

Hoy piensa llegar, al término de los cuatro años de su carrera, a la Universidad. Pero no se inquieta si eso no fuera posible. «Me ha ido bien, he aprendido; he cambiado. Yo lo digo de corazón y la FEEM, la Juventud y los profesores tienen que insistir más en eso: el politécnico no se come a nadie», apunta con una pícara sonrisa mientras sus ojos claros parecen posarse en una luz más distante que la nacida del tendido eléctrico.

Al lado del Instituto aunque...

El año pasado existían en el país 3 168 aulas anexas a los institutos politécnicos, este curso son más de 4 000, según Alexander Maso, director nacional de la ETP. Además, se cuenta con unos 3 000 especialistas de la producción y los servicios que acompañan el proceso formativo, como instructores en las aulas anexas o como docentes impartiendo clases en las escuelas.

Al decir del funcionario, estas aulas solucionan tres problemas: carencia de docentes, deficiente tecnología en los centros escolares y falta de espacio en las escuelas para asumir grandes matrículas.

«Lo fundamental es continuar elevando el apoyo de los organismos de la Administración Central del Estado, pues la base material de estudio de los centros está muy deteriorada y estos estudiantes requieren de la práctica para poder formarse en sus profesiones y oficios», destaca.

Por su parte, Jorge Ramón Martínez Toledo y Alexis Yero Arniella, directivos del politécnico cienfueguero Cinco de Septiembre, reconocen que «un aula anexa no se abre dondequiera». Por eso, hay que evaluar la necesidad puntual de que los estudiantes vayan, en distintos momentos del curso, a una empresa a conocer cómo se desarrollan los procesos asociados a un contenido del programa.

«Al principio pensábamos —comenta Yero— que esta modalidad consistía fundamentalmente en llevar mesas y sillas a la sede de determinada entidad. Pero poco a poco se le ha ido dando el verdadero sentido a este nuevo tipo de aula. Y es que el alumno puede completar de una manera integrada sus conocimientos y logra visualizar partes de lo que teóricamente aprende en clases».

Para Landy Miguel Moleiro, alumno de segundo año de la especialidad de Mantenimiento y Reparación de Medios del Transporte, en ese centro de la Perla del Sur, acudir dos veces a la semana a un aula anexa ha sido una experiencia muy positiva. A él, como a muchos de sus compañeros de estudio, le agrada la idea de ir a una empresa, en la que la actividad docente tiene que adecuarse a la organización y al funcionamiento de ese lugar.

Otros alumnos, en cambio, preferirían que fuera en la misma escuela, en la que se integra de una mejor manera todo el aparato docente y formativo, donde estuvieran creadas las condiciones necesarias para aplicar y conocer todos los aspectos prácticos que precisan los programas.

Delio Manuel Jiménez, director de la Escuela Técnica General Milanés, agrega en ese sentido que en dicha institución existen 14 grandes talleres con la tecnología instalada que no pueden usarse adecuadamente en el proceso de enseñanza-aprendizaje por falta de materias primas, herramental y combustible. «Si esas cosas existieran en nuestro centro el aprovechamiento docente fuera inmensamente superior, no habría que moverse a ningún lado y harían falta menos aulas anexas. Aunque no se puede vivir ajeno a las condiciones del país ni se debe cerrar los ojos para no darse cuenta que, en cualquier lugar del mundo, este tipo de enseñanza, por toda la práctica que necesita, es bastante cara.

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