Oficio de ángeles

Más de 150 alfabetizadores se abrazaron en la premiación del concurso que lanzara JR a medio siglo de la histórica Campaña de Alfabetización

Autor:

Jesús Arencibia Lorenzo

La mirada clara de Mirna Hadad pedía insistentemente la palabra. Cuando al fin pudo hablar, no fue para contarnos de ella, sino para evocar los 16 años de su hermano Jorge Antonio, quemados vivos por las tropas de Batista en Guayabal de Nagua, Manzanillo.

Solo el silencio que sobrevino pudo ascender hasta aquella imagen. En el Memorial José Martí, en la Plaza de la Cubanía, volvimos a escuchar, en voz quebrada de Mirna, la promesa que haría Fidel cuando, después del triunfo del 59, regresó al sitio de la familia Hadad para afirmar que la Sierra se inundaría de maestros.

Dos años más tarde, los hechos dieron cuerpo a la profecía y los maestros sembraron las montañas.

Pero ha pasado medio siglo. Y el rito perenne de la educación ha crecido en Cuba una y otra vez, desde que aquellos educadores niños compartieron el pan de las primeras letras.

Esa mañana de sábado nos encontramos con ellos para festejar su memoria. Y su valentía. Y la fiebre de amor de sus padres, que los dejaron abrir monte contra la ignorancia, y poner las primeras piedras de una nación culta.

Los buenos recuerdos salvan. Se levantan como banderas contra todos los molinos, y salvan. Vienen barriendo las arrugas, los amargores, para instalarse en el tiempo siempre joven de la creación.

Daniel, un veterano corpulento, no ha parado de limpiarse los ojos, como si le lloviera dentro polvo de tiza desde 1961. Argelia, que se enteró tarde de esta tertulia, acudió rápida a su amiga de entonces para encontrar la ropa adecuada y llegar a la Plaza.

Nancy es un torrente de voz estremecida cuando nos recuerda versos del buen Naborí y adelanta ya su próximo escrito. Contará en él las emociones de este día.

Bella Nieve hoy se ve más bella, porque vino desde Granma para el reencuentro. Y Helio Vitier, de Buey Arriba, no pudo llegar, pero su nieto, que acaso encenderá nuevas fechas en el almanaque de la patria, subió por él a recibir el premio.

«Esto no puede ser no más que una canción», trina el cuarteto Génesis, mientras el martiano Kamil Bullaudy cede naturalmente su asiento a una «jiribilla» alfabetizadora. Él, junto a Nelson Domínguez y Liborio Noval, apadrinaron con su arte y su vocación de bondad esta aventura.

«Lloré», dice lacónico mi hermano Ronquillo. Junto a él, su niña sonríe sin saber toda la vida que ha visto.

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