El día milagroso

Cuando el 10 de enero de 1962 se aprobó la Reforma Universitaria se hacía realidad el sueño por el que habían combatido Mella y otras generaciones de revolucionarios. En los predios universitarios de hoy no siempre se profundiza en la trascendencia de aquel hecho

Autor:

Yoerky Sánchez Cuéllar

Durante un diálogo con estudiantes, intencionalmente lancé la pregunta: ¿Saben ustedes el impacto de la Reforma Universitaria de 1962? Todos quedaron pensativos, tratando de encontrar respuestas. A los pocos minutos una joven levantó la mano y en nombre de sus compañeros espetó: «En verdad, no sabemos… Es que de eso nunca nos han hablado en clases».

La exclusión de aspectos significativos de nuestra Historia por parte de profesores y la falta de prácticas investigativas en muchos alumnos provocan que acontecimientos como este permanezcan en el olvido.

Pero… ¿Por qué es necesario conocer sobre la Reforma? ¿Dónde están sus antecedentes? ¿Qué aportes hizo al desarrollo educacional de nuestro país? ¿Cuáles fueron las interrogantes que se planteó hace ya 50 años? ¿Qué contradicciones encontró con el modelo heredado del capitalismo? ¿Cómo interpretar sus postulados en sintonía con la realidad actual de la Isla?

Entendiendo el cambio

La destacada intelectual cubana Graziella Pogolotti ha expresado que «para entender el proceso de Reforma que vivimos en los 60, hay que remitirse a la década de los 20. La modernización de la universidad fue un reclamo histórico de los estudiantes que se transmitió de generación en generación».

En aquella época Latinoamérica veía con optimismo las luchas de la Universidad de Córdoba, en Argentina. La visita en 1922 de su rector, José Arce, a la casa de altos estudios habanera, dio gran impulso al estudiantado cubano.

Alma Máter reflejó sus palabras en el Aula Magna: «La Universidad de La Habana padece de los mismos males de la República de Cuba, y los jóvenes cubanos son los únicos que, actuando con decisión, con energía, con gran virtud, con gran moral, pueden salvar pronto a Cuba de la gravísima crisis que atraviesa».

Julio Antonio Mella, líder indiscutible de la FEU, encabezó la defensa de la autonomía, consciente de que no se podía cambiar la Universidad si no se liquidaba el régimen imperante.

De esa manera, el 10 de enero de 1923, la organización estudiantil emitió un documento conocido como el Programa de la Reforma Universitaria. El texto proponía la soberanía en lo docente, económico y administrativo y la eliminación del control gubernamental sobre los fondos del presupuesto, así como las falsas jerarquías entre los profesores.

Sin embargo, al llegar Gerardo Machado al poder se troncharon esas aspiraciones. La contrarreforma fue ganando terreno y esta situación llevó a Mella a escribir en la revista Juventud: «Un día milagroso un grupo de idealistas pretendieron hacer la Universidad nueva, donde el estudiante fuese soberano. Este sueño fue realidad por un tiempo, solo por un tiempo. Hoy hemos vuelto al pasado bochornoso».

La universidad nueva

Al triunfo de la Revolución en 1959 resultaba alarmante la situación de la Educación Superior. En un país con una economía fundamentalmente agrícola, la agronomía tenía un nivel irrisorio y su enseñanza se realizaba sin contacto con la práctica.

Existían pocos ingenieros civiles, eléctricos, químicos y mecánicos; no se atendían las posibilidades de la Química orgánica. Los estudios de Economía contaban con un siglo de retraso en extensión y los filosóficos se limitaban a nociones de antaño.

Se formaban abogados sin rigor jurídico y muchos de los graduados en Filosofía y Letras no completaban sus estudios en ninguna de las dos ramas. La Pedagogía arrastraba la influencia del pragmatismo yanqui y la Medicina carecía de organización en el trabajo de las ciencias básicas y la práctica hospitalaria.

El 10 de enero de 1962, luego de amplias discusiones, quedó aprobada la Reforma Universitaria con carácter de Ley. La comisión ejecutiva, presidida por el entonces ministro de Educación, Armando Hart, contó además con la presencia de personalidades como Regino Boti (vicepresidente), Carlos Rafael Rodríguez y Gaspar Jorge García Galló, entre otras.

En su artículo IV daba respaldo jurídico a la participación estudiantil en la dirección de la institución.

La Reforma enfrentó el verbalismo, el memorismo y el pasivismo, calificándolos como «una inadmisible prevaricación docente». Para ello emitió rigurosas disposiciones que aseguraban una enseñanza verdaderamente dinámica y eficaz.

Dispuso que los cursos estuvieran divididos en dos semestres, con lo que facilitaba a los alumnos concentrar el esfuerzo en pocas materias y utilizar horarios más sencillos, contra el antiguo sistema de cursos anuales no divididos. Concibió el Departamento, y no la Cátedra, como base de la estructura funcional en cuanto a la docencia y la investigación. Las Facultades serían entonces órganos superiores para la integración de las ramas afines.

Sobre la problemática del ausentismo dictaminó la asistencia obligatoria a no menos del 80 por ciento de las clases y los trabajos prácticos en cada asignatura.

El sistema de evaluación también sufrió transformaciones. Ya no se aplicaría un único examen, sino evaluaciones periódicas. De ahí nació la idea del movimiento de Alumnos ayudantes, cargo al que que podían aspirar los más aventajados. Asimismo los profesores extranjeros pudieron impartir docencia en el curso regular, hasta entonces prohibido.

Constituyeron aspectos relevantes la conformación de un sistema de becas al servicio de quienes carecían de recursos económicos para iniciar o continuar sus estudios y el surgimiento de la Extensión Universitaria, responsabilizada con enriquecer la vida recreativa de los jóvenes a través de la cultura, el deporte, etc.

Al analizar estos sucesos, el líder histórico de la Revolución Fidel Castro, quien estuvo al tanto en todo momento de los cambios, señaló: «La Reforma Universitaria de 1962 que hicimos era la que correspondía a las demandas de una reforma universitaria dentro de una sociedad burguesa; eran viejas aspiraciones como autonomía, profesorado a tiempo completo, aspectos económicos, becas, etcétera, que eran de interés general».

Llegaba así «el día milagroso» del que habló Julio Antonio Mella. La Revolución naciente hacía realidad los sueños de quienes enfrentaron durante décadas el maltrato de los Gobiernos pro yanquis.

Contra la inercia fecunda

Recientemente, en la sede del Ministerio de Educación Superior, el doctor Armando Hart y el Profesor de Mérito Juan Nuiry protagonizaron un intercambio de experiencias acerca de la Reforma de 1962. Nuiry recordó que en la revista Saeta, Fidel había planteado desde hacía muchos años la necesidad de un cambio radical en el mundo universitario.

Insistió en que podía valorarse, a la luz de medio siglo, la posibilidad de emprender otra reforma en los estudios superiores.

Sobre este aspecto, las ideas de Hart alentaron el debate: «Las universidades —como se ha comprobado históricamente— no pueden vivir al margen de su tiempo, porque corren el riesgo de verse envueltas en una inercia infecunda.

Y aconsejaba: «Cualquier reforma universitaria que emprendamos tiene que tomar en cuenta las realidades de nuestro tiempo. (…) Desde la Campaña de Alfabetización he quedado claro de que es necesario combinar el principio de masividad, que distingue todo el proceso educacional de la Revolución, con el rigor científico y académico que demandan los tiempos actuales».

Al intervenir en el encuentro, Miguel Díaz-Canel, ministro de Educación Superior, convocó a desarrollar un pensamiento colectivo sobre la Reforma. «Me queda la insatisfacción —comentó— de que cuando era estudiante y luego profesor universitario nadie me habló sobre ella. Hoy constituye una de las ausencias formativas que tenemos, porque no está incorporada al patrimonio de alumnos y docentes. Debemos ser capaces, a partir de ahora, de transmitir ese legado».

Dijo también que todas las etapas por las que ha pasado la enseñanza superior han respondido a las preguntas que se planteó la Reforma: ¿Qué hay que estudiar en las universidades? ¿Quiénes deben hacerlo? ¿Cómo lo vamos a enseñar?

Este acontecimiento alcanza un significado mayor si después de cinco décadas se compara con lo que ocurre en diversas latitudes. «Cuando hoy se estudian las tendencias actuales de la Educación Superior en el mundo, las que están fundamentalmente en el debate internacional como aspiraciones (equidad, gratuidad, universalización, masificación, vínculo docencia-práctica-investigación) Cuba las superó desde la aprobación de aquella Ley en enero de 1962», explicó Díaz-Canel.

Al concluir el encuentro, Nuiry recordó las enseñanzas del destacado pedagogo Enrique José Varona y retomó una de sus frases: «Para la Reforma... ¡hay que estar en forma!».

Fuentes: La Reforma de la Enseñanza Superior en Cuba. Consejo Superior de Universidades. 10 de enero de 1962.

Revista Alma Máter, enero de 2002. Palabras del Doctor José Miyar Barrueco por el otorgamiento del grado de Doctor Honoris Causa en Ciencias Biológicas de la Universidad de La Habana. Ediciones Imagen Contemporánea, 2008.

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