La prensa y el periodismo cubanos apenas están comenzando

Julio García Luis, el maestro de periodistas que acabamos de despedir, esperaba ver un despliegue superior de la capacidad profesional de nuestra prensa, y consideraba que el proceso que ahora emprende Cuba es la gran oportunidad

Autor:

Yoel Suárez

El Decano ya era una suerte de leyenda viva cuando matriculé en la Facultad de Comunicación. Frotaba sus manos al hablar en público, trataba de igual a igual a todos, andaba por los pasillos de la casona de G No. 506 mezclándose con la juvenil multitud. Ese carácter franco y cordial le valió el afecto de quienes lo rodeábamos. Su altura en nuestra prensa, el respeto del gremio.

Aun después de abandonar el decanato lo vimos no pocos días frecuentar las aulas; «para saludar», decía. Quizá en verdad para recordar una de sus grandes pasiones: el magisterio. Si bien el ejercicio periodístico lo desarrolló mayormente como editorialista, me confesó alguna vez que la crónica le resultaba el género más gratificante, porque «permite extraer el máximo jugo a cualquier acontecimiento». Aquel hombre de pasos cortos y apresurados que dejó ante los ojos de no pocos discípulos lecciones invaluables —dentro y fuera del ámbito universitario—, falleció este 12 de enero. Y para dicha personal, quedó entre mis archivos este diálogo inédito, ocurrido poco después de que el profe recibiera el Premio Nacional de Periodismo 2011.

—¿No ha pensado en escribir un libro sobre sus memorias?

—Hasta ahora no lo he pensado, pero quizá haya llegado el momento. Debo evaluar si sería viable y si vale la pena; es decir, si podría ser de utilidad para alguien. Si lo escribiera, entre los sucesos que no faltarían en ese volumen estarían los viajes con Fidel por Cuba y el exterior —serían lo principal—, junto con mis experiencias como editorialista.

—¿Qué aprendió durante sus viajes con Fidel?

—Una personalidad que no dedica a ningún asunto una atención menor, que como regla se encuentra en su agenda muy por delante de todos los demás, no por capricho sino porque ha pensado y estudiado más. Es un intelectual oceánico. Mi relación con Fidel fue de trabajo; y contó con su atención, porque él estimula y deja trabajar, pero exige más mientras más cerca de él estés. Es también su forma de educar y de probar constantemente a todos.

—La experiencia más grande como profesional de la prensa…

—Haber sido durante largos años, como editorialista de Granma, una especie de vicario consciente de la dirección revolucionaria y su portavoz en muchos temas.

—De nuestra prensa, ¿qué lanzaría al fondo del mar?

—El formalismo, el burocratismo, esas gárgaras de palabras y palabras que no alcanzan a decir nada. Pero como ciudadano le agradezco mucho a nuestro periodismo la fidelidad para con el país y la Revolución.

—Cuénteme de sus años en el diario Granma. ¿Cuánto tributaron a su formación aquellos tiempos?

—Casi fui fundador de Granma. El periódico, como se sabe, nació en octubre de 1965, con Malmierca como director, pero muy pronto tuvo que enfrentar una metástasis de sectarismo en su redacción. Allí se había tratado de unificar a periodistas de los diarios Hoy y Revolución. Ocurrió el fenómeno de la llamada «microfracción». Yo había entrado a trabajar hacía poco en el Comité Central, en la Comisión de Orientación Revolucionaria, y Armando Hart me envió para Granma en julio de 1967, como parte del equipo que acompañó a Jorge Enrique Mendoza, designado director. No tenía experiencia periodística anterior, de manera que allí la fui adquiriendo en la práctica, a partir de la imitación a los viejos periodistas. Debo haber cometido infinidad de errores y aprendí a cabezazos. Pero tuve a mi favor que me gustaba el periodismo.

—¿Y sus años en la Facultad de Comunicación de la Universidad de La Habana?

—Han sido de los más gratificantes que he tenido en la vida. Son ya 13 años y los he disfrutado, porque soy maestro y profesor de formación. La cercanía a los jóvenes es una fuente permanente de estímulo e información. Creo, además, que la formación de los nuevos periodistas es un asunto de importancia política relevante. Los periodistas que queremos son, también, el país que queremos. Aunque no todos los cubanos de la Revolución coinciden en cómo debieran ser una cosa y la otra.

—Durante su labor como decano de la Facultad, ¿qué tendencias reconoce en los jóvenes egresados?

—Los jóvenes, ya se sabe, se parecen más a su tiempo que a sus padres. Nuestros egresados son inteligentes, críticos, dudan de muchas verdades establecidas como evidentes, se lo cuestionan casi todo… y al mismo tiempo son patriotas, sinceros, abiertos de espíritu. Se preguntan muchos porqués y no se les puede reprochar por ello. Sienten lo que les falta y muy poco lo que ya tienen, lo que en cierta forma es también natural. Como profesionales, demuestran muy pronto estar bien formados y se adaptan con rapidez a las exigencias de cualquier medio. Yo creo que se debe conceptualizar la formación como un proceso de toda la vida, y no tratar de parcelarla en los cinco escasos años de la Universidad. En el mediano y largo plazo, los dóciles y mediocres, que son una minoría presente, van a fracasar. Los inquietos de espíritu, los difíciles y «conflictivos», por el contrario, serán la fuente casi segura de los grandes periodistas. Hay quienes no ven esto y, bajo la presión de las circunstancias, toman como deseable la mediocridad y no estimulan las tendencias del criterio propio, el debate franco, la fortaleza de espíritu, el enfrentamiento a cualquier deformación que nos rodea (aunque sea en términos inmaduros).

—El periodista, ¿es un «chismoso con carné»?

—Seguramente no, aunque su curiosidad es una virtud y debe abarcar todos los rincones de la vida.

—¿Se recriminaría algo como periodista?

—No haber partido de una buena formación profesional, como la que ustedes han recibido.

—¿En qué se diferencia la prensa nacional de los 60, a inicios de la Revolución, de la de este siglo?

—La prensa de los 60, ya socialista, sobre todo hasta la mitad de esa década, fue a mi juicio la mejor que propició jamás la Revolución. Hay que estudiar ese período y los fenómenos posteriores que tuvieron lugar en nuestro campo. Hubo mayor fuerza, originalidad, riqueza gráfica, investigación, espíritu épico. Pensemos tan solo en el Noticiero Latinoamericano de Santiago Álvarez. La de hoy tiene otras virtudes que no se pueden negar, pero en mi criterio no iguala los valores alcanzados en aquella época.

—¿Qué hace un periodista «jubilado»?

—Un periodista se jubila pero no se retira. Realiza un ajuste a sus posibilidades y sigue mientras tenga fuerzas.

—Después de tanto vivir como periodista ¿qué aspiraciones, sueños le quedan por realizar?

—Creo que la prensa y el periodismo cubanos, históricamente hablando, apenas están comenzando. Yo espero ver un despliegue superior de su capacidad profesional, que la convierta en una alternativa real al modelo de prensa liberal. El proceso que ahora emprende Cuba puede ser la gran oportunidad para llegar a cambios que nos hagan avanzar en esa dirección. La propiedad social y el socialismo deben demostrar su vitalidad para auspiciar ese tipo de prensa emancipadora, participativa, antihegemónica, humanista, que siempre ha estado presente en nuestras declaraciones. El problema, desde luego, no es que yo alcance a verla, sino que esas potencialidades lleguen a ser realidad algún día. Para eso trabajamos.

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